La conquista de la nube

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Cada escritor decide su tradición y Mario Bellatin ha elegido que algunos de sus mejores antepasados provengan de Japón. En los libros El jardín de la señora Murakami y Shiji Nagaoka: una nariz de ficción se refiere a esta pasión en forma explícita. Por suerte, no estamos ante un sibarita del exotismo que se pone la yukata para recibir a las visitas junto a su estanque de peces dorados. Tampoco estamos ante el viajero pop que busca pokemones tatuados en las pieles de las geishas posmodernas. La influencia que ha recibido de los maestros japoneses es tan profunda que se permite inventar a uno de ellos en el libro Shiji Nagaoka.
     Insólito heredero de Kawabata y Tanizaki, Bellatin sabe que las palabras valen tanto como los silencios. Sus libros logran un máximo de intensidad con un mínimo de recursos. En esas tensas tramas, el erotismo, la crueldad, las debilidades físicas y los avatares morales dominan la acción como una corriente sumergida que sólo por momentos sale a la superficie. Bellatin no admite estridencias. Con elegante parquedad, compone historias que requieren de pocos adjetivos para imantar a sus lectores. Sus frases pulidas como piedras crean una sensación de vértigo: el camino de Bellatin es una arriesgada espiral que asciende. Al fondo, hay una nube. Favorecedor de los finales abiertos, evita comunicar lo que hay dentro de la nube (¿una casa, un templo, un mirador para ver el cielo hacia abajo?). La obra de conjunto de Mario Bellatin avanza en delgados caminos hacia esa cima vibrante e inescrutable.
     La novela Flores confirma el dominio de una estética y hace de la forma una moral. El narrador usa una prótesis en una pierna y se dedica a investigar las distintas variantes de la sexualidad. El cuerpo es su horizonte de referencia y de trabajo. En forma paralela, Bellatin cuenta la historia de un medicamento alemán que produce malformaciones genéticas. Las tramas no se tocan a través de anécdotas sino de símbolos. Flores explora las limitaciones del organismo y los juegos compensatorios que origina: el arte, la sexualidad, la fe, los brotes con que la imaginación trasciende el dolor y sus plurales vejaciones.
     Un personaje se atreve a poner su físico al servicio de su fabulación y se somete a una operación de cambio de sexo. Otros acuden a remedios menos drásticos: los ritos religiosos o laicos, la teatralidad sin guión del performance, el consuelo de los desconocidos, la fuga textil del travestismo, la cotidianidad interpretada como un texto hermético donde cada objeto es una clave. El libro se ordena en brotes breves, los pétalos de una floración descomunal. Una inquietud de fondo anima los relatos que se alternan: ¿Cuál es el sentido de la forma? ¿Podemos estar seguros de lo que significan la enfermedad y la belleza? Los tumores y las mutaciones genéticas son riquísimas estructuras rebeldes; el arte posee la misma fuerza disruptiva. Sería tranquilizador que Bellatin escribiera para comparar el dolor con su remedio, el malestar con la literatura. Su operación es más radical. Flores no sólo confronta los opuestos; los hace equivalentes. En la clínica donde se fabricó el fármaco que produjo lesiones irreversibles en una generación de recién nacidos, los fetos momificados huelen a geranios podridos. La vida y su deterioro son una y la misma cosa. El aroma más perfecto de la botánica es idéntico a la descomposición.
     En esta intrépida fábula moral, la mayor valentía es la de la aceptación. Bellatin no guisa un pez envenenado para impresionar a sus comensales; ajeno a las poses y los efectos fáciles, evita presentarse como un decadente cultivador de flores marchitas o un esteta a contrapelo cuyo invernadero sólo admite tulipanes de plástico. Tiene el coraje extremo de descender a los pudrideros, los sádicos clubes de luz morada, los recintos del fanatismo, pero su mérito no está en el safari a los infiernos sino en su modo de atesorar la experiencia. En las sórdidas esquinas a las que otros llegarían para disfrutar con el susto y el horror, él se atreve a encontrar espléndidas noticias. Los cuerpos lastimados que recorren Flores son capaces de solidaridad, de fe, de belleza, de las caricias suaves y definitivas que imitan a la lluvia. Enemigo de lo grotesco, Bellatin narra una Historia Natural. Con el mismo pulso con que describe los errores de la ciencia, cuenta relaciones amorosas. Flores despliega sus recursos con la contundencia de lo que sólo puede ser así. El único lirismo que se permite son los nombres florales de los capítulos. Como las saponarias que estremecen por contraste en el desierto de Comala, las retamas, los azahares y los pensamientos de Bellatin se recortan contra los muros de concreto con la exuberancia disruptiva de las flores que son ideas.
     Conocedor de las posibilidades narrativas de la fotografía, Bellatin estructura Flores al modo de un álbum donde el lector tiende puentes de sentido. Pocos libros dependen tanto del recurso que los tipógrafos llaman "blanco activo", el espacio entre dos pasajes que no es una zona perdida sino un vacío que dice sin decir, una pausa elocuente, reflexiva.
     Bellatin ha construido una territorialidad que sólo a él le pertenece. Al fondo de ese escarpado jardín de arena hay una nube. Con serena singularidad, Mario Bellatin dirige sus pasos hacia ese blanco activo. –

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