Tráigame la cabeza de Charlie Kaufman

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Imaginemos a un titiritero que monta su show de marionetas en las esquinas para representar el drama de Abelardo y Eloísa y que, para sacar adelante su matrimonio con una fanática de los animales, consigue un trabajo kafkiano en un edificio de oficinas en Manhattan donde da con un portal secreto que le permite ingresar en la cabeza de un célebre actor durante los quince minutos previstos por Andy Warhol. Imaginemos un cuadrángulo amoroso compuesto por un científico obsesionado con la idea voluble de civilización, una feminista velluda, un hombre que se comporta igual que un chimpancé y una laboratorista francesa. Imaginemos a un guionista que, al cabo de triunfar con su primera cinta –sobre un titiritero que entra en la cabeza de un actor a través de un misterioso portal–, es contratado para adaptar un bello libro escrito por una colaboradora de The New Yorker; preso de la duda, diseña una trama de la que formarán parte su hermano gemelo –guionista a su vez–, la autora del libro y él mismo con sus frustraciones como adaptador de historias ajenas, lo que redunda en un ouroboros o serpiente narrativa que se muerde la cola. Imaginemos a un predecesor de los reality shows que asegura llevar una doble vida al modo de Dr. Jekyll y Mr. Hyde: en el turno digamos diurno es productor de televisión; en el nocturno, asesino a las órdenes de la cia. Imaginemos a un dibujante que asume el rol de Abelardo al conocer a una Eloísa que labora en la cadena Barnes & Noble; después de un affaire de un año, al descubrir que su amada lo ha borrado de su memoria merced a un proceso patentado por una empresa de nombre Lacuna Inc., el dibujante decide pagarle con la misma moneda y se somete a dicho proceso sólo para arrepentirse a mitad de camino. (La recepcionista de la empresa, proclive a las citas citables, declama un fragmento de “Eloise to Abelard”, el poema de Alexander Pope, para cerrar el círculo de referencias legendarias.)

Pero ¿para qué imaginar estas anécdotas que rayan en lo surreal si ya existen y son fruto de los mecanismos mentales de Charlie Kaufman (1958), el escritor neoyorquino que con notable pulso narrativo y sin alboroto ha encarnado la noción del guionista como autor de cine? Mental y aun cerebral, como señala Chris Norris, son términos que se pueden y se deben aplicar a los seis filmes nacidos de la inventiva kaufmaniana: Being John Malkovich (Spike Jonze, 1999),  Human Nature (Michel Gondry, 2001), Adaptation (Jonze, 2002), Confessions of a Dangerous Mind (George Clooney, 2002), Eternal Sunshine of the Spotless Mind (Gondry, 2004) y Synecdoche, New York, que se estrenará en 2008 y con el que Kaufman debuta como director. En los títulos de dos de ellos, Confessions y Eternal Sunshine, la palabra “mente” desempeña un papel básico; en dos de ellos, Malkovich y otra vez Eternal Sunshine, la acción resulta ser intracraneal en gran medida. Un diálogo al inicio de Adaptation resume las manías del escritor: el propio Kaufman (Nicolas Cage) almuerza con Valerie Thomas (Tilda Swinton), ejecutiva de la compañía que llevará a la pantalla El ladrón de orquídeas, el espléndido libro de Susan Orlean (Meryl Streep).

–Nos encantó el guión de Malkovich –dice Thomas–. Tienes una voz única. Lo que daría por hallar un portal para entrar en tu cerebro… 

A lo que Kaufman/Cage responde:

–Créeme, no es nada divertido. 

La aseveración es precisa: más que entretenimiento, lo que brindan las tramas kaufmanianas es una inquietud similar a la que provocaría ver neuronas en plena sinapsis o seguir las circunvoluciones cerebrales; no es gratuito que el guionista haya declarado: “Me gusta vivir en la confusión. Cuando uno las complica, las cosas son más interesantes.” Esa complejidad se traduce en una inclinación por la temática del doppelgänger y las fracturas de la identidad que Kaufman ha nutrido desde su juventud –actuó en una puesta en escena de Dr. Jekyll y Mr. Hyde– y que se acentúa en la mayoría de sus guiones: Malkovich, donde el intérprete que bautiza la película muda de oficio por instrucciones del titiritero avecindado en su cráneo; Adaptation, donde Charlie y Donald Kaufman –trasuntos de los gemelos Julius y Philip Epstein, guionistas de Casablanca– son caras de un solo individuo; Confessions, inspirado en la autobiografía no autorizada de Chuck Barris, creador entre otros bodrios televisivos de The Gong Show, que afirma haber sido agente de la cia; Synecdoche, New York, donde un director de teatro (Philip Seymour Hoffman) reconstruye el orbe neoyorquino en un galpón en el que cada actor parodia su propia vida para desatar un caótico juego de espejos. La escisión que conduce al Nicolas Cage de Adaptation a preguntarse cómo mostrar los pensamientos de un protagonista sin acudir a la voz en off se resuelve con maestría en Eternal Sunshine, cuya historia cercana a la ciencia ficción –con la que Kaufman obtuvo su primer Oscar– ocurre en dos terceras partes dentro del cerebro de Joel Barish (Jim Carrey), el Abelardo que huye de la amnesia inducida tecnológicamente y representada por un reflector carcelario para salvar los mejores recuerdos de su Eloísa. Es ésta una solución que empuja a sumarse al deseo de la ejecutiva de Adaptation y a decir, parafraseando a Sam Peckinpah: “Tráiganme la cabeza de Charlie Kaufman.” Sólo para ver, aunque sea por un instante, cómo funciona. ~

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