Octavio Paz: un azul y todos los azules

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Hace ya casi veinte años, llevado por la impaciencia de la juventud, le expresé a Paz mi preferencia por cierta tradición algo esotérica que alcanzaba, sobre un determinado aspecto crucial, las mismas conclusiones que un enrevesado filósofo, pero, por decirlo así, de golpe, como un satori. Paz me miró sin impaciencia y me explicó que para él eran importantes los caminos.
     Como quien se pone de nuevo en el sendero de Galta, pensé que para escribir esta nota (y atenuar la nostalgia) estaría bien leer alguno de sus libros que prefiero. Nada más terminar de releer Conjunciones y disyunciones (1969), exaltado y abatido, mareado e iluminado (esa iluminación transitoria provocada por la cercanía de una poderosa inteligencia), me digo una vez más que Octavio Paz es un pensador raro para nuestro tiempo. Su prosa avanza con firmeza para, de pronto, girar en espiral a una velocidad inusitada, uniendo conceptos filosóficos, históricos y estéticos con imágenes y descripciones rigurosas y vitales, poéticas: cruzamos ciudades, lenguas, siglos, dioses, civilizaciones, metamorfosis de conceptos, preceptos, morales, no en una suma pedante ni en una acumulación erudita sino en una búsqueda apasionada regida, finalmente, por la mirada de un poeta. Mirada de poeta quiere decir: aquella que es capaz de hacer de la metafísica un cuerpo; del cuerpo, imágenes que piensan.
     También Paz es raro para nuestro tiempo, por lo siguiente: aún no nos hemos dado cuenta de que ni Paul de Man, ni Derrida, ni Deleuze (por no seguir con la lista) tienen la más mínima comparación con él. Y no se trata de que todos tengan algo que decir (que lo han dicho), sino que varios de los nombrados y de los que no nombro, por no herir a algunos de sus exegetas y repetidores, están ya leídos, algo que no se puede decir de un verdadero escritor. Siempre podremos acudir a Paz, aunque no nos dé un instrumento jergoso ni un método. Tampoco hay método en los presocráticos, ni en Montaigne, Nietzsche, Valéry, Steiner o Berlin, no al menos en el sentido más formal del término, pero sí en su sentido etimológico de camino. Sólo que tampoco es un camino sino la verdadera incitación y excitación de pensar, de ponernos a caminar. Un profesor universitario podría sugerir a sus alumnos que aplicaran el método estructuralista o semiótico de Fulano, la teoría de la recepción o la deconstrucción, cierta teoría psicológica o tal corriente marxista, pero con Paz no lo tiene tan fácil. Yo le sugeriría a este hipotético (y tan real) profesor lo siguiente, y lo haría porque creo en la educación filosófica, política y estética: entre los libros inexcusables de sugerencia, entre los que imagino algún volumen de Ortega (otro de los escritores que enseñan de verdad a pesar), deslice La otra voz, tal vez el capítulo final de El arco y la lira, “Los signos en rotación”, tal vez La llama doble, y espere a que la semilla haga su curso en la imaginación del alumno. Son obras, entre otras que no he mencionado, que además de enseñar a pensar (algo fundamental no sólo para los filósofos) nos ayudan a vivir. No me refiero a que el lector vaya a encontrar en sus páginas un recetario que responda a cómo enfrentarse a la soledad, la política, el erotismo o la muerte, manuales de higiene y consuelo que, con mayor o peor fortuna, invaden nuestras librerías y tratan vanamente de responder a nuestra angustiada premura. Cuando hablo de enseñar o ayudar a vivir me estoy refiriendo a la facultad de intensificar y ampliar nuestros sentidos y el sentido que los orienta. Por eso escribió muchas veces Paz que era necesaria una nueva poética y una erótica además de una nueva visión del tiempo. Esa visión tendría por una de sus características centrales la acentuación del ahora, un término que a veces se emplea como una panacea hedonista, cuando en realidad sólo es posible soportar su desafío desde una conciencia trágica.
     El cuerpo siempre está en el ahora, pero el hombre no siempre vive en el presente o tiene presente el cuerpo y, con él, sus sentidos. Por diversas razones o actitudes intelectuales, no pocas veces lo ha inmolado en aras de lo ideal permanente o lo ha sometido a una promesa futura (el final de los tiempos, la Revolución, el atman de los hindúes o la desencarnación budista). En la obra poética y ensayística de Paz, desde ¿Aguila o sol? a Árbol adentro y desde El laberinto de la soledad a La llama doble, hay una constante tensión y una búsqueda entre una oposición complementaria que denominó los signos cuerpo y no-cuerpo. Aunque es una noción que maneja de manera explícita a lo largo de Conjunciones y disyunciones (1969), está presente de una u otra manera en su obra a partir de los años cuarenta. Desde el comienzo de sus tentativas reflexivas y de sus poemas, Paz se mueve más cerca de Empédocles y Heráclito que de Parménides, pero nunca perdió de vista a los condenadores de los sentidos y de la realidad, desde los griegos a los metafísicos hindúes, pasando por Schopenhauer y Heidegger. Le atrajeron la tarea de control y endurecimiento del cuerpo del asceta para preservar el alma y la dedicación del libertino en cuya exaltación de los sentidos alcanza la sequedad espiritual. Ninguna de ellas fueron opciones propias. Paz creyó en el alma: cada ser humano es único y su ser algo más que materia, aunque, como la materia, esté condenado a desaparecer con ella. A su vez, no olvidó que el ser percibe por los sentidos y se expresa con ellos. El cuerpo no es un recipiente ni la huella de la condena sino una presencia que sin cesar se representa, se imagina, se inventa gracias a su complementario: el alma. A su vez, el alma no es un más allá, refutación de las veleidades y perdición de la carne, sino un no-cuerpo, y en esta negación se expresa, incluso gráficamente, el diálogo complejo y desigual que todas las civilizaciones han mantenido, con manifestaciones diversas que no excluyen la contradicción.
     El hombre se ríe, afirma Paz, porque una vez no hubo distancia, y más: porque una vez el sexo, los excrementos y la cabeza estuvieron a la misma altura: la horizontalidad del mundo natural. La verticalidad humana no sólo es alejamiento jerárquico de nuestra animalidad y oscuridad primigenias sino transformación, metamorfosis. La risa, la carcajada, son “una síntesis momentánea entre el cuerpo y el alma”. La seriedad, una ascesis que trata de mantener controladas las sugerencias locas de la carne, o bien de expresar su pesimismo ante lo irredimible.
     Su larga estancia en la India le reveló muchas cosas, tanto en el orden íntimo (afectivo) como intelectual, pero sobre todo le permitió penetrar en el hinduismo y el budismo; en sus filosofías, poéticas y morales, pero también en sus manifestaciones artísticas. Paz no sólo ha sabido pensar sino ver, y ver es prioritario en la reflexión, de ahí que se extrañara, ante las arquitecturas eróticas de Bharhut, Sañchi, Mathura y otras, de que tantos exegetas hubieran pensado el hinduismo como esencialmente negativo. De ese mismo hecho proviene —generalizando pero sin perder de vista los hechos— su afirmación en esa vertiginosa reflexión a la que antes me he referido (Conjunciones…): “Una religión que niega la realidad al cuerpo, lo exalta en su forma más plena: el erotismo; otra que ha hecho de la encarnación su dogma central, espiritualiza y transfigura la carne”. No es que el hinduismo haya exaltado siempre al cuerpo, pero hay testimonios variados, tanto en poesía como en escultura y ritos. Paz encontró en el pensamiento de la India una continua oscilación entre la unidad y la vacuidad. Uno y cero, cuerpo y vacío, pareja que poco a poco fue tomando en Paz un significado mayor, más hondo. Cuando en 1951 escribió sobre Muerte sin fin, de José Gorostiza, ya señaló que, a pesar de la suntuosa monumentalidad de imágenes, el poema está vacío, un túmulo hueco, transparente, por el cual todo cae o muere sin fin; y en la década del sesenta observa en la India esta paradoja: templos cuyas fachadas están decoradas por numerosos cuerpos henchidos de plenitud en distintas posturas eróticas, y por otro lado (en la misma realidad) el culto del templo mismo, dedicado a la vacuidad, como es el caso del santuario de Karli. Ciertamente, el poema de Gorostiza, filosófico, es una controvertida creación perteneciente al cristianismo, aunque sea también algo más; pero me interesa señalar, así sea de pasada, la coherencia de las obsesiones pacianas. Sintió la misma sorpresa y fascinación cuando supo que la lógica implacable de Dharmakirti tenía, en la misma persona, su doble: autor de poesía erótica y amorosa. Por otro lado, Paz buscó y tal vez encontró en algunos momentos privilegiados de su experiencia (nosotros podríamos repetirla en la lectura de varios de sus poemas) la unión de los contrarios, no en una tercera realidad, la famosa síntesis dialéctica de Hegel, sino por el descubrimiento de la no dualidad: finalidad, o uno de los fines, del tantrismo, al que dedicó páginas sorprendentes e inaugurales en la cultura de lengua española, además de inspirarle su poema Blanco.
     Budismo e hinduismo son una crítica radical del tiempo. El cristianismo en cambio lo afirma como lugar de prueba: en su línea recta, desde el comienzo al final el creyente se la juega y por lo tanto experimenta la libertad en sus elecciones. Paz postuló la importancia del ahora y guerreó con la Historia, un tiempo profano e indefinido, pero un espacio moral irrenunciable. A su vez, afirmó en uno de sus poemas que nuestra condena es el tiempo. No podemos escapar de él, pero a través de diversas experiencias tratamos de alcanzar un no tiempo: refutación momentánea de su linealidad. Paz reaccionó ante la creencia en el progreso indefinido, porque hipoteca siempre el presente en nombre de un rostro que nunca veremos (un signo no-tiempo descompensado por un ahora deudor, siempre carente y condenado al cambio). Ni el futuro como categoría fuerte ni el pasado: no tuvo nostalgia de un pasado histórico, aunque, heredero al fin y al cabo del romanticismo, en ocasiones se refirió a la infancia de la humanidad, a las pequeñas aldeas del neolítico (en las que Levi-Strauss conjeturaba la felicidad social), y es visible la nostalgia del “érase una vez” del niño, del comienzo de los tiempos, una realidad que quizás no tuvo lugar salvo en nuestro propio deseo, ese que, según el Atharva Veda, fue el primero en nacer y el más poderoso de los nacidos. Si en la carcajada hay una síntesis momentánea entre la cara y el culo, en la afirmación del ahora propio de la experiencia poética hay, o debe haber para que sea real, una aceptación de su dimensión trágica y esplendorosa. Es decir, un ahora que no niega el pasado ni el futuro, ni la vida ni la muerte, sino que se atreve a asumir dichas realidades con el único fin, lúcido y al tiempo misterioso, de acentuar la vivacidad de nuestra experiencia. Sí, Octavio Paz recorrió muchos mundos para afirmar, como poeta, la perfección de lo finito, un azul y todos los azules: no una idea, una presencia. Como pensador, preocupado de esa forma de la historia que denominamos política, no perdió nunca de vista la experiencia de la libertad: una búsqueda que se ejerce siempre en el terreno de lo relativo. Relatividad en términos sociales significa tener al otro como horizonte de mi libertad, quizás la única posibilidad de no convertir mi anhelo en tiranía. La figura central, cuando se habla de sociedad y libertad, es la persona. En uno de sus últimos libros, La llama doble (1993), Paz aboga por la necesidad de retomar dicha noción. Era pesimista al respecto: el siglo xx ha descuartizado la figura humana, desde las ideologías totalitarias a las artes. Por otro lado, la libertad actual ha hecho del cuerpo humano un objeto consumido por la publicidad: deificado por su novedad y desechado inmediatamente en la voracidad del mercado. No Orwell sino Huxley: la tiranía tecnológica, la mecanización por reduccionismo cientificista de la complejidad irreductible de la persona. Intuyó la necesidad de un Kant que hiciera la crítica de la razón científica, quizás incipiente en la autorreflexión y autocrítica de ciertos cosmólogos. En este contexto, releer a Paz no es sólo una fuente de sugerencias sino una crítica de la servidumbre, contra la que nunca estaremos a salvo. Hay que volver a preguntarse por el signo (los signos) de nuestro tiempo, porque el camino es importante. –

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