Futbol maquiavélico

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Jorge Valdano, gurú literario del futbol, desprecia el estilo italiano. Para él, el futbol debe ser espectacular, sinónimo de goles, de metas cumplidas. En su esquema, el cenit del balompié mundial lo ocupa el estridente equipo holandés que, a no ser por su desesperante tino frente al marco a la hora de cobrar esa ejecución suprema que son los penales, debiera ya ser campeón mundial. A sus ojos, el último círculo del infierno futbolístico lo ocupa Italia, con su estilo destructor basado en el famoso catenaccio.
     El equipo italiano estuvo a un paso de salirse con la suya en el torneo continental que celebró Europa hace un mes. Vestidos como verdaderos dandys del césped, con el cabello engominado como capos sicilianos y haciendo gala de esos nombres que sólo pueden ser acuñados en la bota (¿quién no quisiera llamarse Fabio Cannavaro?), Italia se dedicó a desesperar al mundo futbolístico. Nadie, empezando por Valdano, deseaba que el futbol italiano, que navega con la bandera de la mejor defensa, se alzara con la copa de campeón: "ganaría el antifutbol", decían. Los gladiadores de azul y blanco eran, de nuevo, los villanos favoritos.
     Pero aún quedamos algunos para los que el futbol defensivo también es un arte. Toda historia requiere de un villano y, en el futbol, nadie mejor que los italianos para llenar ese papel. Los azzurri parecen haber leído a Maquiavelo antes de idear su estilo: son geniales cuando se trata de jugar con la percepción y la realidad. En apariencia, los futbolistas italianos son inofensivos: hombres con rostros cincelados, vestidos a la medida con camisas ceñidas al cuerpo, de impecable aseo y maneras cordiales. Pero al empezar el partido todo cambia. Sin perder la línea, los defensores azules se agrupan como parte de una centuria romana en la línea de su área, y ahí, guiados por ese mismo espíritu guerrero, se dedican a golpear —y a golpear de nuevo. El rival, ofendido, ataca con mayor fuerza, dejando espacios. Por ahí, por esos huecos que la frustración del oponente ha creado, se introducirá algún delantero con nombre siempre similar al del Luca Brasi de los Corleone. En España 82 fue el flaco de piernas chuecas Paolo Rossi; en Italia 90 fue el impredecible calvo Salvatore Schillaci, hombre desconocido hasta antes del mundial y quien, para colmo, se daba el lujo de hacerse llamar Totó; y claro, en la pasada Eurocopa, el poder ofensivo de los italianos estuvo centrado en dos hombres igualmente indescifrables: Francesco Totti, aparentemente más preocupado por mantener su cabello bajo una red que por anotar, y Fillipo Inzaghi, tan delgado que pasó inadvertido por las filas enfurecidas de los rivales. Ambos practican el encanto italiano: maquiavélico disimulo.
     El catenaccio italiano es la máxima expresión del futbol defensivo, pero también es una delicia de seducción. Nadie como los azzurri para endulzar el oído arbitral. Tras una falta, los italianos se esconden entre un mar de colegas azules, hacen camuflaje; sonríen, juegan a ser inocentes. Y los árbitros muerden el anzuelo, víctimas involuntarias del hipnotismo del candado azul. Tampoco el público hace mella en Italia. Los jugadores, acostumbrados a recibir amenazas en su propio futbol (muchas en las que se incluyen pescados envueltos en papel periódico), son inmunes a los gritos de los estadios del mundo. Pero más allá del fogueo mafioso, los italianos cuentan con un factor fundamental de su lado: su vanidad. No parecen haber caído en la cuenta de que son vulnerables, que saben que armar ese candado es sólo una parte del juego; que al terminar los noventa minutos volverán a vestir trajes hechos en Milán; que tras el encuentro —la final— regresarán a Italia, donde la vida es todo menos defensiva. No cabe duda: La vita é bella, Jorge. –

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