El general en el desierto

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Tras meses de espera, el general David Petraeus ha rendido su informe al Congreso norteamericano sobre el progreso de la ocupación estadounidense en Iraq. No hubo mayores sorpresas. La situación en Iraq, dijo Petraeus, mejora poco a poco. Las tropas estadounidenses no podrán comenzar a salir sino hasta el segundo trimestre del 2008, y en números modestos. Las condiciones políticas en Bagdad aún no garantizan estabilidad alguna, y retirar la fuerza de ocupación antes de tiempo podría desatar una crisis grave. En cualquier caso, el diagnóstico de Petraeus ha dejado en claro que la responsabilidad del final del conflicto quedará en manos del nuevo presidente de Estados Unidos, que asumirá funciones a principios del 2009.

Después de la comparecencia de Petraeus, fue el presidente Bush quien tomó el micrófono para, en un breve y titubeante discurso, tratar de tergiversar el sobrio discurso de su general para recuperar algo de capital político. Con abismales índices de aprobación, Bush enfrentaba una misión imposible: convencer a los estadounidenses, hartos de la corrupción y torpeza de su gobierno, de la supuesta buena marcha del conflicto y de la importancia de la permanencia del ejército en tierras iraquíes. Para lograrlo, recurrió a uno de sus trucos favoritos: aprovechar la ignorancia de la mayoría para endulzar una situación evidentemente catastrófica. Bush habló de los mínimos avances en la seguridad en la provincia de Anbar y Bagdad y prometió a los televidentes el regreso de 5,700 efectivos para las fiestas decembrinas como señal inequívoca de progreso. Convenientemente, olvidó mencionar que la vuelta de estas tropas ya estaba prevista para abril del 2008, como parte del final de su turno de servicio en Iraq. La otra “buena noticia” de Bush fue la reducción, para el próximo verano, del número total de efectivos estadounidenses en Iraq de 170,000 a cien mil o 130,000, justamente la cantidad previa al incremento que, de acuerdo con el presidente, tanto ha conseguido ya. En suma, un ardid político tras otro.

¿Qué piensan los estadounidenses de todo esto? Una mayoría ve con escepticismo –y hasta recelo– el plan de Petraeus y la palabrería de Bush. En un sondeo de CNN, 53% piensa que al reporte del general le hizo falta objetividad e independencia; 54% opina que el aumento de tropas no ha ayudado a mejorar la situación en Iraq. El informe Petraeus y sus consecuencias seguramente modificarán la dinámica política en Estados Unidos. En el Senado, que se prepara para discutir sobre cómo proceder en materia presupuestal, el debate será muy distinto. La frágil coalición que los demócratas parecían haber construido para presionar al presidente a retirar al ejército estadounidense de Iraq probablemente perderá fuerza. Los pocos senadores republicanos dispuestos a aliarse a los demócratas quizá cambiarán de rumbo y apoyarán la quimera del progreso en Iraq y el engañoso principio del regreso de las tropas. Después de todo, los republicanos deben cerciorarse de seguir proyectando una imagen de fortaleza y experiencia en materia de seguridad sin perder de vista la necesidad de satisfacer la evidente voluntad del electorado de ver una reducción paulatina del número de soldados en Iraq. La única manera de lograrlo es abogar por una política que atienda las recomendaciones de Petraeus por ahora y se prepare para un anuncio dramático –y no menos mentiroso, en función de la verdadera situación en Iraq– durante el verano electoral del 2008 sobre el regreso de miles de uniformados a tierra estadounidense.

Será interesante ver cómo reaccionan los demócratas. Durante la audiencia de Petraeus, varios senadores del partido de oposición estuvieron cerca de perder la paciencia. Es natural. Aunque no les faltan otros, los demócratas cuentan con el fracaso del plan del presidente Bush en Iraq como el principal argumento para alcanzar el triunfo en noviembre de 2008. Saben que George W. Bush ha construido toda una carrera política sobre la base de las bajas expectativas. Ahora que el presidente está hundido en el más merecido de los desprestigios, deberán evitar que, como en el 2000 y el 2004, la maquinaria republicana comience a fabricar medias verdades y demás argucias. Para conseguirlo, tendrán que tener los pies bien plantados en el piso. No será tarea fácil. Después de siete años de Bush en la Casa Blanca, quizá es demasiado pedirles ecuanimidad. ~

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