Comencemos por el final, el índice integrado por seis secciones que, a su vez, registran los reinos materiales e inmateriales, orgánicos e inorgánicos de los que se compone este libro: 1. Estratos, 2. Alas y patas, 3. Cortezas, 4. Afluentes, 5. Territorios, 6. Vestigios. Asimismo, al final del volumen, justo antes del índice, Mónica Nepote reproduce dos screenshots de sus posts en redes sociales. Estas capturas de pantalla (texto-imagen) son, en realidad, las semillas del proyecto. Transcribo íntegra la primera de ellas: “Pensar con… pensar en los muchos libros, el libro, la tecnología, (naturaleza), las formas de existencia, los dispositivos, la lectura, las interfaces, el texto-imagen, el cuerpo, la cuerpa, lxs cuerpxs, el lenguaje, la lengua, los hongos, las plantas, lxs animales, eso.” En seguida un segundo post aún más explícito: “Un largo ensayo de comunicación interespecie, uno de ríos, otro más breve de montañas y textos sueltos sobre plantas, hongos, imágenes de caminatas, audios… ¿puede ser eso un libro?”
Por supuesto, la llave se halla expuesta, a la vista de todos: este libro es –o quiere ser– un “largo ensayo de comunicación interespecie”. La autora no pretende complicarse ni complicarnos la lectura, de modo que cuando dice “ensayo” no alude a la vasta tradición del género inventado por Montaigne con la intención de contrariarla o enriquecerla, sino solo a la acepción elemental de prueba y tanteo despojados de todo propósito que no sea eso, un ensayo. Lo que se registra es el trayecto, el paso y el paseo de la escritura dando por sobreentendido que todo es texto, todo dice “algo”, incluso la anotación casual. En este sentido, en Vestigios de un mundo por venir hay anécdotas, testimonios, poemas, confesiones, sueños, memorias, especulaciones, introspecciones, citas y glosas, imágenes y grafías, etc. Sobre todo, hay una poética que podría ser, asimismo, una ética.
Lo decisivo parecería radicar en la incógnita abierta por la “comunicación interespecie”. Todo se comunica con todo. El micelio del subsuelo es un lenguaje tan elocuente como el “mensaje” del vermilion flycatcher, el pájaro cardenal que aparece en una de las anécdotas centrales de Vestigios de un mundo por venir. Aunque, claro, si todo es texto y todo dice algo, las cosas comienzan a aclararse. Según Nepote, la tierra es muchas voces: los lenguajes no humanos de los animales y los árboles, de las piedras y el agua, del cielo y el subsuelo, etc. Literalmente, la montaña tiene (o es, más bien) una “narrativa” y su elocución prepara el escenario para un “Manifiesto de la paloma migratoria”, por ejemplo.
El almacén del que se abastecen estas ideas se halla en el poshumanismo ecológico y sus derivados múltiples, de Donna Haraway a la colapsología de Pablo Servigne y Raphaël Stevens, pasando por el cruce no solo previsible de la ecología y el feminismo sino del encuentro desconcertante de saberes ancestrales y teorías críticas, tecno-chamanismo y gramatología, ufología y deep ecology, solastalgia y retrotopía, arte contemporáneo conceptual y espiritualidad de masas, etc. Ahora bien, la miscelánea del poshumanismo puede parecer un caos pero tiene un denominador: su posmodernidad desbordante que, gracias a los radicalismos de los años sesenta y setenta y la posterior pandemia de neopopulismos, se ha vuelto la nueva normalidad, el sentido común de la academia, la literatura y el arte.
En este contexto la autonomía del arte es un chiste y nadie se atrevería a escribir un poema que no se explique por su contexto, mediante un discurso externo al poema mismo. Si el auge de las literaturas posautónomas exige que el texto se lea con base en criterios ajenos, se entiende que ninguno de ellos tiene que ver, necesariamente, con un juicio de valor estético (lo que sea que esto signifique). En efecto, ¿cómo leer un poema de Las trabajadoras (2024), su anterior libro?
Mi lengua es el hilo que otra mujer tiñó.
Manos en agua caliente,
hasta donde el cuerpo soporte.
Hablo en pespunte desde la tela.Lo que a ti te protege
a mí me aniquila.
Soy esta cadena de producción
litros de agua en tu cuerpo
litros desecados en color
tierra que se cansahabla por mí.
[“Dejar las marcas. Dejar mensajes”]
Evidentemente, el poema no reclama ningún reconocimiento formal en la medida que sabemos que se trata de versos solo por el tono y los cortes prosódicos. Y si no hay nada relevante en este sentido, la atención se desplaza a cualquier otro lado, en este caso a las trabajadoras y su cláusula final: “habla por mí”. El problema del arte posautónomo es un dilema sin solución. En este caso, dar voz a los que carecen de ella prohíbe no ya el virtuosismo lírico, sino la más elemental distracción de estilo. Algo de eso le reclamaba Sartre, alto comisario de la literatura engagé, al autor de El hombre rebelde: Camus cometió el error de hablar de crímenes de lesa humanidad con la entonación de les belles-lettres, nada menos. Y es que, por regla general, la literatura comprometida es mala. Sin embargo, su batalla está en otra parte.
Vuelvo a lo mismo: ¿cómo leer este libro de Mónica Nepote, Vestigios de un mundo por venir? La lectura exige una aceptación previa, un asentimiento que no es estético, sino ético, moral. Porque, ¿quién se puede oponer a sus objetivos nobles?
Hemos andado lo suficiente como para saber que el paisaje es una construcción cultural, en transformación continua. Nuestro tiempo presente, determinado por la crisis ambiental, nos deja bien claro que los humanos no lo intervenimos, lo alteramos. Cortamos cerros para construir carreteras, desviamos ríos, rajamos la selva para construir un tren. Estas acciones nos hacen olvidar algo esencial: en un primer momento, el paisaje nos construye [“Del mar a la montaña”].
Ya lo dijimos, para el arte y la literatura posautónomos (variante posmoderna del vetusto arte comprometido) el interés está en otra parte, más allá de sí mismos. Se trata de una “poética” que es una ética y, a su vez, aspira a una política. Sin embargo, al extenuar la consigna setentera “Lo personal es político”, por ejemplo, suele vaciar de contenido el concepto mismo de lo político. La política restringida a un problema de representación cultural (la disidencia como gesto simbólico), a una cuestión de lenguaje (las palabras no modifican la realidad, la sustituyen), al reconocimiento y la validación identitaria (la política como terapéutica, un espacio seguro), etc. Obsesionados por “lo político”, acaban en disidencias de autoconsumo: tendencias y nichos culturales protegidos por el circuito cerrado del arte, la academia, las instituciones educativas y de difusión privadas o públicas. Crean lo que sea que producen de acuerdo con códigos de expresión y de interpretación exclusivos, esto es: crean la obra y su crítica, su manual de lectura.
Como sabemos, la ecoliteratura produce conciencia sobre la devastación ecológica y la emergencia climática. Sin embargo, esa conciencia es inmune a la realidad inmediata y, en general, guarda una distancia que no sé cómo describir ni justificar. Igual que todo subproducto ideológico, vive enamorada de las abstracciones y, al menos en México, mantiene un silencio más que estridente sobre las políticas públicas. Previsiblemente, el culpable es el androceno o el tardocapitalismo, no el régimen que paga las ediciones. ~