En la novela, la felicidad es un material casi imposible de narrar. Es muy difícil capturar y mantener en cautiverio esa especie de milagro aéreo y esquivo: quienes han tratado de contar cómo dura por largos periodos suelen pergeñar textos planos, poco convincentes e incluso frívolos. Para que el lector disfrute la narración de esos momentos todo indica que hay una solución en dos pasos: reconocerlos y concluirlos cuanto antes, para luego rodearlos de una muralla de materiales más bien oscuros. Al menos así puede verse en las novelas de Cormac McCarthy (imposible olvidar la escena en la presa de Todos los hermosos caballos) o Thomas Bernhard (el recuerdo de la amiga y musa cuando estaba viva) y, en los años recientes, en obras de Maggie O’Farrell, Mariana Enriquez, Tatiana Țîbuleac y Magali Velasco.
El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Țîbuleac (Chisináu, 1978), construye una muralla de crueldad que no muchos logran trepar, pero da un gran giro narrativo y ofrece un refugio extraordinario en el cual los personajes viven un momento de felicidad. Cuesta trabajo leer las primeras páginas de esta novela desconcertante y continuar la lectura, porque el protagonista lanza muchas de las frases más despiadadas que se hayan dirigido a un personaje materno en una novela. Por este odio y por su incapacidad para comprender y perdonar a su madre, cuesta identificarse con ese protagonista, un verdadero rencor vivo, como Pedro Páramo. Hasta los autores más crueles, como Lautréamont, Céline, Martin Amis o Michel Houellebecq palidecen ante la prosa desalmada con que Țîbuleac arranca esta novela. Para captar la alegría de Mika, una niña pequeña, escribe: “[Mika] se reía como un arcoíris al que le hicieran cosquillas en los talones.” Y cuando uno esperaría que este breve oasis continuara, sucede uno de los giros novelescos más rudos y eficaces que haya visto la narrativa reciente, el arcoíris muere y los personajes se transforman en seres radicalmente distintos, que se deslizan a un final impredecible: nuevas zonas de crueldad. “Mi odio hacia mi madre, aunque no había desaparecido del todo, se había secado y lo cubría una costra, como la costra que cubre en tres días todas las heridas de las personas”, dice el inolvidable narrador.
Y sin embargo, no es en las páginas crueles sino en las dulces que esta novela dos veces brutal es más lacerante. Al ponernos en contacto con los sufrimientos, la despedida, el perdón y los sentimientos humanos universales, Țîbuleac remueve los sentimientos más profundos y ocultos de los lectores. Como los libros eminentemente literarios descritos por Kafka, El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes funciona como “el hacha que rompe el mar helado que hay dentro de nosotros”.
Sabemos que en sus mejores momentos la literatura puede acompañarnos, entretenernos, mostrarnos que hay otras vías, reírse de la misma literatura, demostrarnos que no estamos solos y que siempre ha habido otras personas que también han sufrido o vivido dramas casi idénticos, sin importar el paso de los siglos. Pero luego de leer este relato de Țîbuleac, cientos de novelas actuales resultan falsas o huecas, y uno se pregunta si volverá a encontrar algo tan honesto.
Y entonces aparece una novela como Cocodrilos, de Magali Velasco (Xalapa, 1975): una de las novelas más valientes que se han escrito en este país. Para hablar del horror real, Velasco crea un Veracruz de ficción, donde la gente ha normalizado el vivir bajo la impunidad.
Con un equilibrio perfecto entre la mente acerada de un periodista amenazado de muerte y la prosa sensible de las madres que buscan a un familiar desaparecido, el relato fascina y conmueve: “si le contara todo lo que he visto… pensé que en Iguala estábamos en el infierno y ahora resulta que el infierno está aquí, en Veracruz. Con decirle que me tocó ayudar a una mamá que sintió dónde estaba enterrada su hija, imagínese, como bruja… Aquí están parte de sus costillas, y ella decía, sus costillitas. Algunas vértebras las fue acunando de nuevo en su seno. Así como se formó el esqueleto en quince semanas hasta la médula, así de la fosa ella iba saliendo en pedacitos llenos de tierra, volviendo a nacer… Siento que a mí la muerte me presta sus ojos y su nariz para poder encontrarlos. Por un momento se apiada de nosotros, porque ve que a ellos nos los arrebataron por maldad”.
A principios de 2010 la gente del golfo de México veía primero con simpatía y luego con inquietud cómo aparecían enormes lagartos en las lagunas y ríos locales, los mismos que pronto migraban a las playas y zonas pobladas, donde solían atacar a mascotas y personas. Con enorme talento, Magali Velasco examina a estos depredadores que acechan ocultos en el corazón de las zonas más bellas y los transforma en una metáfora de la situación actual en Veracruz y, por extensión, en el resto del país. Dado que en estas regiones cuesta cada vez más trabajo pronunciar el nombre de los grupos delictivos locales, la gente ha buscado vías para bautizarlos, pero, dado que términos como “la gente mala”, “los de la última letra” o “la maña” resultan insuficientes, Velasco propone una imagen certera de esa faceta del nuevo mexicano: mandíbulas hechas para atrapar firmemente a sus presas, y una piel tan dura que los hace inmunes al sufrimiento de sus semejantes y les permite instalarse de manera oportunista donde hay abundancia de recursos.
Mediante técnicas distintas a las que usó en su libro de cuentos, Tordos sobre lilas, y su anterior novela, Vientos machos, la nueva novela de Magali Velasco sorprende desde las primeras páginas por el valor y la astucia literaria que emplea para contar el terror que supone vivir bajo la impunidad. Con su gran capacidad para analizar a los seres más sanguinarios de su estado, Velasco consigue representar la desbordante dosis de odio que estos personajes tienen hacia el resto de los mortales, y el relato sorprende dos veces por su habilidad para crear un monstruo en un momento de alucinación de la víctima. En lugar de permitir que la novela tuviera como protagonistas a estos delincuentes, Magali Velasco prefirió presentar la fauna que los acompaña, y las notorias excepciones: funcionarios con más excusas que agallas para ayudar a la ciudadanía, personas que a fin de sobrevivir aceptan mirar a otra parte y trabajar como eslabones menores de la enorme cadena del crimen organizado, pero también periodistas con pocas oportunidades de denunciar un delito y seguir con vida y, por supuesto, las heroicas madres buscadoras. El resultado retrata la banalidad del mal en su versión veracruzana.
No he visto ese tono de peligro inminente en ninguno de los autores de mi generación, y creo que es uno de los logros de la historia. El otro consiste en que la autora se permitió instalar otro oasis perfectamente amurallado en la escena culminante de los protagonistas, a fin de que el lector descanse y lea el desenlace de este relato sin detenerse, el cual incluye uno de los giros novelescos más sorpresivos que puede esperarse en este tipo de situaciones.
Cocodrilos está lejos de ser una predecible novela con compromiso social gracias a la riqueza emocional de sus personajes, lo cual permite apreciar que la justicia, que ha desaparecido incluso como palabra en el golfo de México, solo es pronunciada aquí por las madres buscadoras, los jóvenes defensores de derechos humanos y otros activistas que han sufrido los estragos del capitalismo, o la necromáquina, como la ha llamado Rossana Reguillo: pocas novelas revelan mejor la estructura que favorece la corrupción, el abuso contra los más vulnerables, la pérdida de humanidad. “El mensaje fue claro: los nuevos rituales eran necrofílicos y había guerra, aunque la gente no quisiera nombrarla. Todo el viento del golfo lo sintió en el rostro, y sin embargo no podía respirar.”
Cuando el protagonista no puede más, luego de localizar una siniestra fosa común que alberga centenares de cuerpos, la autora tuvo la sensibilidad de contar justo ahí un momento de reposo que le otorga su pareja. La escena apenas dura una página: es efímera como visita de colibrí, pero le ayuda a enfrentar el horror que se aproxima. El estilo de Magali Velasco nos muestra una manera muy sabia de utilizar la felicidad para el crecimiento de los personajes.
Como pocos narradores de su generación, Magali Velasco parte de un enorme respeto a las víctimas de la violencia a la mexicana y con esa firme convicción consigue narrar el dolor de sus personajes sin caer en zonas predecibles o patéticas. La sensación que transmite esta novela es que una voz muy sabia convence al lector de sumergirse en el mismo río que los peores depredadores y, amparados por ella, observar el imperdonable ecosistema que permite la impunidad de los culpables. La solución a la trama es tan inesperada que sin duda ofrece un nuevo camino para las novelas que busquen contar con dignidad y talento el miedo y el terror en esta zona. Cocodrilos enciende una vela en uno de los momentos más oscuros de este país. Como ocurre en las grandes novelas de aventuras, el libro de Magali Velasco nos ayuda a comprender la magnitud del terrible momento histórico que vivimos, y a no perder de vista la tragedia y el dolor, pero también el valor y la resistencia de quienes reciben directamente los coletazos del crimen organizado. Cocodrilos merece ser considerada entre las mejores historias recientes, pero también entre las narraciones que lograron crear un estilo propio, astuto e infalible. ~