Las preguntas que nos dejó la URSS

En este artículo traducido por Fabienne Bradu y publicado en el número 203 de Vuelta, de octubre de 1993, el historiador francés reflexiona sobre los motivos detrás de la debacle de la Unión Soviética. Esta sección ofrece un rescate mensual del material de la revista dirigida por Octavio Paz.
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Para entender el alcance y las consecuencias del desmoronamiento del mundo comunista, se puede, más aún, se debe volver sobre su carácter, que desmintió todas las provisiones. Occidente había imaginado muchos escenarios de victoria, pero ninguno se parecía, ni remotamente, al que se dio.

Este carácter puede percibirse en el ritmo, en las modalidades, en la sustancia misma de los acontecimientos que sucedieron ante nuestros ojos desde 1987-1989.

Empecemos por el ritmo. Todo sucedió muy rápidamente, mientras los expertos más optimistas (o pesimistas, según el punto de vista) esperaban efectos a mediano plazo, producidos por progresos económicos y la aparición de una sociedad civil, o bien por pasiones centrífugas, originadas en la rebelión de las naciones colonizadas en la periferia del vasto imperio. No hace tanto tiempo que pensadores bien intencionados, poco sospechosos de simpatía por la Unión Soviética, hablaban de una eventual convergencia entre los dos sistemas. No había habido ninguna salida del comunismo, a pesar de que varios pueblos sojuzgados de la Europa del Este ya habían esbozado su voluntad de hacerlo (Alemania Democrática: 1953; Hungría y Polonia: 1956; Checoslovaquia: 1968; Polonia: 1980). Esto inducía a creer más en las virtudes de la evolución que en una revolución, como lo mostraba el ejemplo de la Hungría de Kádár. Pero no hubo evolución ni revolución: donde reinara en Europa, el régimen comunista se fue desmoronando sobre sí mismo, como si ya estuviera descompuesto por dentro, en menos de dos años, entre el otoño de 1989 y el verano de 1991.

Esto me conduce a las modalidades: en algunos meses, pues, la Unión Soviética pasó del estatuto de superpotencia a la situación del gran país enfermo de Europa. Este paso no es en sí mismo inédito o inverosímil, en la medida en que todas las potencias del mundo, incluyendo a los más formidables imperios, pueden llegar a desaparecer. La Unión Soviética pasó, casi de un día para otro, de la situación de gran potencia a la de un imperio en descomposición, y de ser un país padecido a ser un país compadecido. En esta extraordinaria pirueta del entendimiento hay que subrayar la falla de la razón histórica occidental que, atrapada en las redes del marxismo hegeliano, nunca fue capaz de sospechar la amplitud de la mentira oficial en la Unión Soviética. También hay que tomar en cuenta otro elemento: la desagregación de la “patria del socialismo” y de su imperio que se realizó a puerta cerrada, sin que ningún gran acontecimiento externo viniera a revelar su amplitud. Al contrario, la única prueba de fuego que vino del exterior, la Segunda Guerra Mundial, no hizo sino crear la doble ilusión de potencia organizada y del carácter democrático de la Unión Soviética de Stalin.

En realidad, el fracaso del imperio soviético es un fenómeno interno que no fue provocado, ni alimentado, ni revelado, por una agresión exterior, una guerra perdida o una revolución vecina. Aclarémoslo: las tres cosas sucedieron, pero no tuvieron un papel fundamental en la evolución del conjunto. Ni la “guerra de las estrellas” de Reagan, ni la guerra menos futurista de Afganistán, ni las revoluciones de Europa Central y Oriental estuvieron en el origen del desmoronamiento. Acaso lo aceleraron, cada una a su manera, pero la crisis fue anterior a ellas, como lo confesaron los mismos soviéticos, dirigentes y dirigidos por igual: era la crisis del sistema social instaurado por Lenin y Stalin. La caída del imperio tuvo un rasgo muy peculiar: fue proclamada y alentada por aquellos que eran los principales beneficiados del sistema: los jefes del Partido Comunista de la URSS. Esto se pudo observar en el famoso otoño de 1989 cuando Gorbachov tuvo que explicar claramente a las opiniones públicas de Berlín Oriental o de Praga que había terminado la época de las intervenciones militares soviéticas para que estos pueblos se sublevaran contra sus gobiernos sojuzgados o desacreditados.

El fin del comunismo nos ahorra así una inmensa pregunta inútil que, en el siglo XX, ensordeció la política interior de las democracias modernas en Europa. Pero, al mismo tiempo, porque fue resuelta por la historia después de habernos preocupado tanto, deja un vacío en el teatro político y un estupor más en las opiniones públicas. Queda por ver si, en la época posrevolucionaria que se inicia, nuestras sociedades serán capaces de reinventar apuestas y formas de ciudadanía que superen a los individuos económicos. ~


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