Al hablar de poesía resulta difícil, si no imposible, hacerlo desde aquello que entendemos como la condición humana. Una vez escrita esta frase, titubeo y casi me desdigo. ¿Qué condición humana? ¿Existe algo como “la” condición humana? Concibo la condición social, económica o política y, bueno, entiendo la condición identitaria (racial, sexual, religiosa, etc.). Nada se explica si no es desde esta última: antes que humano, no eres nada sin tu pertenencia a una particularidad, una condición que te define. A veces tú eliges y otras ella (tu condición) decide. No entraré en detalles para no internarme en terreno minado. Hablar de la condición humana puede parecer un error, si no es que un reto a la nueva normalidad. Pese a todo, me parece que Alberto Santamaría (Torrelavega, 1976) ha hecho suyo este desafío.
Un reto paradójico tratándose de un poeta de larga trayectoria que es, asimismo, un ensayista prolífico cuyo perfil de juez locuaz del “amanecer neoliberal” (la fórmula es parte del título de uno de sus libros de crítica cultural) daría por sentado a uno más de los Social Justice Warriors de las redes y los nichos patrocinados por las universidades y el Estado. Sin embargo, lo interesante es que los poemas de Santamaría apenas tienen que ver con la corriente cultural dominante. En efecto, De las cosas pálidas, su libro de poesía más reciente, se mantiene naturalmente ajeno a, por ejemplo, los debates sobre la poesía multimodal y posinternet, la crisis del lenguaje frente a la tecnología o el más que previsible fatal cuestionamiento del canon lírico tradicional. Como si la experiencia y la conciencia de quien escribe no se hubieran enterado del maremoto de sobreinformación y su consecuente sentido común posapocalíptico.
Sin embargo, Santamaría está consciente del estado actual de la poesía, la escrita en castellano y, en particular, la peninsular. Junto con Luis Bagué Quílez es autor de un panorama de la poesía española del siglo XXI: Malos tiempos para la épica. Última poesía española (2001-2012), publicado por Visor en 2013. Desde luego, el título es una provocación que revierte un célebre poema de Brecht de moda entre los papers. Aunque el poeta alemán era mucho más tajante y hablaba de la lírica: “Malos tiempos para la lírica”, antes que de la poesía –que puede no ser lírica–. Al afirmar que corren malos tiempos para la épica, Bagué Quílez y Santamaría hacían referencia a las ideologías totalitarias en tanto religiones seculares en las que militaban las esperanzas de Brecht: “En mi canto una rima / Sabría casi a soberbia. / En mí disputan / El entusiasmo por el manzano en flor / Y el horror por el discurso del pintor de brocha gorda. / Aunque solo el segundo / Me empuja a escribir.”
En contraste, para Santamaría la poesía del nuevo siglo ya solo es posible en la inmediatez del presente y entregada, incluso, al más decidido espíritu de azarosa cotidianidad. Así, De las cosas pálidas consta de tres secciones: “Una bella dictadura inestable”, “De las cosas improbables” y “Estas cosas pálidas”. Según se ve, hay demasiadas cosas aquí, como en un bodegón. Sin embargo, nada más opuesto a la naturaleza muerta que la dicha (el entusiasmo en el poema de Brecht) del momento mismo: “La mancha / sobre el mantel / de hule // una nación / sin memoria // su forma / no tiene pasado / ni fin // es solo eso / la patria efímera / de un insecto // idiota // entre migas de pan / desaparece // con nosotros.”
A Santamaría no lo mueve el responso de Brecht sino, digámoslo así, el rechazo de cualquier paraíso real o simbólico a cambio de un día común: uno más, cualquier día. En las cimas de esta disyuntiva se halla un arquetipo de Homero, padre fundador de la épica y de la lírica –ahora famoso otra vez–. En el Canto V de la Odisea, Calipso ofrece a Ulises la inmortalidad y el deleite eternos si decide quedarse con ella en Ogigia (la isla del gozo). Sin embargo, Ulises acepta los peligros del Mediterráneo embravecido (Poseidón) con tal de ver una vez más el humo de su chimenea, volver con Penélope y sentir la madera y la calidez de su propia cama. Envejecer y morir en Ítaca. Elige el desafío de la muerte a cambio de un momento de cotidianidad recuperada. Esta es la condición humana formulada grandilocuentemente quizá, pero que contiene la clave de nuestras verdades más íntimas: “juntos y desarmados / entre escombros y carritos oxidados / que chirrían desde el infierno // así huele el amor / dices / así duele el verano / lazarillo // ¿algo de esto nos sobrevivirá? // las flores de tiza pintadas / sobre el asfalto / desaparecen // con nosotros // se escurren / como puntos suspensivos / hacia el centro de la tierra // estar es todo”.
La condición humana no es más que el hecho desnudo y siempre extraño de levantarse por la mañana sabiendo que vas a morir y, aun así, hacer el desayuno, trabajar, buscar a alguien con quien hablar, etc. Es el desasosiego con el que despiertas y te vas a dormir, la zozobra de no encajar ni estar del todo en ninguna parte. A un animal le basta con comer y no ser comido: así es pleno y su silencio lo dice todo, según John Gray. Pero uno está en mitad de la tarde, mirando por la ventana y preguntándose si pierde el tiempo y si lo que hace tiene sentido. Quizá la verdadera tragedia –y grandeza– sea no solo saber que vas a morir, sino haber experimentado alguna dicha como para querer que el tiempo se detenga y seguir esperando, hasta el último suspiro, que eso vuelva a suceder. En un poema de “Estas cosas pálidas” Santamaría alude a esta experiencia. Narra una tarde de pesca del niño con su padre, memorable en tanto instante de vida intransferible: “no es más que eso // un recuerdo / este recuerdo / las manos / de arena gris / pegajosa / turbia / y el sonido del motor / de la nevera / el cuerpo / lento // que se estira / y se contrae // antes de morir // estar es todo.”
Poco antes de morir, el protagonista de la novela de Koestler El cero y el infinito recuerda algunos momentos con su asistente Arlova, la curva de sus hombros o la ligera inclinación de su nuca cuando se sentaba a trabajar junto a él: “Arlova había sido ejecutada”. Su conciencia “no podía expresarse en fórmulas lógicas; se hallaba en el terreno de ‘la ficción gramatical’.” Le parecía que el único valor real que había dejado tras de sí no eran los discursos, ni los folletos, ni las teorías del Partido, sino la inclinación de aquella nuca indefensa. Bajo la generosa tiranía de la solidaridad no hay realidad fuera de un nosotros mayúsculo. La experiencia intransferible no es más que una construcción del lenguaje, un fallo en la lógica que antepone la conciencia (el abyecto yo, la “primera persona del singular”) a las leyes de la emancipación totalitaria.
Precisamente, de esa dimensión única que nos define como seres finitos e irrepetibles están compuestos los poemas de Alberto Santamaría. Con tono sobrio, las estrofas de De las cosas pálidas parecen volver una y otra vez sobre sí mismas para recuperar y dejar evidencia de esa fugacidad: “¿y la vida? / la belleza de un ritmo indescifrable / que asciende / por el patio interior // la aventura de cruzar / sin motivo / tus visiones y las mías”. ~