Literatura en pie de guerra

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Luther Blissett era un futbolista británico de origen jamaiquino que militaba en el Watford, el club propiedad del músico Elton John. En 1983 el A. C. Milán le fichó, pero el jugador no consiguió habituarse a la dureza del Calcio y, tras una temporada aciaga, retornó a Inglaterra. Su carrera futbolística en el continente pasó inadvertida para aficionados y prensa deportiva, pero sorprendentemente dio nombre a un amplio colectivo dedicado a difundir, entre otras cosas, rumores “falsos” sobre su existencia. En una entrevista para el semanario The Observer este hombre comentaba perplejo, “es extraño que esa gente se dedique a usar mi nombre, pero qué voy hacer, es algo sobre lo que no tengo control”.
     En la década de los noventa un espectro mediático recorrió Europa. Luther Blisset se alimentaba de las estrategias del situacionismo, las corrientes más activas del arte conceptual que no dudaban en atentar contra las instituciones culturales y organizaciones políticas de acción directa como autonomía obrera. Este fantasma realizaba ficciones en los medios de comunicación, para inocular virus en su manera de articular la realidad cotidiana, deconstruir sus mecanismos narrativos y abrir nuevos territorios míticos. Durante sus cinco años de existencia Luther Blisset estuvo muy ocupado perpetrando intervenciones y sabotajes mediáticos. Firmó noticias ficticias, lanzó bulas, escribió manifiestos manipulando registros lingüísticos, realizó juegos con la llamada actualidad y diseñó la supuesta página web del Vaticano, plagada de textos heréticos, que estuvo operativa sin levantar sospechas durante todo un año.
     La polémica decisión de que Luther Blisset cometiera un suicidio ritual, fue tomada por algunos de los colectivos italianos que habían movido sus hilos desde las sombras. Este hecho sucedió cuando cuatro de las personas involucradas comenzaron el proyecto literario Wu Ming, tras la publicación de Q, su primera novela. Se levantaron agrias polémicas en el underground cultural europeo sobre el oportunismo y la traición a la causa revolucionaria que pudo suponer semejante cambio de actitud, reflejado, por cierto, en el propio texto cuando su escurridizo protagonista deja la militancia revolucionaria activa para dedicarse a la distribución de libros clandestinos. Pero lo más interesante es cómo este colectivo ha ido elaborando en sus textos una serie de claves que ejemplifican los desafíos que sufre la literatura.
     Wu-ming significa en chino mandarín “sin nombre” y sus miembros se mantienen en el semi-anonimato. Se definen, en la declaración de principios publicada en su web <www.wumingfoundation.com>, como “un laboratorio de diseño literario que trabaja en diversos medios como empresa independiente de ‘servicios narrativos’.” Han publicado dos extensas novelas con Mondadori, Q y 54, que son las que nos van a ocupar ahora, y, al menos, dos colecciones de ensayos con editoriales independientes. Su trabajo parte de una serie de principios claros y, a menudo, sorprendentes dadas sus intenciones revolucionarias. Mantienen una actitud militante contra la literatura de los sentimientos, que se recrea en las emociones subjetivas del narrador, mientras defienden con convicción la ortodoxia narrativa decimonónica, sujeta a la lógica lineal de una trama principal y a una construcción tradicional de personajes, dentro de las convenciones de la literatura de género. Es interesante como lo explican ellos mismos: “Ante todo nos interesan historias que tengan un principio y un fin, con un argumento en medio,” escriben en Esta revolución no tiene rostro. “Los experimentos son aceptables única y exclusivamente cuando ayudan a mejorar la narración. Nos gustan las historias de conflictos, tejidas en los telares donde nacen la épica y los mitos, que adoptan los mecanismos y estilos de los géneros de ficción, biografía épica, investigación militante o microhistoria. El narrador debe no confundir la fabulación, su misión principal, con un exceso de autobiografismo obsesivo y ostentación narcisista.” Está claro.
     Su primera novela Q ha vendido más de 200.000 copias en Italia y pone las bases de sus “diseños narrativos”. Está situada en los tiempos de la Reforma luterana y explora los movimientos radicales que surgieron en sus márgenes. El texto recorre un periodo de treinta años de la historia europea en los que las distintas alternativas de transformaciones revolucionarias, que luego han ido reapareciendo de manera cíclica, parecieron posibles. El tiempo es uno de los grandes protagonistas en sus dos novelas. En Q es sobresaliente el fraccionamiento de la perspectiva temporal para construir este periodo como Historia. La narrativa es contada de manera complementaria en primera persona desde el presente y como recuerdo desde el futuro. Los constantes saltos enriquecen las convulsiones que vive el texto y que marcan la génesis del mundo moderno. En el paso del apocalipsis visionario y mesiánico al capitalismo germinal, la novela refleja la evolución de los meta-lenguajes que enmarcan y dan sentido, semiótica y psicológicamente, a la lucha revolucionaria en la que se embarcan sus protagonistas. De este modo se configura el nacimiento del pensamiento secular y de la lucha política moderna. Como ocurre en el teatro isabelino, contemporáneo a los hechos narrados, el maquiavelismo, que caracteriza a los personajes que juegan en la trama el papel de malvados antagonistas, define un territorio de lucha política autónomo de la religión, basado en la voluntad de poder. El doble y triple juego que mantiene el espía Q supone la reivindicación de un territorio autónomo con motivaciones y reglas propias. Este agente del Vaticano puede apoyar sin ambages a los príncipes protestantes o al propio Lutero como contrapeso estratégico frente al poder del emperador católico Carlos i. En su segunda novela, 54, el elegante personaje Archibald Alexander Leach, más conocido como Cary Grant, juega un papel similar en el mundo de los servicios secretos durante la Guerra Fría.
     Un pilar esencial en la estrategia narrativa de Wu Ming es su defensa militante de la literatura colectiva frente a dos adversarios: por un lado, la noción romántica de genio y, por otro, el derecho de propiedad individual sobre las ideas. Esta aplicación del proyecto Luther Blisset a su literatura se percibe en aspectos como la publicación de sus textos con licencia copyleft, el papel protagonista jugado por las multitudes y los sucesivos cambios de identidad que viven los personajes principales, lo que es, por cierto, una de las características más apasionantes de su trabajo. A la hora de llevar a la práctica su estrategia colectiva, Wu Ming funciona como una banda de jazz, cuyos miembros comparten una estructura común que les da pie a embarcarse en sus propios solos.
     La licencia copyleft, una práctica que han impuesto a la multinacional Mondadori-Random House, desafía las tradicionales limitaciones al derecho de copia. Esta fórmula, que se ha extendido entre jóvenes autores, es lo suficientemente ambigua como para permitir que sus libros sean reproducidos, mientras no sea con fines comerciales. De este modo, se plantean la defensa de los autores frente a la voracidad de las editoriales, sin penalizar por ello a los lectores y sus capacidades tecnológicas. Pero lo que tiene todavía más calado es que sus textos pretenden abrirse a la manipulación y reescritura, entrando en una cadena abierta de creación colectiva. Esta actitud enlaza con las prácticas de remezcla, apropiación, cut-up y sampleado que tanto han enriquecido la llamada música de baile en los últimos veinte años y que suponen un auténtico desafío a las tradicionales nociones de autoría, originalidad, historia o identidad. De todos modos, el carácter cerrado de las narraciones de Wu Ming y su pertenencia a la ortodoxia de género complica bastante su reutilización o cambio de contexto.
     Desde el contexto de la literatura en castellano escrita en España las premisas que articulan los “diseños narrativos” elaborados por Wu Ming han supuesto una auténtica revolución sin rostro. Esto no es decir demasiado, pues nos referimos a un entorno donde la izquierda tradicional se muere por una carencia absoluta de ideas, a la vez que monopoliza los órganos de expresión que son en teoría críticos con el poder y hacen bandera publicitaria de no rendirle pleitesía. Es interesante entonces recoger el desafío que significa su trabajo y preguntarse hasta qué punto subvierte los procesos y categorías culturales, para debatir algunos de los elementos esenciales de su estrategia narrativa.
     La intención política de este colectivo de dar voz a las multitudes, en la estela del pensamiento de Tony Negri, se traduce en la vertiginosa proliferación de personajes que aparecen en sus novelas. Como los autores explican, “el verdadero protagonista de la historia no es el Gran Héroe ni el individuo mónada, sino una multitud de anónimas figuras secundarias y a través de ellas el enjambre de sucesos, destinos y vicisitudes sin nombre. Queremos contar el movimiento de la multitud, que no tiene nada que ver con la masa”. Sin embargo, la sucesión interminable de nombres propios, carentes de trazos de una personalidad, entorpece, con demasiada frecuencia, el flujo narrativo. Merece la pena mencionar una novela como Underworld de Don Delillo, en el que la multitud se conforma como una red viva de conexiones y desencuentros, asociaciones y disociaciones, materializaciones y fluctuaciones.
     Puede resultar apasionante, entonces, hacer un acercamiento intertextual, y leerles frente a textos que desde los márgenes atacan sin concesiones registros culturales grabados en piedra. La extraordinaria novela de aventura Cities of the Red Night del último Burroughs bebe de las fuentes de Joseph Conrad hasta emborracharse, para lanzar un despiadado ataque nihilista contra los registros lingüísticos que codifican la cultura moderna; a la vez que sirve de altavoz a diferentes movimientos que se han desarrollado en sus extramuros. Hasta ahí podría compartir territorio con Q o 54. Pero este texto indefinible ataca de pleno lo que el brillante crítico británico Jonathan Dollimore define como la tradición crítica que intenta mantener vivos los imperativos conservadores asociados con el orden, la tradición, la condición humana y el personaje. Uno de sus principales armas es someter la propia realidad diseñada por el texto a un proceso de auténtico desafío ontológico.
     Sigamos. Las novelas de Wu Ming pueden leerse como la construcción de una identidad masculina, con una orientación emocional y sexual que no da cabida a ambigüedades ni fracturas. Los textos elaboran un mundo de hombres a base de clichés y visiones cuartelarias de la realidad. Una consecuencia es la interminable sucesión de batallas, que contrasta con la ausencia de debates sobre las ideas y motivaciones que dan sentido a las luchas y los cambios del marco meta-lingüístico que antes comentábamos. A menudo, resulta difícil entender en Q las motivaciones que puedan tener los habitantes de una determinada ciudad, por ejemplo, para lanzarse a una guerra civil. Pero es todavía más sorprendente la pobreza de los escasos personajes femeninos que se asoman a la trama y la mentalidad de los masculinos cuando abordan temas como el deseo o los sentimientos.
     El intento de Wu Ming de diseñar una “escritura urgente” queda entorpecida por la militancia de sus textos en una ortodoxia narrativa, estilística, semiótica y sexual. Apetece animarles a que se revelen contra el sistema de reglas que ellos mismos han articulado y obedecen. Sus libros, sean literarios o teóricos, obedecen a estilos cerrados y definidos. La ficción deja de ser un campo de pruebas donde recoger tempestades, conflictos, ambigüedades, peligros y contradicciones. Uno tiene la sensación de que los textos de Wu Ming piden a gritos la entrada inmediata en este colectivo de voces femeninas, de homosexuales, bisexuales, asexuales, transexuales, hermafroditas y de amas de casa como parte de un desafío radical a la realidad pragmática que construyen. Para que la multitud tome cuerpo. ~