La historia de las antiguas colonias europeas en Asia, África y América Latina, en el pasado siglo XX, muestra a la perfección que la rivalidad entre las grandes potencias se presenta, en diversos contextos, como alternativas entre malos y buenos imperios. Sucedió durante las independencias suramericanas, cuando Gran Bretaña y España representaron esos personajes. Volvió a suceder en el Caribe a partir de 1898, cuando Estados Unidos desplazó a España. Y volvió a suceder durante la Guerra Fría, cuando buena parte de la izquierda vio en la Unión Soviética o en China un dique contra el imperialismo estadounidense.
En su libro El laberinto de los extraviados, el escritor líbano-francés Amin Maalouf, Premio FIL de Guadalajara, propone una refutación elocuente de esa racionalidad geopoliticista. Las alternativas a los imperios hegemónicos, dentro o fuera de Occidente, son igualmente imperialistas y coloniales, depositarias de viejos racismos y xenofobias, que se relanzan con fuerza en el siglo XXI. En un libro anterior, El naufragio de las civilizaciones (2019), Maalouf había sostenido que la descomposición que vivimos es mundial y que no hay potencia o región del planeta que esté a salvo.
A contracorriente de las tesis sobre el choque civilizatorio de Samuel P. Huntington y sus seguidores, Maalouf parte de la premisa de que la decadencia de los imperios se verifica lo mismo en el Occidente que en el Oriente. Antes de reconstruir la experiencia de tres imperios alternativos –el Japón de la dinastía Meiji, la Unión Soviética y la China comunista–, el escritor sostiene que el extravío y el agotamiento del siglo XXI son generalizados y empiezan por el descalabro de las hegemonías occidentales, corroídas por su propia voracidad y su propio imperialismo.
Cuenta Maalouf que hacia 1870 los japoneses tomaron ejemplo de la Prusia de Bismarck, vencedora sobre la Francia de Napoleón III, para echar a andar una acelerada modernización industrial y militar que en tres décadas los llevaría a derrotar a China y a Rusia en sendas guerras. Tan importante como aquellos triunfos militares, según el escritor libanés y francés, fue la percepción esperanzadora del poderío de Japón entre las naciones orientales.
Tras la muerte del emperador Mutsuhito en 1912 comenzaría la crisis de aquella hegemonía, aunque en los años del periodo de entreguerras todavía Japón asombraba al mundo por su despegue económico. Sin embargo, esa imagen de una modernidad alternativa, antes de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, ya era rivalizada por otra opción que se colocaba en las antípodas no solo de Occidente sino de su sistema económico capitalista: la Unión Soviética.
Maalouf glosa las tantas visiones positivas del modelo japonés y el modelo soviético, en líderes asiáticos, y encuentra que algunos, como Sun Yat-sen, pasaron de un entusiasmo al otro. El fundador de la China moderna y presidente de su primera república había considerado en su juventud que Japón daba el tiro de salida a las nuevas naciones orientales. Antes de morir, en 1925, Sun Yat-sen estaba convencido de que con la revolución bolchevique Rusia había abandonado Occidente y se colocaba a la delantera de los pueblos asiáticos.
Los líderes soviéticos acusaron recibo de la gran popularidad de la revolución bolchevique en Asia y priorizaron el avance del comunismo en esa región. El Congreso de los Pueblos del Oriente, en Bakú, en septiembre de 1920, organizado por la naciente Komintern, liderada por bolcheviques judíos como Grigori Zinóviev, Karl Rádek y Mijaíl Gruzenberg, dio forma a la expansión comunista en el mundo asiático. El Times de Londres reseñó aquel congreso como un proyecto de judíos de Europa del Este que llamaban a la yihad islámica contra el imperialismo británico en el Medio Oriente.
La lectura del Times era, según Maalouf, distorsionante ya que en buena medida la URSS había planteado la lucha contra Occidente en términos radicalmente distintos a los de la religión o la raza. Lo cierto es que algunos de aquellos bolcheviques judíos, como Gruzenberg, más conocido como Mijaíl Borodín, serían los principales interlocutores de los primeros dirigentes del comunismo asiático: Sun Yat-sen, Ho Chi Minh, Manabendra Nath Roy, Mao Tse-Tung…
El estalinismo soviético, luego del giro hacia los frentes antifascistas en los años treinta, se ensañó con aquellos primeros bolcheviques, defensores de un internacionalismo radical. Tras el avance del poderío soviético en Europa del Este, que siguió a la Segunda Guerra Mundial, y, sobre todo, luego de la muerte de Stalin en 1953, los soviéticos trataron de recuperar liderazgo en el Medio Oriente y Asia. La Conferencia de Bandung en 1955, impulsada por líderes descolonizadores como Nasser, Nehru y Sukarno, fue un evidente desafío para Moscú.
En los años sesenta, Cuba, un insospechado país del Caribe, donde los soviéticos lograron posicionarse como potencia protectora, se convertiría en centro del naciente tercermundismo descolonizador. Para los años setenta, con el Movimiento de los No Alineados, ya los soviéticos habían asumido un papel de liderazgo en aquel tercermundismo que incorporaba fuertemente a África. Mientras el tercermundismo se instalaba en Moscú, la URSS entraba en una etapa de crecientes conflictos y tensiones con la principal potencia comunista de Asia, China, por un lado, y con los socialismos reales de Europa del Este, por el otro.
Maalouf no desconoce los deterioros internos del comunismo soviético, pero da especial relevancia, en la caída del Muro de Berlín en 1989, a esa corrosión paralela de la hegemonía de la URSS que se produjo con la liberalización de China, bajo el liderazgo de Deng Xiaoping, y al ascenso del antisovietismo en Europa del Este. Tras el derrumbe del bloque soviético, en la última década del siglo XX, quedó en pie, sin embargo, la gran alternativa a Occidente armada por los chinos en el Pacífico.
En su larguísima marcha, los chinos, como recuerda el escritor, sobrevivieron a dos hegemonías, una regional, Japón, y otra global, sobre todo en la Guerra Fría, la Unión Soviética. Todavía en los años noventa y los primeros del siglo XXI, los chinos cargaban en no pocas naciones asiáticas con la sospecha de haberse aliado a Estados Unidos cuando apenas culminaba la guerra de Vietnam. A principios del siglo XXI, China era, a todas luces, el modelo a seguir por todas las naciones del sudeste asiático, las socialistas y las capitalistas.
En las últimas décadas, conforme se consolida como la segunda economía planetaria, con grandes posibilidades de convertirse en la primera en el año 2049, ya China es una potencia mundial, con mayores intereses económicos en Europa, Asia y África que Estados Unidos. Lo que suceda con China en las próximas décadas dependerá en buena medida de la capacidad de resistencia de Estados Unidos, país que Maalouf llama la “ciudadela de Occidente”, que en el siglo XX enfrentó a Japón y a la URSS.
Pero así como el escritor no suscribe la tesis del choque de civilizaciones tampoco comulga con las teorías sobre el declive necesario de los imperios, al estilo de Jean-Baptiste Duroselle. Tanto China como Estados Unidos han demostrado ser imperios con gran capacidad de reinvención. Sobre lo que no tiene dudas Maalouf es que la ruta menos costosa para esa reinvención no es o no debería ser la de la guerra comercial o militar. Cualquiera de esas dos guerras, que hoy amenazan el planeta, sería utilizada por las potencias menores para desatar una hecatombe global. ~