Medio Oriente: paradoja gramática y política

Si bien, a últimas fechas, el mundo entero ha concentrado su atención en el conflicto bélico entre Palestina e Israel, el entramado geopolítico de Medio Oriente es mucho más complejo. La estabilidad volátil de la zona hace que sus pobladores no alcancen a vislumbrar qué futuro les depara.
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En lengua árabe, la conjugación del tiempo futuro permite pequeños juegos de filosofía política y pragmatismo desde los cuales es posible asumir ciertos espacios de la realidad cotidiana, que, sobre todo durante el año pasado, construyeron la vida en Medio Oriente tanto para los países arabeparlantes como para Irán e Israel. Al conjugar en el idioma, los actos en futuro no se tratan como una figura verbal distinta a la original o primaria, se expresan modificando la palabra en presente, que se mantiene, pero con prefijos añadidos. Uno para el futuro cercano: saSawfa, para el lejano, antecediendo a la acción. Si se quiere ver para delante es necesario hacerlo al hoy. Incluso la perspectiva más distante caerá en la realidad inmediata del presente, la que nunca deja de estar y, por la dimensión de su peso, siempre se quedará ahí.

Esa condición lineal, no solo gramatical, debe tenerse en cuenta al revisar lo que pareció, sin serlo, una especie de epílogo al 2025 medioriental: el evento de octubre en ciudad de El Cairo, Egipto, para anunciar el cese al fuego en la franja de Gaza. Dos años habían pasado desde el ataque de Hamás en 2023. A meses de ese momento, cuando ha disminuido la atención mediática del planeta entero sobre Palestina e Israel, es más sencillo observar con prudencia todo lo que apenas se asomó en un júbilo que pedía algo de calma.

A la cumbre para la firma del acuerdo de cese al fuego en Gaza se le impuso el nombre de paz, en letras inmensas y blancas delante de una mesa con líderes y jefes de Estado a los flancos de Donald Trump, quien hizo del encuentro un acto acerca de él. Un escaparate que terminó mostrando cómo los espacios de mejor maniobra, para su segundo mandato en Washington, son más internacionales que locales.

He insistido en que la paz es una palabra tan grande que debería pronunciarse con cuidado y no existe sin el paso del calendario; cuando todos los ceses son, por definición, un respiro temporal al delirio de la brutalidad. Asistieron liderazgos, vinculados en mayor o menor medida con la región y sus dos últimos años. No lo hicieron los principales implicados y tampoco todos los secundarios, aunque la ausencia de Hamás o Irán era natural y la de Israel predecible, no eran presencias obligatorias para darle solidez. En su lugar, fueron faltas que representaron un grado de conformismo internacional con el alcance inmediato del plan estadounidense para la franja y exhibieron las maneras en las que la única voluntad política indispensable es la de la Casa Blanca. Para bien y para mal. En este momento, lo primero.

Antes de la ceremonia en El Cairo, Arabia Saudita, cuyo líder de facto tampoco asistió, había firmado un acuerdo de defensa mutua con Pakistán. Secuela del ataque de Israel sobre la delegación negociadora de Hamás en Catar, que sirvió de detonador para la presión de Trump hacia Tel Aviv, Doha, Ankara y El Cairo desde la cual se logró imponer la pausa. En Washington, la maniobra del gobierno de Netanyahu contra el país donde se encuentra la principal base militar estadounidense de la zona –y que representa una piedra angular en su arquitectura de seguridad regional, varios grados abajo, pero significativamente importante como lo es tácticamente su relación con Israel– perturbó el margen de operación de la Casa Blanca con sus alianzas árabes. Lo hizo, también, en las alianzas personales y comerciales de su inquilino. Para el reino saudí, como para el resto de sus vecinos, las garantías de seguridad estadounidenses, tomadas como una condición inalterable, coqueteaban con la caducidad tras el ataque en Doha y la alianza con una nación con capacidades nucleares –Pakistán es uno de los nueve países en posesión de bombas atómicas– enviaba el mensaje claro de una reorganización a los parámetros acostumbrados. Pero El Cairo no solo respondía y contenía aquello, de ahí la sensación de conclusión a un episodio con demasiados capítulos inimaginables antes del 7 de octubre de 2023.

Gaza, no como la franja sino como un gigantesco contenedor de aristas y tangentes, tiene implícita la serie de reacomodos políticos internos, geopolíticos, de seguridad y sociales más grandes para la región que ha visto mi generación, la cual guarda en su memoria política los efectos de la primera Intifada de 1987, los procesos de paz de la conferencia de Madrid en 1991 y los Acuerdos de Oslo en 1993. Es decir, el instante proverbialmente más cercano a la paz entre Palestina e Israel, cuando el reconocimiento mutuo y las opciones políticas dieron la impresión de imponerse sobre la violencia y sus malas ejecuciones derivaron en una todavía más irracional. El nacimiento y fortalecimiento de Hamás, la radicalización de sectores israelíes antes vistos como marginales y ya convertidos en torales, la exclusión sistémica de habitantes de Cisjordania, el dominio de la vida en la franja a manos del fundamentalismo y, en paralelo, la política de expansión territorial iraní en Siria, Irak y Líbano, principalmente. Este Gaza que inició en 2023 y aparentemente cerró una etapa en 2025, transformó la realidad de la zona incluso más que la suma de todos los elementos anteriores. Porque no solo fue la franja y sus casi setenta mil muertos, la devastación absoluta, los rehenes secuestrados a lo largo de todo ese tiempo y la serie de crisis humanitarias, acompañadas de una enorme crisis de derecho internacional, del paradigma con el que el mundo se quería conducir desde la segunda parte del siglo XX a través del derecho y la multilateralidad.

Gaza 2023-2025 incluye a Irán y su transformación estructural después de su disminución, al menos momentánea, de relevancia e influencia como actor político regional pero también su todavía no muy clara pérdida de capacidad militar, a raíz del descabezamiento del Hezbolá libanés; de la poca influencia sobre Hamás por los saldos de la operación israelí en la franja; del ataque de Estados Unidos en su territorio con el objetivo de destruir sus instalaciones nucleares y, sobre todo, de la desaparición de su puente regional con la caída de la dictadura de Assad en Siria. Quizá este es el componente más relevante que no puede disociarse de la barbarie en Gaza y que, paradójicamente, resulta positivo –dentro del territorio y en las diásporas causadas por catorce años de guerra– para millones de sirios durante sus primeros meses sin el control de la dinastía que dominó el país, primero con Hafez y después con Bashar y Maher al Assad. También, a la postre, contiene al Líbano y su tímida, aún no muy clara ni determinante deshezbolización y nuevo acomodo de gobierno; o a las elecciones iraquíes de noviembre con las que se adquiere una postura tal vez más tecnocrática que sujeta a códigos religiosos y la reconfiguración total de la zona bajo el cobertizo de la transaccionalidad entre la Casa Blanca de Donald Trump y las alas recurrentes tanto de Catar, como de Erdoğan en Turquía y Mohamed bin Salmán en Arabia Saudita.

Gaza, el peor año de la historia para la población palestina y su acuerdo de cese al fuego que le puso pausa, actúa como el futuro sa. El cercano. Con su cúmulo de tangentes y líneas paralelas, dejó ver sus gigantescos riesgos en las fallas sistemáticas de la política regional, palestina e israelí: el lejano futuro sawfa. No solo más formal, también exigente de mayores compromisos.

¿Cómo se puede imaginar el 2026 para un Medio Oriente que a lo largo del año anterior fue estableciendo nuevas reglas de operación sin desprenderse de no pocas viejas? El Cairo, Egipto, dio algunas claves a mediados de octubre.

Por la misma estructura del cese al fuego, no estoy seguro de que hayamos dimensionado qué sucedió en Medio Oriente el año pasado.

La mayor atención recae sobre Gaza, por su situación humanitaria, por los entredichos ideológicos de todo lo relacionado con Palestina e Israel, por las evocaciones que en su nombre pueden hacerse en territorios sin la menor relación. Cisjordania, en cambio, más discreta, ha sido lienzo para la continuidad de acciones solo admisibles para la extrema derecha israelí y su política de expansión y desplazamiento en beneficio de los colonos impulsados por la vertiente más radical del gabinete de Netanyahu. Solo que no todo Medio Oriente es Palestina e Israel, aunque las convergencias apunten en demasiadas ocasiones ahí. El enramado medioriental, simbolizado para buena parte del mundo en el acuerdo de cese al fuego, tiene rasgos de esperanza y también de fragilidad.

El Hezbolá libanés, percibido antes de octubre de 2023 como la punta de las amenazas a Israel, terminó sin liderazgos relevantes desde finales de 2024. Diezmada la organización, la política libanesa en los últimos meses de 2025 dio pasos para el eventual desplazamiento de los islamistas e intentó, con algo de cooperación internacional, avanzar en su desarme. El desmembramiento de Hezbolá fue uno de los grandes insumos para la caída de Bashar al Assad en Siria y, en consecuencia, el debilitamiento del régimen de Teherán. Para diciembre pasado, las divisiones sectarias dentro de la endogamia política de Beirut, incluyendo las secciones militares y distintas fuerzas de orden público, no permitían asegurar el desarme ni la retirada política de una Hezbolá sobre la que, como en el caso iraní, no es posible asegurar sus capacidades militares. Misiles, cohetes. Si se quiere tomar a Gaza como el primer cajón de inestabilidad, al que volveré, este es el segundo frente.

Poco, muy poco después de la huida de Bashar al Assad a Moscú, Israel desplegó sus tropas en el Golán a territorio más al interior de Siria. Las nuevas autoridades de Damasco han sido enfáticas en mantener sus prioridades domésticas en el primer nivel y durante meses restaron atención a las operaciones israelíes. En julio de 2025, la fuerza aérea israelí bombardeó distintos edificios de gobierno en Damasco, incluyendo instalaciones del Ministerio de Defensa. Tel Aviv argumentó la protección de la minoría drusa en el sur del país, minoría cuyos principales liderazgos se encuentran en pláticas constantes con el gobierno interino sirio. Tercer frente, contenido, sobre todo, por el interés mutuo entre Washington y Damasco y sus nuevas relaciones. En noviembre, Ahmed al-Charaa, presidente interino sirio, visitó la Casa Blanca. Es el primer presidente sirio en hacerlo. Enero arrancó con el anuncio del establecimiento de un mecanismo conjunto entre Israel y Siria para frenar actividades militares de ambos lados, bajo supervisión de Estados Unidos. Como en el caso de Gaza, todo depende de la continuidad en la presión de Washington. Es decir, de los humores de Trump.

Si bien la posición de Irán es quizá la más endeble desde los primeros años posteriores a la Revolución islámica de 1979, debido a la inestabilidad interna y la situación económica, transformada en una constante de altibajos manejables, o porque de sus brazos regionales solo dan la impresión de permanecer los hutíes de Yemen –quinto frente– y ellos mismos verán por su supervivencia antes que empeñarla en nombre de Teherán, a la fecha no se tiene confirmación del estado real del armamento iraní, ya efectivo o con posibilidades de reabastecimiento. El escenario, las interacciones y retórica permiten suponer una condición precaria, pero subestimar al régimen teocrático de los ayatolas, como se está haciendo, arriesga un error grave. Si algo han demostrado es que su dependencia a instalaciones no es tanta como lo es a sus procesos humanos. Es decir, pueden soportar más ataques a sus bases siempre y cuando mantengan su capacidad científica, laboral y aparatos políticos funcionando, así sea por medio de la coerción. Cuarto frente de inestabilidad al que se le deben sumar dos eventos paralelos, el derrocamiento de Maduro en Venezuela y las protestas derivadas de la crisis económica en Irán. Si bien las oposiciones al régimen de Teherán están demasiado divididas y aún no fracturan las estructuras de gobierno, la edad y salud de Jamenei, más un eventual incremento de presión interior y quizá exterior deben tomarse en cuenta.

El acuerdo de octubre permite ser visto como un ejemplo de entendimiento, nada regateable, del futuro cercano. Que hayan dejado de caer bombas todos los días y a mansalva no es poca cosa y jamás debe ser minimizado el retorno de rehenes, por fin, con sus familias. La distancia de ambiciones temporales es el espacio intermedio entre los prefijos del árabe. Los ataques sobre la franja son una condición cotidiana más que esporádica y nada evita lo contrario ni nadie lo espera, salvo las víctimas. No son cosas que desaparezcan por decreto, ni siquiera del presidente de Estados Unidos, sin modificaciones que toman tiempo. Aquí no hay cinismo, sino rechazo a la ingenuidad y el reconocimiento de la tragedia en la política real. Hamás, sus remanentes, de manera lógica para sus intereses, harán lo que crean necesario para reestructurarse y no entregar sus armas como está estipulado en el plan de Donald Trump y avalado por el grueso de la comunidad internacional. Netanyahu y sus ministros, en especial él, tienen incentivos para mantener abiertos diversos frentes. Este, el principal. Con una situación legal previa a 2023, con elecciones este año, con la necesidad de retrasar una investigación independiente sobre las fallas y responsabilidades internas que permitieron el ataque del 7 de octubre, todo lo que pueda representar un refuerzo al discurso contenido por la intervención de la Casa Blanca tendrá utilidad política.

A manera personal, los puntos suspensivos, con cierta esperanza dentro de sí –misma posición que tengo hacia las relaciones de Damasco y Washington–, los sitúo en el establecimiento de una Fuerza Internacional de Estabilización para la franja. Este elemento, parte del plan estadounidense y aprobado por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a mediados de noviembre, ha sido visto por diferentes voces como un ejercicio colonialista. No es tan sencillo. No es que me gusten las operaciones de terceros en territorios ajenos, tampoco lo hace el lenguaje que emplea términos como el de colonialismo, pero no veo otra solución que deje transitar de un futuro cercano a uno distante. Ni la política palestina cuenta hoy con liderazgos capaces de conducir tareas de reconstrucción, flujo de ayuda ni desarme de Hamás, ni la política israelí está interesada en limitar sus incursiones. A menos de que fuerzas de sus aliados estén en medio. El riesgo está en lo temporal de esa fuerza. Faltan luces adelante. Solo una, que tampoco es muy digerible desde mi convencimiento por principios democráticos y liberales. La política meramente transaccional que sustituye a la política con mayúscula. La de la negociación a miras largas.

Después de su encuentro con Al-Charaa, Donald Trump recibió en Washington a Mohamed bin Salmán. Acordaron la venta de aviones militares que solo estaban destinados para Israel. La entrega se hará algún día. Entonces, su importancia es retórica. Bin Salmán condicionó su incorporación a los Acuerdos de Abraham, que tienen el objetivo de normalizar las relaciones de países árabes con Israel, al eventual camino para el reconocimiento de un Estado palestino. Otra figura retórica. Y la estabilidad en Medio Oriente, sostenida por el lenguaje que solo tiene de respaldo la conveniencia transaccional, un futuro sa, que, si se acaba, tira el futuro sawfa.

La maldición de la historia empieza al hablar. ~


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