Ilustración: Letras Libres / Israel Mejía

Carta a un joven periodista

Novelista, editor y guionista de cine, Hamill es además una leyenda del periodismo de Nueva York. En este texto, el autor de Snow in August invita a los periodistas extranjeros que escriben sobre México a huir de los tópicos y acercarse a nuestra cultura, la mejor forma de comprendernos.
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Han transcurrido casi 44 años desde que crucé la frontera en Laredo y abordé un autobús de Transportes del Norte que se dirigía hacia el sur del país que, a excepción del mío, quiero más que cualquier otro. Tenía 21 años, rebosaba entusiasmo y ambición, y estaba determinado a usar la Ley del Servicio Militar para hacerme pintor.

Recuerdo las luces de Monterrey al anochecer, con la silueta color azul intenso de las montañas a lo lejos y el tortuoso camino que me aguardaba en esa ocasión, un año antes de que se inaugurara una carretera de cuatro carriles. Más de la mitad de los pasajeros del autobús eran mexicanos y después de cenar, a medida que ascendíamos internándonos en esas impresionantes sierras, uno de ellos sacó su guitarra, comenzó a cantar y muy pronto todos entonaban canciones llenas de melancolía por la separación y de alegría por el reencuentro. Cantaban en un idioma que yo desconocía, el de ellos, el de sus familias y el de sus seres queridos. Entonaban canciones no muy distintas de aquellas que había escuchado de boca de mis padres y de otros inmigrantes irlandeses que poblaron mi infancia. Ellos iban a casa y —aunque entonces no lo sabía— yo también.

Durante todo el año siguiente, México se me reveló de mil formas y cambió mi vida. Como extranjero ahora yo era el marginado. Había llegado cargado de otras historias y mitos diferentes. Mi dominio del español, en el mejor de los casos, era deficiente; bárbaro y risible en el peor: “ni modo”. Los mexicanos fueron amables y pacientes conmigo. Pero, sobre todo, reafirmaban en mí ciertas nociones igualmente válidas entre los inmigrantes irlandeses, italianos y judíos con los que había crecido en el lejano Brooklyn: la inmensa importancia de la familia y, por consiguiente, del trabajo; la insistencia de que hombres y mujeres deben vivir con cierta dignidad, una dignidad que poco tiene que ver con el dinero. Hasta el campesino mexicano más pobre, subsistiendo con los magros frutos de una tierra indiferente, puede vivir con dignidad.

Menciono lo anterior —así como mi propia educación en México— porque a quienes nos importan México y los Estados Unidos a veces nos desespera la versión que con respecto a esa relación vemos en los periódicos, en las revistas o en la televisión. He trabajado como periodista en México y durante un breve tiempo fui editor de un periódico en la capital y, al paso de los años, me he percatado de que el periodismo —incluido el mío propio— es a menudo una herramienta burda: puede relatar hechos sin llegar a expresar la verdad; puede obviar el significado real de los sucesos; puede ignorar las facetas ocultas de una sociedad.

Por ejemplo, si lo que se conociera sobre México dependiera exclusivamente de nuestro periodismo, se perdonaría que los norteamericanos creyeran que sólo hay unas cuantas cosas importantes que saber: las drogas y el narcotráfico, el monolito no democrático y sin rostro del PRI y la corrupción endémica. El cinismo en torno a historias como éstas es generalizado. En ambos lados de la frontera ha habido reportajes magníficos acerca de estos temas y no hay duda de que la proliferación del “narcopoder” es un hecho, que el dinero sucio está corrompiendo a demasiadas instituciones mexicanas, que el abuso de la droga se está extendiendo entre la juventud mexicana y que demasiados policías se han pasado del lado de los criminales. Nadie está más preocupado por estos hechos que los propios mexicanos; no solamente los intelectuales mexicanos; no sólo los periodistas mexicanos jóvenes, valientes y honestos; no sólo las clases medias escandalizadas, sino también los campesinos, los maestros rurales, los policías honestos —los cuales son muchos—, y también muchos políticos mexicanos, incluyendo un buen número de miembros del PRI.

Esta es gente que, en palabras de Camus, quiere amar tanto a su país como a la justicia. No quieren tener que disculpar a México ante los extranjeros o ante sus hijos. Desprecian lo que en México se denomina la “cultura de la impunidad”. Algunos se han afiliado a los partidos de oposición; otros han optado por trabajar dentro del complejo mundo del PRI. Muchos admiten haber caído en la desesperanza, pero también están orgullosos de los grandes avances alcanzados en años recientes: el surgimiento de periódicos como Reforma y El Norte, el proceso de modernización de El Universal y la presencia de La Jornada, Proceso y Letras Libres. Cuando yo era joven, en la Ciudad de México era inconcebible que publicaciones de este tipo salieran sin la interferencia gubernamental. Igualmente inconcebible era que estuvieran disponibles en los puestos de periódicos en las esquinas. A semejanza de la televisión norteamericana, la mexicana está lejos de ser perfecta, pero los noticieros ya no son meros foros de propaganda gubernamental. Ha habido ciertamente una renovación del sistema político con pujantes partidos de oposición, las primeras elecciones primarias en la historia del PRI (de hecho, de la historia moderna) y el fin del dedazo.

Sin duda, esos cambios han sido motivo de crítica —en México y en la prensa internacional—, como si fueran un gran engaño orquestado por hombres despiadados en cuartos llenos de humo. La prensa norteamericana es tan cínica como ciertos estratos de la población mexicana. Pero hay que decir que muchos mexicanos viven de acuerdo con lo que dijera Antonio Gramsci: “optimismo de la voluntad, pesimismo de la inteligencia”. Creo que los principales cambios son genuinos y prácticamente irreversibles. Quien haya estado viajando a México como yo lo he hecho por más de cuarenta años, habrá apreciado estos cambios por lo que son: enormes. La modernidad finalmente llegó a México y no hay marcha atrás.

Eso presenta otro reto para todos los que escriben reportajes sobre México. Los grandes periodistas de todas las nacionalidades han sido hombres y mujeres que llevan una antorcha al fondo de la cueva y reportan lo que vieron al resto de la tribu. Deben ser precisos. No deben ver un conejo y describir un dragón, o viceversa. A veces la supervivencia de la tribu depende de esta precisión.

Por ello, sólo un reportero incompetente dejaría de informar sobre el tráfico de drogas y la corrupción. Sólo un reportero ingenuo dejaría de mantener su escepticismo; un sano escepticismo, no cinismo. Todo buen reportero y la mayoría de los ciudadanos saben la diferencia entre la buena oratoria y la práctica real. Si acaso, la empresa del reportaje debería extenderse en México. Entre más información concreta tengamos acerca de este país tan tremendamente importante, estaremos mejor nosotros en los Estados Unidos y estará mejor México.

De hecho, me gustaría ver equipos de reporteros mexicanos y extranjeros compartiendo algo de la tarea. Es razonable, por ejemplo, pensar que la corrupción producto del narcotráfico no se detiene del lado del territorio mexicano. Si los traficantes mexicanos mueven sus mercancías al otro lado de la frontera, el sentido común nos dice que el lado estadounidense de esa frontera debe estar también contaminado de corrupción. El tráfico de drogas es un sistema; un sistema capitalista primitivo basado en la oferta y la demanda. Les aseguro que Amado Carrillo no incursionaba por Denver y Nueva York con su arrogancia, forzando a los yuppies a punta de pistola a que inhalaran cocaína. Ellos querían la droga, estaban dispuestos a pagar por ella y esa demanda se satisfacía —se satisface. Las mercancías han estado cruzando la frontera y no se ha escrito mucho acerca de la corrupción norteamericana. Casi nada se ha escrito acerca de las drogas, incluyendo mucha de la heroína que llega del Canadá (sin embargo, en el Congreso de los Estados Unidos no se habla de “descertificar” a ese país).

Esta incapacidad para ampliar perspectivas es lo que lleva a muchos de mis conocidos mexicanos a ver una actitud moralista de los norteamericanos hacia México. Algunos sospechan que esta miopía tiene profundas raíces en el puritanismo norteamericano, en siglos de estereotipos raciales, en el antiguo conflicto entre el norte protestante y el sur católico, y en el sentido —tal vez no consciente— de culpabilidad por lo que se le hizo a México en el siglo XIX, cuando una buena parte del país fue tomada por los Estados Unidos.

Puede que haya algo de verdad en todas esas suposiciones. Ciertamente se reflejan ocasionalmente en los reportajes sobre México. Hace unos meses, por ejemplo, se publicó la noticia sobre el descubrimiento de un cementerio en el lado mexicano en el que se asumía que estaban los cuerpos de al menos un centenar de personas desaparecidas, presumiblemente asesinadas por narcotraficantes mexicanos. En la búsqueda de esos cadáveres, investigadores norteamericanos se unieron a los mexicanos. Los encabezados de los diarios lo difundieron. La televisión mostraba hombres excavando. En un capítulo de Nightline, Ted Koppel mencionó la posibilidad teórica de que se enviasen tropas americanas al otro lado de la frontera para eliminar a las pandillas de traficantes; el conductor sonrió como para indicar, con ese gesto, que dicha acción nunca se daría, pero lo mencionó. Al final, se encontraron ocho cuerpos. No cien, ocho. El señor Koppel, una persona por la que guardo un gran respeto, nunca ha insinuado —ni siquiera teóricamente— que fuerzas norteamericanas crucen la frontera con el Canadá para eliminar a los contrabandistas de heroína.

Los periodistas deben continuar haciendo sus propias investigaciones por la sencilla razón de que la corrupción que generan las drogas puede llegar a desestabilizar a México. El sistema de contrabando tiene un componente adicional: el tráfico ilegal de armas hacia México. Nadie sabe quién llegará a morir por esas armas. Después de la Revolución a México le llevó más de treinta años sacar los fusiles de la vida nacional. Ahora, gracias a los norteamericanos corruptos y a sus aliados mexicanos, las pistolas están volviendo a infiltrarse en la vida diaria. Los periodistas de ambas naciones deben continuar indagando sobre este tráfico doble, no sólo porque la imparcialidad lo exige, sino porque cualquier desestabilización producto de las drogas, y que se vuelve más letal por las armas norteamericanas, dañaría a ambas naciones.

Pero aun esas historias distorsionarían la verdad de no estar enmarcadas en un contexto más amplio, tanto social como cultural. Si en Estados Unidos, durante los años veinte, los periodistas extranjeros hubieran reportado solamente lo referente a Al Capone y los contrabandistas de licores, no nos hubiéramos enterado debidamente de algunos cambios extraordinarios: el surgimiento de una vital literatura norteamericana que incluyó autores tan extraordinarios como Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Sherwood Anderson y Gertrude Stein, por mencionar sólo algunos. No se hubiera hablado del éxito del cine. No se hubieran mencionado los enormes cambios debidos a los discos fonográficos y el desarrollo de la radio. No se hubieran percatado del desarrollo de la aviación comercial ni de sus exponentes: Charles Lindbergh y Amelia Earhart. No se hubieran percatado del auge repentino que tuvieron los deportes masivos, desde Babe Ruth hasta Jack Dempsey. No se hubieran percatado del desarrollo creativo que tuvieron el jazz, las tiras cómicas y los periódicos de circulación masiva.

Los contrabandistas de licor fueron figuras importantes y héroes populares en ciertos niveles porque desafiaron una de las leyes norteamericanas más estúpidas del siglo XX. Pero al igual que los narcotraficantes de ahora, la mafia norteamericana que se fundó durante la prohibición de la venta de bebidas alcohólicas en los Estados Unidos corrompía a los banqueros, a los políticos y a los jueces. Detentaba un poder enorme que perduró más de cincuenta años. Pero, nuevamente, no era todo.

De la misma manera, los traficantes de drogas en el México actual tampoco son todo. Los periodistas —y, más importante aún, sus editores— deberían trabajar intensamente para colocar a las mafias dentro de un contexto más amplio y deberían tratar de evitar los clichés de reportajes anteriores. Sencillamente es por pereza que se sacan ideas fáciles del cajón. Una de ellas es la que se refiere a la muerte de la Revolución Mexicana, siendo que el último tiro fue disparado hace 77 años. He venido leyendo variantes de esa historia desde los años cincuenta, pero cuando ese venerable tema surja, deberíamos recordar que 79 años después de nuestra propia revolución norteamericana todavía se permitía que seres humanos fueran propietarios de otros. Millones de negros americanos todavía eran esclavos. Fue necesaria una convulsión nacional para que otros norteamericanos pudieran amar tanto a su país como a la justicia. Si los viajes al extranjero nos enseñan algo sobre nuestro propio país y los idiomas extranjeros nos enseñan algo sobre nuestro propio idioma, entonces lo contrario también debería de ser válido: nuestra propia historia imperfecta debería formar parte del contexto cuando empezáramos a juzgar el estado de perfección de otros países.

No podemos saber, por ejemplo, cómo hubiera sido nuestra historia si los Estados Unidos no le hubieran robado a México una parte importante de su territorio durante la guerra de 1846 a 1848, una guerra que según Ulysses S. Grant fue la guerra más injusta que una nación poderosa había sostenido jamás en contra de una nación débil (y él peleó en esa guerra, al igual que Robert E. Lee). ¿Hubiera quedado Hollywood en Missouri? ¿Hubiéramos sido capaces de crear la economía del automóvil del siglo XX sin el petróleo barato de Texas, Oklahoma y California? Nunca podremos contestar esas preguntas.

Son parte de los “qué hubiera pasado si” de la historia de este hemisferio. Pero podemos tener presente que los acalorados argumentos actuales acerca de la inmigración —legal e ilegal— suenan raros viniendo de gente que vive en lugares denominados Los Ángeles, Santa Bárbara, San Diego y El Paso. No nos deberíamos enojar cuando alguien —mexicano o estadounidense— de vez en cuando nos recuerda que la batalla en El Álamo tuvo como motivo la esclavitud, misma que los mexicanos ya habían prohibido. Sus huéspedes inmigrantes, que habían aceptado ser ciudadanos mexicanos, querían tener el derecho de poseer esclavos en México desafiando la ley mexicana. Santa Anna fue un tonto imprudente en muchos casos, pero en su lucha contra los tejanos, hambrientos de esclavitud, estuvo del lado de los ángeles. Los tejanos querían ser libres, bien; pero libres para ser propietarios de otros seres humanos. Y ese debate sobre los territorios conquistados —¿libres o esclavos?— condujo directamente a la guerra civil.

Pero ese contexto histórico también tiene un contexto moderno. No creo que un periodista pueda realizar una cobertura completa sobre cualquier país sin entender, cada vez más, la cultura pasada y presente del país en cuestión. No se podría hacer realmente un reportaje sobre Inglaterra sin leer a Dickens y Trollope, a Shakespeare y a Marlowe, junto con contemporáneos como Ian McEwan, Martin Amis y Ted Hughes. No se podría comprender realmente el sur de los Estados Unidos sin leer a Faulkner. No se podría comprender a la verdadera Francia sin Balzac y Flaubert, Camus y Sartre, Descartes, Racine y Pascal.

Ningún corresponsal serio en el México contemporáneo puede esperar comprender el contexto sin sumergirse un poco en las obras de Octavio Paz y Alfonso Reyes, Ramón López Velarde y Sor Juana, Ángeles Mastretta y Elena Poniatowska, Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis. Ese corresponsal serio en México no puede simplemente confiar en los cables de la AP o en los diarios matutinos; él o ella deben leer a Enrique Krauze y a José Emilio Pacheco, a Juan Rulfo y Paco Ignacio Taibo II, por mencionar sólo unos cuantos de los escritores que han contribuido con sus singulares obras al mosaico mexicano.

Cualquiera que estudie seriamente a México debe observar con detenimiento la arquitectura mexicana, desde el más sencillo edificio vernáculo de un pueblito, pasando por las obras maestras barrocas de la era colonial, hasta las obras de Barragán y Legorreta, para ver cómo vive la gente, cómo ha expresado sus propias visiones íntimas del modo de existir. Nadie que estudie seriamente a México puede ignorar la pintura mexicana, desde figuras del siglo XIX como Hermenegildo Bustos y José Guadalupe Posada, hasta los muralistas Rivera, Siqueiros, Orozco y Rufino Tamayo. Ni el estudioso, ni el reportero, ni el escritor deberían dejar de observar el gran auge de las artes visuales que tiene lugar en México con pintores jóvenes que viven fuera del Distrito Federal, en Oaxaca, Zacatecas y otras ciudades. Nadie debe dejar de comprender las artesanías mexicanas en toda su extraordinaria variedad. Todo trabajo gráfico nos transmite algo acerca de la época en que fue creado y acerca de cómo ven los mexicanos a su país y —a veces— al nuestro. Los editores generalmente consideran que la cultura es noticia “blanda”, pero a menudo es la noticia más permanente y más importante de todas. Babe Ruth fue más importante que Calvin Coolidge. Ezra Pound decía que la literatura era una noticia que siempre era noticia. Debió haber ampliado el término “la literatura” a un término más amplio: el arte.

En México hay fuentes aún más profundas de las que podemos aprender, especialmente los profesionales de los medios. Una de ellas es el deporte. ¿Cómo encaja el futbol en el patrón psicológico de millones de mexicanos? ¿Y por qué el futbol nunca se ha vuelto un deporte importante en los Estados Unidos? ¿Cuál es el papel que juegan el beisbol y el boxeo en México? ¿Qué hay de la lucha libre? El mundo de la lucha profesional es rico en muchos aspectos, pero el más fascinante es el que se refiere al papel permanente de la máscara. Las máscaras ya eran parte de la vida mexicana siglos antes de que llegara el primer europeo. Cualquier buen corresponsal debe tratar de entender la función que juegan en la imaginación mexicana personajes como El Santo y Mil Máscaras, si es que aspira a entender por qué Superbarrio se volvió tan importante después del terremoto de 1985 y por qué los zapatistas de Chiapas también han escogido la máscara para probar un punto político —el del anónimo colectivo popular— que también está lleno de magia.

Las películas son otra fuente muy rica; desde Santa en 1931, dirigida por Antonio Moreno, pasando por las maravillosas películas de los años treinta de Fernando de Fuentes, hasta Los olvidados de Luis Buñuel de 1950. En ellas se puede ver cómo se formó la verdadera conciencia mexicana —en comparación con una serie de identidades regionales enlazadas unas con otras— y percibir algo más: el México que sigue siendo parte de la memoria de millones de personas. Cada reportero, cada estudioso de México debería tratar de obtener una colección completa de las películas de Cantinflas y verlas una tras otra en el orden en que se filmaron. Vería en cada ambientación la forma en que la Ciudad de México cambió de 1940 a los años sesenta. La gran ciudad tan hermosa que era la región más transparente. Entendería por qué tantos mexicanos de cierta edad ven con coraje la ciudad actual y añoran un pasado que no volverá. El estudioso podría ver las películas maravillosas de Pedro Infante y entender por qué México lloró tanto cuando murió en un avionazo en 1957. Verá a Dolores del Río en María Candelaria (con el asombroso Pedro Armendáriz) o a María Félix en Río Escondido, o a Arturo de Córdova en Él, de Buñuel; y entendería lo que significa para los mexicanos la Época de Oro del cine mexicano. Si sólo hubieran estado en francés, estas películas serían tan famosas hoy en día como cualquiera de las clásicas del cine universal.

La forma más poderosa de entender a los mexicanos y a México es la música popular. Algunas canciones les llegan al corazón a todos los mexicanos —y a muchos de nosotros que tuvimos la suerte de escucharlas cuando éramos jóvenes. No me refiero a la música clásica de Chávez, Ponce o Revueltas, por exquisita que sea. Me refiero a la música que se escucha en las cantinas, en las cocinas, en los camiones y en el trabajo; en los entierros y en las bodas. Todavía me dan ganas de llorar cuando escucho cómo se le rompe el corazón a Lucha Reyes cuando canta, como una premonición de su suicidio. No me imagino que mi vida hubiera sido igual sin la música de Cuco Sánchez o de José Alfredo Jiménez, de Agustín Lara o Los Panchos, de Álvaro Carrillo y Los Tres Caballeros con Chamín Correa. Esta música todavía provoca nostalgia en millones de mexicanos (y en otros hispanohablantes), porque trae a la memoria su juventud y la época en que escucharon esas palabras por primera vez; cuando necesitaban que la música los consolara para sobrellevar tiempos difíciles o para articular sentimientos para los que todavía no tenían palabras con qué expresarlos. La música popular —desde Edith Piaf hasta Frank Sinatra— tiene aquí ese poder.

La música también es un aparato de medición. Es la forma de fijar el tiempo y el espacio. Cuando se trata de entender la tristeza actual de los neoyorquinos y de los mexicanos —que se expresa con frases como “este lugar ya se fue a la goma”— siempre se debe preguntar: ¿comparado con qué? Algunas personas empezarán a tararear, porque la música es un componente especial de la memoria humana. Las canciones populares clásicas del pasado mexicano han vuelto a revivir en los difíciles últimos cinco años interpretadas por Luis Miguel. Él trató a las canciones con respeto. No intentó convertirlas en una nueva y horrible forma de música pop; no las echó a un lado con ironía. Dijo, por la forma en que las cantó, que la gente que hace tiempo amó esas canciones no estaba equivocada. A través de sus versiones de esas canciones, la juventud ha podido añorar una época que nunca conoció, más sencilla, más segura; y los viejos han podido recordar lo que fue ser jóvenes. En ese sentido, Luis Miguel acercó a las generaciones de una manera que ningún político ni escritor habían podido. Y para cualquier corresponsal debería ser una obligación explicar a sus lectores en otro país no solamente cómo mueren los mexicanos o cómo votan o cómo el sistema abusa de ellos, sino qué los emociona y los alivia. Si escriben acerca de Luis Miguel deben ir más allá de su éxito y de cuánto dinero gana y de sus amoríos; tratar de entender cuáles han sido las fibras sensibles que ha tocado en el alma mexicana. Ese tema es digno de periodismo. Es mucho más importante que la reciente batalla interna en el PRI o el proceso penal contra algún banquero.

Eso es a lo que, en forma escueta, me refiero por contexto. Cualquier estadounidense que vaya a México debe tratar de penetrar y comprender la cultura que ha producido tantos seres humanos extraordinarios. Me refiero a todos los estadounidenses, desde luego a los periodistas, pero también a los hombres de negocios, diplomáticos, aun a los agentes policiacos y a los espías (cuando yo era joven, E. Howard Hunt trabajaba en la Embajada de Estados Unidos, donde todos teníamos cabida), pero espero que los turistas serios hagan lo mismo. Hay más acerca de México que bellas playas y margaritas. El turista serio puede leer antes de viajar. Leer las novelas, la poesía y la historia; cuando esté de regreso, recordará que el hombrecito callado que trabaja en aquella tienda de abarrotes de Nueva York o en ese taller inhumano, desciende de gente que construyó grandes civilizaciones. Los arquitectos de Chichen Itzá y Monte Albán, los muralistas de Palenque, los mayas, olmecas y aztecas, todos se parecían a esa gente heroica y digna que ha llegado a vivir entre nosotros en cantidades mayores que nunca antes, enriqueciéndonos como nos han enriquecido también en México.

Recuerdo claramente que una noche sofocante de agosto, cuando tenía doce años, me pareció oír sollozar a mi padre en la oscuridad de nuestro departamento de vecindad en Brooklyn. Él había emigrado de Irlanda y no había concluido la instrucción primaria; mi abuela había firmado su acta de nacimiento con una “X”. Cuando mi padre tenía 23 años había perdido una pierna jugando futbol en las ligas de inmigrantes aquí en Nueva York; es decir, jugando el juego de la madre patria. Pero en esa noche de agosto no estaba llorando por nada de eso y, ciertamente, no lo consumía la autocompasión. El dolor en el muñón de su pierna era demasiado para él, pues su esfuerzo diario lo hacía de pie, sobre pisos de concreto y en una fábrica que no tenía aire acondicionado. La piel de su muñón —lo que quedaba de su pierna de oro— estaba ampollada, en carne viva, y le dolía. Mi madre se acercó a él con hielo y consolándolo le dijo “no pasa nada, Billy, no pasa nada” hasta que él volvió a dormirse. Al día siguiente regresó, como siempre, a su trabajo.

Me acordé de él la primera vez que fui a México, cuando vi a tanta gente trabajando tan duro y en ellos reconocí la vida de mi propio padre. Tengo la certeza de que en algún lugar, hoy en la noche, un padre mexicano va a llorar incontrolablemente en la oscuridad, mientras uno de sus hijos lo habrá de escuchar. Llorará en algún pueblo fronterizo de maquiladoras. Llorará en Guanajuato o en Veracruz, en Los Ángeles o en Queens o en Chicago. Se levantará en la mañana y se irá a trabajar. El niño o niña que escuchó su llanto se prometerá honrar ese dolor. Honrarlo todos los días de su vida. Por eso creo firmemente que honramos a nuestra propia gente cuando honramos a los que recién han llegado. Aquellos de nosotros que hemos trabajado en los medios, desde los días de la máquina de escribir mecánica hasta el valiente mundo nuevo de Internet, debemos recordar que estamos involucrados en una empresa que es, también, finalmente, ética. Podemos prometer no aumentar la estupidez del mundo. Estemos o no en los medios, deberíamos ser capaces de decirle a cada mexicano pobre que llega a este país: gracias por venir. Gracias por recordarnos quiénes somos. La historia de nuestros padres y abuelos nos dice: el dolor pasará. Cuando algo de este dolor presente pase, aquí y en México, sé lo que sucederá después. Lo sé como sé que el sol saldrá mañana.

 

Traducción de Liébano Sáenz Ortiz.

Fragmento del texto presentado en la conferencia Images of Mexico in the US Media en Nueva York, que tuvo lugar los días 3 y 4 de febrero de 2000, organizada por La División Internacional del Centro para el Estudio de los Medios, el Instituto de Estudios Latinoamericanos e Ibéricos de la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales de la Universidad de Columbia y por el Instituto Cultural Mexicano de Nueva York.

 

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