¡Atrás, casacas rojas!

Cuando lo empecé a conocer pensaba que ya no iba a dar con nada que me arrebatase como antes o que se pudiese convertir en lo que prefiero, y él fue el descubrimiento glorioso de que siempre encontraremos cosas nuevas y maravillosas.
Favorito

La mejor canción para bailar era Areknames, porque era como una invocación babilónica que llevaba siglos subiendo de la tierra y todavía seguía subiendo. O quizá la mejor fuera Energia o Fenomenologia. Depende del tipo de baile, claro, pero si lo que te gusta es colocar las manos como un icono hierático o como en una postura de tai chi intuido y hacerlas rotar lentamente, haciendo del cuerpo una antena, entonces no las hay mejores. A veces se montaba una fiesta sobre la marcha en casa, ¡ya que estábamos ahí juntos!

Beatriz desaparecía un momento y bajaba las escaleras con un vestido de noche y todo el mundo corría a su cuarto a ponerse ropa estrafalaria que solo podía ponerse en esas fiestas y de paso traía sus cd preferidos y se apilaban alrededor del loro y se iba pinchando con ellos. A la mañana siguiente los lavábamos con fairy y los dejábamos secándose en el escurreplatos. Alguien, Cormac, de pronto soltaba una consigna como “¡Risveglio! ¡Risveglio!”, y era que había que poner Risveglio di primavera, y todo el mundo estaba de acuerdo porque no había duda de que era el momento propicio para bailarla. Recuerdo una fiesta en casa de la madre de Deneb que ahora me sorprende por la impagable generosidad de permitir que medio centenar de veinteañeros danzasen en su salón al son de los cascabeles del Kathakali.

En el cine del Círculo de Bellas Artes estrenaron su película sobre Sicilia, Perduto amor. Él llegó con una bolsa de El Corte Inglés. En el coloquio posterior él y la actriz dijeron que su isla era maravillosa pero que había mucho machismo, y unas mujeres del público dijeron que habían estado en Sicilia ese verano y que no habían advertido machismo. Él dijo “Non si deve parlare di quello che non si conosce”, y yo cada vez que me lo repito pienso en él y no en Wittgenstein.

En sus canciones veo que se tienden edificios como cuando meditas y te dicen que te concentres en el tercer ojo como si fuese una habitación. Ahora me acuerdo de Juan Eduardo Cirlot: “La habitación donde estoy no tiene puertas ni ventanas, pero sí un espejo en el cual me miro. Súbitamente caen las paredes y un paisaje de almendros en flor, surgiendo sobre la nieve, aparece a mi alrededor.” Cuando lo empecé a conocer pensaba que ya no iba a dar con nada que me arrebatase como antes o que se pudiese convertir en lo que prefiero, y él fue el descubrimiento glorioso de que siempre encontraremos cosas nuevas y maravillosas. Aun así siempre me sorprendo cuando, por un instante, retorna el anhelo de vivir. Ese verso con su melodía es un camino de ida y vuelta; te rescata de inmediato el deseo de vivir de allí donde se haya perdido y a la vez te recuerda que volverá en cualquier momento. “Passano ancora lenti i treni di Tozeur.” Y entonces siempre alguien se ponía a hacer que tosía. También David cuando encendía un pitillo decía “Ah, quanto fumo [si levò che non fu fiamma]”. Como tantas cosas, lo trajo César. No recuerdo un deslumbramiento mayor que ir descubriendo sus discos, también hacia atrás, los antiguos y los que iban saliendo, y que todas las canciones fuesen una revelación y una profundísima alegría.

Un atardecer lo vimos en el patio de Conde Duque y los vencejos chillaban y daban vueltas por encima del escenario y sobre el fondo del cielo a rayas rosas y naranjas. Ahí dijo Jorge “lo mejor es que a él le gustan sus canciones tanto como a nosotros”. Lo alucinante de verlo cantar era ver la devoción, ver encarnado en qué consiste el ejercicio de la devoción, esa práctica que pone toda la dedicación en lo que está haciendo, como si lo estuviese aprendiendo, y ese aprendizaje era su ofrenda. Él, que llevaba cincuenta años cantando, como si fuese un funambulista caminando por el hilo de su propia canción. La devoción tiene que ver con dar un paso después del otro e ir fijándose en todos. Ahí vimos el goce del espíritu y vivimos sentimientos nuevos muy antiguos. Reconocimos la vibración que hay en las cosas y a través de los sentidos la conexión de todo. Gracias a los cambios de ritmo al cantar asimilamos los cambios de ritmo que ayudan a vivir.

En verano en Santillana abría de par en par el balcón del tercer piso, desde el que solo se veían las copas verdes de los árboles, y a los árboles les ponía una y otra vez L’Esodo o Scalo a Grado, y el verano entero se transformaba en algo recién despertado y yo también.

Cuando traduje el libro Los filósofos oscuros conseguí colar algún homenaje o guiño en el texto: “Mira, Willie, en todos estos años nuestro centro de gravedad más permanente ha sido un sentido de la piedad y la camaradería.” La frase original decía “Willie, during all these years the strongest fibre in us has been a sense of pity and comradeship”. Creo que ha sido mi cota más alta como traductora.

No puedo saber cuánto le debo. Nos escribimos como si hubiese sido un amigo nuestro. “Es una tristeza por todos nosotros”, “Me he levantado con la noticia, con un lumbago asesino que me está matando, y me he puesto E ti vengo a cercare a las diez de la mañana, para empezar, con un golpe de lexatin y me he echado a llorar como en Bad lieutenant.” Es el vértigo de veinticinco años. Yo también me eché a llorar y a mi alrededor vinieron muchos recuerdos como animalillos y me transportaron a otras épocas como sus canciones me han transportado a otros mundos. Era también la tristeza por todo aquello que se ha ido, a veces sin haber resuelto nada. Pero mientras estaba llorando me di cuenta de que no era exactamente tristeza, o estaba dejando de serlo en mitad del llanto. Era un sentimiento diferente. Un raro alivio o algo que no era pena. Y de pronto sentí que su muerte era como un sello que cerraba la juventud incomprensible y que nos la devolvía porosa, imperfecta y liviana como un pedrusco de lava escupido por el Etna. ~

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