¿Mozart?

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John Berger observó alguna vez que, al ser Picasso quien es, cada mala interpretación de su obra no hace más que oscurecer el entendimiento contemporáneo del arte en general. Lo mismo podría decirse de todos los artistas que importan. Pero justamente porque importan es casi imposible no caer en la tentación de decir algo, lo que sea, sobre ellos. El propio Berger usó lo dicho como una justificación para “sumar unos cuantos cientos más a los millones de palabras a través de cuya red él logra siempre escapar”. Parece una manera interesante de medir la importancia de un artista: según su capacidad para escapar; porque la red no puede sino crecer. Berger habla en 1954 y, en efecto, pone en claro algunas cosas, sobre todo para sus contemporáneos (que tenían bastantes problemas para descifrar el arte que les tocaba ver). Pero ¿acaso hemos terminado de entender a Picasso? Mucho me temo que el arte subsiste en gran medida por lo nublado de nuestra visión.
     Hace unos días me encontré con una nota en el diario The Guardian que prometía lo siguiente: Britons’ ignorance of classical music exposed. Y así lo hacía al publicar los resultados de un amplio sondeo según el cual, por ejemplo, sólo un 46.7% de los encuestados sabía que Sir Edward Elgar era inglés. Pobre Elgar, ni en su casa lo conocen. Pero ¡¿a Wolfgang Amadeus Mozart?! He aquí la trampa de una encuesta así: la pregunta consistía en identificar al autor de Las bodas de Fígaro. Cerca de un 75% falló por completo. ¿Esto querría decir que Mozart ha caído en desgracia? Lejos de eso, gracias a un sondeo accidental que consiste en “estar ahí” cada vez que un celular reproduce de modo grosero el último movimiento de la Sonata para piano en la mayor, KV 331 (o sea, el Rondó “alla turca”), puedo asegurar que sigue siendo el más célebre de los compositores clásicos. Incluso a pesar de lo oscuro que sea nuestro entendimiento sobre su arte, y el Arte. La encuesta no nos dice cuántos de entre ese 75% han oído algo del Fígaro, quizá sin saberlo. Yo diría que todos. Así de absurda, o misteriosa si lo prefieren, es la fama. Pero a veces atina: Mozart es quien es, a pesar de los británicos (no quiero imaginar los resultados que arrojaría una encuesta similar en nuestro país).
     En el prefacio a la edición bilingüe –italiano y alemán– del libreto de Las bodas de Fígaro, publicada en Viena en 1786, Lorenzo Da Ponte expresa su deseo de “ofrecer un género de espectáculo casi nuevo a un público de gusto refinado y de juicioso entendimiento”. Esta declaración podría, en realidad, aplicarse a toda la música de Mozart, que es mucho más exigente de lo que a veces nos gusta pensar. Eso tiene que ver, como escribió Peyre, con la perfección del clasicismo: que “parece hacernos olvidar los obstáculos que el artista hubo de vencer”. Y los de Mozart fueron muchos. Él dirigió siempre su música a ese pequeño círculo de entendidos que menciona Da Ponte. Ahí, en efecto, le entendían. No puede decirse entonces que fuera propiamente un incomprendido en su tiempo, aunque tampoco gozara del éxito arrollador que sí tenían algunos de sus colegas. Pero, como es natural, fuera de ese círculo su arte no era un plato fácil para el paladar promedio. Sirva de ejemplo la opinión vertida por un crítico un días después del estreno vienés de Don Giovanni en 1788: “Una ópera más que produce vértigo a nuestro público… Ciertamente, la música es grande y armoniosa, pero es más difícil y culta que destinada para el placer”.
     Le pregunto, sin embargo, a Berger (o a cualquiera que tenga alguna respuesta): ¿Entenderlo todo, poseer la perfecta interpretación, nos haría mejores escuchas de Mozart? Puesto de otro modo: ¿Existe una mejor manera que otra de oírlo? Cada época ha tenido al Mozart que ha querido. Y ahora se nos dice que el nuestro está muy lejos de ser el que fue. En una serie de ensayos sobre el compositor, Nikolaus Hanoncourt atribuye justamente a las malas interpretaciones lo oscuro que es todavía nuestro entendimiento de su arte. Aquí cabe recordar la historia de la famosa carta apócrifa (publicada en 1815 en el Allgemeine musikalische Zeitung, y pronto traducida al inglés, francés e italiano) en la que Mozart es llevado a asegurar que: “La composición entera, aunque sea larga, se presenta casi terminada y completa en mi mente, así que puedo contemplarla de un golpe, como a una bella pintura o a una hermosa estatua”. A esta carta se debe, en gran medida, la idea romántica –común todavía– de que, como dijo alguna vez Einstein, Mozart y su música no son de este mundo. Goethe, poseído por el plagio, escribió: “Con gran impropiedad en los términos, los franceses emplean la palabra composición hablando de las obras de la naturaleza… Es una palabra de bajeza extrema… ¿Cómo decir que Mozart compuso Don Juan? ¡Composición! Como si se tratase de un pastel o de un bizcocho que se fabrica con huevo, harina y azúcar. Una creación intelectual, tanto en el detalle como en el conjunto, se halla penetrada por un espíritu único, concebida de una sola vez, animada por un espíritu vital único”. Basta con leer las cartas genuinas que Wolfgang escribió a su padre durante la composición del Idomeneo para reconocer que mientras sus ideas musicales eran sorprendentemente precisas, el proceso de escritura era en todo mundano: prueba y error. En una carta fechada el 18 de enero de 1781, Mozart habla del tercer acto de dicha ópera:
     

     Les ha parecido que supera con mucho a los dos primeros actos. Sólo que la poesía que contiene es demasiado larga y, por consiguiente, también la música, tal como yo he dicho siempre; por eso desaparece el aria de Idamante, Nò, la morte io non pavento, ya que de todos modos resulta muy torpe ahí.
     
     Quizá, para quienes oímos voluntariamente a Mozart, una parte del encanto sea que lo vemos, al mismo tiempo, escapar de la nube negra. Qué importa, al final, que, como dicen los expertos, no haya sido “innovador en su arte como Wagner o Monteverdi”, que todo lo que creíamos reconocer como típicamente “mozartiano” lo encontremos también en las obras de sus contemporáneos, cuando su música contiene, no demasiadas notas –como pensaba el emperador José ii–, sino las justas para abarcar toda la amplitud de la vida humana, en palabras de Harnoncourt: “desde el dolor más profundo hasta la alegría más pura”.