El suplicio de Papá Noel o el derecho a ser pagano

En la Navidad de 1951, Papá Noel fue quemado en Dijon. El episodio, que ocultaba una trama mental e histórica cargada de significados, motivó un texto de Claude Lévi-Strauss.
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En la Navidad de 1951, un corresponsal del periódico France-Soir describía un curioso suceso en su despacho del 24 de diciembre:

Ante los niños de las parroquias Papá Noel ha sido quemado en la explanada de la catedral de Dijon […] Esta ejecución espectacular tuvo lugar en presencia de varios cientos de niños de las parroquias […] Había sido decidida con el acuerdo del clero, que condenó a Papá Noel por usurpador y hereje. Se le acusó de paganizar la fiesta de Navidad […] Se le reprocha especialmente el haberse infiltrado en las escuelas públicas, de las que el pesebre está escrupulosamente excluido […] El domingo a las tres de la tarde el pobre hombre de cándida barba pagó como muchos inocentes por una falta de la que fueron culpables quienes aplaudieron su ejecución. El fuego prendió en su barba y él se disipó en el humo.

El capítulo de la quema de Papá Noel-Santa Claus-San Nicolás en Dijon fue motivo para que en 1952 Claude Lévi-Strauss redactara un opúsculo en Le Temps Modernes a propósito de aquel linchamiento que, sin mayor reparo, ocultaba una trama mental e histórica cargada de significados que iba más allá de la oposición al avasallamiento comercial que representó la expansión de Estados Unidos en la Europa de la posguerra. Habría que desentrañar una verdad escamoteada detrás del episodio, ya que la reacción de la ortodoxia católica no solo respondía a elementos dirigidos a la expulsión del demonio de la comercialización o a satanizar las razones por las que Papá Noel se infiltraba en el alma de los infantes. Tendrían que revelarse las raíces de aquello que alarmaba a párrocos y fieles erigidos en preservadores de una Navidad pura y hacer inteligibles los aspectos centrales que conllevaba ese episodio.

El problema clave se sustentaba en el encubrimiento inconsciente de los nexos históricos de Papá Noel con mitos antiquísimos, eco de símbolos que se creían disueltos en el tiempo y que, incluso, llegaron a molestar a grupos protestantes. Lévi-Strauss advertía que ciertos planteamientos del difusionismo acuñados por Alfred Kroeber, bajo el concepto difusión por estímulo, eran útiles para abordar fenómenos como ese. El personaje no asimilado operaba como catalizador que remitía a un uso análogo, vivo en el inconsciente de la comunidad, conectándose con una constelación de reminiscencias que eran parte de su historia y que ahora estimulaba el nacimiento de una costumbre idéntica en cuanto a su estructura y función social, aunque con claras mutaciones respecto del relato que se consideraba fuente primordial. El asunto en cuestión era la expresión sintomática de una vertiginosa transformación de costumbres, propia de la modernidad.

Esa reflexión, que podría parecer trivial, encerraba un tema complejísimo sobre los procesos de transmisión cultural y la inexistencia de “pureza” en la propagación de discursos religiosos y políticos, dirigidos a encontrar siempre un nicho originario para legitimarse mediante vínculos fantasmagóricos que pasan por alto las partículas de la historia. La propagación y emergencia de cultos puristas es directamente proporcional a la inexistencia de tramas originarias, discursos que en la arena pública repelen toda forma de disensión.

La Navidad es una fiesta relativamente moderna, pero sus rasgos arcaizantes no lo son, como el uso del muérdago proveniente de los druidas, lo mismo que el árbol navideño y la asociación de elementos vegetales, que son retacería de antiguas celebraciones, cuya presencia nunca quedó del todo olvidada, rituales que han fluctuado con altas y bajas a lo largo del tiempo. Está documentado que, desde las saturnales romanas, sin ninguna relación con el cristianismo, se empleaban ramas verdes, abetos, acebo, hiedra. En las novelas de la Mesa Redonda “aparece un árbol sobrenatural cubierto de luces”. Santa Claus es un avatar moderno que traslada elementos de una época a otra, trastocando formas que el fundamentalismo pretende inamovibles. Las narrativas remezclan nuevas y viejas propuestas con el único propósito de perpetuar los mitos. El asunto de la celebración purista de la Navidad, a la que aspira la ortodoxia de Dijon, así como la quema de Papá Noel, es un elemento contundente, no para desmontar el temor del dogmático, absorto en la pureza ceremonial, pero sí para establecer puentes históricos e ideológicos con el pasado y sus reelaboraciones mitológicas.

Papá Noel, que viste de rojo y tiene barba blanca, pudiera ser un rey viejo que alude a la autoridad de los antiguos, que apela a la genealogía religiosa y a un sistema de parentesco gerontocrático. Esa figura tiene más relaciones con las divinidades de lo que parece, si tomamos en cuenta que aparece periódicamente en una época precisa del año y es fuente de culto entre los niños, recompensando a los buenos y castigando a los malos. Es, según Lévi-Strauss, la peculiar divinidad de una clase de edad, cuya única diferencia respecto a los dioses es que los adultos no creen en él, no obstante alimentan en sus hijos esa creencia. Se presenta entonces un estatus diferencial entre niños y adultos, una frontera entre los que creen o no en él. No son pocas las prácticas humanas en las que los niños –o las mujeres– han sido objeto de una exclusión derivada de su ignorancia de los misterios. Tampoco es infrecuente que se dirijan a estos seres sobrehumanos con plegarias o cartas en las que inserten sus peticiones o favores solicitados. Los adultos, por su parte, se reservan el conocimiento del misterio y el poder de su revelación, consagrando la incorporación de las jóvenes generaciones a su grupo de edad y conocimiento de esa otra realidad.

Lévi-Strauss cita la saga de las kachinas, un culto de los indios pueblo de Estados Unidos, personajes disfrazados que encarnan ancestros que regresan periódicamente a su aldea para favorecer o castigar a los niños. Papá Noel pertenece a esa línea estratégica, junto con otras comparsas menos divinizadas, como el “Coco” o el “Hombre del costal”. Las personificaciones de las kachinas están relacionadas con un hecho del que desprende el mito de origen: esas figuras son las almas de los primeros niños indios ahogados en un río en tiempos de las migraciones ancestrales. Desde entonces, las kachinas cada año visitaban la comunidad, amenazando con llevarse a los niños que no hubieran respetado los códigos prevalecientes en el grupo. Los adultos, enmascarados, desarrollaban danzas violentas que provocaban temor. El espíritu positivo y racionalista entra en quiebra cuando estos relatos se empatan con los que postula el conservacionismo contemporáneo; podría decirse que los católicos de Dijon tienen cierta lógica cuando señalan el carácter aparentemente “irracional” de Papá Noel, pero su argumentación se topa con un muro infranqueable cuando les corresponde explicar la cadena de milagrerías de su santoral, que incluye a los Reyes Magos. La ritualidad y la mitología cumplen una función iniciática: ayudan a que los mayores mantengan el control de los menores dentro de la obediencia que exige la tradición comunitaria. Su función, en primera instancia, es la regulación de la conducta moral.

Todos los ritos de iniciación se dividen en dos grupos: los “no iniciados” que viven en un estado de privación de la verdad, definido por la ilusión o la ignorancia, y los “iniciados”, que conocen la verdad y se reservan su transmisión, de acuerdo con una perspectiva funcional. No es sorprendente que las fiestas de Navidad contengan elementos no cristianos y se parezcan a las saturnales (al parecer la fecha 24 de diciembre es una sustitución de aquellas fiestas que durante los últimos años del Imperio romano iniciaban el 17 de diciembre y terminaban una semana después, el 24). Desde la Antigüedad hasta la Edad Media, las “fiestas decembrinas” ofrecen características semejantes: decoraciones con plantas verdes, regalos para los niños, fraternización entre amos y esclavos, entre señores y siervos.

Algunos folcloristas e historiadores de la religión señalan que el origen de Papá Noel está en diversos personajes que son motivo de celebraciones decembrinas: el anciano Saturno, devorador de niños; el abad de Liesse, abbas stultorum, heredero del rey de las saturnales; el Julebok escandinavo, demonio del mundo subterráneo que condena o trae regalos a los niños, de acuerdo con su comportamiento, o las citadas kachinas, seres muertos precozmente que renuncian a su rol de asesinos de niños para volverse dispensadores de regalos y castigos. Ya desde el siglo XVIII, Du Tillot vinculó la Navidad con las saturnales. Toda ilación resulta incompleta si no se encuentra el motivo por el que las costumbres desaparecen o sobreviven. Su permanencia está ligada no a una morfología, sino a una función que los puentes estructurales deben descubrir. No se trata solo de vestigios históricos, sino de constantes del pensamiento propias de las condiciones de vida en sociedad.

La Navidad forma parte de un palimpsesto con el que se sustituye una celebración por otra, ofreciendo características sincréticas en las que el grupo social se escinde en dos: niños y adultos. Los personajes reales se convierten en seres míticos. Los padres, bajo un ocultamiento deliberado, colman de bienes a los hijos. El mediador imaginario –Papá Noel– establece una función real: administrar y sancionar la conducta. Hallar las conexiones entre un tiempo y otro es una manera de articular la génesis de las creencias que dominan lo que llamamos realidad, algo no pocas veces inscrito en los saltos del cristianismo y las modalidades locales, más allá de mistificaciones folclóricas o nacionalistas.

La interconexión del pensamiento humano no surge de una relación geográfica o racial, sino de necesidades culturales que pueden ser distantes o próximas en sentido territorial, en la actualidad diseminadas por la expansión de los mercados y la comunicación.

“Mantener entre nuestros hijos la creencia de que los juguetes vienen del más allá da la coartada al movimiento secreto que nos incita, en realidad, a ofrecer los juguetes al más allá con el pretexto de dárselos a nuestros hijos. Los regalos de Navidad son un acto sacrificial verdadero respecto a la dulzura de vivir, que consiste, en primer término, en no morir.” Los habitantes de Dijon de aquel 1952, por un auto de fe, reconstituyeron la vieja paradoja saturnal, restaurando, “después de un eclipse de algunos milenios”, una figura ritual que, con el pretexto de destruirla, mostró su perennidad.

Queda por ver si el hombre moderno puede también defender su derecho a ser pagano y reinsertarse en el camino que lleva a las saturnales. ~


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