El fracaso del centro político

La ceguera de los partidos tradicionales y la parálisis del proyecto europeo dejan espacio al crecimiento de los populismos en la UE.
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A lo largo de Europa –desde Finlandia a Grecia– los partidos de derecha populista han brotado como setas. Las causas de esta tendencia están tanto en las fracturas colosales de las leyes democráticas en la UE como en el dominio del aspecto económico que responde a la separación entre las esferas financiera y política.

((Este artículo está basado en Warum Europa eine Republik werden muss! Eine politische Utopie, el libro más reciente de la autora, que Dietz ha publicado este año.
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Los llamados populistas han tomado las armas contra la UE. Están rompiendo el sistema clásico de partidos y, como resultado, contribuyen a la erosión de las democracias nacionales. Así, el populismo se ha definido como una amenaza para las sociedades liberales democráticas. Pero el populismo en Europa es solo secundario. El principal problema es el centro político.

Porque el centro político es incapaz de –o no está dispuesto a– denunciar a una UE que existe actualmente como una violación de la democracia. Tampoco se ha sentido obligado a desarrollar la UE para que se convierta en una verdadera democracia transnacional y, al hacer esto, concentrar su foco en los aspectos positivos de la integración política y social dentro de Europa. La UE es incapaz de escapar de su propio estado de autonegación. Y ese es el verdadero problema de Europa.

El populismo europeo siempre tiene dos caras. Una es la antieuro, mientras que la otra se centra en la migración y la “infiltración extranjera”. Ambas caras unen a Marine Le Pen con Viktor Orbán, al Partido Finns (antes “Verdaderos Finlandeses”) con el Partido de la Libertad en Austria, o a los Demócratas Suecos con Geert Wilders. AFD (Alternativa por Alemania), bajo el liderazgo de Bernd Lucke, pensó que podía esconder su fea doble cara detrás de una cara profesoral y antieuro, hasta que Frauke Petry y Björn Höcke aparecieron en público para mostrar el rostro xenófobo del partido.

El lado antiinmigración de los populistas europeos facilita que el centro político se proteja en su superioridad moral. Pero esta superioridad ciega a la gente ante el hecho de que, en su crítica a Europa, los populistas han tocado un tema sensible en el sistema de gobernanza de la UE: el euro puede funcionar, pero no es democrático. El objetivo de las críticas de Marine Le Pen y sus compañeros, es decir la posdemocracia europea, no es especialmente original, y puede verse como una crítica directa factual en casi todos los análisis académicos de cualquier politólogo o científico social. Hay bibliotecas enteras que demuestran que el euro tiene una legitimidad fiscal insuficiente y que el parlamentarismo europeo es frágil. El euro no puede garantizar la cohesión social en Europa. Y sin embargo durante décadas nos hemos negado a llevar este conocimiento a los parlamentos europeos. Cualquiera que diga esto en voz alta en un contexto político corre inmediatamente el riesgo de ser tachado de populista.

El sucio eslogan de Pegida Wir sind das Volk (“Somos el pueblo”) nos demuestra de manera molesta y sensacionalista que son los ciudadanos, no los Estados, los soberanos: no en un sentido plebiscitario, pero son ellos los que, como un colectivo soberano, legitiman a nuestros representantes parlamentarios. Si seguimos la teoría del populismo de Jan-Werner Müller,

((Jan Werner-Müller, “Zu einer politischen Theorie des Populismus”, en Transit, 4/2013, 62-71.
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atreverse a contradecir la visión dominante de las élites nacionales y europeas no te convierte en un populista. Del mismo modo, la crítica legítima de Marine Le Pen a las políticas actuales europeas no la convierte por sí sola en una populista o en una extremista.

El moralismo simple no es ninguna solución

En lugar de tomarse en serio las causas del apoyo a partidos populistas –y asumir que detrás de ellas hay razones genuinas de un fallo sistémico, que tiene como resultado la exclusión cultural y social– la clase política ha reaccionado a menudo de una manera moralmente complaciente. A los argumentos del propio establishment se les otorga una superioridad ética que no merecen, y los populistas de derecha son considerados deshonestos, obstinadamente irracionales o peligrosos mientras que, al mismo tiempo, no se reconocen las necesidades de aquellos que han perdido en el proceso de la globalización.

La palabra clave estos días es “polarización”: si no estás de acuerdo con el centro político, estás polarizando. De ese modo no se tienen en cuenta los argumentos de otra gente, sino que se les quita el mérito político, y la misma base del discurso democrático se destruye: se va a erosionar, una vez que consideramos que los argumentos políticos no tienen a priori el mismo valor y el consenso se valora por encima del desacuerdo. Por tanto el declive de la democracia comienza con la marginalización de los populistas.

Nada de esto tiene como intención defender o siquiera excusar las declaraciones de los hinchas de AFD como Björn Höcke o André Poggenburg; no obstante, es preciso preguntarse cómo han conseguido obtener, en Turingia y Sajonia-Anhalt, respectivamente, un 15 o incluso un 24% del voto. Una razón es que las cosas que son correctas objetivamente se convierten en indecibles y se les da un barniz con la brocha populista. Para dar un ejemplo trivial del día a día, el intento de establecer un comité de investigación en el Parlamento Europeo sobre el escándalo fiscal de Juncker fracasó: Die Linke y los Verdes se negaron a unirse, porque eso significaría votar con la derecha populista.

((Aquí, el principio estético “la forma sigue a la función” se ha roto: es la forma, no la función, la que dicta las políticas en la ue. Aquí es donde la lucha por recuperar la estética política europea debe comenzar.
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Europa en un estado prerrevolucionario

Así es como desde hace tiempo hemos alcanzado una especie de estado prerrevolucionario en Europa, sin apenas darnos cuenta. 

((Los primeros libros en mostar el concepto de “Revolución europea” están ahora disponibles: Peter Trawny, Europa und die Revolution, Matthes & Seitz, 2015. Revolución –del latín revolvere– significa literalmente “retroceder”, como el acto de volver a los orígenes.
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Las horcas en Dresde durante las manifestaciones de Pegida simbolizan esta tendencia. Prerrevolución significa que la gente se opone al sistema porque se niega a aceptar que no hay alternativa al statu quo o a su corrupción velada y la actitud displicente hacia la ley. Esto es exactamente lo que está pasando en toda Europa. Aunque fluctúa entre países, el apoyo a partidos populistas ha alcanzado un nivel de aproximadamente el 30%. Donde hay una ausencia de facto de oposición a la UE y no existe la posibilidad de revertir sus decisiones, todo lo que queda, tanto en la derecha como en la izquierda, es refugiarse en la crítica al sistema y el establecimiento de nuevos partidos. Esto es precisamente lo que el renombrado economista estadounidense Albert O. Hirschman había formulado ya en 1970 como “salida, voz, lealtad”. Cuando ya no te puedes mantener leal a un sistema (“lealtad”) y tu voz ya no se escucha (“voz”), no te queda otra opción que salirte del sistema (“salida”). Cualquiera que se opone a las políticas actuales de la UE tiene que estar contra el sistema de la UE. Y cada vez hay más gente que está en contra de esas políticas. No es el populismo el que amenaza a la UE, es la UE la que está provocando el ascenso del populismo europeo. Cuando las políticas de la ue se presentan como si no existiera alternativa, provocan la hostilidad de Europa en general. Las elecciones de la ue al Parlamento Europeo, en su estado posdemocrático, nos ofrecen algo que es formalmente democrático pero que no tiene un efecto real. La UE no mantiene la promesa básica y funcional de una democracia, que siempre tiene que ser capaz de ofrecer una alternativa.

Y lo que es más: al mismo tiempo, la UE está destrozando la democracias funcionales a nivel nacional, al privar a los Estados de sus mecanismos centrales de regulación social, por ejemplo a través del llamado “semestre europeo” y los controles presupuestarios. No nos equivoquemos: en la tierra de nadie entre la posdemocracia europea y la democracia nocional nacional que consiste básicamente en grandes coaliciones del centro político, el populismo europeo florece y continuará floreciendo.

El populismo europeo tiene una base genuina que el centro político no está preparado para aceptar, y menos corregir. El mayor caldo de cultivo de la actual hostilidad hacia los extranjeros, ahora avivada por el drama de los refugiados, es –aparte de los neonazis y xenófobos incurables– 

(( Manfred Güllner del Instituto Forsa hace la siguiente distinción, en una aparición en Deutschlandfunk el 2 de enero de 2016: sostiene que el verdadero problema es menos el 4% de radicales antidemócratas a los que hay que oponerse decisivamente –más aún cuando algunos incluso proponen que disparemos a la gente en las fronteras– y más los frustrados abstencionistas. Sin embargo, el acto de votar es anónimo. Esto da a los radicales antidemócratas la oportunidad y el escenario para proporcionar a muchos decepcionados y amargados votantes la oportunidad de protestar.
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la persistente mala gestión de la Europa posdemocrática que ha conducido a una crisis social de proporciones desconocidas y un desencanto con la política de una escala inédita. En este contexto, Frank Richter se refiere al concepto clásico de Hans-Joachim Maaz de “resentimientos reprimidos” y afirma que la marginalización o la condescendencia (por ejemplo, hablar de “populacho”, como hizo el líder del SPD Sigmar Gabriel en agosto de 2015 al referirse a los manifestantes antiinmigración) no es la solución. Sorprendentemente, la “izquierda conservadora” ha argumentado algo similar y ha citado el ascenso de la derecha populista como el síntoma de un fallo de las políticas pragmáticas.

((El excelente discurso de Frank Richter en el Centro de Ciencias Culturales Aplicadas y Estudios Generales de Karlsruhe (ZAK) el 21 de febrero de 2016; también el último debate con filósofos como Peter Sloterdijk y Rüdiger Safranski en Cicero, 1/2016 y 2/2016, al igual que Albrecht von Lucke, “Der Triumph der AFD en Blätter für deutsche und internationale Politik, 3/2016, 5-8.
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Las cada vez más inquieta clase media se está convirtiendo en una presa fácil de los cantos de sirena de los eslóganes racistas –en Finlandia y Alemania, en Holanda y Francia– porque sus propios derechos civiles, sociales y políticos han sido pisoteados. Cuando los sistemas podridos colapsan, ocurre mucho más rápido de lo que la gente espera. Y siempre se subestima de qué manera despiadada gente que no ha podido beneficiarse del sistema ayuda a que colapse. No se derramarán muchas lágrimas por la UE, y las que se derramen serán de cocodrilo.

Mientras tanto, estudios empíricos han demostrado una clara correlación entre pobreza y participación electoral: los pobres no votan. Y, desafortunadamente, no sin razón: las elecciones ya no ofrecen una alternativa política, y ninguna esperanza realista de mejorar su propia vida, lo que significa que los socialmente desencantados, en particular, ya no se preocupan por votar. En su libro La sociedad de los iguales, el sociólogo francés Pierre Rosanvallon resume el problema cuando escribe que, en una democracia, lo que cuenta más que la participación formal es la igualdad social. Recuerda el axioma de la Revolución francesa “Liberté, Égalité, Fraternité”: la libertad solo es posible junto a la igualdad. 

((Pierre Rosanvallon, La sociedad de los iguales, RBA, 2012.
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Cuando se ofrece la democracia formal, pero el aspecto social no está resuelto o no se mantiene la promesa social de la igualdad –al menos hasta cierto punto– el sistema democrático ha fallado, porque ya no puede cumplir con el rol que debe realizar.

Se ha documentado ampliamente que la disparidad en los ingresos y sobre todo el desequilibrio de la riqueza está creciendo cada vez más. 

(( Rosanvallon, op. cit., menciona algunas personalidades de Francia que sugieren que la desigualdad de riqueza es la misma hoy que en 1913. En El capital en el siglo XXI de Thomas Piketty (FCE, 2014) se puede ver una serie de largas y detalladas cifras sobre las desigualdades en riqueza y renta en los países industrializados. Walter Wüllenweber, Die Asozialen: Wie Ober –und Unterschicht unser Land ruinieren, dva, 2012, es también informativo. Las cifras oficiales se pueden consultar en el Informe de Pobreza Alemana (www.armuts-und-reichtumbsbericht.de), aunque se le acusa de blanquear los datos; la OCDE también apunta a un incremento considerable de la desigualdad de la riqueza, especialmente en Alemania (“Vermögen in Deutschland besonders ungleich verteilt”, Die Zeit).
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Es bien sabido. Pero lo que es incluso más importante que la participación en democracia es el mantenimiento de los cuerpos sociales. La solución a estos problemas no está exclusivamente en demonizar a los manifestantes de Pegida, el Partido de la Libertad o el Frente Nacional, sino en crear las condiciones democráticas europeas y una política socialmente aceptable y transversal en Europa.

Tal y como está planteada, la UE es incapaz de proponer una solución, y no es capaz de dictar una política estructural o social. Lo único que hace es implementar el mercado único. Como tal, la UE no puede ni siquiera concebir en su vocabulario y menos adoptar prácticamente políticas con conciencia social. Tampoco tiene los medios para tal cosa, constreñida por un presupuesto que es el 0,9% del PIB de toda Europa, un porcentaje ridículo del total.

Gracias a una política de mercado único generalmente preocupada por conceptos como reforma estructural, eficiencia, crecimiento y competitividad, y que implica la distribución de los fondos estructurales a partir de la renta per cápita, son las regiones rurales de Europa las últimas en la cadena de valor europea. Con algunas excepciones, 

((Baden-Württemberg, Bavaria, Alsacia en Francia y unas pocas regiones prósperas del norte de Italia son, desde un punto de vista paneuropeo, la excepción de la regla.
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estas regiones se convierten en casos de caridad.

El problema social de Europa es esencialmente un problema de la ciudad frente el campo y del centro frente a la periferia. 

((Sobre la acumulación de los núcleos industriales, especialmente en Alemania –algo que depende sobre otros factores de la situación central de Alemania en Europa–, ver la relevante ilustración en Warum Europa eine Republik werden muss! El mapa de Francia representado ahí demuestra la correlación entre desempleo y el voto al Frente Nacional en Francia. Para la correlación entre las áreas rurales relativamente desiertas y el voto a UKIP, ver John Springford, “Disunited Kingdom: Why ‘Brexit’ endangers Britain’s poorer regions”, Centre for European Reform, abril 2015.
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En áreas generalmente desiertas, a menudo afectadas por el expolio industrial, suele haber una gran cantidad de votantes de la derecha populista –del UKIP al Partido de la Libertad de Austria (FPÖ) y al Frente Nacional en Francia–. El UKIP obtiene muy buenos resultados en el norte desindustrializado de Reino Unido, el Frente Nacional en los llamados centres péri-urbains, las regiones débiles estructuralmente de Francia, y el FPÖ en Estiria y en Baja Austria. La filosofía unidireccional del mercado único, que es la base de la UE a día de hoy, empuja a estas regiones rurales perdedoras de la globalización hacia los populistas.

La presión del régimen de austeridad europeo y la derecha populista que ha resurgido han empujado a los países afectados al nacionalismo, como hemos podido observar en Hungría, Francia y Polonia, pero no solo en esos países. Allí donde los sistemas políticos no son ya capaces de controlar el desafío de las tendencias populistas, y donde las políticas nacionales han sufrido restricciones, especialmente en las esferas económica y de política social, sistemas enteros han visto un cambio hacia la derecha y países enteros han sucumbido a las tentaciones de las soluciones simplistas, las fantasías nacionalistas, o a grandes coaliciones que persisten durante años.

Incluso en 2012, Nicolas Sarkozy intentó superar a Marine Le Pen en las elecciones presidenciales francesas virando hacia la derecha. Probablemente intente la misma táctica en 2017. Lo mismo ocurre con el Partido Popular Austríaco, y algunos de los democristianos alemanes han flirteado con las posturas del afd. Los resultados de las últimas elecciones estatales alemanas han demostrado cómo se ha movido el escenario político hacia esa dirección, y proporcionan un anticipo de lo que nos espera en las elecciones federales de 2017.

La gran coalición: el último refugio del centro político

El resultado es que las grandes coaliciones se convierten en el –último– refugio del centro político en los países que están en la eurozona y por tanto no pueden escapar a las fatales políticas del euro. En cuanto a los demás, el aislamiento nacional completo se ha convertido en una opción (pensemos en Hungría, Polonia y la mayoría de los países del este de Europa), al igual que abandonar la Unión por completo (como es el caso del Reino Unido). Donde la democracia europea no es una opción política en absoluto permanece la ficción nacionalista de que “estamos mejor solos”.

Al mismo tiempo, hemos perdido toda claridad conceptual sobre el verdadero significado de la democracia. Conceptos como “autoritario” y “legítimo” son relativos, y se han vuelto casi arbitrarios. La legitimidad era una palabra que caracterizaba a las democracias –frente a los regímenes autoritarios– mientras que los regímenes autoritarios se consideraban ilegítimos. 

((Sobre esto, Georg Simmerl y Friederike M. Reinhold, “A post- structuralist reading of authoritiy: Developing a concept for the study of global (dis-)order”, un paper presentado en la ECPR Graduate Conference, Bremen, 4-6 de julio de 2012.
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Vemos a Viktor Orbán en Hungría, y al nuevo gobierno polaco, como no democráticos, y de hecho así es, dado que en Polonia se están anulando los principios centrales de la constitución, como la independencia del tribunal constitucional o la libertad de prensa, algo que ya había ocurrido en Hungría. Y, sin embargo, la mayoría vota a esos gobiernos. ¿Qué hacemos con los autócratas electos que suprimen a sus oponentes?

Mientras nos aferremos al principio de soberanía nacional en Europa y no busquemos una verdadera unión democrática, la UE puede quejarse de acontecimientos de este tipo todo lo que quiera, como hizo recientemente ante la reforma del tribunal constitucional, pero en última instancia no puede cambiar nada sobre el desmantelamiento de facto de las condiciones democráticas y constitucionales. Y así la UE y los Estados-nación siguen acusándose entre sí de sus desgracias.

Como hemos permanecido demasiado tiempo en una situación política que no es ni una cosa ni otra, la base social necesaria para dar forma a una Europa política lleva mucho tiempo erosionada. La mayoría proeuropea disminuye, si no es que ya ha dejado de existir. De hecho, ya ni siquiera existe la oferta de una Europa democrática, solo más y más ue y más integración: por tanto, más de lo mismo. Se teme que se produzcan más referendos. La reforma de los tratados europeos, que hace mucho que debería haberse producido, no está a la vista. Mientras tanto, la UE interfiere con los Estados-nación, que cada vez tienen menos ganas de relacionarse con ella. Por tanto, perdemos democracia a nivel nacional sin haberla alcanzado a nivel europeo. En pocas palabras: la democracia se ve reducida al vapor en el vacío político entre la UE y los Estados-nación.

Nuevas generaciones, o el populismo cría a sus hijos

Por si este efecto que se refuerza a sí mismo de manera casi mecánica no fuera lo bastante malo, podemos observar una deprimente dinámica generacional por encima de todo esto, que ha llevado a una situación donde las élites jóvenes, en especial pero no de manera exclusiva en el este de Europa, bordean el analfabetismo histórico: nunca internalizaron el espíritu europeo de los autores de los tratados europeos (“una unión cada vez más estrecha”). Este no era, y nunca fue, su objetivo.

Además, el populismo está educando a sus hijos en el Este, y lo está haciendo mejor que las democracias liberales de Occidente. Cualquiera que haya tenido el dudoso placer de hablar con los acólitos de Orbán en el partido Fidesz sabrá de qué estoy hablando. ¡Y pensar que algunas personas sostienen que el clásico lavado de cerebro ya no funciona! ¡O que otros dicen que los jóvenes de Hungría estudian teoría crítica…! Probablemente Polonia afronta el mismo destino, solo que quizá sea más rápido y obvio. Pronto podremos esperar que los jóvenes de Polonia ya no sepan qué es realmente Europa, o qué tenía que haber sido: tal es el incesante zumbido de propaganda de la prensa nacionalista y su educación.

La impotencia frente a esos procesos que se perpetúan a sí mismos hace que hasta los Estados fundadores del proyecto europeo parezcan tímidos y dubitativos. Hace mucho que en Francia el coraje de las convicciones europeas ha retrocedido. Hasta en Países Bajos una de cada cuatro personas quiere abandonar la Unión Europea. Eso deja un 75% de holandeses que no quieren marcharse, pero la clase política mira con nerviosismo a ese 25%. El vicepresidente holandés de la Comisión Europea, Frans Timmermans, en el discurso que pronunció cuando los holandeses asumieron la presidencia del Consejo de la Unión Europea a comienzos de 2016, lo dijo así: “Europeos cuando sea necesario, nacionales cuando sea posible.” Todo sonaba muy distinto en los años noventa.

Pero la última “renacionalización” también se está produciendo bajo la presión de los populistas de extrema derecha. Y la Unión Europea tal como existe en la realidad ofrece a gente como Geert Wilders, Marine Le Pen y Heinz-Christian Strache una diana bastante buena. Los Estados-nación son responsables de la redistribución social a través de las contribuciones a la seguridad social, y lo mismo ocurre con los cálculos salariales y las relaciones industriales. Por tanto en Grecia y en otros lugares los bancos podían salvarse, pero los ciudadanos no. Un sistema europeo de seguro de desempleo, 

((Como sugería oficialmente en la Unión Europea de 2014 a través del Comisario Europeo de Asuntos Sociales Lázslo Andór, y solo volvió a plantearlo a comienzos de 2016 Mateo Renzi. Sobre esto hay una amplia literatura que está disponible desde hace tiempo, por ejemplo el estudio del Center for European Policy: “Europäische Arbeitslosenversicherung. Ein wirkungsvoller Stalisator für den Euroraum?”, Matthias Kullas y Klaus-Dieter Sohn, Bruselas, abril de 2015, www.cep.eu, así como los (primeros) trabajos de Sebastian Dullien, “Eine Arbeitslosenversicherung für die Eurozone”, SWP- Studien, 1/2008.
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que podría haber suavizado el golpe en Grecia y haber servido para amortiguar la absorción de las intervenciones estructurales necesarias, es inconcebible en el actual funcionamiento de la UE. Con las constricciones de una moneda que no puede devaluarse y las medidas de ahorro europeas, las reducciones salariales, las subidas de impuestos y los recortes radicales de prestaciones sociales eran supuestamente la única manera de producir una cura poco atractiva. Hace tiempo que está claro que esto no ha funcionado, ni económica ni socialmente, en toda Europa del sur.

El mayor peligro para Europa sería que el centro político siguiera fingiendo que esta situación no existe. El verdadero fracaso está en no mirar con la suficiente atención y seguir actuando como antes. El potencial prerrevolucionario del populismo se desdeña, o se desacredita moralmente. El resultado es que se acepta alegremente la desestabilización a largo plazo del sistema europeo de partidos, con la esperanza de que el populismo europeo desaparezca en cuanto la ue genere unos puntos porcentules más de crecimiento (lo que, en todo caso, no es una perspectiva que esté en el horizonte económico). Con esta actitud, Europa puede estar cavando su propia tumba.

Viva Europa, viva la república europea

Sin una reforma fundamental que busque más democracia, la UE no tiene ninguna oportunidad. El problema es que no hay verdadera oposición política en la UE y que las decisiones ya no pueden revertirse. La política de la UE se hace, en buena medida, sin ningún correctivo. La cacareada “politización” apenas se ha materializado y el camino hacia ella se ha visto sistemáticamente deteriorado.

El Parlamento Europeo no está ni remotamente en posición de politizarse, algo que a menudo se espera en el discurso europeo. Casi siempre tiene que votar en una “gran coalición”, entre varios partidos, para poder desafiar al Consejo Europeo y sus vetos nacionales, porque se necesita una mayoría de dos tercios para vencer al Consejo. Así que el Parlamento Europeo está en buena medida “despolitizado” y en más del 90% de los votos forma mayorías del 70% o más para superar al Consejo Europeo.

Y el mismo problema se observa a nivel nacional: mientras la eurozona no se conciba y comprenda como una sola economía integrada con un PIB colectivo, las consecuencias no se pueden superar de forma democrática y de una manera que sea igual y que resulte socialmente equilibrada para todos los ciudadanos europeos. Es imperativo permitir que todos los ciudadanos de la zona euro disfruten de una parte justa del beneficio agregado de la eurozona.

((Esta línea argumental asume que es posible equilibrar la diferencia a largo plazo en la productividad y desempeño económico de Estados, naciones y regiones por toda Europa a través de cambios políticos y legales, y que existe la voluntad para hacerlo.
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Para que esto se consiga necesitamos, más que nada, una democracia parlamentaria transnacional en la que todos los ciudadanos estén en pie de igualdad, políticamente –es decir, en términos electorales– y ante la ley –en la legislación fiscal y el acceso a los derechos sociales–. Si no, los países y sus ciudadanos seguirán estando enfrentados unos a otros, como ocurre en la Unión Europea, con la previsible consecuencia de un aumento adicional del apoyo a los partidos de derecha.

Tenemos una zona de moneda única con estándares sociales distintos, con impuestos, salarios y derechos sociales desiguales. Así que, tras la introducción del euro, la moneda única debe establecerse de manera adecuada. Es decir: el euro puede funcionar sin unión política, pero no será democrático, solo posdemocrático como ahora.

Toda unión verdaderamente democrática debe fundarse en la igualdad política y cívica de sus ciudadanos. Pero, tal como están las cosas, los Estados-nación no pueden otorgar la igualdad a todos los ciudadanos de Europa. Este es el gran trampantojo de los “Estados Unidos de Europa”. Y por eso más integración no es la solución.

No: Europa debe ponerse patas arriba, de cabeza, y debe reconcebirse según el principio de la igualdad de todos sus ciudadanos. Solo la igualdad política y cívica tiene capacidad de estabilizar el sistema europeo a largo plazo, y poner fin a su erosión de facto. Pero eso solo se puede lograr con un sistema de ciudadanía europea para todos los ciudadanos, en una república europea combinada y posnacional. ~

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Traducción del alemán de Ricardo Dudda y Daniel Gascón.

Publicado originalmente en Blätter für deutsche und internationale Politik, 6/2016, cedido por Eurozine (www.eurozine.com).

© Ulrike Guérot / Blätter für deutsche und internationale Politik

© Eurozine

 

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