Las lecciones de Leopoldo Solís

Además de brillante economista y generoso maestro, Leopoldo Solís fue un funcionario público ejemplar. Aunque los presidentes Luis Echeverría y José López Portillo ignoraron sus propuestas, el tiempo le dio la razón.
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a la memoria de José Enrique Espinosa V., talentoso economista y muy querido amigo

En junio de 1970, hace más de cincuenta años, apareció la primera edición de La realidad económica mexicana: retrovisión y perspectivas, de Leopoldo Solís Manjarrez (1928-2021), libro central en la vida moderna de nuestro país. De entonces a la fecha, las reediciones y reimpresiones han alcanzado niveles de best seller: cerca de setenta mil ejemplares. Sobra decir que en nuestro entorno son muy pocos los libros especializados que registran tales niveles de ventas, lo que seguramente ha hecho de esta obra el texto de economía de un autor mexicano con mayor difusión e influencia. No es exagerado afirmar que generaciones enteras de economistas, sociólogos, politólogos y, en general, todos aquellos interesados en comprender a nuestro país han aprendido mucho leyendo y releyendo La realidad económica mexicana.

((Tomado del prólogo de Enrique Cárdenas y Jaime Zabludovsky (coords.), Leopoldo Solís y la realidad económica mexicana, Ciudad de México, FCE, 2012, pp. 9-10.))

En su momento, el libro constituyó uno los primeros esfuerzos sistemáticos de aplicación del herramental de la teoría económica moderna, los modelos de crecimiento económico y los métodos econométricos, para presentar una visión integral y de largo plazo de la economía de México. También, allí se expusieron los resultados de los primeros esfuerzos a los que contribuyó Leopoldo por conjuntar las cuentas nacionales y las estimaciones detalladas del Producto Interno Bruto por sectores desde 1885, exceptuando los años de la Revolución. El libro combina una visión histórica de México desde la colonia hasta nuestros días con un análisis sectorial de las principales actividades económicas y de la incidencia de las políticas públicas adoptadas en los diferentes periodos del país. La primera edición llegaba hasta los sesenta, pero en las reediciones sucesivas Leopoldo fue actualizando el contenido, para incluir los periodos que siguieron al Desarrollo Estabilizador: el Desarrollo Compartido y el auge petrolero de los setenta, la estabilización macroeconómica y la reforma estructural de los ochenta y la internacionalización de la economía de los noventa.

La realidad económica mexicana fue también pionero en señalar los cuellos de botella del modelo de sustitución de importaciones y de crecimiento hacia adentro que entonces comenzaban a hacerse evidentes: la doble restricción –la de ahorro interno y la de divisas– que la economía mexicana enfrentaba para mantener tasas de crecimiento altas con estabilidad de precios, e insinuaba los cambios que era indispensable emprender. Por ello, el libro constituyó, asimismo, la hoja de ruta del excepcional funcionario público que Leopoldo Solís fue.

La publicación de la obra coincidió con el inicio de la administración del presidente Luis Echeverría y Leopoldo, como muchos otros jóvenes profesionistas e intelectuales mexicanos, percibió que el nuevo gobierno era una gran oportunidad para modernizar las estructuras políticas y económicas del país. Y, aceptando la invitación de su amigo el subsecretario Porfirio Muñoz Ledo, Leopoldo se unió a la Secretaría de la Presidencia, como cabeza de la Oficina de Programación Económica y Social. Ahí, lidereando a un talentosísimo grupo de jóvenes economistas, presentó un ambicioso programa de reforma económica para fortalecer las finanzas públicas, liberalizar el comercio internacional y reformar la educación y, en dos ocasiones diferentes, hizo recomendaciones, claras y oportunas, que pudieron haber cambiado para bien el curso de la economía mexicana.

La primera de ellas fue en agosto de 1971, cuando el presidente Nixon abandonó el patrón oro. Ante esa coyuntura, Leopoldo preparó un documento con una recomendación sumamente audaz y visionaria: que, aprovechando la decisión estadounidense, México debería abandonar la paridad de 12.50 pesos por dólar, fija desde 1954, y adoptar un régimen de libre flotación, advirtiendo que no hacerlo significaría “una tasa de crecimiento baja, desempleo creciente y la imposibilidad de utilizar el gasto público para redistribuir el ingreso. Por el contrario, permitir que el peso flote frente al dólar, probablemente estimulará nuestras exportaciones y limitará nuestras importaciones y el turismo que sale al extranjero. […] Esto, a su vez, facilitaría lograr los programas formulados por el presidente”. El documento abogaba por incrementar la base gravable, reducir la evasión fiscal, adoptar una estructura impositiva progresiva y efectiva y aumentar los precios de algunos productos del sector público para poder aumentar la inversión pública. Afirmaba, también, que cualquier política económica que tenga como objetivo el rápido crecimiento del país debía tratar de aumentar las exportaciones en forma considerable –no menos del 9% anualmente–, ya que “la falta de divisas era la restricción más importante a la tasa de crecimiento”.

((Leopoldo Solís, Intento de la reforma económica de México, Ciudad de México, El Colegio Nacional, 1988, pp. 92-93.))


Sin embargo, como todos sabemos, estos consejos no fueron atendidos. Como tampoco la propuesta que Leopoldo presentó un año después, en 1972, para reiterar la necesidad de una reforma fiscal de gran calado. En esta ocasión, Leopoldo fue parte de un grupo intersecretarial que pugnó, entre otras medidas, por la plena acumulación de los ingresos para efectos del impuesto sobre la renta, la desaparición de las acciones y los bonos al portador, un impuesto de control a la riqueza, con una tasa mínima simbólica, un esfuerzo de combate a la evasión fiscal, la ampliación de la base gravable y el aumento progresivo de la tasa del impuesto sobre la renta.

{{Ibid., pp. 112-116.}}

 Una vez más, el presidente Echeverría ignoró este planteamiento, y en su lugar optó por promover la aprobación de una ley para controlar y restringir la inversión extranjera. Por segunda ocasión, Leopoldo vio con decepción cómo se perdían oportunidades importantes para corregir los desequilibrios de la economía mexicana y así poder sentar las bases de un crecimiento sólido sostenido y estable.

Todos conocemos el fin de esta historia. Ante la ausencia de las reformas sugeridas y en presencia de un gasto público en expansión, la economía mexicana entró en un ciclo inflacionario, que desembocó en la devaluación y la crisis macroeconómica de 1976.

Leopoldo vio esta crisis, la cual había pronosticado con oportunidad y precisión, y que había tratado de evitar con sus recomendaciones desatendidas, a la distancia, pues en 1975, en una lección de congruencia e integridad intelectual, decidió dejar su oficina en Presidencia de la República para irse un año a la Universidad de Princeton. Desde ahí, escribió Intento de la reforma económica de México, una obra singular en la vida intelectual del país, pues contiene el diagnóstico de la política económica durante la presidencia de Echeverría, los documentos que sustentaban las reformas ignoradas, y una descripción de la economía política detrás de las fuerzas que se opusieron a estas medidas.

Así como La realidad económica mexicana le había servido para guiar su trabajo en Presidencia de la República, el ensayo que escribió en el retiro académico fue su mapa para orientar sus labores cuando regresó al Banco de México, durante el gobierno de José López Portillo. Abrevando de la experiencia de la crisis de 1976, originada por la expansión del gasto público financiada por el crédito del banco central, una de las primeras cosas que Leopoldo promovió fue el establecimiento de una de las condiciones indispensables para dotar de autonomía al Banco de México: la creación de un mercado de deuda pública, los Certificados de la Tesorería de la Federación. Los Cetes permitirían separar la política fiscal de la política monetaria, dando transparencia a las necesidades de recursos por parte del gobierno. Pero, por supuesto, no fue la única batalla que dio. Desde la trinchera del Banco de México, Leopoldo abogó, sin suerte una vez más, por la liberalización comercial de la economía mexicana y su adhesión al Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio, el GATT, en 1979.

Quizás el mejor ejemplo de la claridad de los diagnósticos de Leopoldo y la valentía con la que los defendió fue su postura, pública y privada, ante la bonanza petrolera de finales de los setenta. Desde 1978 advirtió de los peligros que representaba la apuesta del presidente López Portillo por un modelo de crecimiento basado en el boom petrolero. En 1978, siendo subdirector general del Banco de México y subsecretario de Planeación Comercial de la Secretaría de Comercio y Fomento Industrial, Leopoldo publicó dos artículos en la revista Vuelta –“México, ¿nuevo rico?” y “México, ¿potencia petrolera?”–

{{Reproducidos en Alternativas para el desarrollo, Ciudad de México, Joaquín Mortiz, 1980, pp. 47-58 y 51-72.}}

 en los que no solo alertó de los riesgos que la bonanza petrolera representaba para el país, sino que también delineó las medidas necesarias para atenuarlos. Sus recomendaciones son de gran actualidad y pertinencia.

Recurriendo a una cita de Keynes sobre el impacto desfavorable que el influjo del oro y la plata americanos tuvieron sobre el desarrollo de la España colonial, Leopoldo ilustró lo que le pasa a un país cuando es incapaz de administrar las rentas económicas de los recursos naturales no renovables, las presiones inflacionarias y la sobrevaluación del tipo de cambio resultantes, que castigan las exportaciones no petroleras y la sustitución eficiente de importaciones. Leopoldo actualizó la cita de Keynes destacando “las experiencias de países miembros de la OPEP, como Venezuela, en la cual el influjo masivo de divisas provocó un fuerte aumento en la demanda agregada, originando severas presiones inflacionarias y aumentos desmedidos de las importaciones. O el ejemplo del petróleo iraní que ha provocado una caída en la producción de tapetes persas que requieren mucha ocupación y una tasa de cambio favorable”.

((Ibid., pp. 69-70.))


Para evitar estos peligros, Leopoldo recomendó que ante la bonanza petrolera resultaba indispensable el manejo prudente de la demanda agregada y el fortalecimiento de los ingresos públicos: “Aquí encontramos un primer dilema de política que no deja de resultar un tanto irónico: subir los precios de los derivados del petróleo en medio de la abundancia de los mismos” para evitar el desborde inflacionario.

{{Ibid., p. 71.}}

 Igualmente importante y actual fue su llamada de atención sobre el debido manejo de los recursos no renovables: “los recursos provenientes de las cuasi rentas deben destinarse íntegramente a inversión productiva y reproducible de tal manera que solo signifiquen la sustitución de un tipo de activo improductivo por un activo productivo, de un activo no reproducible por otro reproducible”.

((Ibid., p. 69, nota al pie.))

Hoy todos sabemos que, al igual que durante el gobierno del presidente Echeverría, las prescripciones de Leopoldo no fueron escuchadas y sus pronósticos más lúgubres acabaron irremediablemente cumpliéndose con la crisis macroeconómica de principios de los ochenta. Es conocido también que tuvimos que vivir otra crisis, la de 1994, para que su recomendación de un régimen de libre flotación cambiaria finalmente se adoptara, más de veinte años después de que se la hubiera planteado al presidente Echeverría.

Lo que es menos conocido es que, de igual manera que lo había hecho en 1975, Leopoldo obedeció a los dictados de su conciencia, y el 2 de diciembre de 1982, al día siguiente de la nacionalización bancaria y la imposición del control de cambios generalizado, renunció a la Subdirección General del Banco de México, mostrando, una vez más, su congruencia. Al dejar un legado como analista de la realidad económica mexicana y como funcionario público, Leopoldo Solís fue un caso excepcional en el que esas dos actividades se retroalimentaron y enriquecieron.

Tuvo otras facetas: el apasionado de la cocina mexicana que, junto con Janet, descubría platillos y lugares; el formador de instituciones; el maestro en El Colegio de México y el ITAM; el investigador permanente que, abrazando el espíritu liberal que siempre lo caracterizó, encabezó el Instituto de Investigación Económica y Social Lucas Alamán, A. C., durante la última etapa de su vida profesional. También fue padrino intelectual de generaciones enteras de economistas mexicanos, a quienes abrió, basado en su gran prestigio y red de amistades en la comunidad académica internacional, las puertas de posgrado en las mejores universidades del mundo. Economistas indispensables para la formación de cuadros profesionales e intelectuales, y hoy tan irresponsablemente vilipendiados.

El maestro Leopoldo Solís, con su obra y con su praxis pública, hizo que la realidad económica de México fuera mejor. Y hoy, más que nunca, extrañamos su libertad por el saber y, sobre todo, su congruencia intelectual y valor cívico. ~

Palabras pronunciadas el 23 de mayo de 2022 en el homenaje organizado por El Colegio Nacional a la memoria de Leopoldo Solís.

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