El esplendor postal de Borola Burrón

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TERTULIA
      
     Juan Villoro

DIAS ROBADOS
     El esplendor postal de Borola Burrón

 
     Charles Dickens comenzó sus días en la prensa aportando ideas y diálogos para los caricaturistas. Cuando pasó al folletín, ya se había forjado un estilo epigramático para retratar con ironía a la fauna londinense. Durante más de medio siglo al frente de La Familia Burrón, Gabriel Vargas creó una saga gozosamente sumida en el color local, digna de un Dickens que despliega todos sus recursos sin apartarse de la caricatura. El historietista nació en Tulancingo pero desde muy niño se trasladó a la calle de Moneda, donde se convirtió en uno de los mejores testigos del idioma. En la academia alterna de la lengua que ofrece La Familia Burrón, los ladrones son “amigos de lo ajeno” y la comida, “la hora de mover bigote”. El adjetivo “burronesco” merece una definición tan detallada como la de “cantinflesco”. Borola y sus “tlaconetes” representan la pobreza urbana en estado de alegre rebeldía. Conscientes de su ignorancia y su escasez de medios, optan por soluciones insólitas que no funcionan pero divierten. Lo “burronesco” es un desastre que se arregla al convertirse en espectáculo. ¿No refleja esto casi todas las escenas de nuestra vida social? Para Borola, las inundaciones no se remedian desalojando el agua sino organizando un servicio de taxis flotantes. Su disparatada manera de corregir la realidad desata toda clase de estrategias infructuosas para sobrevivir con entusiasmo en un país donde la turbina de un avión se arregla con un alambrito.
     En economías ávidas de cultura pop, La Familia Burrón habría pasado a los dibujos animados, el cine, los videojuegos y la venta de memorabilia (del peluche de don Reginito al modelo para armar de su peluquería El Rizo de Oro), por no hablar de la edificación de una utopía superchilanga: Burronlandia, parque temático organizado como una vecindad. Nada de esto fue posible. Ni siquiera hay una edición completa de La Familia Burrón, códice del relajo que transformó la historia del comic mexicano.
     Aunque merecería más hectáreas que Disneyworld, la pelirroja con nariz de higo ocupará este año el singular espacio simbólico de una estampilla postal. ¡Borola será de exportación! María Rojo recogió en la Asamblea de Representantes del DF una iniciativa de Carlos Monsiváis para rendir homenaje al cronista de la vida en cuadritos de la ciudad a través de su principal personaje, Borola Tacuche de Burrón, feminista de barrio que el 19 de febrero de 1953 exclamó: “En tiempos pasados la mujer no tenía derecho a protestar, ni siquiera a pujar cuando el hombre se le iba encima a los topes y guantones.

Pero en esta época atómica, todo ha cambiado.”
     La gloria burronesca medirá 24 x 22 milímetros, sitio de sobra para alguien acostumbrada a apretujarse en los camiones, esos “huacales con ruedas” de los que cuelga un polizonte “agarrado a veinte uñas”.
     Ajena a otros fastos que los bodorrios en los que fuma cigarros de periódico, la irredenta Borola comparecerá en la Asamblea Legislativa el 13 de agosto para recibir la tinta roja que legitima la emisión de sellos. Mientras escribo estas líneas se desconoce el precio del timbre pero se rumora que andará por los seis pesos, cantidad muy apropiada para que la madrina de la caricatura popular viaje en jet.
     La mujer fuerte de Callejón del Cuajo es la más conocida del caudal de personajes que Vargas desplegó en Los Superlocos, Pancho López, El gran Caperuzo, Los Chiflados, Los del Doce, Sopa de perico y el censo que ya compite con el del df, La Familia Burrón. Amiga del protagonismo (“las mujeres tomando café son como joyas luciéndose en un aparador”), Borola prestará su rostro en recuerdo de sus imposibles logros personales y de la vasta demografía desatada por Vargas.
     Para McLuhan, la revista Mad descubrió que, narrada en el apropiado tono caótico, la vida diaria (tan parecida al escenario de los anuncios de electrodomésticos) resulta más fascinante que las aventuras de superhéroes. Vargas empezó como historietista contando la vida de Cristo; luego parodió historietas norteamericanas. Su descubrimiento central fue el de las inagotables posibilidades picarescas de la ciudad de México, excesiva y asombrosamente cotidiana.
     A los 13 años, el historietista tenía prohibido dibujar porque su madre temía que terminara de “pintamonos”. Con los restos de lápices que le regalaron en una lavandería de chinos, trazó su primera gran obra, un paisaje urbano con cuatro mil figuras para un concurso del Día del Tránsito. Así comenzó su trayectoria a contrapelo. Más de setenta años después, las cartas mexicanas llevarán la cara de Borola y un solo remitente: Callejón del Cuajo, número chorrocientos. –

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