La senda escondida de Luis Astey

Pocos eruditos pueden ser descritos como sabios. Ese fue el caso de Luis Astey, traductor y estudioso de literatura acadia y medieval, quien dedicó su vida al cultivo de una pasión lectora que nos ha legado regalos invaluables del encuentro entre culturas.
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Fray Luis de León celebra la vida retirada, en liras memorables. La primera dice:

¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruïdo,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!

Luis Astey fue de esos pocos. Pudo haber destacado en la Sorbona o Harvard, pero prefirió dos institutos tecnológicos: el de Monterrey (ITESM, 1945-1973, veintiocho años) y el de México (ITAM, 1973-1997, veinticuatro años). Colaboró también con la Universidad de Nuevo León, el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM y El Colegio de México.

Luis Astey Vázquez nació en Guadalajara y murió en la Ciudad de México (1921-1997) a los 76 años.

Según los sitios web de genealogía, Astey es un apellido escocés, del condado de Lanarkshire. Pero no aparece en el primer censo de población de Escocia que registra nombres y apellidos (1841). FamilySearch, de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (mormona), registra nombres y apellidos de personas nacidas en cualquier época y lugar. De Astey tiene poquísimas: 58 en Inglaterra, 35 en México, diez en los Estados Unidos y ninguna en Escocia. Todos los Astey emigraron.

A la singularidad de su apellido se sumó la orfandad de su niñez. No tuvo hermanos. Perdió a su madre a los cuatro años y a su padre a los doce. Fueron católicos militantes, que se arriesgaban a esconder en su casa a sacerdotes en peligro, por la persecución religiosa del presidente Calles; convertida en política oficial por la Ley de Tolerancia de Cultos (1926), que provocó la insurrección cristera.

Fue recogido por unas tías abuelas solteras. Descubrió la soledad y la felicidad de leer. Confundió eso con la vocación religiosa. Entró al Seminario Diocesano de Guadalajara. Según Antonio Alatorre (1922-2010), ahí se conocieron, estudiaron inglés y francés, no solo latín y griego, además de solfeo y materias de cultura general. Tocaban el piano a cuatro manos. Alatorre, que se volvió ateo (Astey, agnóstico), hablaba con agradecimiento de la excelente educación que daba el seminario.

Astey se graduó como abogado en la Universidad de Guadalajara (1942 o 43), pero nunca litigó.

Recibió becas del Instituto Francés de América Latina, del Instituto de Cultura Hispánica y de la Fundación Rockefeller, para estudiar las raíces de la literatura occidental: las literaturas antiguas del Cercano Oriente, las letras mesopotámicas, los clásicos griegos, la dramaturgia medieval. Con maestros como el asiriólogo René Labat en la École Pratique des Hautes Études; el filólogo clásico Werner Jaeger en Harvard; el medievalista Gustave Cohen en la Sorbona; y en el Instituto Arias Montano de Estudios Hebraicos y Oriente Próximo, de Madrid.

En el Tecnológico de Monterrey, de fundación reciente (1943), fue profesor en el Departamento de Humanidades y director de la biblioteca. También daba cursillos de apreciación musical. Se hizo amigo de otro promotor cultural: el arquitecto, profesor y editor Manuel Rodríguez Vizcarra. Fue su asesor en el desarrollo de la colección Poesía en el Mundo. Y se puso a traducir textos milenarios, inéditos en español.

Hacia 1950, tuve la suerte de tomar sus clases y, como estudiante becario, de ser asignado para ayudar en la biblioteca. Fue más lo que aprendí que lo que ayudé. Me introdujo al mundo de la heurística: saber buscar con reference books, hacer investigación documental, encontrar qué se ha escrito sobre un tema, hacer bibliografías.

Alguna vez me encargó una sobre literatura aljamiada (textos en español transcritos con el alfabeto árabe). No supe ni por dónde empezar.

Otra, me dio a leer una revista donde dos eruditos polemizaban con vehemencia sobre algún punto oscuro. Me pareció extraño y divertido que, en cuestiones tan alejadas del interés general, los pocos que sabían se apasionaran tanto. Me dijo: “A mí no me extraña. Si no fuera por la pasión, ¿quién se pondría a estudiar esas cosas?”

Aprendió el acadio en París, y tradujo Enuma elish, el milenario poema babilónico sobre la creación del mundo. Me admiró la hazaña, y se la comenté a Octavio Paz, invitado por la Universidad de Nuevo León para dar una serie de conferencias. Después me escribió que lo había platicado con Jaime García Terrés, director de la colección Poesía y Ensayo de la unam, y que se interesó en publicarla. Pero Astey prefirió dársela a Rodríguez Vizcarra, que la publicó en Monterrey, en 1961.

Luego le dio Sponsus, un drama medieval latino-románico (1967), que escenifica el pasaje de Mateo 25:1-13 sobre las vírgenes prudentes o imprudentes. Gallicanus de Hrotsvitha de Gandersheim (1967, reeditada en 1969). Ludus de Nativitate de Benediktbeuern (1970). Peregrinustres versiones (facsímil, latín y español, 1971). Una edición del Pergamino Vindel (cantigas de amigo de Martín Codax, 1978).

Estos datos faltan en la Wikipedia, que tiene páginas “Luis Astey” y “Enūma Eliš”. También falta una página “Manuel Rodríguez Vizcarra” (1922-1984) y su obra como editor de los 135 títulos publicados de Poesía en el Mundo, con una apertura universal, y con el mérito de conseguir patrocinios para cada libro, porque el Tecnológico no tenía presupuesto para eso.

Cuando terminó su traducción de Enuma elish, me la dio a leer. Me llamó la atención la palabra inebriante, y creí que la había inventado. “No creo, pero vamos a ver” –me dijo, mientras la buscaba en el diccionario. Lo que yo debía haber hecho, y no hice.

La palabra inebriar ‘embriagar, emborrachar’, del latín inebriare, está en el drae desde la primera edición. La palabra inebriante está en la Tablilla III línea 135: Reunidos los grandes dioses, “Comieron el pan festivo, se escanciaron [el vino], mojaron sus cañas en el dulce inebriante.” [Usaban popotes (cañas) para beber.]

Cito la segunda edición de Enuma elish, mejorada, que publicó la Universidad Autónoma Metropolitana en 1989 y ahora tiene en la web.

Hay sendas escondidas en la creación literaria. El montaje teatral es una obra de creación distinta, aunque subordinada a la obra del dramaturgo. Hay algo semejante en la traducción. Cuando leemos una traducción, no leemos la obra original, sino la obra del traductor. Son sus palabras, aunque estén subordinadas a las del primer autor.

Esta subordinación puede llevar a subestimar la creatividad del segundo autor. Es un error. ¿Qué sería la cultura sin traductores? Una serie de islotes inconexos. Los traductores construyen la literatura universal. El Renacimiento fue animado por grandes traducciones, como la que hizo fray Luis de León del Cantar de los cantares, del hebreo.

Luis Astey fue un sabio renacentista que aceptó tranquilamente la senda escondida de incorporar a la lengua española tesoros milenarios. ~


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