Fotografía: Zohran Mamdani, Alexandra Ocasio-Cortez y Bernie Sanders © Andrea Renault / ZUMA Press Wire

El fin del centro

Si en la confrontación electoral de hace unos años conquistar el centro era la prioridad, hoy la dinámica política ha cambiado radicalmente. La polarización nos obliga a preguntarnos si seremos capaces de construir un nuevo espacio político común para gestionar nuestras diferencias.
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Durante buena parte de los últimos cincuenta años, la política occidental se construyó alrededor de una idea relativamente sencilla: las elecciones se ganaban conquistando el centro. Después de décadas marcadas por el enfrentamiento entre comunismo y capitalismo, gobernar significaba –con todas las diferencias que pudieran existir– acercarse a ese espacio político en el que podían encontrarse sectores de izquierda y de derecha. De esta manera, el centro se convirtió en uno de los principales instrumentos de estabilidad de las democracias occidentales.

Ahora mismo estamos asistiendo a su liquidación. El centro político pierde fuerza como punto de encuentro y también como refugio frente a los extremos. La polarización vuelve a ocupar ese espacio. Sin embargo, no es la primera vez que ocurre. La historia del siglo XX demuestra hasta qué punto una crisis económica, acompañada por una mala política, puede destruir los equilibrios que parecían consolidados.

La Segunda Guerra Mundial no puede entenderse sin mirar lo que ocurrió después de la Primera. El Tratado de Versalles, la fragilidad de la República de Weimar y, más tarde, la Gran Depresión fueron creando las condiciones para una radicalización política cada vez mayor. Las reparaciones impuestas a Alemania, el sentimiento de humillación, la inflación y el desempleo terminaron erosionando la confianza en las instituciones democráticas y abrieron espacio a los extremos. En ese contexto, el nazismo pasó de ser una fuerza marginal a convertirse pocos años después en la principal fuerza política de Alemania.

La paradoja histórica terminó siendo extraordinaria: democracias capitalistas y la Unión Soviética comunista tuvieron que aliarse para derrotar al nazismo y al fascismo. Terminada la guerra, buena parte de Occidente reconstruyó su arquitectura política alrededor de instituciones, consensos y grandes partidos capaces de contener los extremos. El centro no eliminó las diferencias ideológicas, pero durante décadas permitió administrarlas.

Ese mundo es el que está desapareciendo.

Nadie sabe exactamente qué ocurrirá en las elecciones intermedias de Estados Unidos del próximo 3 de noviembre. Pero las cifras de hoy permiten por lo menos observar una tendencia. Una encuesta nacional de Reuters/Ipsos publicada a principios de agosto coloca a los demócratas cinco puntos por encima de los republicanos en la intención de voto para el Congreso, 42% contra 37%, mientras la aprobación de Donald Trump ha caído en torno al 35%. Donald Trump no aparecerá personalmente en la boleta, pero puede perder esa elección. Puede perderla si los republicanos pierden la Cámara, si disminuye su capacidad legislativa o si el electorado utiliza noviembre para ponerle un límite político a su presidencia. Eso, sin embargo, no significa necesariamente que la ganen los demócratas en un sentido más profundo.

Ese es precisamente el problema. Conforme avanzamos hacia noviembre aparecen con mayor claridad las contradicciones de los dos partidos. El Partido Republicano sigue organizado alrededor de Trump y del movimiento MAGA, siendo Trump parte de su mayor problema. Su aprobación está deteriorada, la economía ha dejado de ser una ventaja automática para los republicanos y –por primera vez en casi una década– Reuters/Ipsos encontró una ligera ventaja demócrata cuando se pregunta qué partido manejaría mejor la economía: 37% frente a 36%.

Los demócratas tienen un problema diferente. Arrastran todavía el costo de una agenda cultural que una parte importante del electorado identificó durante los últimos años con la llamada agenda woke, pero al mismo tiempo enfrentan una rebelión interna contra el establishment, los grandes donantes, la moderación y lo que queda del centrismo tradicional del partido.

Y ahí aparecen Alexandria Ocasio-Cortez, Zohran Mamdani y Abdul El-Sayed.

Conviene empezar por los datos ya que son muy interesantes. En junio de este año, Ocasio-Cortez ganó la primaria demócrata de su distrito de Nueva York con el 84.7% de los votos. Mucho más significativo todavía es que, en una encuesta de la Universidad de New Hampshire sobre la todavía lejana primaria presidencial demócrata de 2028, aparece en primer lugar con un 22%, seguida por Pete Buttigieg con un 21%. En febrero de este año la política demócrata tenía el 15%. Es una encuesta estatal y faltan más de dos años para que comience la carrera, pero la preferencia existe y convendría no ignorarla.

Mamdani ya no es una promesa electoral. Es un socialista democrático declarado y se ha convertido en uno de los nuevos centros de gravedad de la izquierda estadounidense. En junio, tres candidatos al Congreso respaldados por él ganaron sus primarias demócratas y dos de ellos derrotaron a legisladores establecidos. En sus primeros cien días como alcalde de Nueva York, el 48% de los neoyorquinos aprobaba su gestión y un 55% tenía una opinión favorable de él.

Y ahora está Abdul El-Sayed, quien acaba de derrotar por un margen mínimo a la congresista Haley Stevens en la primaria demócrata al Senado por Michigan. Respaldado por Bernie Sanders y Ocasio-Cortez, representa el ala progresista del partido y defiende propuestas como el fin de la ayuda militar a Israel y una reforma al financiamiento de las campañas. Su victoria confirmó la creciente disputa entre el establishment demócrata y su izquierda.

Lo importante de todo esto es la dirección en la que se está moviendo una parte cada vez más visible del Partido Demócrata. A estos elementos se suma otro que no puede ignorarse. Mamdani y El-Sayed son musulmanes y han adquirido un protagonismo político considerable en un momento en el que la religión, la identidad y la confrontación cultural tienen cada vez mayor peso en Estados Unidos. Ocasio-Cortez pertenece a ese mismo desplazamiento hacia la izquierda, aunque no comparte ese componente religioso. Lo verdaderamente significativo es que los nuevos liderazgos demócratas aparecen precisamente en medio de una sociedad cada vez más polarizada y dividida también por cuestiones culturales y religiosas.

Se quiera reconocer o no, la lucha cultural, religiosa y civilizacional tiene cada vez mayor protagonismo en la política estadounidense. MAGA no puede explicarse exclusivamente por la economía, de la misma manera que el ascenso de la nueva izquierda demócrata tampoco puede explicarse únicamente por el salario mínimo, la vivienda o el costo de la salud. Debajo de esas discusiones hay algo más profundo: dos maneras cada vez más distintas de entender qué es Estados Unidos, quién pertenece a él y cuáles deben ser sus valores.

Por eso resulta tan interesante que, mientras desaparece el centro político en los dos partidos, lo que emerge sean liderazgos que representan precisamente algunas de las fracturas de la sociedad estadounidense. Trump expresa una de ellas. Ocasio-Cortez expresa otra. Mamdani y El-Sayed representan además una renovación generacional, ideológica y cultural de la izquierda. El error sería creer que su origen o su religión los convierte en enemigos de la civilización estadounidense.

El Partido Republicano puede tener en Trump su principal fortaleza y –al mismo tiempo– su mayor debilidad. El Partido Demócrata corre el riesgo contrario: creer que basta con enfrentarse a Trump sin resolver antes qué quiere ser. La victoria de El-Sayed en Michigan, la influencia de Mamdani y el crecimiento de Ocasio-Cortez demuestran que la discusión ya comenzó.

Quienes verdaderamente dominan el mercado estadounidense saben también que existe un problema con el liderazgo de Trump. La improvisación comercial, los aranceles, las guerras y la incertidumbre terminan teniendo consecuencias económicas. La guerra contra Irán iniciada conjuntamente por Estados Unidos e Israel el 28 de febrero ha contribuido a elevar los precios de la energía y el combustible; Reuters/Ipsos encontró que el precio de la gasolina había aumentado más del 25% desde el comienzo del conflicto. Cuando la incertidumbre geopolítica termina llegando al bolsillo, deja de ser política exterior para convertirse en política electoral. Pero tampoco parece claro que la respuesta demócrata pueda limitarse a recuperar la agenda cultural de los últimos años o a sustituir el centro por una nueva radicalización. La gran batalla del partido será descubrir si figuras como Ocasio-Cortez, Mamdani y El-Sayed representan un fenómeno limitado a determinados electorados o el comienzo de algo mucho más profundo.

Terminar este mandato de Donald Trump en las condiciones actuales promete cualquier cosa menos estabilidad. No estamos ante el viejo ofrecimiento churchilliano de sangre, sudor y lágrimas, sino ante una combinación de improvisación, confrontación, incertidumbre y erosión de muchos de los parámetros políticos e institucionales que durante décadas dieron estabilidad a Estados Unidos.

Pero sería un error creer que se trata exclusivamente de un fenómeno norteamericano.

El acta de defunción del centrismo político se está levantando en muchos lugares. Ahí está Javier Milei en Argentina, no como accidente sino como consecuencia de la destrucción de los partidos tradicionales y del rechazo a las fórmulas convencionales de gobierno. Milei sigue gobernando Argentina y continúa definiendo explícitamente su proyecto como una revolución liberal. Su existencia política habría parecido improbable dentro de la vieja lógica del centro.

Ahí está también Brasil. Jair Bolsonaro no puede ser candidato en 2026: el Tribunal Superior Electoral lo declaró inelegible durante ocho años a partir de las elecciones de 2022. Pero un Bolsonaro puede regresar al poder. Su hijo Flávio Bolsonaro es hoy el candidato presidencial del Partido Liberal y el principal adversario de Lula da Silva en las elecciones de octubre.

Aquí aparece otra paradoja. Donald Trump quiere ayudar a los Bolsonaro, pero corre el riesgo de convertirse en uno de los mejores directores de campaña de Lula. Los nuevos aranceles estadounidenses contra productos brasileños han entrado de lleno en la campaña. Lula tiene así un aliado inesperado: los errores, las humillaciones y la presión que llegan desde Washington. Flávio Bolsonaro conserva la fuerza política heredada de su padre y una derecha social profundamente organizada, pero deberá explicar hasta dónde puede presentarse como defensor de Brasil cuando su principal aliado internacional castiga económicamente al país.

Algo parecido ocurrió en Irán. Antes del ataque estadounidense-israelí del 28 de febrero, el régimen enfrentaba sus propias contradicciones internas. La ofensiva mató al ayatolá Ali Khamenei y abrió una nueva etapa de la República Islámica, pero no provocó la caída inmediata del sistema que algunos esperaban. Irán respondió militarmente y la guerra se ha prolongado durante meses, con efectos sobre el estrecho de Ormuz, la energía y la economía mundial.

La historia demuestra una y otra vez que atacar desde fuera a un régimen no necesariamente debilita desde dentro a la nación que gobierna. En determinados momentos ocurre exactamente lo contrario: reaparece la identidad nacional por encima de sus gobernantes. En Irán, la idea de Persia puede terminar siendo más antigua y poderosa que los ayatolás. En Brasil puede ocurrir algo semejante con la dignidad brasileña frente a Washington. Los nacionalismos no siempre obedecen a quien intenta utilizarlos.

En cualquier caso, el centro está desapareciendo como mecanismo dominante de gobierno y de competencia electoral. La gran pregunta es qué ocupará su lugar. Porque, además, esta transformación coincide con otra todavía más importante: la hegemonía tecnológica. El verdadero poder del siglo XXI no reside únicamente en controlar un territorio, un ejército, un parlamento o un banco central. Está cada vez más en el dominio de los datos, de los algoritmos, de las plataformas y de la capacidad para conocer, anticipar e incluso modificar el comportamiento de millones de personas.

Quizá por eso la desaparición del centro sea mucho más peligrosa ahora que hace algunas décadas. La tecnología permite convertir una diferencia política en una identidad permanente, una indignación en una comunidad y una mentira en una realidad compartida por millones de personas.

La cuestión ya no es solamente quién ganará en noviembre, quién gobernará Estados Unidos después de Trump o si la izquierda o la derecha terminarán imponiéndose. La pregunta verdaderamente importante es si, después del fin del centro, todavía será posible reconstruir un espacio político en el que gobernar no signifique necesariamente confrontar, polarizar o intentar exterminar políticamente al adversario.

Porque el centro quizás esté muriendo. Sin embargo, lo que todavía no sabemos es qué viene después. ~


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