Las verdades de Mario Vargas Llosa

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“Cuando Álvaro me propuso este proyecto, nos pusimos rápidamente de acuerdo en que allí debía aparecer la verdad; la verdad, aunque la verdad nos perjudicara. Lo fundamental era ser sinceros.”

Es posible decir la verdad sin recurrir al escándalo. En la docuserie en diez capítulos Mario Vargas Llosa, una vida en palabras, una producción del Centro Ricardo B. Salinas Priego, el escritor peruano nos muestra cómo hacerlo. Habla de los principios políticos en los que cree, comparte su crítica sobre lo que considera los efectos nocivos de la democratización de la cultura, aborda los valores que alimentan su quehacer literario y confiesa sus expectativas respecto de su legado. Es una verdad menos llamativa, sin duda, pero más trascendental.

Claro, no estoy seguro de que todas esas verdades, a estas alturas de su vida, lo perjudiquen demasiado. No porque los temas sean irrelevantes, sino por su reiteración. Antes hemos tenido noticias sobre su militancia comunista en la Universidad de San Marcos, o sobre su identificación inicial con la Revolución cubana. Pero en este mundo infestado de individuos que prefieren hundirse con la tragedia de su pueblo antes que reconocer que se han equivocado, podemos decir que sí, la confesión de Vargas Llosa, por reiterada que sea, tiene mérito.

Hay mérito en admitir que el silencio sin rubor ante el vergonzoso caso del poeta Heberto Padilla era imposible, como imposible fue llegar a la urss, mirar la decadencia material que arrastraban esos autómatas aislados del mundo y decir con sinceridad: así es como quiero vivir.

En la docuserie el escritor confiesa que su naufragio intelectual encontró, a partir de 1969 en Londres, no una hoja de ruta –“el liberalismo no tiene respuestas para todo”, reconoce–, sino una brújula que lo orientó en el campo de las ideas. Antes, en París, al leer de forma clandestina los artículos de Raymond Aron, había sentido la mortificación de quien admite estar de acuerdo con el adversario. El compás de Karl Popper e Isaiah Berlin señalaba que para escapar de los extremos del colectivismo, de los impulsos y las deformaciones de la realidad, de las hogueras contra el disidente y el extranjero solo había un Norte posible: la libertad.

Fidel Castro y su respuesta a la carta de los intelectuales en 1971 –“¡Cerrada la entrada indefinidamente, por tiempo indefinido y por tiempo infinito!”-, sus compañeros del Colegio Leoncio Prado que, acomplejados por su color de piel, se infligían agravios cotidianos, y los simpatizantes de Fujimori, que al verlo arribar al Hotel Crillón tras la elección de 1990 le gritaron “¡Fuera, gringo!”, compartían en sus expresiones el tufo de intolerancia propio del fanatismo ideológico y del prejuicio racial.

Por eso su defensa de la sociedad abierta no es casual. Él ha vivido y documentado los estragos de esa llamada de la tribu que con frecuencia seduce y envilece a la humanidad.

En 1972, Paramount decidió rodar una película sobre la Guerra de Canudos y Vargas Llosa fue elegido para escribir el guion. Os Sertões, el libro de Euclides da Cunha, además de descubrirle el panorama sobre aquel enfrentamiento que convulsionó a Brasil a finales del siglo XIX fue el punto de partida para su novela más ambiciosa, La guerra del fin del mundo, que retrata la historia de quienes, devorados por el fanatismo político y religioso, fueron incapaces de comprender sus motivaciones, hasta el punto del exterminio.

Sí, también hay que estar en Lima, viviendo en una casa de madera durante los años de Sendero Luminoso para comprender la angustia que siembra el terrorismo. “Decidí traer mis manuscritos a Princeton la primera vez que participé en política… [porque] pensaba que un cóctel molotov podía acabar con todos”, recuerda el escritor.

En suma, hay que percibir el mundo con los ojos de Mario Vargas Llosa para comprender su entusiasmo por el liberalismo. Esa es la verdad que ofrece en su docuserie: “Se cuenta la evolución de alguien que […] fue descubriendo a lo largo de los años que el comunismo, que el colectivismo, que el estatismo traían más problemas que aquellos problemas que resolvían.”

Crítica de la cultura de nuestro tiempo

Es verdad, la defensa de una sociedad libre y pluralista admite una premisa cultural, ya que el individuo puede desplegar su creatividad en resistencia al cepo que imponen los fines y prejuicios de la sociedad tribal. Y esto es tan cierto como que el libre albedrío no siempre se traduce en la introspección intelectual y la soberanía del yo. Una mayor libertad también alienta el retorno del ser humano a esa masa uniforme que busca afanosa los placeres fáciles y el entretenimiento.

Aquí también, su manifiesto de batalla contra la frivolidad nace de la propia experiencia. La caricaturización que hicieron en programas televisivos de su novela Elogio de la madrastra, las versiones deformadas sobre su oposición a la dictadura de Fujimori y el asedio constante a su vida privada a raíz de su relación con Isabel Preysler retratan a una prensa que, en favor del rating, está dispuesta a recurrir al morbo, la mentira o la exageración. No es casual que su última novela, Tiempos recios, agregue a la intriga política los alcances nocivos de una publicidad deformada y perversa.

Su crítica no es una cargada intransigente contra el entretenimiento, sino un llamado al equilibrio: “no significa que haya una batalla a muerte entre las pantallas y los libros; deberían poder coexistir, pero no creo que sea lo que esté ocurriendo”.

Él, por su parte, no edifica su legado sobre los pies de arena del escándalo. No, aunque esta vez el medio usado fuese el que emplea la civilización del espectáculo. Ni los recodos de su vida amorosa, ni las causas del distanciamiento con García Márquez asoman el rostro en la docuserie. Como en un cuento de Eduardo Sacheri, el Nobel les responde a los impulsos morbosos: “Me van a tener que disculpar.”

El oficio literario y el legado

Vargas Llosa reconoce haber aprendido de Flaubert que la literatura es una vocación celosa y excluyente, comparable al sacerdocio. Y esta ha sido en su vida tanto eso como una forma de catarsis ante las pulsiones autodestructivas. Algunos de los personajes de Vargas Llosa sucumben al tedio de la cotidianidad, aceptan con resignación el punto final de la vejez y, gracias a esa expiación, el escritor resucita y se rebela contra la petrificación del tiempo y la fama.

Los cachorros dicen con abulia en uno de sus relatos: “Y comenzábamos a engordar y a tener canas, barriguitas, cuerpos blandos, a usar anteojos para leer, a sentir malestares después de comer y de beber y aparecían ya en sus pieles algunas pequitas, ciertas arruguitas.” Vargas Llosa responde: “Yo me hice la promesa de no morirme con el Premio Nobel, y he demostrado que se puede seguir vivo después de recibir[lo].”

De los siete empleos simultáneos durante su primera juventud al trabajo de campo documentando sus novelas en Brasil, República Dominicana, Guatemala y la amazonia peruana, de las tardes de escritura en el café Gijón, en Madrid, a las de Londres, enclaustrado en la British Library, su trayectoria ha sido también un esquivar continuo del ocio. Así en la campaña electoral de 1990 en Perú, arropado por el bullicio de la gente, como en el silencio de un departamento del edificio Sheffield, en Nueva York, donde otro ruido, menos tumultuoso, más grato, rompió la calma con una noticia largamente anhelada: le habían otorgado el Premio Nobel. La derrota, los laureles, la vida lo han encontrado siempre trabajando.

“Me gustaría que lo que quedara de mí fueran mis libros.” La cámara lo enfoca de perfil mientras observa curioso los libros dispuestos en fila tras el cristal del librero de madera. Parece que recordara aquel designio de Saúl Zuratas, el contador de historias de los machiguengas en El hablador: “Pero cada vez que paso cerca de esa quebrada, mi corazón vuelve a bailar. ‘Aquí nací la segunda vez’, pensando. ‘Aquí volví sin haberme ido’, diciendo. Así comencé a ser el que soy… Desde entonces estoy hablando. Andando. Y seguiré hasta que me vaya, parece. Porque soy el hablador.” ~


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