Ilustración: Luis Pombo

Dos veces huérfano

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Siempre me ha llamado la atención que la familia de José Revueltas –luego de llegar a la ciudad de México en los años veinte– haya decidido mandar a sus hijos al Colegio Alemán, que en ese entonces estaba en La Romita, un barrio solvente. Los Revueltas se instalan en la misma colonia donde los poderosos de la Revolución mexicana habían construido sus casas. Uno de los momentos más importantes de la vida de José es cuando el niño se escapa del barrio, cruza la Calzada de la Piedad y entra a la colonia Doctores, un territorio totalmente distinto a la Roma, porque en la Doctores no solo pasa un río de aguas negras, sino que hay chozas, vecindarios, gente muy humilde, indigentes que salen al paso. Revueltas tendría diez u once años cuando esto sucede. Y llega al Hospital General justo a la morgue donde huele ese olor ingrato de la muerte. Se trata, como podemos imaginar, de una impresión fuerte y decisiva que repercutirá más tarde en el Revueltas escritor y en su visión de mundo. En sus libros es posible encontrar una oposición entre un mundo olvidado y uno privilegiado.

Por otro lado, lo que Revueltas vive en la colonia Roma también resulta definitivo para su obra. Su padre da muestras de tener la autoridad severa del patriarca pero, al mismo tiempo, es alguien muy abierto al mundo de la literatura. Varios de sus hijos han narrado la manera en que don José Revueltas Gutiérrez les leía pasajes de novelas –Pérez Galdós, alguna traducción de Dickens o de las novelas de la guerra rusa del siglo xix–. De ese modo, el padre creaba una especie de unidad familiar entre la “chiquillada”, como le decían ellos, en torno a su voz y a su figura. Por desgracia, muere muy pronto, en 1923, cuando José Revueltas tiene nueve años.

José admiró a sus hermanos al grado de tenerlos como guías y padres literarios. El primero fue sin duda Silvestre Revueltas, que le llevaba catorce años y había nacido con el siglo XX. Era un espíritu inquieto e inconforme, firme en sus convicciones artísticas e ideológicas, que había manifestado una gran pasión por la música desde niño y cuyo talento lo había llevado a pasar una temporada estudiando en Estados Unidos. De nuevo en México, Silvestre fue el responsable de llevar a su casa a varios de los muralistas, a numerosos músicos de la época, a Carlos Chávez y a Diego Rivera, a escritores e ideólogos, en fin, a sus camaradas del partido. Y en esas reuniones está presente José, que es todavía un niño, y que al escuchar a todos estos intelectuales y artistas se va formando una imagen, bastante idealizada quizás, de las paradojas y las injusticias del mundo en que vive. Porque estos señores que José tiene enfrente no hablan de otra cosa que no sea el arte, el comunismo, la lucha política o la lucha contra el fascismo. Así, su gran escuela como escritor fue también obra de su hermano Silvestre. De hecho, Silvestre se erigió como el gran crítico –el primer crítico en realidad– de los textos literarios de Revueltas. Cuando José, en octubre de 1940, le pone punto final a Los muros de agua, lo primero que se le viene a la cabeza es llevarle a Silvestre su texto recién terminado. Como apenas está amaneciendo, quiere esperar unos minutos más a que aclare el día. Entonces alguien toca a su puerta. Es Ángela, la segunda esposa de Silvestre, que le dice: “Ven a casa, que tu hermano se está muriendo.” Va de inmediato. Cuando entra al cuarto, Silvestre está en sus últimos momentos. ¿Y qué es lo que hace José frente a su hermano? Se arrodilla. Una escena totalmente dostoievskiana. Ajena al melodrama mexicano, esta imagen está uncida de un sentido religioso profundo. En ese momento José experimenta una crisis, en primer lugar, de dolor y de pérdida, pero inmediatamente después otra que le hace sentir que ahora sí está entrando al terreno de la orfandad inconmensurable. Parecerá increíble, pero no había sentido eso con su padre, quizá porque en ese entonces era un niño. No se ha encontrado testimonio que hable de un dolor tan frontal, tan definitivo, como este que siente José Revueltas frente a Silvestre. ~