Mentiras ejemplares

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Cuando el autor de una novela negra se propone escudriñar la mente criminal, sin partir de condenas o absoluciones previas, corre el riesgo de caer en la incomprensión o en la apología de los asesinos, ya sea por un exceso de distancia crítica o por carecer totalmente de ella. La probabilidad de falsear el retrato aumenta cuando el criminal es un psicópata de carne y hueso que trabaja en estrecho contacto con su biógrafo. El narrador y ensayista Emmanuel Carrère, conocido en México por la estupenda novela de terror psicológico El curso de invierno (Joaquín Mortiz, 1997), ha corrido ese riesgo en su libro más reciente, L'Adversaire (P.O.L., 2000), un reportaje sobre la compleja y escurridiza personalidad del multihomicida Jean-Claude Romand, un apacible padre de familia que el 9 de enero de 1993 asesinó a su mujer, a sus hijos y a sus padres, tras haberlos engañado 18 años, haciéndoles creer que era un médico triunfador, con un puesto directivo en la Organización Mundial de la Salud.
     Jean Claude Romand creció en el seno de una familia donde todos sufrían, pero estaba prohibido exteriorizar el dolor. Obligado a ocultar sus emociones con mentiras piadosas, contrajo un hábito que más tarde le permitió mentir con soltura para abusar de la confianza ajena. A los 18 años se inscribió en la carrera de Medicina en la Universidad de Lyon. Pese a tener un coeficiente intelectual superior al promedio, el miedo al fracaso le impidió presentar el examen del segundo año. Ocultó lo sucedido a sus padres y con el dinero que le enviaban siguió pagando la reinscripción a la escuela de Medicina durante doce años, sin ser detectado por la burocracia universitaria. Volvió a casa con un título falso y se casó con una amiga de la infancia a quien jamás reveló su secreto. Para obtener ingresos hizo creer a familiares y amigos que su puesto en la oms le daba acceso a inversiones de alto rendimiento en los bancos suizos. Sus padres, sus suegros, sus tíos y una amante secreta le entregaron sus ahorros de toda la vida. Por lasmañanas dejaba a los niños en la escuela y se iba a matar el tiempo en parques y cafeterías, para simular que trabajaba. De vez en cuando fingía que lo mandaban de viaje y sequedaba dos o tres días encerrado en un hotel cercano alaeropuerto. "Mi mayor obsesión —declara Carrère— era saber lo que pasaba por su cabeza durante esas largas jornadas de ocio". Los problemas del falso doctor comenzaron cuando los familiares que le habían confiado fuertes sumas de dinero quisieron recuperarlo para comprar propiedades. Acorralado por sus propias mentiras, Romand cayó en la desesperación.Había dilapidado buena parte de los capitales y no podíaengatusar a otros ahorradores. Para entonces ya no era un cínico, sino un mitómano con personalidad dividida, y ante la amenaza de ser descubierto por sus seres queridos prefirió ahorrarles el sufrimiento con una matanza piadosa.
     Cuando la noticia del múltiple asesinato sacudió a la opinión pública francesa, Carrère creyó tener entre manos una gran novela y pidió una entrevista a Romand, que se negó a recibirlo. Después de haber escrito varios borradores fallidos abandonó el proyecto, pero quedó flotando en su mente la imagen de un padre asesino que vagaba por las calles nevadas de un pueblo. De esa imagen surgió El curso de invierno, donde la huella de Romand aparece transfigurada por la fantasía deNicolás, un niño en el umbral de la adolescencia, con unafabulosa capacidad para presentir el horror y mezclarlo poéticamente con sus fantasías sexuales. Hijo de un agente viajero que viola y asesina niños en las carreteras, Nicolásignora la monstruosidad de su padre, pero la violencia y laangustia que ha percibido en el hogar le han inoculado un miedo indefinido y abstracto, que la realidad transforma en una pesadilla concreta. Al leer en prisión El curso de invierno,Romand se vio reflejado en las tribulaciones de Nicolás yaccedió a entrevistarse con Emmanuel Carrère. Pero el resultado de esa colaboración no fue una novela escrita desde las entrañas de la locura, sino la crónica de una guerra no declarada entre las fuerzas de la luz y la oscuridad: el escritor obsesionado por conocer a su personaje y el asesino esquizoide que sepulta su yo profundo bajo una tupida maraña de falsedades.
     En buena medida, L'Adversarie es una confesión de impotencia, pues Carrère nunca pudo descifrar el carácter deRomand ni encontrar la voz narrativa que la novela exigía. En la correspondencia que intercambiaron, publicada como apéndice del reportaje, el asesino deja entrever una sorprendente sagacidad literaria, producto de sus largas jornadas de lectura en los parques de Lyon: "Me parece que su imposibilidad de encontrar una voz narrativa —comenta— está ligada en parte a mi propia dificultad de decir yo". Más allá de la validez psicológica que el diagnóstico pueda tener en boca de Romand, su observación encierra una enseñanza literaria. Si todo psicópata se miente a sí mismo, ¿no es redundante y estéril crear un personaje novelesco superpuesto a la ficción donde elmodelo real ha extraviado su identidad? La verdad literaria suele diferir ampliamente de la verdad objetiva, pero cuando la vida de un mitómano es el tema de una ficción, el autoengaño del protagonista se yergue frente al narrador como una muralla infranqueable. Tal vez por eso Carrère se resignó a escribir un reportaje, es decir, una crónica de hechos reales, con una vida tan saturada de irrealidad. Si ejercitaba la imaginación en ese campo minado, hubiera sucumbido a las argucias de su adversario. –