De desintegración en desintegración

Conspiraciones. México a través de seis siglos

Macario Schettino

Ariel

Ciudad de México, 2025, 320 pp.

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Cuando una mirada moderna y democrática observa la historia de México suele descubrir que su encarnación en la versión oficial está plagada de mentiras. A tal punto está deformada la historia que han impulsado los gobiernos nacionalistas que cuando aparecen los hechos reales resultan sorprendentes e incluso extraños. La cultura política mexicana está tan empapada de nacionalismo revolucionario que mucha gente se desconcierta al confrontarse con la realidad de unos hechos que desmienten la imagen patriotera del pasado. No es algo raro que las historias oficiales pergeñadas por las élites hegemónicas de muchas naciones sean una manipulación encaminada a legitimar su dominación. Pero el ejemplo mexicano es notable por ser una de las más exageradas deformaciones de la historia que haya generado el nacionalismo político. Lo que nos ofrece Macario Schettino es una interpretación política de la historia mexicana que parte de una concepción crítica y democrática de los tiempos que vivimos. Ya ha abordado la historia de México en varios libros, entre los cuales se destaca su Cien años de confusión, de 2007, donde explica que el siglo de la Revolución mexicana fue una época dominada por un intento fallido de modernización que llevó al estancamiento. Cuando reseñé ese libro en Letras Libres dije que Macario Schettino abordaba la historia como el niño que en el cuento exclama que el rey va desnudo: “La Revolución mexicana ha vivido desnuda durante el siglo XX y sus sastres intelectuales ilustraron y vistieron durante décadas la gran mentira.” Schettino no argumentaba que no había habido revolución, sino que la hubo en exceso, en una demasía desproporcionada que dejó a la realidad como un pálido reflejo de la inflada e imponente revolución inventada por el régimen nacionalista.

En su nuevo libro, Schettino extiende su análisis a lo largo de seis siglos, buscando momentos reveladores y ofrecer sus interpretaciones provocadoras e iluminadoras. Durante la conquista de Tenochtitlan es evidente que no hay un enfrentamiento entre España y México, pues ninguna de estas entidades existía todavía. Además, cosa ya bien sabida, del lado “español”, encabezado por Hernán Cortés, había más indios que peninsulares. El problema más difícil de encarar es el de la desigualdad entre europeos y aztecas. No es solo el tema de la ausencia de metalurgia avanzada, armas de fuego o animales de tiro o transporte. Hay un desfase en la construcción cultural que Schettino calcula en unos cinco mil años, lo que nos lleva al ríspido problema de la supuesta “superioridad” europea, que desde luego no es un asunto de diferencias entre individuos, sino de la separación entre dos construcciones culturales completamente diferentes y que se puede medir en miles de años. Detrás de los mil trescientos europeos que llevaba Cortés había una historia milenaria que había llegado a la Biblia de Gutenberg, las armas de fuego y de metal, los libros de Maquiavelo y las pinturas de El Bosco y Leonardo da Vinci. Además, los hombres de Cortés trajeron las enfermedades, como la viruela, que diezmaron a la población indígena en pocos años.

El resultado de la conquista no fue una época colonial oscura. La Nueva España no fue propiamente una colonia. Era una especie rara de reino dependiente de la monarquía española, pero con mucha fuerza propia. A mediados del siglo XVII ya se ha consolidado lo que Schettino llama la “Gran Nueva España”, el espacio donde se forjó la nacionalidad mexicana. Allí vivían casi dos millones de personas, de las cuales cerca de la cuarta parte no eran nativos. Este virreinato se convirtió en la provincia más rica de la monarquía y generó no solamente una gran riqueza económica, sino también una sofisticada cultura barroca que formó parte del brillante Siglo de Oro, con la gran poeta sor Juan Inés de la Cruz a la cabeza.

Schettino cree que a mediados del siglo XVII el Bajío era probablemente la región más rica del planeta. Con la llegada de los reyes borbones la monarquía impulsa una política agresiva de corte colonial hacia la Nueva España. Las tensiones políticas crecieron con las reformas borbónicas en una región donde había una masa de pueblos empobrecidos que no gozaban de la prosperidad que había en las ciudades. Lo que detona el proceso de independencia es la invasión napoleónica de España en 1808, que aceleró el proceso de descomposición de la monarquía. El cura Hidalgo se levanta en defensa de Fernando VII e inicia una serie de combates que lo llevaron en poco tiempo a la derrota, aun así fue declarado el “padre de la patria”. Su lucha, dice Schettino, no tuvo ninguna trascendencia y quedó solo como un símbolo nacionalista. La independencia se consumó en 1821 de la peor manera, con un militar que había traicionado a las fuerzas realistas, Agustín de Iturbide, y que acabó siendo nombrado en 1822 emperador de un imperio inexistente. Al año siguiente fue depuesto gracias a las intrigas de otro personaje tan siniestro como él, Antonio López de Santa Anna. México llegó a la independencia bajo los peores signos, lo que hace suponer que la descomposición política que siguió ya existía en forma larvaria en el seno del proceso de independencia. La confusión y la desintegración –que incluye la pérdida de más de la mitad del territorio y la invasión francesa– dura casi medio siglo, hasta el día en que el emperador Maximiliano fue fusilado por Benito Juárez en 1867.

El gobierno de Benito Juárez –interrumpido, en ocasiones itinerante, confrontado a diversas intrigas– logra, no obstante, una modernización importante y reformas de gran calado. La modernización continúa con Porfirio Díaz bajo la forma de un despotismo ilustrado, como explica Schettino. El relativo sosiego duró hasta 1910 cuando Madero se levanta y se inicia una sucesión de guerras civiles que después fueron bautizadas como la Revolución mexicana. Su símbolo es la Constitución de 1917, que Schettino considera como un regreso a las estructuras medievales, algo que me genera dudas por el término, pero que se refiere a que la tierra es declarada propiedad original de la nación, como antes lo era de la Corona, y a que la educación quedaba en manos del Estado. Parece que Schettino etiqueta como “medieval” la organización política basada en corporaciones. México entra así, con muchos lastres, al siglo dominado por Estados Unidos. Se estabiliza cuando Lázaro Cárdenas instituye corporaciones (sindicatos, el partido oficial, ejidos) y estamentos (empresarios, militares, intelectuales) que Schettino insiste en ver como “medievales”. Pero el régimen corporativo de Cárdenas, cree Schettino, solo parece corresponder a la herencia histórica, aunque en realidad la reemplaza. Esta imposición crea una gran fricción con la estructura histórica subyacente. Por ello, la modernización política cardenista no logra detener la desintegración. Es hasta 1982, con lo que se suele denominar neoliberalismo, que comienza la tercera gran modernización (después de la borbónica y las de los regímenes de Benito Juárez y Porfirio Díaz). Pero ello significó amenazar los fundamentos del régimen instaurado por Cárdenas.

No me cabe duda de que México arrastra una pesada herencia de atrasos que la modernización capitalista no ha logrado superar. Según Schettino ello se debe a la “imposición de un sistema corporativo del siglo XX a una sociedad estructurada en corporaciones del siglo XVII”, lo que ha producido grandes fracturas por la fricción entre las dos estructuras. La interpretación es interesante y vale la pena reflexionar sobre ella. Yo he definido este tipo de situaciones con una expresión de Ernst Bloch: la simultaneidad de lo no contemporáneo. Bloch arguyó que de segmentos precapitalistas en Alemania emanaban esperanzas utópicas. La expresión de Bloch podría aplicarse al México de hoy: “no toda la gente vive en el mismo ahora”. Conviven simultáneamente planos premodernos, modernos e incluso posmodernos. El resultado es la generalización de grietas que dibujan un paisaje político esencialmente incongruente en el que coexisten tiempos históricos diferentes. De esta incoherencia surgió el populismo que llegó al gobierno en 2018, que hundió sus raíces en estratos históricos profundos ocasionando que se filtre la incongruencia por las grietas, lo que contamina a gran parte de la sociedad mexicana.

He podido solamente señalar unas cuantas de las propuestas provocadoras y estimulantes del libro de Schettino. Vale la pena leerlo: para pensar en la multitud de ideas que presenta, para eludir la estéril confrontación y auspiciar lo que llama la “conspiración”, es decir, la discusión de propuestas y la construcción de alternativas. Quiere darle sentido a una comunidad imaginaria que se inspire –esa es su provocación– en el éxito de la Gran Nueva España sin reproducir sus estructuras. Espera que se desarrolle una ciudadanía que conspire pacíficamente en forma moderna y democrática. ~


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