Entrevista a Bernardo Sánchez Salas: “En el caso de Rafael, nunca se estranguló el circuito entre literatura y cine”

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Bernardo Sánchez Salas es guionista, escritor y doctor en filología hispánica. Sobre Rafael Azcona ha escrito libros como Rafael Azcona: Otra vuelta en el cochecito y Hablar el guion. Ha editado para Pepitas de Calabaza la obra literaria completa del narrador y guionista, que acompañó con un ensayo: Todo Azcona. Esta editorial publicará a lo largo del año todas las novelas del autor logroñés de manera independiente. La conversación con Bernardo Sánchez Salas se desarrolló por correo electrónico.

¿Cómo ha sido la tarea de editar a Rafael Azcona?

La idea de una edición ómnibus de la narrativa mayor de Rafael fue de Pepitas de Calabaza, editorial logroñesa que lleva ocupándose de editar su obra –incluido todo su extenso inventario para La Codorniz– desde 2007, con la recuperación de Memorias de un señor bajito. Esas novelas las reescribe entre 1999 y 2008, y las vuelve a pensar sin el “estado de autocensura” –como él lo llamaba– de los años cincuenta y sesenta, cuando las escribió (una tarea esta, por cierto, muy infrecuente en la historia de la literatura, una reescritura integral; condición, además, que él puso para volver a publicarlas). La reunión de estas obras en versiones que él considera definitivas es una oportunidad de redescubrir su ánimo literario original, indesmayable, cruzado por la autolectura, casi de autoscopia, que le había aportado el paso del tiempo y la propia práctica del guion cinematográfico (una narrativa paralela, al fin y al cabo). Tengo la impresión de que, cuando Rafael releía sus novelas pasaban delante de sus ojos ya como películas. En las reescrituras, Rafael se adaptaba a sí mismo, con casi medio siglo de por medio. La capacidad de adaptación, vital, en general, fue una de sus mayores cualidades. En el cine, de hecho, también debutó autoadaptándose: su novela El pisito y su relato Paralítico (luego El cochecito). La compilación de Pepitas, con el objetivo de apreciar las transformaciones, incluye Paralítico de 1960 y El cochecito de 1999.

¿Qué fue lo más difícil?

Los desafíos eran el propio riesgo editorial de interesar a los lectores de 2024 con un estuche de un escritor cuya obra literaria fue solapada por su derivación al cine. También el cuidado de la edición en su contextualización y aspectos gráficos (la ilustración fue una parte muy importante de la creatividad inicial de Rafael). Aquí, la reinterpretación, digamos, que Carlos Baonza hace del viñetismo de un Goñi, de un Mingote o del propio Azcona es coherente e inspirada. Y, finalmente, llamar la atención sobre su aportación personal, temática y estilística a la cultura española de los siglos XX y XXI. En definitiva, hacer pedagogía de su obra y figura.

¿Cuál diría que es su lugar como escritor tras ese “redescubrimiento”?

Sin duda, entra por derecho en el catálogo de la generación literaria de los cincuenta (con muchos de ellos tenía una relación personal muy estrecha, caso de Ignacio Aldecoa) y lo hace con un repertorio singular, híbrido, que entronca a dos bandas: con el humor crítico codornicesco (que a su vez bebe de los humoristi italianos y de la “otra generación del 27”), pero también con la óptica barojiana de “la lucha por la vida”; con la óptica sobre la pobreza y la soledad. Súmense a este afluente los de Valle-Inclán y Cervantes. En el lenguaje, en la visión de España y los españoles.

¿Por qué dejó “el libro”, por usar la expresión de Umbral, cuando se hizo guionista?

Porque el cine ocupó todo su tiempo y profesión. Y era su modus vivendi. La literatura –lo vio pronto, y eso que en Madrid se hizo con una celebridad literaria como humorista– no le suponía suficiente sustento. El guion cinematográfico se convirtió en su vehículo para contar historias. Y además de una forma compartida, con otra persona (el director de la película). Lo que le recordaba también a sus primeras compañías literarias en el Logroño de los cuarenta y cincuenta, con las que se reunía en los cafés o en las casas para perpetrar novelas ¡y hasta guiones!, cuando alguien les dijo que eso es lo que iba a “pitar” a partir de entonces. Rafael, sí, abandonó el libro; es decir, dejó de producir novelas a partir de 1960, cuando era ya un guionista español y a punto estaba de serlo “italiano”; pero, como concluye Umbral, no abandonó nunca la literatura. Sus guiones tienen una muy alta calidad literaria, en la descripción de acciones y personajes, en los diálogos. Algunos se pueden leer como auténticas novelas. Es curioso cómo, por lo visto, en un segundo volumen de Estrafalario que no salió pensaba novelizar El anacoreta. Ya lo había hecho para la Biblioteca Riojana en 1991 cuando novelizó el guion de la película El cochecito (a su vez, guionización de su relato Paralítico). Nunca, en el caso de Rafael, se estranguló el circuito literatura/cine.

La mirada de Azcona muestra con humor y crudeza un mundo de privaciones, de mezquindades, con jerarquías muy marcadas, hipocresías brutales, represión sexual. ¿Cree que es un mundo muy alejado del nuestro o piensa que podemos relacionarnos con él todavía?

Quien piense que las privaciones, las mezquindades, las jerarquías, las hipocresías y las represiones sexuales, todo lo que citas, y en su más radical expresión, y más en el pronóstico de los tiempos que nos acechan, ya están alejadas de nuestro mundo, es que no vive en él, o está ciego o muerto. Y por supuesto que una forma de acercarnos a él, en tanto una cancelación equivalente a una segunda glaciación no lo impida, es el cine o la literatura. Y los que practicaba Rafael eran un antídoto: disolvente de cualquier falsa idea acerca de lo que es el ser humano, alérgico a cualquier inflamación épica y consciente de las trampas en que fracasamos. La comedia es, en este sentido, el artefacto crítico más poderoso. Ahonda en la miseria. Y la distribuye. ~


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