Mayweather-Pacquiao: problemas de guión

Ni pelea del siglo, ni de la década, ni probablemente siquiera del año. Lo de Mayweather-Pacquiao fue algo muy parecido a un fiasco, y lo fue, antes que nada, por deficiencias del guión. 
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Ni pelea del siglo, ni de la década, ni probablemente siquiera del año. Lo de Mayweather-Pacquiao fue algo muy parecido a un fiasco, y lo fue, antes que nada, por deficiencias del guión. Va un obviedad: los grandes matches de boxeo no son nada más grandes intercambios de golpes, de habilidades defensivas, de resistencias más allá de lo imaginable: son guiones escritos para personajes bien definidos. Frente a la edad avanzada, la astucia, la verbosidad incontenible y la vocación entre rebelde y contracultural de Ali, la juventud sobremusculada, la seriedad y la violencia silenciosa de George Foreman; frente al pantaloncillo a media rodilla, sobrio, digno, y el “yo hablo en el ring” del gran Chávez, la hociconería y el taparrabos del Macho Camacho; frente al buen humor y el virtuosismo defensivo de Sugar Ray Leonard, el odio en la mirada de Marvin Hagler, rudo entre rudos.

¿Qué guión exigía la pelea de este sábado? No es difícil explicarlo: ya estaba escrito. De un lado, el malo: Mayweather, nacido en una familia de boxeadores profesionales, bocón en la escuela de Ali, maestro indiscutible del boxeo defensivo, ostentoso con el dinero, golpeador de mujeres, ex convicto, tramposo en el ring (Juan Manuel Márquez me dijo alguna vez que lo peor de un encuentro con él no viene de sus puños, sino de sus codos) y, lo peor de todo –esa, sobre todo, nos la podría ahorrar–, amigo de Justin Bieber. Un nacazo, si se me permite la incorrección política. Del otro lado, el hombre discreto que viene de la miseria, el político honesto, el filántropo, el religioso, y también el boxeador ultraofensivo, amante del intercambio feroz, del toma y daca, pero buen deportista: Pacquiao, el bueno. Pelea de contrastes, pues. Pero uno y otro, el filipino y el gringo, el bueno y el malo, decidieron traicionar el guión. El resultado: gracias, Dios, por hacerme mexicano y ahorrarme el pago por evento. Larga vida al boxeo en TV abierta.

En el ring, Mayweather se comportó a la altura. Se le critica por su estilo elusivo, desquiciante, calculador, de cara sin cicatrices y pocos nocauts, pero récord perfecto. No es justo. El boxeo a la mexicana, ofensivo, de pasos adelante y si se puede nunca atrás, de guardia alta, golpeo a la zona blanda y poder reconcentrado, es maravilloso. Pero la tradición gringa de Sugar, Ali y ahora el Pretty Boy tiene otro encanto: el de la sutileza, la astucia, el detalle, la sangre fría. Con Mayweather, si puedo forzar la analogía, el boxeo tiene algo de beisbol, y bien está que así sea. La traición la cometió fuera del ring, antes. ¿Dónde estuvo el petulante que ensucia la pelea con bravuconadas, que te hace llegar furioso al combate y por lo tanto ya un poco derrotado, el performancero, el que disfruta los abucheos, el rapero del box, el niño malo de la sweet science? Carajo: tenía que haberle calentado la cabeza a Pacquiao, para que se fuera a la guerra. Y no, fue casi impecable. Por eso Tyson dijo que no entendía tantas buenas palabras, tanta dulzura. “Yo cuando peleaba en lo único que pensaba era en matar a mi rival”, dijo un par de días antes del encuentro, y vaya profecía.

Porque frente a los medios Pacquiao fue también de una dulzura y una modosidad a toda prueba, e hizo bien: ese es su personaje fuera del ring, su ciudadano de a pie. La traición la perpetró en el peor escenario posible, o sea en la lona, donde se comportó exactamente igual. ¿Qué fue de esa máquina de tirar combinaciones, de ese ametrallador de mexicanos, de ese Bruce Lee del boxeo? Toda la pelea trató de ir hacia su rival, ciertamente, pero, salvo por dos o tres rounds, parecía como si le hubieran amarrado los puños con hilos invisibles: disparó poco, en general dejó los golpes en los brazos o los guantes de Mayweather, al que, cuando lo tienen en la esquina, efectivamente parecen salirle codos de todas partes, y eso sí, muchos saluditos, muchas sonrisas, muchas palmaditas.

Así que se impone citar a Stallone: “Les hace falta ver más box”. A nosotros, el sábado, también nos hizo falta.

 

 

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