Poniatowska: La memoria de la gente

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El 3 de octubre de 1968 debió parecerles a las víctimas de la represión a balazos que duró siete horas en un mitin de siete mil personas en Tlatelolco un sinsentido: mientras los diarios hablaban de “la respuesta” armada del ejército mexicano a los estudiantes-conspiradores-comunistas-internacionales disparando desde el edificio Chihuahua, las fotografías de Enrique Metinides en La Prensa y las de Jesús Fonseca en El Universal jamás aparecieron publicadas: cadáveres apilados frente a Relaciones Exteriores, miles de zapatos dejados en la estampida de los balazos, los dirigentes desnudos y mojados, con las bocas y narices rotas, recargados contra los muros de la iglesia de Santiago Tlatelolco. En un país acostumbrado a la censura, Abel Quezada, tras ensayar seis cartones distintos, decide, junto con el director de Excélsior, Julio Scherer, publicar un recuadro en negro debajo de la pregunta “¿Por qué?”. Es el 3 de octubre, esa fecha, en la que, como ha dicho José Emilio Pacheco, los mexicanos “andábamos como zombis”.

Lo inexplicable fue el signo de un ocultamiento que creyó tener más poderes que la experiencia de la gente. El presidente Díaz Ordaz y su secretario de Gobernación, Luis Echeverría –pero, también, no lo olvidemos, la policía política del oscuro Fernando Gutiérrez Barrios, los soldados de García Barragán, y los policías de los Alfonsos, Martínez Domínguez y Corona del Rosal– creyeron escenificar un enfrentamiento entre el ejército y los estudiantes subversivos –un batallón, el Olimpia, constituido para cuidar los Juegos de la Paz de México 68– cuyo dato sería que el primer herido fuera un militar, Hernández Toledo, el “héroe” diazordacista del 68 y que tiene el delicado premio de ser el primero en encabezar el primer plan contra el narcotráfico en Sinaloa, con las consecuencias que ya tan bien conocemos. Después, sobrevino la otra fase del ocultamiento: la confiscación de rollos fotográficos, la presión sobre los periodistas –Scherer recuerda la llamada de Gobernación: “Nos dispararon, ¿entiendes? Ellos nos dispararon primero”– y la tortura a los dirigentes estudiantiles para que declararan que estaban armados, que querían hacer una revolución socialista, y que les pagaba la soviética kgb con el entonces nada mítico “oro de Moscú”. Algunos de ellos cedieron a la presión, como es el caso de Campos Lemus, o a otros actos, como sucedió con la oleada de conversos que llegaron con el salinismo, treinta años después, ya a toro, no pasado, sino hecho tacos. Estaba de moda el ascenso social: seguir jodido, pero convertirse a la derecha para tener algo de aristocracia.

Pero todo el plan del priismo diazordacista –una mezcla de anticomunismo sin comunistas, catolicismo recalcitrante sin poder saludar al Papa en público, y autoritarismo sin dar explicaciones porque me lo permite la investidura presidencial, aunque no las elecciones democráticas porque no hay; es decir, la hipocresía oligarca– se viene abajo por un equívoco: la gente sabe lo que experimentó y no puede ser convencida de lo contrario.

No solo el Estado mexicano con todas sus fuentes de información nunca entiende el movimiento del 68 –ahora, en los archivos, Fernando Gutiérrez Barrios se exhibe como alguien que jamás supo qué era el Consejo Nacional de Huelga y que jamás infiltró los Comités de Lucha. Shame on the secret intelligence! Sooo secret– sino que es incapaz de enfrentarlo como sistema juvenil, relajiento, precario, de base, pequeño, oral, de consigna y obra de teatro improvisada, en la calle, en la esquina, en el café de la Zona Rosa. Los diseñadores detrás del último acto –la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco– jamás pensaron en que el movimiento ya había ganado como sistema de comunicación. Se dijeron: “Finjamos un enfrentamiento con los estudiantes, los encarcelamos, los enterramos en el Campo Militar Número Uno, y la gente disfrutará de las Olimpiadas.” La apuesta era por el olvido. En su informe de gobierno, en 1969, Díaz Ordaz se atreve a decir que “los sucesos del año pasado” serán recordados como “vergonzosos” porque una turba de universitarios trató de envilecer al país delante de las demás naciones aprovechando las Olimpiadas. Se equivocaba el señor presidente que inició su campaña besándole la mano a su padre, don Ramón, y se insertaba en la ironía: lo vergonzoso sería el 2 de octubre, aquel del cuadro negro y el “¿Por qué?”. Acostumbrados a la huelga del sindicato que no era de la ctm o a la protesta estudiantil manipulada por un precandidato a la gubernatura o a una presidencia municipal o de la república demasiado fogoso, Díaz Ordaz y Echeverría jamás entendieron que el país había cambiado sin ellos y que ellos habían masacrado a ciudadanos nuevos, libres.

Elena Poniatowska, entonces una experimentada periodista que en Excélsior y Novedades tenía la capacidad de hacer una entrevista por día, lo entendió. En busca de una explicación de lo que es México, había buscado a sus artistas plásticos. Y se encontró con un Siqueiros encarcelado –por Díaz Ordaz, como secretario de Gobernación, y un López Mateos como presidente ciego y acabado por un aneurisma cerebral–, debido a uno de los diez delitos que les imputaron a los estudiantes del 68: “disolución social”, un término que piensa al país como el presidente y a toda crítica como un ácido. Cuando escuchó que una de las consignas del movimiento del 68 era contra ese extraño delito “líquido” –disolver lo sólido–, alistó su grabadora, documentó lo que se decía y acabó convirtiendo su vida en ir a las crujías “políticas” de la cárcel de Lecumberri para captar las voces de los estudiantes presos. El resultado fue La noche de Tlatelolco, un testimonio “coral” –se usa ese término, pero los movimientos sociales carecen de partituras– de lo que significaron los 131 días en que unos estudiantes que vivían plenamente los años sesenta se enfrentaron a una clase política y –hay que decirlo– a una buena parte de la población que seguían pensando que México era alemanista: un Estado del presidente, sin rupturas, hacia la felicidad posible. Porque –también hay que decirlo– la Revolución mexicana ya era a esas fechas una retórica cantinflesca, una corrupción tolerada, un agandalle legal, sin más narrativa de futuro que seguir igual a ver si algo resulta, si este sexenio sí nos hace justicia algo, alguien, o nos ponen dónde. El movimiento de La noche de Tlatelolco es la contraparte: entusiasmado de sí mismo, con una idea de futuro promisoria y con elementos de la contracultura sesentera acotada por el moralismo paterno –minifaldas, mariguana, las canciones de la Guerra Civil Española sustituyendo a Bob Dylan–, pero con una clara convicción: jamás nos van a disparar en un mitin. Para el otro lado, el poder, los pobres eran peligrosos: Los de abajo, que no saben por qué luchan. La idea de la rebelión para los gobiernos de la posrevolución era un conjunto de generales con tropas manipulables. El 68 mexicano elimina esa idea a partir de que se plantea no como una organización, sino como un sistema de comunicación. Pero los gobernantes tratan, en vano, de encontrarle cabecillas dentro del pri o en la Cuba de la crisis de los misiles. Se equivocan, pero siguen adelante en un plan que es el 2 de octubre de 1968.

Elena Poniatowska transmite el ánimo del movimiento sin líderes ni financiamientos, con soltura: aquí estamos unos ciudadanos insultando al Estado mexicano porque somos libres y nada, realmente, nos va a suceder. Mientras los políticos de copete –Gutiérrez Barrios– o los calvos –todos los demás– lidiaban con una rebelión que no atinaban a fijar como cuartelazo, conspiración, o grilla pre-presidencial –ah, cómo les preocupaban el rector Barros Sierra y el ya entonces ex presidente del pri Carlos Madrazo o Heberto Castillo y Lázaro Cárdenas en contra de Kennedy por la invasión en Bahía de Cochinos–, la gente en las calles sabía lo que estaba haciendo: ejercía sus libertades. Era anónima, sin partido comunista, sin leer a Marx, sin ser vanguardista por recitar a Allen Ginsberg, sin filosofar sobre Joan Baez, sin importarle que al presidente le ofendieran las referencias a su nula ortodoncia. El 68 mexicano es La noche de Tlatelolco de Poniatowska. No es la conmiseración que vino después de la tragedia: la cárcel, los presos políticos, la “regularización política” de algunos de sus líderes, las investigaciones en archivos depurados por los mismos que los ocultaron durante cuatro décadas. Es la fiesta de las libertades. Y Echeverría lo huele años después, cuando hace una guardia de honor a “los caídos” del 68, cuando vuelve a la Universidad Nacional solo para recibir un piedrazo en plena calva, cuando le quiere otorgar un premio a Elena Poniatowska en 1971 y ella lo rechaza. Y es que ella sola, menuda, flaquita, inmigrante del nazismo en Polonia, había escrito la memoria de la gente, la que se opuso durante décadas al ocultamiento que Díaz Ordaz fraguó en algún momento de agosto de 1968, cuando ideó la escenografía de un enfrentamiento entre militares y una conspiración. Ella sola, Elena Poniatowska, se había puesto la piel de la gente, de sus testimonios, a cuestas, y su libro no es distinto al resto de su obra periodística y narrativa: es la prueba de que las víctimas –en este país, todos, aunque ahora seamos “daños colaterales”– cuentan –contamos– una historia que quizás sea la verdadera. ~

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