La soledad de América Latina

En su libro “El rugido de nuestro tiempo”, Carlos Granés cuestiona la vieja idea de que Latinoamérica no es apta para la democracia representativa liberal.
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En su magistral ensayo Delirio americano, publicado en 2022, Carlos Granés, un teórico cultural colombiano radicado hace tiempo en Madrid, analizó con lujo de investigación histórica y textual la atracción fatal de los artistas y escritores latinoamericanos por la utopía y las dictaduras de los hombres fuertes durante el siglo XX. Ahora vuelve a la carga con El rugido de nuestro tiempo, un libro más corto que lleva de subtítulo Batallas culturales, trifulcas políticas y está compuesto de tres ensayos distintos. El primero explora una paradoja: en este siglo los artistas contemporáneos se han sometido a la censura moral tanto de la derecha como de la izquierda mientras que los líderes políticos en las democracias se han convertido en performers y transgresores de las normas. El segundo analiza a los presidentes mesiánicos en la América Latina actual (AMLO, Gustavo Petro, Javier Milei, etc.) que en su obsesión por crear historia corren el riesgo de sacrificar el buen gobierno.

El tercero y más original de los ensayos parte de la idea de la soledad de América Latina, recogida en los títulos de libros icónicos tanto de Octavio Paz (El laberinto de la soledad) como de Gabriel García Márquez (Cien años de soledad y su discurso de aceptación del Premio Nobel La soledad de América Latina). Detrás de esta palabra, argumenta Granés, se encuentra la idea de que Latin America is different, que no es parte del Occidente, que su alma e identidad no son compatibles con la modernidad occidental y sobre todo que la región no es apta para la democracia representativa liberal.

Esta fue originalmente una posición conservadora, adoptada por Bolívar con su preferencia constitucional por un “poder moral” poco definido y una presidencia vitalicia. Luego fue empleada por caudillos de izquierda, desde Juan Perón (si bien era más caudillo que de izquierda) hasta Fidel Castro y Hugo Chávez para justificar sus distintos autoritarismos. Como Granés señala, está también recogida en los enfoques de los teóricos decolonialistas hacia América Latina, quienes, como los jesuitas del siglo XVII con sus misiones, reivindican la pureza de los indígenas frente a un Occidente corrompido por el capitalismo. Estos asumen “que el modernizado latinoamericano no es un hombre o una mujer universal con conocimientos o valores válidos más allá de su contexto cultural, sino un aculturado o un oprimido con el alma podrida de ideales importados”, escribe el autor. Señala lo irónico de esta posición: los teóricos decolonialistas son productos del “wokismo” de las universidades de Estados Unidos y Europa y “se les ha escapado que tienen la vieja fantasía romántica… [de] hallar un paraíso no contaminado” por la podredumbre de la civilización occidental.

Sin embargo, en esto como en varias otras cosas los extremos de izquierda y derecha se encuentran. Granés también examina la nueva derecha nacional-populista tal como está teorizada, entre otros, por Marcelo Gullo, un académico argentino, que argumenta que América Latina y España deben recuperar sus vínculos históricos y, juntos, alejarse de Europa y Occidente. Estos panhispanistas son “antisajones y antioccidentales y defienden la fusión entre españoles y americanos”. Hay un eco de estas ideas en el Festival de la Hispanidad –una iniciativa de Isabel Díaz Ayuso, la presidenta de la Comunidad de Madrid– llevado a cabo alrededor del 12 de octubre, el Día de la Raza, como algunos lo llaman. Por otro lado, hay quienes entre la nueva derecha se han alineado con el proyecto neoimperialista de Donald Trump, que implica separar a la región tanto de Europa –“globalista” para ellos– como de China.

Granés dice, acertadamente, que América Latina es sobre todo el lugar de mezclas y de encuentros culturales, de mestizaje, y que en eso yace su particular forma de modernidad. “No hay que descolonizar nada”, declara. “Ni soledad americana ni soledad hispánica: nuestro destino es Occidente.” Por cierto, algunos países latinoamericanos pueden jactarse de democracias más longevas que varias europeas, y de ser pioneros en algunos derechos sociales. Una de las muchas virtudes de la obra de Granés es su valentía y claridad al enfrentar tótems culturales.

Sin embargo, se podría objetar que el legado colonial todavía marca algunos países en América. Es una de las fuentes –claro que hay varias otras– de la desigualdad extrema que afea a la región. Evidentemente, algunos encuentros históricos no sucedieron en igualdad de condiciones. Si bien la gran mayoría de los pueblos indígenas latinoamericanos que sobreviven quieren abrazar la modernidad, algunos quieren hacerlo mientras preservan sus tradiciones y lenguas (lo mismo se aplica a pueblos europeos). Como dijo Alain Rouquié, un diplomático e intelectual francés, América Latina es “el lejano Occidente”. Pero, tal como he observado anteriormente en estas páginas, las distorsiones que la caracterizan ya están apareciendo en el resto de Occidente.

La historia de la integración latinoamericana es la historia de un espejismo, tan aparentemente cerca en una región de tantas semejanzas, pero tan imposiblemente lejos dadas las distancias, las diversidades y las peleas nacionalistas mezquinas. Sin embargo, en décadas pasadas la región logró plasmar algunos proyectos comunes, como la Aladi (sobre preferencias comerciales), el Grupo de Río (de mediación diplomática en Centroamérica) o la CAF, un banco de desarrollo. Granés argumenta que la integración requiere democracia liberal: es sencillamente imposible unir un continente con cuatro dictaduras (Cuba, Venezuela, Nicaragua y El Salvador), varios presidentes de la nueva derecha y otros “decoloniales” que insisten en mantener vivos agravios históricos (como Petro, Claudia Sheinbaum y, a veces, Lula).

Yo agregaría también que esta desunión implica otra soledad para América Latina. Hasta hace poco, para bien y para mal, la región estaba bastante aislada de los conflictos y decisiones mundiales. Ya no. La nueva geopolítica de Trump la ha puesto en la línea de frente. Su división hace aún más complicado responder en forma efectiva para defender sus propios intereses. La dificultad y discrepancia para definir su lugar en el mundo tienen un costo concreto. ~


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