El menchevique: reflexiones al hilo de las memorias de Errejón

La autobiografía del político madrileño es la crónica de la derrota de la hipótesis populista y del fracaso de cierto impulso reformista, que en su caso era un pasado disfrazado de modernidad.
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El libro de Íñigo Errejón Con todo. De los años veloces al futuro está escrito con esa mezcla de osadía, frescura e inteligencia a la que nos tiene acostumbrados. Sin estar de acuerdo, ideológicamente, con casi nada de lo que defiende, he disfrutado leyéndolo. Recojo aquí algunas de las reacciones dispares que me ha provocado el libro, unas desde el punto de vista de alguien completamente ajeno a los movimientos internos de Podemos y otras como participante desde Ciudadanos en algunos de los acontecimientos que se relatan, sobre todo en 2016.

La “hipótesis populista”

Al lector del libro le pueden caber muy pocas dudas de que España tiene una deuda eterna de gratitud con el sectarismo de Pablo Iglesias. España pudiera haber sido (catastróficamente) la república peronista que perseguía Errejón, quizás estuvimos a punto de serlo (¿por qué no?: todas nuestras excolonias tienen movimientos populistas de éxito, para su desgracia); pero no podía ser, no quería ser, la república comunista que perseguía Iglesias. Y fue la desconfianza de Iglesias hacia la “hipótesis populista” la que más hizo por arruinar el “momento de Podemos”, más que los supuestos esfuerzos del ibex y los viejos partidos juntos. Me explico.

El hilo conductor del libro es la batalla ideológica, pero también muy personal, entre “mencheviques” y “bolcheviques”, o sea, entre la “hipótesis populista” defendida por Errejón y encarnada por el Podemos inicial (ese Podemos “ni de izquierdas ni de derechas” y con “los de abajo frente a los de arriba”) y la visión tradicional, de izquierda dura y extrema, de Iglesias. El libro no deja dudas de que Iglesias, siempre –por ideología, pero también por sentimiento, por afinidades familiares y personales– se vio como alguien a la izquierda de la izquierda. Para él, el populismo, representado por Errejón, era un barniz útil, una herramienta de marketing que podía servir para atraer a Podemos a todos aquellos votantes a los que daba miedo el comunismo. El libro cita las expresiones usadas en el entorno de Iglesias, y no dejan lugar a dudas: “El populismo es la carcasa, la izquierda es el alma” o “el lenguaje es lo que decimos, el adn es lo que de verdad somos”.

Para el sector comunista de Podemos, siempre victorioso en las batallas internas hasta alcanzar la hegemonía en el partido con la salida de Errejón y Bescansa, el objetivo era un Partido con mayúscula inicial, en el sentido leninista del término (vanguardia inteligente organizada con disciplina de hierro), no un movimiento populista de masas sin ideología definida. Así explica Errejón la dialéctica interna refiriéndose a la coalición con iu en el primer trimestre de 2016:

Esto que está sucediendo no es una hipótesis marciana que ha aparecido milagrosamente en Podemos, es algo que estaba como idea, en Pablo, como posibilidad desde el primer día. Se planteó cuando estábamos en las europeas, se volvió a plantear justo después para afrontar las generales, y volvía ahora tras la repetición. La idea del frente de izquierdas y la conformación de un espacio único era algo que se escribía, teorizaba y defendía, pero era también la demostración del fin de nuestra posición política. De nuestra derrota. Quiero decir con esto que yo no le reprocho a nadie una especie de traición a las esencias, digo que esta hipótesis no era ni es la nuestra, y que sus resultados han venido a ser mucho peores de lo que habíamos sido capaces de armar hasta el momento. Podemos nació por accidente y ante la primera zozobra, Pablo, Mayoral, Irene, Ione, Yolanda y compañía optan por regresar a las posiciones cómodas, a casa. Solo que no era así como habíamos logrado 5 millones de votos y un 21%.

Los combatientes son fáciles de distinguir: en un lado del ring, los fundadores de Podemos; en el otro, los “nuevos”, donde los “nuevos” son en realidad los más viejos: la vieja izquierda tradicional. El problema es que los nuevos-viejos cuentan con el arma más poderosa en esta lucha: el apoyo, crucial, del líder supremo, Pablo Iglesias, encumbrado por los fundadores (Errejón “confiesa” su culpa) para llegar al poder: “No hay hipótesis populista sin liderazgo carismático.” Así demarca los dos campos el libro:

Para nosotros, para el grupo que compartimos el proyecto nacional popular, es lo que somos: una fuerza transversal que trasciende a la izquierda para articular, con los materiales del sentido común realmente existente, una mayoría nueva que apunte a reordenar el país poniendo en el centro las necesidades de los más humildes. Para ellos, para Irene, Rafa, Juanma, Ione, Yolanda y ya tristemente, Pablo, el populismo es un ropaje de marketing para las campañas.

Es interesante notar el sustrato ideológico que describe Errejón: no es Marx, no es Lenin, ni siquiera es Gramsci. Es “el sentido común realmente existente”. Este frágil sustrato apunta a la debilidad, y también a la fortaleza, del proyecto. El lector nunca entiende (como el votante nunca supo) cuál es el programa de Podemos, qué es lo que quiere hacer Podemos con el poder –es el significante vacío último–. Entendemos perfectamente el programa de Garzón y Yolanda Díaz, el de ese pce que rechaza el aggiornamento del eurocomunismo y defiende a Lenin y a todas las dictaduras comunistas en su aniversario: más impuestos, más nacionalizaciones, menos libertad económica y política, finalmente acabar con “el sistema”. Si me permite el lector, de catástrofe en catástrofe hasta la hecatombe final –la película ya la hemos visto–. ¿Pero cuál era el programa de Podemos? Volveré a esta pregunta más adelante

El momento clave de la batalla entre las dos almas de Podemos se libra principalmente tras las elecciones de diciembre de 2015. Podemos obtiene cinco millones de votos y esto es vivido desde dentro, asombrosamente, como una derrota (también nos sentimos derrotados en Ciudadanos, ¡con nuestros cuarenta diputados y 3,5 millones de votos!). En vez de elegir la paciencia, en vez de buscar construir esa mayoría social consolidando esa hipótesis populista, Pablo Iglesias decide “unir a la izquierda”. El lector recordará el famoso vídeo del encuentro en Sol entre Garzón e Iglesias.

El momento de la verdad

Tuve el privilegio de presenciar una viñeta muy iluminadora del combate entre las dos almas de Podemos en la única sesión de negociación a tres entre Podemos, Ciudadanos y PSOE en abril de 2016. Los negociadores de Ciudadanos habíamos llegado a un acuerdo para un programa de gobierno de coalición con el PSOE tras las elecciones de 2015. Yo estaba (y estoy) muy satisfecho con el acuerdo –un acuerdo modernizador, regeneracionista, ejemplificado ante la opinión pública por el acuerdo entre los dos partidos para eliminar las diputaciones–. El equipo del PSOE estaba encabezado por Antonio Hernando y la mayor parte del trabajo en las áreas que yo negociaba junto con Toni Roldán, Marta Martín y Paco de la Torre (económicas, sociales, laborales, educativas), correspondía a Jordi Sevilla y José Enrique Serrano. Nuestra relación era magnífica.

Para la investidura hacía falta la abstención de Podemos. Y, para lograr esa abstención, Pedro Sánchez insistió en una negociación con Podemos. Fuimos, encabezados por el secretario general, José Manuel Villegas, cinco miembros de nuestro equipo negociador, con muy pocas esperanzas: anticipábamos que la negociación sería un paripé, que no habría forma de llegar a nada. Enfrente, además del equipo del PSOE, estaban todos los pesos pesados de Podemos.

Hablaron Errejón, Iglesias, Carolina Bescansa y Nacho Álvarez. Errejón pidió que nos enfocáramos en lo que nos unía, no en lo que nos separaba: la regeneración y la lucha contra la corrupción (sí, en aquel momento les importaban las instituciones, lo crean o no). Iglesias y Bescansa giraron hacia el dosier económico. Le dieron la palabra a Nacho Álvarez, que desgranó grandes líneas macroeconómicas. Pablo, en un claro intento de sabotear la reunión, pidió mi reacción. Yo dije lo que pensaba: que era inaceptable para nosotros y malo para España, que los problemas de España no se resolvían con más deuda y más impuestos, sino con reformas profundas. Con eso, básicamente, se acabó la reunión, tras la constatación de la distancia sideral.

Muchas veces me he preguntado qué hubiera sucedido de haber decidido Pablo la abstención. Un gobierno de centroizquierda, Ciudadanos-PSOE, ¿hubiera podido hacer reformas con apoyos puntuales de Podemos o el PP? ¿Hubiéramos podido, como decía nuestro acuerdo de gobierno, reformar las universidades, eliminar las diputaciones, reformar la enseñanza y el mercado laboral y hacer la justicia independiente, con apoyos puntuales a izquierda y a derecha? Nunca lo sabré. Pero, pensándolo desde el punto de vista de Podemos, estoy convencido de que Errejón tenía razón: Podemos se hubiera consolidado y hubiera crecido, haciendo oposición por la izquierda a un PSOE gobernando con nosotros. Desgraciadamente, nunca lo sabremos. La decisión de Iglesias de votar NO resultó, como sabemos, en la investidura de Rajoy, tras la repetición de elecciones en junio de 2016.

En seis meses, Pablo Iglesias había destruido la “hipótesis populista,” eliminado la posibilidad de un gobierno de centroizquierda y entregado el poder a Rajoy. El dudoso récord anticipaba, en dirección contraria, la crisis posterior del otro nuevo partido, el mío, en una secuencia muy similar de elecciones repetidas que tuvo lugar tres cortos años más tarde.

La batalla interna

En paralelo a la batalla ideológica se produce otra batalla: la “interna”, la lucha por el poder dentro del partido. Un Errejón naíf que va de mitin en mitin y dirige las campañas ni siquiera nota que se está produciendo una batalla interna, no se da cuenta de que los “suyos” están siendo laminados.

Yo en campaña me iba de gira y me olvidaba del partido, pero el partido no deja de estar y cada vez me gusta menos. ¿Quién es esta legión de fontaneros que van a los mítines no a emocionarse o a aportar ideas, sino a hablar mal de unos y ofrecer prebendas a otros, y de dónde han salido?

La dinámica se produce, como todo lo demás en Podemos, con asombrosa rapidez. No han pasado meses desde el comienzo de Podemos y ya vemos las luchas encarnizadas:

Empezamos una carrera brutal para ver cuántos liberados tienen las distintas secretarías. El partido tiene una estructura de secretarías ligadas a la ejecutiva. En vez de establecer una división formal, vinculando las necesidades de gente a necesidades que tengamos en ese momento, se establece una división familiar, tipo Íñigo tiene tantos, Carolina tiene tantos otros, y sobre todo, Pablo tiene tantos. La dinámica de bandos se va instalando e incluye a Pablo, que tiene uno propio. Los que pasan a ser considerados los míos son todos aquellos que llegan de mi mano. En la práctica, casi todos aquellos con los que arrancamos. Pero ahora, ya eso supone un cierto pecado original, ya entras en las cuentas, y no en las buenas.

Los aparateros no tienen ideas nuevas, pero entienden el poder de maravilla. Entienden que deben prometer obediencia absoluta al líder supremo y, sobre todo, no criticarle jamás, ni cuando se quiere comprar un chalet con piscina como los que él criticaba antes. Los de las ideas, en su ingenuo entusiasmo, piensan que el líder quiere mejorar, que se trata de aprender, que hay que buscar el camino. Actúan como en un seminario académico.

Hay una escena clave en la lucha, un antes y un después. La primera vez que dejan a Iglesias en minoría. El líder se promete: nunca más. El lugar: una casa en el Valle del Tiétar. El momento, tempranísimo, septiembre de 2014:

En esa reunión, Pablo propone que vayamos en coalición con Izquierda Unida a las generales y a las comunidades autónomas. Tenemos fuerza, ahora les hablamos de tú a tú, tenemos legitimidad, pero no tenemos estructura de partido ni experiencia de gobierno […] A todos los que estamos allí nos parece que la idea interrumpe lo que está naciendo. Disolver Podemos para aliarnos con IU. Terminar con el desarrollo de esa fuerza transversal… [La posición de Pablo] es muy minoritaria y encuentra una abrumadora mayoría en contra. Aún decidimos las cosas en formato asambleario. Tras aquellas jornadas me dirá: “Esta es la última vez que me pasa esto” […] La reunión termina mal, y Pablo se marcha con la certeza, estoy seguro, de que se encuentra solo en su propio partido y de que necesita gente. Gente que le obedezca.

La idea de España

Para los españoles, la recuperación de la idea de España para la izquierda por parte de Podemos fue algo fresco e innovador, y fue una clave para que el primer Podemos consiguiera esos cinco millones de votos. Escribe Errejón:

Nada que ver con el tacticismo. Hay algo más importante que el hecho [de] que yo sea rojo, que es que soy español y demócrata. Hay una verdad en eso, como un orgullo cuando funciona, porque de pronto tu país se te parece y tú te pareces a tu país. Nosotros no le hablamos a la partecita izquierda del país, sino al país entero, subterráneo, de andar por casa, olvidado. Por eso Podemos se había impregnado de España y España de Podemos.

A mí, que viví el nacimiento de Podemos con enorme escepticismo y aprehensión (escribí un libro, allá por el verano de 2013, El dilema de España, advirtiendo, antes del nacimiento de Podemos, precisamente contra la “vía venezolana” y defendiendo el modelo económico del norte de Europa –el “Dilema” era “Venezuela o Dinamarca”–), este me resultaba el único aspecto positivo del proyecto de Podemos. Quizás, pensaba, la izquierda iba a abandonar por fin sus complejos frente al nacionalismo xenófobo y supremacista que, por razones históricas, se hacía pasar por progresista (el miedo a la “gran sustitución” demográfica, en este caso “maquetos/charnegos que vienen a sustituir a vascos/catalanes de pura sangre”, lo explotaron Sabino Arana y Jordi Pujol, mucho antes de que se le ocurriera al candidato presidencial ultra francés Éric Zemmour). Por eso yo siempre he lamentado que Podemos abandonara esta idea de España.

Pero leyendo el libro veo que nunca tuvieron una idea de España. Nunca hubo un deseo real de defender un patriotismo español optimista y libre de toxicidades y adherencias históricas nacionalistas. Errejón y los suyos nunca hicieron un esfuerzo real por construir un relato alternativo, sin complejos. El relato de Errejón es calcado al relato de los nacionalistas regionales. Ni nacionalista ni españolista, pero siempre con los nacionalistas:

En las pasadas dos décadas, los mecanismos internos del Estado de las autonomías, establecidos para la mediación y canalización de conflictos, han saltado por los aires acabando con cualquier ilusión federalizante del modelo territorial español. Esto ha corrido paralelo a que, en algunas de las naciones sin Estado, importantes sectores sociales hayan basculado hacia las aspiraciones soberanistas como mejor vía para garantizar derechos en medio de la crisis y la ofensiva oligárquica sobre el contrato social.

Lo siento, pero no cuela. El señor Errejón es demasiado inteligente para creerse estos relatos maniqueos que tanto gustan al nacionalismo. Todas las fuerzas en marcha en España desde hace dos décadas son centrífugas. El pp, desde que entregó policía, prisiones, etc., a Pujol en 1996 ha iniciado una vía que es, de facto, federalizante, que tiene su expresión en Núñez Feijóo, Moreno Bonilla y Ayuso. Todos los acuerdos de gobierno que han tenido lugar en estas dos décadas han aumentado, no disminuido, el autogobierno. Me gustaría oír un solo ejemplo de una competencia que se haya “recentralizado”. La ofensiva “oligárquica” en Cataluña fue, si acaso, dirigida por Artur Mas y su gobierno. Podría seguir. Este relato justificador de lo injustificable es un insulto a la inteligencia que solo puede entenderse bajo la hipótesis de que Errejón piensa que su futuro político pasa por el voto de esa izquierda acomplejada que aún piensa que fue heroico matar a un guardia civil y a sus hijos en nombre de los derechos de un pueblo que disfruta del mayor bienestar económico de España.

Reformas aplazadas

Desde fuera, asombraba la falta de programa. Se quedaban en el diagnóstico. Enormes en la denuncia, incapaces de hacer una sola propuesta. Nos quedamos boquiabiertos viendo el discurso de Pablo al final del debate de A3Media del 7 de diciembre de 2015: “Sonrían al 15m, a las plazas, a los vecinos que paraban desahucios, a Ada Colau, a los autónomos…” ¿En serio?, pensábamos, ¿esa es la propuesta de gobierno? ¿Que sonriamos? Ni una idea. ¿A quién le hacen falta las ideas?

Podemos nunca tuvo un “proyecto de país”. Empatizaba, pero no proponía. Porque España no quería el posible proyecto. Ni siquiera quería el proyecto “verdadero” de Errejón, como él mismo explica:

La gente nos ha votado a pesar de nuestra biografía, no gracias a ella. La España de 2016 no quiere ir al sitio al que nosotros queremos ir, así que, si queremos llegar a algún destino, o vamos con ella o no hay nada que hacer. De nuevo, negociar la distancia entre tus convicciones y las de tu sociedad. Los votantes se han apropiado de Podemos, nos han usado para conseguir cosas diversas y expresar cosas distintas. No están enamorados de nosotros, como los votantes del PSOE lo están del PSOE, es decir, nos pueden abandonar en cero coma. No son nuestros. El votante de Izquierda Unida ha votado siempre por convicción y en estas elecciones también. Izquierda Unida tiene 1 millón de votos en las elecciones de diciembre de 2015.

No, no lo eran. No eran sus votantes. Eran españoles cabreados, hartos y deseosos de cambio, que les dieron su confianza para que hicieran lo que quisieran con ellos. Les dieron su confianza porque el Podemos de Errejón sonaba nuevo, brillante, auténtico, directo, inteligente. No sé cuántos whats- apps le mandé a Albert Rivera diciendo: “¿Has visto esto de Podemos? ¡Es brutal!” Nos dejaban, a menudo, boquiabiertos.

Desgraciadamente, al final del camino mi visión, la mía, sesgada y parcial, es que Podemos despilfarró ese cauce de ilusión, y así, con su marketing, sus personajes y su falta de proyecto, contribuyó a desperdiciar la mayor oportunidad reformista que haya tenido España. Encauzaron la rabia y la desesperación de la gente en una dirección entre vacía y yerma. Nada bueno para España podía crecer por ese camino.

Y por eso, al final de este recorrido vertiginoso, pero muy parcial, por un momento en el que todo pareció posible en España, queda un regusto amargo. Fue un momento en el que los partidos tradicionales perdían a su electorado, desesperado por la corrupción y la penuria económica, y dos partidos nuevos, Podemos y Ciudadanos, amenazaban al orden establecido. Yo sigo pensando que nosotros, Ciudadanos, teníamos un verdadero proyecto de cambio, un proyecto que pasaba por modernizar la economía, regenerar nuestras instituciones y encarnar un profundo patriotismo constitucional, y que ellos, Errejón, Iglesias y Bescansa, encarnaban el pasado vestido de modernidad, ideas rescatadas del basurero de la historia, europea o latinoamericana según el personaje. Pero la realidad es que los dos fracasamos.

¿Se ha terminado el momento reformista, el momento líquido en el que todo era posible, lo mejor y lo peor? Yo creo que no, que aún estamos a tiempo de hacer las reformas necesarias e imprescindibles para este país. Y espero que las hagamos, cuando llegue ese momento, hacia Dinamarca, no hacia Venezuela. ~