Suerte para todos

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El mundo de los toros está lleno de magia. Y de toreros supersticiosos, como Silverio Pérez, quien ha mezclado su fe católica con apreciaciones tan singulares como creer que una montera colocada sobre una cama atraerá irremediablemente el mal fario a la hora del festejo. La mayoría de las supersticiones de los toreros proviene del temor a ser heridos o muertos por un toro. Son hombres marcados por una profunda contradicción: lo mismo creen en Dios que en el azar. Aceptan con resignación el designio divino, pero le coquetean a la suerte, jugadora de un papel preponderante en la ceremonia del sorteo, donde se determina qué toro corresponderá a cada uno en el ritual vespertino de la corrida.
     Hasta antes de 1900 los toros no se sorteaban, pero los coletas se sentían igualmente atemorizados y expectantes ante la repartición caprichosa de astados que harían los ganaderos. Cabría anotar que hoy en día muchos toreros, sumidos en el conformismo, prefieren no al toro encastado que los ponga a prueba, sino al colaborador noble que los deje estar. "Dios te libre de un toro bravo", sentencian los gitanos. Obsesionados con la suerte, los toreros rastrean en pueblos y ciudades hasta encontrar una "mano santa" que saque del sombrero del juez de plaza los papelillos con los números de los toros idóneos de los encierros.
     La suerte está presente en todo el toreo: la suerte de varas, poner en suerte, el terreno de la suerte, la suerte natural, la suerte contraria, la suerte suprema. De hecho, con la proverbial expresión "suerte para todos" se inician siempre los festejos taurinos. El notable cronista José Alameda, un supersticioso de antología, habló del seguro azar del toreo, acaso porque la casualidad no es tan casual en el momento en que Dios dispone y tiene reservado un destino para cada quien. En este arte católico —como llamaría a los toros el mismo Alameda— no se conocen toreros ateos, pero tampoco se sabe de uno solo que no tenga por lo menos una superstición, a no ser el rudimentario Glison, insolente burlador de la muerte cual calavera de Posada, quien osó meterse en un ataúd vestido de luces, muerto de risa, antes de partir hacia la plaza. Incluso los toreros con mejor preparación para la lidia, los de mayor solvencia técnica, ignoran la vieja premisa de que "la suerte se busca" y se dejan hipnotizar por el influjo de las cábalas.
     Las supersticiones bailan su danza macabra en un tablao de grandes dimensiones, pues grandes llegan a ser sus alcances. No tienen otro límite que la imaginación fatalista de los diestros. Para casi todos en el ambiente, el color amarillo es de mala suerte, pues lo asocian con la tragedia de Alberto Balderas, quien, vestido de canario y plata, fue cogido mortalmente por el toro Cobijero —que ni siquiera le correspondía— el 29 de diciembre de 1940. Otros intentan alejarse de ella impidiendo que alguna mujer esté presente en el momento de enfundarse la taleguilla. Casi todos están atentos a que, al lanzar la montera después del brindis de la faena, ésta caiga boca abajo sobre la arena, para así cerrar el paso a los "malos espíritus". También se recuerda la anécdota del matador Rafaelillo, quien, después de haber pasado por debajo de una escalera, a las dos cuadras sintió tal pavor que hizo regresar a sus becerros, para pasar todos juntos a un lado de los peldaños. Y la lista es larga: culebras, gatos negros, números cabalísticos, vestidos de torear que llevaban al resultar heridos y personas gafadas no pueden siquiera pasar frente a sus ojos.
      Por si fuera poco, hay matadores, algunos de ellos gitanos, que aderezan su existencia fuera de los ruedos con fijaciones y extravagancias, como pararse de la cama con el pie derecho, llevar más alto el resorte del calcetín derecho que el del izquierdo, pisar las rayas formadas en el pavimento y presionar la tecla del número favorito en el teléfono público de la esquina. Pero eso sí —y he aquí más contradicciones—, en el buró de la habitación del hotel del que partirán hacia su encuentro con la fiera no faltan los crucifijos, las veladoras, las oraciones, los recordatorios y las estampas con imágenes de vírgenes y santos.
     Para entender por qué las supersticiones atenazan a los toreros y no a los deportistas, por ejemplo, habría que volver al asunto de los miedos, partiendo de la suposición de que aquel que no siente miedo no tiene supersticiones. En el ruedo, el peligro de muerte está latente y no sólo le da sentido al espectáculo, sino que es uno de sus principales atractivos. El torero no depende únicamente de sus habilidades para alcanzar el triunfo, sino también de la colaboración del toro en turno. Como la conducta del burel está fuera de su control, allí tiene un pretexto muy socorrido para ampararse, si es necesario, ante el tribunal de los fracasos.
     Como sea, resulta impactante comprobar que en estos tiempos modernos, donde la ficción ha tenido que declinar ante lo práctico, toreros payos y gitanos, inmersos en su planeta fantástico, se mantengan aferrados a sus fantasmas y se resistan a vivir en la modernidad, con tal de seguir escudriñando las líneas de las manos, como si en ellas fueran a encontrar los secretos de las embestidas y la garantía del éxito. –

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