El nudo cortesiano

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A los extranjeros les suele sorprender que México no tenga para Hernán Cortés reconocimientos públicos, y que exista una fuerte corriente de opinión adversa a su personalidad y que condena su conquista como un acto de bandidaje. Estos hechos tienen, entre otras, una explicación histórica. México posee una tradición indigenista muy arraigada. Desde los años que siguieron a la conquista se inició el rescate y el estudio del pasado indígena como un acto de afirmación nacional, y esa corriente no se ha interrumpido nunca. Existen relaciones históricas y poemas de la conquista desde la perspectiva de los vencidos —la “visión de los vencidos”— no sólo de los pueblos del altiplano sino también de los mayas, que presentan la conquista como una invasión, una destrucción de los antiguos modos de vida y un sojuzgamiento de la población indígena.
     En los escritos de Carlos de Sigüenza y Góngora en el siglo XVII y en las obras de los humanistas jesuitas dieciochescos, sobre todo en la de Francisco Javier Clavigero, surge la exaltación y el estudio sistemático de nuestras raíces indias. Y en los años siguientes a la guerra de independencia, a principios del siglo XIX, aparece otra corriente, ya no sólo indigenista sino además antiespañola, que condena la conquista y la figura de Cortés. Al mismo tiempo, con Lucas Alamán, se inicia la contracorriente hispanista de exaltación de la conquista española y de Hernán Cortés como héroe y cristianizador. En 1825, Alamán se siente obligado a ocultar los restos de Cortés —para los que se había construido un suntuoso monumento— y evitar la profanación que algunos exaltados anunciaban.
     Aquella firme y constante tradición de apego y solidaridad con lo indígena, y esta polarización de posiciones, indigenismo-hispanismo, que aparece desde los primeros años del México independiente, son el origen de la conflictiva actitud de los mexicanos ante Cortés y su conquista. Además, estas posiciones entraron a formar parte de tendencias políticas. El indigenismo se incluyó en el ideario de los liberales y el hispanismo en el de los conservadores, tendencias que se opusieron, a lo largo del siglo XIX, con las armas y las plumas y que, matizadas, subsisten en nuestros días. Aun a hombre tan sabio acerca de nuestro pasado como Manuel Orozco y Berra lo conturba ese conflicto, como lo muestra la sentencia que acerca de Cortés se le atribuye: “Nuestra admiración para el héroe; nunca nuestro cariño para el conquistador.”
     Mas, a pesar de las convicciones de los adictos a una u otra tendencia, y cualquiera que sea su composición racial, un mexicano siempre dice: “cuando nos conquistaron los españoles”, en tanto que algunos centroamericanos y sudamericanos, aun muy morenos, suelen decir: “cuando conquistamos…” En México, pues, se da naturalmente esta adhesión a lo indígena, aunque se considere buena o mala la conquista.
     Estas posiciones y actitudes han sido provechosas para lo que pudiera llamarse la integración de una conciencia nacional, pero nos han impedido una visión histórica y un estudio objetivo, sobre todo de la figura de Cortés. Se escribe sobre él para exaltarlo o para deturparlo, para tironearlo hacia tendencias políticas, y raramente para conocerlo y explicarlo. Quienes lo describen como un aventurero, agresivo, mujeriego, sifilítico, asesino de su primera mujer, codicioso, rapaz, criminal y responsable de crueldades y matanzas, pueden tener razón en parte. Y quienes lo pintan como un héroe que realizó la hazaña de la conquista con unos cientos de españoles, un cruzado que hizo posible la implantación del cristianismo, un civilizador que trajo a México la lengua y las instituciones españolas, propagó los cultivos, los ganados y las industrias, descubrió la Baja California, promovió la navegación hacia los archipiélagos asiáticos y el comercio con el Perú, escribió una relación magistral de su conquista y sufrió envidias e ingratitudes, también pueden tener razón en parte.
     Pero el hecho es que, frente a las visiones parciales, la personalidad de Cortés se forma precisamente con un entramado de las acciones positivas y las negativas; y que, cualesquiera que hayan sido los recursos que empleó, el resultado de la conquista que acaudilló y de las fundaciones que hizo fue la creación de una nueva nación de la que somos herederos y a la que pertenecemos los mexicanos. Y es un hecho también que en la conquista realizaron hechos heroicos y cometieron cobardías y traiciones ambos contendientes; que aprovechando las enemistades de numerosos pueblos indígenas contra la tiranía de los aztecas, Cortés maniobró para que la conquista la hicieran prácticamente los mismos indígenas, conducidos por los españoles, y que si hubo vencedores y vencidos, y si aquéllos fueron con pocas excepciones violentos y rapaces y éstos sojuzgados y explotados, para honor de los primeros existió una vigorosa corriente de protección y defensa del indígena, de denuncia airada de abusos y crímenes y un constante aunque insuficiente empeño por implantar instituciones y preceptos justicieros.
     Mientras que se ha avanzado en el conocimiento histórico de la conquista, del mundo indígena y en general del siglo XVI, la figura de Cortés, aun después de cinco siglos, con señaladas salvedades, sigue en poder de las facciones. Puesto que los mexicanos somos herederos de las dos ramas de nuestros abuelos, es deseable hacer un esfuerzo para desatar este viejo nudo y conocer y aceptar completa nuestra doble ascendencia. Acaso alguna vez consigamos librar a Cortés de las ideologías y estudiarlo con la cruel objetividad de la historia para descubrir, con luces y sombras, una personalidad excepcional.
     Ignorar o mutilar la historia no la cambia. Los tercos hechos siguen allí, esperando ser conocidos y explicados.1 ~

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