¿Qué son las revoluciones?

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Los norteamericanos tienen una conciencia histórica y una educación al respecto que es un asunto ignorado en los demás países de la América Latina. (Baste recordar como ejemplos de esto los poemas de Pound y Lorine Niedecker y uno que otro libro de William Carlos Williams, o bien, las participaciones en la guerra civil de Whitman y Henry James.) La primera razón que se nos puede ocurrir para explicar este fenómeno es que los Estados Unidos cuentan con una historia incipiente en comparación con las culturas milenarias de las demás latitudes del continente. Sin embargo, sospecho que en el fondo de todo esto hay algo más que una falacia arquitectónica. Doscientos años de una producción artística y literaria de primer orden avalan esta sospecha. O por lo menos la avalan en parte. La literatura y las artes se construyen en relación con el pasado; un pasado real o un pasado inventado; o mejor dicho: un pasado geográfico con múltiples raíces, aquí y allá. Guy Davenport, heredero en el sentido político de los empeños republicanos de Jefferson y Adams, discípulo de Ezra Pound del periodo tardío del hospital de Santa Isabel, nos ofrece en este ensayo sobre evolución y revolución no una síntesis lapidaria de las desgracias que han agravado la situación de los norteamericanos durante los últimos 170 años, sino una imagen global de lo que somos ahora. Temas y motivos que son recurrentes en su obra, como el automóvil, la utopía al revés del Erewhon de Samuel Butler, la Dinamarca de Kierkegaard y los hermanos Brandes, aparecen de nuevo en estas páginas para cobrar una justa dimensión personal. No son disertaciones académicas y eruditas lo que escuchamos de labios de Davenport, sino la voz de uno de los escritores más entrañables y "revolucionarios" de las letras norteamericanas actuales.
     Guy Davenport nació en Anderson, Carolina del Sur, en 1927. Es autor de más de treinta libros de suma importancia para el desciframiento de los vínculos del arte moderno con el pasado arcaico. En el otoño de 1999 apareció en México, bajo el sello de la editorial Aldus, la traducción de una antología suya de 19 ensayos sobre arte y literatura que lleva por título
El museo en sí. De Davenport, también ya narrador clásico de las letras norteamericanas, la editorial Verdehalago acaba de sacar a la luz La muerte de Picasso. –-Gabriel Bernal Granados
La diosa romana del alba era también una diosa de las batallas, de manera que, en el decurso infame de la historia de los conflictos armados, las grandes batallas han comenzado con la salida del sol: Shiloh comenzó a las 6:00 a.m. (el 6 de abril de 1862), con las bayonetas de los confederados encajándose en los cuerpos de los soldados de la Unión, los cuales aún yacían en sus sacos de dormir. La primera Batalla del Somme, en la cual un millón 265 mil hombres fueron muertos o lisiados de por vida, comenzó al romper el alba. Y una mañana del 19 de abril de 1775, setenta hombres se alinearon en territorio de Lexington, Massachusetts, en espera de las tropas británicas que según Paul Revere marchaban a Concord, setecientos ingleses bajo las órdenes del teniente coronel Francis Smith.
     En este mismo territorio, 72 años después, el Himno de Concord de Ralph Waldo Emerson se entonó el Cuatro de Julio de 1837:           By the rude bridge that arched the flood,
     Their flag to April's breeze unfurled,

     Here once the embattled farmers stood

     And fired the shot heard round the world.
     [Sobre el puente rústico que arqueaba la corriente,
     Su bandera ondeando con la brisa de abril,
     Una vez estuvieron aquí los beligerantes granjeros
     Y detonaron el disparo que se oyó en el mundo entero.] Esta fue nuestra revolución. Duró hasta 1781, cuando Cornwallis se rindió en Yorktown el 19 de octubre —los británicos, compañía tras compañía, avanzando al ritmo de una garbosa tonada llamada "The World Turned Upside Down", rindieron sus banderas y depusieron sus armas ante el general marqués de Lafayette y el general George Washington.
     "La revolución"—según lo hizo notar John Adams más adelante— "terminó antes de que una sola bala hubiera sido disparada". Quería decir con esto que nuestra independencia se había desarrollado como un proceso histórico. En cierto sentido, la Revolución Francesa también terminó antes de haber empezado. Estas dos revoluciones ocurrieron en, y fueron el resultado de, una época conocida como la Edad de la Razón. Un historiador francés ha dicho recientemente que su revolución fue innecesaria, una pérdida trágica de dos millones de vidas. Un millón es un millar de millares. Uno de los horrores de los hechos es que son abstractos. "Las guerras", dijo Melville en un poema, "son peleadas por niños". Imaginen a un joven francés, hijo de familia, con hermanos y hermanas, con una novia o esposa. Es saludable, tiene cierta estatura, o de lo contrario no hubiera sido reclutado para morir de gangrena en Jena o ver sus piernas volar por los aires en Austerlitz. Ahora multiplíquenlo por dos y piensen en este segundo soldado con su cara hecha pedazos en Waterloo. Ahora multiplíquenlo por tres. Si seguimos así y contamos dos millones de jóvenes franceses —sencillos, guapos, llenos de vida, sosos—, uno por segundo, nos llevaría 23 días y noches imaginar a dos millones.
     Así pues, ¿qué es una revolución, que tuvo que matar a dos millones de franceses en la Edad de la Razón? El historiador del que hablo cree que la verdadera tragedia de la revolución es que ésta instauró la fórmula "Si quieres la paz, haz la guerra". Si quieres fraternidad, mata a tu hermano; si quieres igualdad, decapita a la nobleza; si quieres libertad, esclaviza a los jóvenes reclutándolos en un ejército. Escuchen a un ferviente revolucionario, Jean-Baptiste Carrier: "Convertiremos a Francia en un cementerio antes que fracasar en su regeneración".
     Uno de los himnos de guerra de la Revolución Bolchevique, que esclavizó al pueblo ruso con un poder que rebasó los deseos más descabellados del más cruel de los zares, fue "La marsellesa".
     Una revolución, pues, es una forma de hacer que el poder cambie de manos.
     Han ocurrido una y otra vez a lo largo de la historia. Una revolución está comenzando ahora en Haití, otra en Nicaragua, otra en Honduras, otra en Ecuador, otra en Chad. No ha habido un solo minuto de paz en el mundo desde la Batalla de Waterloo. Las guerras han sido cada vez peores, y seguirán siéndolo. Incluso podemos imaginar las guerras más aterradoras del pasado y, en comparación con lo que hemos hecho desde entonces, pensar en ellas como en algo casi idílico. La escalofriante batalla de Lepanto, cuando España e Italia destruyeron el poder naval de los turcos para siempre, duró dos horas. La batalla de Lexington quince minutos más o menos. Las batallas griegas, romanas y bíblicas duraron unas cuantas horas solamente.
     ¿Es esto, pues, lo que son las revoluciones? A decir verdad, la historia no es nada más un Gran Guiñol de sangre y sufrimiento. Los británicos llegaron a ser una monarquía constitucional después de años de evolución, con brotes revolucionarios aquí y allá. Uno debería tener a Islandia siempre presente, pues los islandeses vivieron más o menos felizmente y sin contratiempos durante quinientos años sin ningún tipo de gobierno. Para no quedarse atrás, Islandia tiene ahora un gobierno. Al frente está una mujer luterana metódica de ideas avanzadas, y la gran preocupación nacional es qué tan fuerte debe ser la cerveza. Pero nadie ha igualado a los ultracivilizados daneses en su revolución. Ésta se dio luego de una petición al rey de una monarquía constitucional y un parlamento democrático. El rey invitó a los revolucionarios a tomar el té, y fue entonces que la cuestión se discutió favorablemente.
     Revolución y evolución son quizás como el fuego y el herrumbre, los cuales ejemplifican diferentes velocidades de oxidación. Heráclito descubrió en el siglo VI a.C. que muchas cosas diferentes son la misma cosa; la tarea del filósofo consiste en descubrir cuál es más rápida o más lenta; cuál más pequeña o más grande. Evolución y revolución son el mismo proceso, uno muy lento, el otro rápido.
     Del reloj de la evolución podemos decir poco —está fuera de nuestro alcance. Pero del reloj revolucionario podemos preguntar: ¿Está del todo en nuestras manos? ¿Está bajo el control de nuestros deseos y pasiones, nuestra esperanza y desasosiego? ¿O queremos preguntar con esto si evolución y revolución deben cooperar? Los Estados Unidos liberaron a sus esclavos negros en 1865 con violencia revolucionaria de por medio, pero la evolución de su libertad dista de haberse consumado. La revolución comunista ocurrió, en Rusia y otras partes, y sigue ocurriendo bajo el entendido de que su estadio evolutivo entraña un largo proceso.
     Nuestro problema político hoy en los Estados Unidos es que estamos apartados de lo que inicialmente fue nuestra revolución. El Congreso demuestra su incompetencia a diario. Recaba nuestros impuestos y los tira a un barril sin fondo de deudas y más deudas. El último proyecto que pudimos pagar fue la construcción del Canal de Panamá; desde entonces seguimos endeudados y los intereses se incrementan. Nuestra revolución empezó por un impuesto de un centavo sobre el papel y un impuesto de dos centavos sobre la mantequilla. Hoy día se nos cobran impuestos por cada paso que damos, por cada níquel que intercambia un ciudadano con otro. Aquel tirano en contra del cual nos rebelamos no hubiera osado gravar con impuestos los ingresos de sus súbditos y por su mente jamás se cruzó la diabólica idea de que se puede recabar impuestos por un salario que todavía no se ha devengado, y que ahora todos pagamos.
     No podemos tener comunicación con nuestro gobierno; hace unos años le hice a la Secretaría de Hacienda una pregunta seria y aún estoy esperando su respuesta. Sé muy bien que nunca llegará.
     En cambio, sí recibo mensajes sobre otras cuestiones. El más reciente decía: "Impuesto de Ingreso Promedio sobrepagado [sic]. El excedente se aplicará al ejercicio del próximo año. No hay ninguna sanción por esto".
     Si hubiera una mente humana detrás de ese mensaje podría unirme a una revolución y expresar mi descontento, en espera del gobierno que yo quiero, aquel que fue concebido por Jefferson y Adams en 1789. Pero este mensaje que me fue remitido por la Secretaría de Hacienda fue procesado por una computadora. Esa insidiosa anotación de que no habrá castigo por haber pagado de más, que habría dejado boquiabiertos a Franz Kafka y a George Orwell, es una frase elaborada en una máquina. Esta máquina no tiene modales, ni sentido del humor ni sentimientos.
     Cuando me sienta tentado a unirme a una revolución que ofrezca cierta garantía de mejorar mi condición y la de usted, la tentación vendrá de haber sido degradado a la condición de ciudadano de segunda categoría, sin haber movido un dedo para que esto ocurriera. No tengo licencia de conducir, lo cual significa que recurro a medios distintos que los conductores para obtener un pasaporte. La licencia de conducir es la ciudadanía. Es nuestra carte d'identité. Recuerdo esto a mi pesar cada vez que trato de cobrar un cheque, o cuando debo presentar evidencia de que yo soy yo. En nuestra sociedad estoy incompleto. No tengo cuerpo. Mi cuerpo, en este momento, debería estar estacionado en una pensión, de no haber una prohibición al respecto, desde luego. El cuerpo de un norteamericano tiene cuatro ruedas, bebe gas y petróleo y come ciudades.
     La revolución más extraña de nuestro siglo es esta evolución perversa e invisible del cuerpo humano en automóvil. Lo cual nos lleva al objeto real de estos comentarios: el descubrimiento heracliteo de un proceso oculto, y qué hacer al respecto.
     Las evoluciones —con esos arranques revolucionarios de velocidad que conocemos como invención, guerra y descubrimiento— la mayor parte de las veces, como dijo Heráclito, pasan inadvertidas e invisibles hasta mucho después. Las ciudades-Estado griegas, que nunca vislumbraron la idea de haberse aglutinado en lo que ahora llamamos país, para ayudarse en las eternas guerras que sostenían unas con otras, se fueron convirtiendo una por una en ciudades clientelares de los romanos, quienes gustosamente eligieron sus bandos pensando en sus mezquinas incursiones y codicia. Hasta que un día los griegos amanecieron con la sorpresa de que se habían convertido en romanos y que eran un país, la provincia de Grecia, con recolectores de impuestos y un emperador para gobernarlos.
     Este es un ejemplo del proceso lento. Sabemos todo del proceso rápido. Pregunten si no a la gente de la República Checa o de Hungría. Pero lo que nos interesa es el proceso lento e invisible. Cuando despertemos de nuestros mitos descubriremos que nosotros, los norteamericanos, no vivimos en la república de Jefferson sino en una tiranía tecnológica cuyos rasgos generales aún no han sido descritos por los estudiosos de la política, quienes han dormido durante todo este tiempo.
     Los profetas nos previnieron de ello. Ha habido muchos: John Ruskin, Henry David Thoreau, Buckminster Fuller, Yevgeny Zamyatin, Booth Tarkington, Ezra Pound, William Morris. Notarán ustedes que se trata de una lista de profetas raros. Quiero tomar a uno de ellos y referirme a sus extravagantes ideas. Es Samuel Butler, o Butler Segundo, como debe decirse para no confundirlo con su homónimo, al que Darwin leyó con interés; el contemporáneo de Darwin, el autor de The Way of All Flesh (1903) y de varias objeciones caprichosas a Darwin, algunos libros de viaje deliciosos y una sátira maravillosa titulada Erewhon (1872).
     El Erewhon de Butler es una sátira sobre los victorianos y la verdad de sus creencias detrás de su sofisticación y religión oficial. Creían, dijo Butler con una sonrisa maliciosa en los labios, que ser feo era un pecado, que estar enfermo era un crimen y que carecer de fortuna debía ser castigado con cárcel. Como nosotros, ellos adoraban el dinero y su verdadera iglesia era un banco. Ser rico y afortunado, bien parecido y saludable era el estado de gracia al que la Biblia realmente hacía referencia, no toda esa palabrería hueca sobre el amor fraternal, la compasión y la salvación.
     El escritor satírico se basa en los hechos de los hombres, no en sus palabras. Bernard Shaw hizo una carrera con unas cuantas ideas de Butler; es un autor del que se puede sacar mucho provecho. Si no pregúntenle a Joyce. La más grande sátira de Butler, sin embargo, está en esos dos brillantes capítulos de Erewhon titulados "Darwin y las máquinas". Un gran filósofo erewhoniano descubrió que las máquinas tienen una evolución en todo semejante a la de los organismos. Se aparean y engendran una descendencia. Este filósofo nos muestra además cómo los polinizadores humanos, con calibradores y planos en la mano, trabajan en una fábrica para ayudar en el alumbramiento de las locomotoras. En el mismo sentido en que la abeja asiste en la propagación de las plantas, así los maquinistas asisten en el parto de las locomotoras, cuya progenie todos los lectores de Butler vieron perfeccionarse en el decurso de sus vidas, de los arcaicos Puffing Billy y Tom Thumb* a las grandes locomotoras de ocho ruedas que pueden recorrer la distancia que va de Londres a Edimburgo en una noche. La evolución del pterodáctilo en el petirrojo tardó millones y millones de años; la del eohippus en el caballo de tiro belga llevó otros millones de años. Sin embargo, el proceso que va de Puffing Billy a las locomotoras de la Great British Southern Railway ha tardado unos cincuenta años solamente. Wilbur Wright vivió para ver a su planeador de madera y alambre de 1904 evolucionar en el avión de línea comercial. Yo crecí entre personas que gustaban de recordar la primera vez que habían visto un automóvil. Mi abuela, como Alexander Graham Bell, no tenía teléfono en su casa —decía que era un invento vulgar. (Bell, su inventor, tampoco tenía teléfono porque creía que era una maldita molestia.) Yo prefiero la objeción de Edgar Degas, quien no tenía aparato telefónico porque era muy probable que la persona al otro lado de la línea no le hubiera sido presentada con antelación.
     Los erewhonianos de Butler se dieron cuenta de que la escala de la evolución tecnológica era mucho más rápida que la biológica, y esto dejaba en claro que muy pronto serían esclavizados por las máquinas.

Uno podría llegar a pasar la mayor parte del día tras el volante de un automóvil, llevándolo de un lugar a otro. Para mantener el auto uno tendría que pedir prestado a un banco y trabajar hasta descarapelarse los dedos para estar al día en los pagos requeridos y para poder alimentarlo con petróleo. Tendrían que construirse carreteras y tirarse ciudades para sus estacionamientos. El automóvil incluso podría convertirse en un amo traicionero, volverte la espalda y matarte, como ocurre con más de cuarenta mil norteamericanos al año, dejando con lesiones a por lo menos dos millones más.
     Los erewhonianos no habían llegado al automóvil cuando instrumentaron una revolución y destruyeron las máquinas antes de que fuera demasiado tarde. Sacrificaron a las locomotoras, las centrales eléctricas, las bicicletas, los telares mecánicos.
     Y fueron libres. No de sus prejuicios, porque los erewhonianos eran un pueblo maravillosamente tonto. Consagraron su libertad de las máquinas a enviar a la gente con sarampión e influenza a la cárcel, junto con los pobres y los feos, los desdichados y los aburridos.
     Cuando los norteamericanos despertemos, nos daremos cuenta de que somos un Erewhon que no ha tenido una revolución que destruya a las máquinas. El filósofo que puede decirnos lo que ha pasado todavía no ha escrito una palabra. No escuchamos a los profetas y ahora ni siquiera tenemos un diagnóstico para especificar el nombre y la naturaleza de nuestra esclavitud. Tampoco tenemos a un experto en tecnología con el genio de Darwin para que escriba la historia de la evolución de la máquina. De todas las criaturas, el pez es la única que no puede definir el agua. Sólo puede decir: "Es lo que es. Así es como son las cosas."

Si tuviéramos a ese experto darwiniano en tecnología, nos diría más o menos algo así: En la evolución biológica, el saguaipé aprendió después de un millón de años a cobrar la forma, célula por célula, de un gusano acuático que los carneros digieren con gusto, y esto es lo que le permite entrar en el carnero; de la misma forma el automóvil, para tomar el ejemplo de una sola máquina, nos ha hecho creer que es nuestro cuerpo. El principio fue instituido por un astuto filósofo 2,500 años antes: "El hombre que es dueño de un león", opinaba Diógenes, "es un hombre que sirve a un león". Diógenes estaba refiriéndose con esto a la esclavitud y dando a entender con qué frecuencia los esclavos inteligentes parecen ser los amos de sus dueños. "¡Tiranos!", dijo también una vez, "obedezcan a sus esclavos y todo estará bien."
     Todo el mundo puede darse cuenta de que el automóvil nos posee, no nosotros a él. Somos sus esclavos. Se necesitan unos ojos más agudos para ver un proceso más insidioso: el carro tragándose nuestra alma en su cuerpo de vidrio y metal. Pero esto ya ha sucedido y es como es.
     El anterior es un ejemplo de evolución en cuanto revolución que puede ser analizado y demostrado. Lo primero en lo que habría que reparar son nuestros propios cuerpos, los cuales ahora son obsoletos.
     Nunca antes desde la revuelta de los maniqueos habíamos condenado tan diligentemente toda muestra de afecto que involucrara al cuerpo. Nuestro sistema de tabúes está tan cargado de miedo y de sospecha que en los periódicos a diario tenemos a una Ann Landers aconsejando a los padres de familia que llamen a la policía porque el tío Jack ha abrazado a su sobrino al entrar a casa. ¿Acaso el sobrino no se convertirá en un homosexual? Ann Landers siempre dirá que sí. ¿Es normal el tío Jack? Por supuesto que no. Un tío Jack que fuera normal le hablaría a su sobrino de su coche nuevo y lo alentaría a jugar con él y acariciarlo como hacen los varones norteamericanos normales. Porque, como verá usted, el sobrino no puede llegar a la pubertad y encontrar pareja sin tener automóvil. No puede ser considerado un varón ni propiamente norteamericano. El automóvil, hasta un punto tal que Ann Landers no tiene forma de saberlo, es su cuerpo y su destino. Se debe, por ejemplo, tener coche para ir a la preparatoria; ¿qué es la educación sin un coche?
     En Villiers de l'Îsle-Adam encontramos a un esteta arrogante pero ultracivilizado que vive únicamente para las artes y sus sensaciones. Se le acusa de dejar pasar la vida. A lo cual él replica: "¿La vida? Nuestros sirvientes se encargarán de vivirla por nosotros". Ahora podemos decir, ya que hemos fallado en poner en práctica una revolución erewhoniana: "¿La vida? Nuestras máquinas se encargarán de vivirla por nosotros. Tenemos un automóvil que hace las veces de nuestro cuerpo, un aparato de TV por imaginación y un equipo de CD para nuestra expresión musical".
     Pero podemos objetar que estos aparatos nos facilitan las cosas, y por lo tanto son necesarios. La necesidad es el primer argumento de todas las tiranías. Pregúntenle a Hitler; pregúntenle a todos los arquitectos de los totalitarismos.
     La tecnología es nuestra gloria; es la forma que ha asumido nuestra brillante civilización. Hemos avanzado en un sentido milagroso, e iremos más y más adelante. Gracias a la tecnología el cirujano puede remover con rayo láser una catarata y restituirnos la vista. Podemos contar con la inteligencia artificial de una computadora para realizar operaciones de ingeniería y matemática que le hubieran tomado a Isaac Newton meses de cálculos.
     Y así sucesivamente. No podemos, no queremos dar marcha atrás. Sabemos que hay gente romántica y extravagante que se ha negado a tener televisor y automóvil, refrigerador y computadora personal. Ellos son, en un sentido extraño, tan adelantados como retrógrados. El profeta más entusiasta de la máquina fue R. Buckminster Fuller, quien dijo que en la máquina tenemos la utopía (la palabra griega que equivale a Erewhon, que es nowhere [en ningún lugar] al revés) al alcance de nuestras manos. No necesitaríamos trabajar más. Todo nuestro tiempo sería ocio. ¿Y entonces qué haríamos? ¡Que qué haríamos!, contestó Fuller: dedicar todo nuestro tiempo a los placeres de la mente. Si no hubiera sido un trascendentalista de Nueva Inglaterra, Fuller hubiera añadido los placeres del cuerpo.
     Pero ¿qué pasa si perdemos los placeres de la mente y el cuerpo al construir toda una tecnología automática? De los políticos, Fuller dijo que son gente que no puede hacer otra cosa. No los necesitamos en un paraíso tecnológico. Desaparecerían luego de una generación. ¿Y la gente de negocios? ¿Los banqueros? ¿Los estadistas financieros? ¿Qué hay con ellos? ¡Piratas!, sentenció Fuller. Ellos no tendrían cabida en el nuevo mundo. En su lugar habría poetas y pintores y novelistas, filósofos y científicos.
     Fuller tenía una respuesta para todo. A una pregunta sobre la explosión demográfica, Fuller apuntó una vez que la población del mundo podría juntarse en la isla de Manhattan. Hay espacio para todos: de pie, hombro con hombro, en cada pulgada de suelo y subsuelo; pero pese a las incomodidades, es algo que puede hacerse. Eso por lo que toca a la explosión demográfica. Fuller no es tanto el único erewhoniano serio que hemos tenido entre nosotros —un erewhoniano que quiso gobernar la máquina en vez de obliterarla— como un patafísico. Esta clase de científico y pensador, como ustedes recordarán, fue imaginada por Alfred Jarry en la persona de un tal Dr. Faustroll. Su ciencia consistía en demostrar que lo opuesto a todas las verdades científicas es verdad. El agua no busca su propio nivel. En términos generales, la gravedad es mal entendida. El tiempo fluye indistintamente hacia adelante y hacia atrás.
     Si, como pienso, debemos tener una revolución erewhoniana, ésta debe surgir tanto de la patafísica como de Samuel Butler. Ciertamente no estamos avanzando hacia la utopía de Fuller; estamos llegando a un desastre que ni siquiera podemos imaginar. Hemos vivido atrapados en la lógica revolucionaria de la Edad de la Razón. Si quieres paz, haz la guerra. Debemos tener un arsenal que nos haga lo suficientemente fuertes para negociar una reducción de armamento. Y así sucesivamente.
     Como no me gustan las teorías y no tengo la sabiduría necesaria para diseñar una revolución que pueda alentar a todos ustedes a unírsele, voy a caer de nuevo en la realidad. Pensemos de nuevo en la gente que tuvo su revolución con tazas de té en el palacio real de Copenhague. Los daneses. Ellos fueron una vez un pueblo tan temible que en el English Book of Common Prayer se le pide a Dios que nos proteja de ellos. En aquellos días los daneses eran vikingos y no tenía nada de descabellado pedirle a Dios que nos protegiera de ellos. Después escucharon la prédica del evangelio y enmendaron un poco su conducta. Les pareció que el cristianismo sonaba bastante bien, pero sólo hasta cierto punto. No les gustaba la parte que prohibía tener más de una esposa. Una Iglesia prudente los rigió con la lex danicum, la cual les permitió a los daneses ser cristianos polígamos. También quisieron, ya que la Iglesia estaba haciendo concesiones, ser bautizados en agua tibia. Esto también se les concedió. Después, los daneses siguieron lo que a mi juicio es un camino ejemplar hacia el cumplimiento exitoso y feliz del ser humano. Tienen el nivel de vida más alto del mundo por lo que respecta al dinero y las comodidades. Son envidiados por todos, excepto por los alemanes, quienes los consideran molestos y un poco amorales.
     La historia danesa es una serie de revoluciones bien balanceadas dentro de un marco evolutivo. En la Edad de la Razón tuvieron a un escritor y pensador carismático, Ludvig Holberg. Dinamarca es un país pequeño con poca gente, de modo que Holberg tuvo que convertirse en un humanista al que pudiera recurrirse en todos los casos; fue su importador del Renacimiento (un poco tarde), el fundador de su teatro nacional, el inventor de todos los géneros literarios, así como un hombre de Iglesia y Estado. Con él, los daneses se convirtieron en humanistas ejemplares a la manera de Montaigne y de Erasmo. Después vino N.F.S. Grundtvig, que también fue un hombre de Iglesia y Estado. A todos los convirtió en gente letrada, burgueses y campesinos por igual, y escribió un millar de himnos y recopiló su folclor. Luego vino Soren Kierkegaard, quien les dijo que eran unos cerdos satisfechos que nada tenían que ver con el cristianismo, a pesar de su intachable piedad luterana. De modo que todos se volvieron filósofos y buenos cristianos (limitándose en un momento dado de sus vidas a tener una sola esposa). Después tuvieron que escuchar el recuento de sus fallas de labios de Georg Brandes, quien les reprochó su falta de chispa y elocuencia —Brandes fue quien primero, en todo el mundo, dio una conferencia sobre Nietzsche. Los conservadores estaban horrorizados con estas conferencias y lo despidieron de su empleo como profesor. Esto no tuvo importancia: varias personas a las que sí les gustaban sus conferencias pasaron el sombrero y reunieron su salario, de tal suerte que en poco tiempo Brandes estuvo de vuelta en el salón de clase. Lo que ahora conocemos como la Dinamarca moderna —el país que conoció el día en que, bajo la ocupación nazi, todo el mundo, el rey incluido, se puso la estrella amarilla de David para cumplir la orden del gobierno alemán de que todos los judíos debían identificarse— es la creación de Brandes y de su hermano Edvard. "Todos somos judíos", dijeron. De la misma manera en que uno puede ver hoy día a un danés, rubio y de ojos azules, llevar un botón que dice "Soy un negro sudafricano".
     El proceso sigue su marcha. Los daneses parecen erewhonianos de la clase más peligrosa. Se asolean desnudos en sus parques. Han eliminado las sanciones que pesan sobre toda muestra de afecto imaginable. Tienen una libertad de prensa absoluta. En Dinamarca, de querer uno puede tener a su bebé en mitad de la calle; el tráfico es muy gentil y pausado y no habría más objeción que ésta.
     Pero verlos desde un punto de vista norteamericano puede parecer confuso. Nada les impide a los niños de doce años ver una película en la que se experimenta con el juego sexual, mas no pueden asistir a una proyección de la Blanca Nieves de Disney, que está prohibida por su violencia y carácter macabro. En el mismo referéndum en que los daneses votaron por legalizar la pornografía, también votaron por no disolver la unión entre el Estado y la Iglesia, la luterana evangélica. Podemos preguntar ¿cómo es que tienen tanta libertad, con más por venir, y ser un país tan tranquilo, bien administrado, encantador y limpio?
     Los daneses tienen televisión y leen cientos de libros más que nosotros. Hablan por lo menos tres lenguas desde la cuna y sin embargo adoran su propio idioma y tienen una literatura rica y vasta.
     Habiendo legalizado lo que nosotros llamamos pornografía, han perdido todo interés en ella excepto por ciertas tiras cómicas más bien picantes que, supongo, son educativas en el largo plazo. El analfabetismo, la pobreza y los prejuicios son desconocidos.
     Su pequeñez geográfica puede explicar algo de esto —toda excelencia es local y relativa a una cultura. En su historia, una historia que debe su fortuna a sus profetas y a una propensión nacional a hacerles caso, se encuentra otra explicación. Pero me gustaría agregar que la clave de su éxito (y mi intención no es encomiar a los daneses y pasar por alto a Canadá, Suiza, Noruega, Suecia u otros focos de civilización similares a la Florencia del quattrocento o la Atenas o el Tokio del siglo v) es una cuestión de cultura, de buena crianza familia por familia, y que esto es el resultado de un largo proceso histórico. Hay dos clases de genios: aquellos que Dios siembra en cualquier parte —un Mark Twain en Florida, Missouri— y aquellos que son producto de su propia cultura. Una Isak Dinesen o un Jens Peter Jacobsen aparecieron en la cultura danesa como las palmeras que crecen en las Seychelles; son oriundos de ella; las semillas estaban ahí. Y esta es la razón de que la monarquía constitucional danesa se basara en argumentos y buenas maneras y no en millones de muertos y la destrucción del país.
     Inglaterra y sus colonias americanas eran tan civilizadas como Dinamarca, sin embargo nos confiamos a los mosquetes y las bayonetas para hacer nuestra revolución.
     Yo creo que necesitamos una revolución, aquí, ahora. Quiero que seamos un pueblo libre, feliz y sabio. Pero cómo vamos a lograrlo no lo sé. Sí sé que la verdadera revolución debe ser el fruto de una evolución. Lo que me preocupa es que durante los últimos cincuenta años hemos estado retrocediendo con la ilusión, o el engaño, de que estamos avanzando. Todas nuestras ciudades se vuelven cada vez más peligrosas; todos nos hemos convertido en algo menos que consumidores y contribuyentes por cuanto hace a los intereses de nuestro gobierno. La corrupción en el gobierno es ahora más una norma que una salvedad. Las guerras son más largas, más desmoralizadoras, más devastadoras e irracionales.
     Quizás haya aquí un proceso que no hemos entendido —aunque mucho me temo que hemos empezado a aceptar lo verde por lo maduro, lo ilusorio por lo real, la credulidad por el escepticismo, la estupidez por la inteligencia.
     Como no tengo ninguna revolución racional que ofrecerles, sugiero, por el gusto de hacerlo, optar por la erewhoniana. Rescaten su cuerpo del cautiverio del automóvil; rescaten su imaginación del aparato de televisión; rescaten su riqueza del barril sin fondo del Congreso y su gasto demencial; rescaten sus habilidades manuales de los fabricantes; rescaten sus mentes de los argumentos de necesidad y de los mercaderes del miedo y el prejuicio. Rescaten la paz de la guerra perpetua. Rescaten sus cuerpos; son suyos. –-Traducción y nota de Gabriel Bernal Granados

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