Echeverría: reprimir y cooptar

El pasado 8 de julio murió Luis Echeverría, quien fue presidente de México entre 1970 y 1976. A propósito de sus ambiciones transformadoras, su relación con los intelectuales y su responsabilidad criminal, Letras Libres recupera algunos fragmentos de La presidencia imperial (1997).
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Desde un principio, Luis Echeverría se propuso introducir un cambio radical en el rumbo histórico del país. Nuevo Cárdenas, volvería a los orígenes nacionalistas, campesinos, justicieros, de la Revolución (los suyos propios en su juventud); pero al mismo tiempo les infundiría el nuevo contenido ideológico que desde los años sesenta habían formulado sus coetáneos intelectuales de izquierda, los maestros universitarios que integraban aquella generación de Medio Siglo educada en el marxismo académico francés. Echeverría subrayaba su filiación al grupo, hablaba de “esta generación en cuyo nombre hemos llegado a la presidencia”.

Pero, más allá de sus propósitos declarados –que Echeverría asumía sin cinismo, con verdadera convicción–, su designio era esencialmente alemanista. Quería preservar el sistema político del que era hijo. Para ello había que subir (o volver a subir) al “carro de la Revolución” a los sectores agraviados del movimiento estudiantil. A esa política de neutralización de los impulsos democráticos del 68 se le llamó –orwellianamente– “apertura democrática”.

Con los maestros universitarios pertenecientes a su propia generación, la operación integradora resultó sencilla. Muchos de ellos –Horacio Flores de la Peña, Porfirio Muñoz Ledo, Víctor Flores Olea, Enrique González Pedrero, entre varios otros– se incorporarían al gabinete de Echeverría u ocuparían puestos importantes en empresas u organismos del sector público. Otros trabajarían como asesores del presidente y estarían permanentemente a sueldo (Ricardo Garibay, aquel escritor pagado por Díaz Ordaz que conocía a Echeverría desde tiempos inmemoriales, recibía, según su propia confesión, 80,000 pesos o 6,500 dólares al mes). Uno de los caudillos intelectuales de la generación, el sociólogo Pablo González Casanova, autor del fundamental análisis crítico La democracia en México (1965), sucedería en la rectoría de la unam a Javier Barros Sierra que, enfermo de cáncer, moriría en agosto de 1971. El más famoso de los miembros de la generación, el escritor Carlos Fuentes, se convirtió desde mediados de 1971 en un ideólogo y defensor activo del régimen echeverrista, y en 1975 aceptó la embajada en París.

Con los jóvenes de la generación del 68 la maniobra era más difícil y, en numerosos casos, imposible. Muchos habían optado por la guerrilla urbana y operaban secuestrando y asesinando empresarios y políticos en Monterrey, Guadalajara y el Distrito Federal. Algunos pertenecían a la llamada Liga 23 de Septiembre, nombrada así en recuerdo del frustrado asalto al cuartel Madera por los hermanos Gámiz en Chihuahua, en 1965. Pero había otros focos armados. Con ellos no habría “apertura” sino el “palo” de siempre: entre 1970 y 1976 México viviría un capítulo sordo y mal documentado de la misma “guerra sucia” que en otros países de América Latina provocó el enfrentamiento de la generación de los sesenta con el poder público y el ejército.

En círculos intelectuales, su nombramiento no causó indignación. Después de todo, Echeverría no era Díaz Ordaz. Representaba la ideología progresista que los intelectuales comprometidos habían formulado para México a raíz del triunfo de Fidel Castro: un Estado cada vez más fuerte, una iniciativa privada cada vez más acotada, el fin de los líderes charros, las inversiones para el campo, el sano alejamiento frente a Estados Unidos: “el socialismo mexicano”, escribiría Carlos Fuentes en 1973, “será resultado de un proceso de contradicción […] de enfrentamiento entre la nación y el imperialismo, entre los trabajadores y los capitalistas. Marx previó todo eso”. Dos años antes, en 1971, se había convencido –como muchos otros intelectuales– de que Echeverría luchaba contra los misteriosos “diazordacistas”, los “emisarios del pasado”, incrustados en su mismísimo círculo de poder. Había que estar con él. “Echeverría o el fascismo”, exclamaba el gran editor Fernando Benítez. Según Fuentes, no apoyar a Echeverría equivalía a cometer “un crimen histórico”.

“El único criminal histórico de México es Luis Echeverría”, escribió entonces Gabriel Zaid, y envió su texto a La Cultura en México, suplemento cultural de la revista Siempre! El director Carlos Monsiváis consultó con José Pagés Llergo, director general de la revista, la publicación de esa línea y Pagés se negó con las palabras sacrosantas: “ni contra el presidente, ni contra la Virgen de Guadalupe”. Zaid dejó de colaborar en Siempre! y concentró su actividad intelectual en la nueva revista Plural, que acababa de fundar Octavio Paz bajo el paraguas protector del diario Excélsior. En aquel periódico se estaba produciendo un milagro: dirigido desde agosto de 1968 por Julio Scherer García, Excélsior ejercía la libertad de prensa en un grado que no se veía en México desde los tiempos remotísimos de Madero. En Plural, Paz y un grupo de escritores no apoyaban al régimen: ejercían la crítica independiente.

Si Zaid llamaba “criminal histórico” a Echeverría, no era solo por su activa complicidad en la masacre del 2 de octubre de 1968 sino por su nunca aclarada intervención en una nueva matanza, especie de replay de Tlatelolco, que ocurrió el jueves de Corpus de 1971. Acababan de excarcelar a los líderes del 68 y estos, para demostrar que seguían en pie de lucha, habían convocado a una manifestación que partiría del Casco de Santo Tomás, en el Politécnico. Para sorpresa general, los esperaba una auténtica emboscada.

Los hechos ocurrieron el 10 de junio por la tarde. Grupos de jóvenes armados con grandes varillas (típicas del arte marcial de kendo) se abalanzan sobre la pacífica marcha golpeando y apresando estudiantes. Los llevan a una calzada paralela, donde a golpes de macana y cachazos los meten en vehículos policiacos camuflados como coches privados y hasta en ambulancias empleadas para el mismo objeto. En la operación no solo participan provocadores de sexo masculino: también hay muchachas que sirven de “gancho” para atraer a los estudiantes a los vehículos.

Nadie supo cuántos murieron aquel jueves de Corpus. Esa misma noche, el presidente Echeverría apareció en televisión y dijo que ordenaría una inmediata investigación de lo ocurrido, “caiga quien caiga”. El 11 de junio los periódicos de la ciudad, sin excepciones, vivieron un fugaz momento de libertad absoluta: informaron de los hechos con veracidad e indignación. El grupo paramilitar que había intervenido era conocido como los Halcones. A los pocos días, dos altos funcionarios renunciaban a sus puestos: el regente del Departamento del Distrito Federal Alfonso Martínez Domínguez y el jefe de la Policía Rogelio Flores Curiel. La investigación prometida nunca llegó. Pero buena parte de la opinión pública y, por supuesto, los intelectuales integrados en el gobierno tomaron como buena la versión de que el crimen había sido una trampa tendida contra el presidente progresista por los “emisarios del pasado” que se hallaban dentro de su propio régimen. Al apartarlos del sistema, se había librado de ellos, y de la estela del 68.

Gabriel Zaid dudó de la versión oficial y publicó en Plural una carta abierta a Carlos Fuentes en la que lo instaba a dar a Echeverría un plazo para hacer pública la investigación, cumplido el cual le retiraría su apoyo. Lo importante en términos democráticos –argumentaba Zaid– era afianzar el pequeño poder de los intelectuales frente al gran poder del presidente. Fuentes desechó la oferta.

Años después, la revista Proceso publicaba un espeluznante reportaje en el que Alfonso Martínez Domínguez narraba a Heberto Castillo su versión de la matanza del 10 de junio. Echeverría había planeado con todo cuidado la operación para echarle la culpa a él y desembarazarse así del legado del 68. “Sin soltarme, oprimiendo mi quijada”, narraba Martínez Domínguez, con los ojos húmedos, “me dijo: ‘Alfonso, vaya usted a su hogar, reúna a su esposa y a sus hijos y dígales que va usted a servir al presidente de la República. Dígales que ha renunciado usted al cargo de jefe del Departamento del Distrito Federal’”. Con el tiempo, Proceso descubriría otros actos de premeditación urdidos por Echeverría, entre ellos un boicot de anunciantes de la iniciativa privada maquinado por él para arrojar a Excélsior en los brazos del gobierno, que “heroicamente” lo salvaría del desastre económico en aras, claro está, de la libertad de expresión. Pero como Excélsior no bajó la guardia y siguió ejerciendo la libertad sin cortapisas, el presidente propició el golpe final contra su director.

Con ese único acto destruyó lo poco que quedaba de su obra y arrojó una inmensa nube de sospecha, de justificada sospecha, sobre su verdadera responsabilidad en lo sucedido en 1968. Porque si era capaz de llegar a esos extremos maquiavélicos en la “apertura democrática”, ¿qué no habría deslizado al oído del que fuera su jefe durante tantos años, el presidente Gustavo Díaz Ordaz, que no lo conocía, pero a quien él conocía al dedillo? ~

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