Dos poemas

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18.

No puedo creer que hoy, evocado por la infancia, aparezca aquí como uno de esos viejos insufribles del poema de Philip Larkin, pero descubrí que hoy las cosas comienzan a suceder simultáneamente, mientras sospecho, refunfuñando, que una buena parte de ellas en realidad ya sucedió. No como la imagen anacrónica de algo que apenas se recuerda, sino como la posibilidad de que todas las otras cosas hayan ocurrido también de otra manera, la más adecuada para secuenciar sus escenas de acuerdo con el diseño del mito El laberinto y el minotauro hasta que el héroe pueda salir vivo. Los griegos desconfiaban de aquello que les resultara predecible.

{{Concepto planteado por Aristocles, autor de innumerables best sellers, todos firmados con el seudónimo de Platón.}}

 Creían, más bien, que detrás de todo lo que aún no vislumbramos, al menos, no nítidamente, se encuentra aquello que nuestro pudor provinciano atina apenas a llamar felicidad. Ya no hay cómo sustituir los términos ilusionándonos en adecuarlos según sus contenidos. Ello implicaría reescribir el presente. No el sentido. Y como precisamente eso es de lo que carece, no estoy dispuesto a concederles nada. Las cosas han de verse solo una vez, mientras suceden. Nunca son más de lo que significan. No como en esos cantos partisanos, sino de un modo mucho más sutil. Pienso, por ejemplo, en el musgo cayendo sin gloria sobre el pétalo de una rosa eslovena, o en algún tic molesto, escrito con bolígrafo, justo cuando le apostamos al lenguaje de señas. En el presente también es así. Hace falta valor para quedarse. Y aún más para cantar:

oh flor de lis / oh flor de lis dorada.

Aunque los viejos no lo hagan así. ~

21.

No pretendo obtener la jubilación como el más viejo
de los jóvenes poetas, título obtenido por walkover
frente a mis contemporáneos, o tal vez por la ceguera
que cuenta como lazarillo a una escritura también ciega.
Hecho que, en sí, explica se confunda un vals con el ruido
de fondo en el que transcurrió pues “la ceguera atañe
también al oído”, especuló Borges al pensar en Sabato
solo como un pretexto para después hablar de sí.

I would prefer not to, el mantra de Bartleby me ronda
dictando el argumento que podría utilizar. Mañana
renunciaré al trabajo jubilándome en algún otro menester,
sin duda más productivo que brindar boyante por
haber pasado el Rubicón del medio siglo. Un ritual
semejante a un responso festivo, el cual se interrumpió
cuando mi mujer observó “¿qué pasa?, andas lacónico”
y recordé esa nostalgia como algo muy propio del linde
donde elegí leer a Melville antes de resignar
musitando sumiso “ahead last”.
Ese pérfido eslogan borgeano. ~

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