Nunca se va

Azcona tuvo una vida discreta y casi secreta durante mucho tiempo. Apenas había fotos suyas, no concedía entrevistas y huía de los actos sociales. Pero no era un escritor hosco, sino un hombre afable, aficionado a las anécdotas y la conversación.
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Rafael Azcona nunca se va. Cuando reparo en que han pasado dieciocho años de su muerte, no me lo creo. Sigue tan en el aire que el dato se me antoja absurdo. No hay día que no lo recuerde, evoque, cite, celebre. Es uno de los genios de la vida española y uno de los grandes lujos de la mía.

Guardo en mi memoria, como un tesoro, cada uno de los muchos ratos que disfruté de él durante sus últimos quince años. Ni uno solo de esos momentos fue olvidable. El primero, en el aeropuerto de Barajas, en febrero de 1993, cuando hacía siglos que Rafael me había vuelto la cabeza del revés. Su huella en mi manera de ver y sentir el cine, el mundo, España y la gente era tremenda. Yo, en la sala de espera, aguardaba con el equipo de Belle époque a embarcar hacia Berlín, donde se presentaba la película. A Fernando Trueba no le dio tiempo a las presentaciones. Nada más entrar en la sala, Rafael nos saludó con la mano tendida: “Hola, soy Rafael Azcona.” Qué impresión y qué gesto tan suyo y cargado de significado. Rafael acostumbraba a tomar la iniciativa de presentarse porque tenía la sensación de que nadie lo reconocía: a esas alturas de 1993, su imagen pública era casi nula. Apenas había fotos suyas, no concedía entrevistas y huía de los actos sociales con un afán que empujaba a pensar que se trataba de un ser muy huraño. Pero qué va. El Rafael Azcona que yo traté era deslumbrante, alegre, cariñoso y encantador. Mi madre, Felicitas, sostenía que de una persona cariñosa, que lo fuera de verdad, sin imposturas, siempre te podías fiar. Y Rafael era un cariñoso fetén, inspiraba una confianza absoluta.

En el avión a Berlín nos tocó sentarnos juntos, con Penélope Cruz en medio de nosotros. Rafael, que no asistía a festivales, nos explicó la razón de que nos acompañara al de Berlín: iba a escribir un guion ambientado en la aventura de los españoles que, mientras en España sucedía la Guerra Civil, rodaron películas en el Berlín de la Alemania de Hitler. Era la historia que, cinco años más tarde, alimentó La niña de tus ojos. Qué cosas: ahí estaba Penélope, en el avión a Berlín, encandilada con un relato que –ese día estaba muy lejos de intuirlo– le iba a revolucionar la vida: La niña de tus ojos sería decisiva en su despegue internacional.

En ese vuelo charlamos de David Trueba –que, en esos días de guionista emergente, decía: “Soy mejor que ayer, pero peor que Rafael Azcona”– y de Luis Buñuel. Cuando insinué que Julio Alejandro, el guionista de NazarínViridianaSimón del desierto o Tristana, era amigo mío, Rafael me hizo de inmediato un ruego insospechado: quería que le presentara a Julio, por el que sentía devoción. Que una leyenda como él, a sus 66 años, reaccionara con la ilusión del adolescente que desea conocer a su ídolo me dejó muy tocado y me mostró la extrema calidad de este impactante ser. El encuentro entre Rafael y Julio en casa de este muy pocos días después fue más que memorable. Hubo un testigo: Álex de la Iglesia, que, al enterarse, me soltó que aquello él no se lo perdía ni loco. Salimos los tres de casa de Julio como flotando y nos fuimos a cenar. Y a seguir flotando.

Rafael adoraba las anécdotas, como un género en sí mismo. Algunas otras con él de estrella son imposibles de olvidar. La mañana de 1995 que volvimos de Veruela, del entierro de las cenizas de Julio Alejandro, comimos en Zaragoza con un montón de amigos. Al salir del restaurante, hacia las seis de la tarde, a Mariano Gistaín y a mí, en la acera, nos dio por bajarnos los pantalones y bailar la jota. Ante nuestro gozo absoluto, Rafael vino hacia nosotros, se bajó los pantalones y nos acompañó en el baile y la euforia. A ver quién compite con eso.

Rafael mantenía que padecía hambre psicológica, secuela del hambre real que sufrió en la posguerra. Era muy sensible a la comida. Un día de junio de 2007 me escribió, muy zumbón, un correo electrónico con estas siete palabras: “Eres un hijo de la gran puta.” Vi venir la broma, pero no qué clase de broma. Le respondí y él me escribió esto: “Tantos años de amistad y que nunca me hayas hablado de la trenza de Almudévar… Menudo chasco.” Unos días después, a principios de julio, compré un par de trenzas de Almudévar con la intención de ir a verle en Madrid y regalárselas. David Trueba estaba conmigo en mi casa de Zaragoza y, una mañana de sábado, nos dirigimos a la estación de Delicias a coger el ave hacia Madrid. Llevaba las trenzas en la maleta. Mientras bajábamos las escaleras mecánicas, en el andén, divisamos, perplejos, a Rafael con Susi, su mujer. Al vernos, Rafael exclamó, sonriente, tranquilo, como si tampoco le sorprendiera demasiado la sorpresa: “¡Hombre, justo ahora le estaba diciendo a Susi mira que si nos encontramos por aquí a Luis Alegre!” Estaban ahí porque acababan de llegar de Logroño –al que iba ya muy raramente– y viajaban en el mismo ave que nosotros. Pero la casualidad aún no había dicho su última palabra. Quedamos en encontrarnos en la cafetería después de dejar las cosas. Pero, al subir al tren y acercarnos a nuestros asientos, descubrimos que los cuatro eran contiguos.

No volví a ver a Rafael. Ese mes de julio le detectaron el cáncer y optó por refugiarse en casa y no incomodar a nadie. Pero en enero de 2008, casi sin fuelle para hablar, me escribió este sms: “Querido Luis: el día 5 de febrero al mediodía se entregan las Medallas del Trabajo. Yo no podré recoger la mía. Lo que sigue no es una petición, sino una pregunta: ¿Tú crees que Maribel Verdú, en el caso de que pudiera, y con la justificación de protagonizar la última película que he escrito, aceptaría la propuesta de recogerla ella? Un abrazo. Rafael.” Rafael sentía debilidad por Maribel. Yo le respondí que para Maribel iba a ser un honor y una alegría. Entonces, me mandó otro sms: “Sin acabar de reponerme de la conmoción –que Maribel haya reaccionado tan generosa e incondicionalmente me ha acongojado– ahí va mi gratitud, primero hacia ti y luego hacia nuestra adorable amiga. Gracias, gracias a los dos. Os abraza vuestro, Rafael.” Tampoco he borrado el mensaje de Maribel cuando le reenvié los de Rafael: “No tengo palabras. Es el más grande y el más generoso. Y nunca me he sentido tan orgullosa de hacer algo por alguien.” Y el siguiente de Rafael: “Ayer, con la excitación, se me pasó pedirte el teléfono y dirección de Maribel, que supongo que pedirán los del protocolo. A Maribel le dirán que la costumbre es hablar un minuto: creo que sobran los eufemismos y los ditirambos, si dice que estoy en tratamiento de un tumor pulmonar y que me manda un beso, yo encantado.”

En ese enero de 2008 Álex de la Iglesia volvió a Zaragoza, a una charla sobre Los crímenes de Oxford. Hacía quince años de nuestra visita a Julio Alejandro. Cuando estábamos a punto de entrar en directo con Miguel Mena en Radio Zaragoza, me llamó Rafael. Quería afinar algún detalle relacionado con Maribel. Álex, al saber que era Rafael, me cogió el móvil: “Te quiero mucho, Rafael.” Y Rafael, con un hilillo de voz, le respondió: “Yo también, Álex.”

En marzo de 2008 le escribí a Rafael muchos mensajes. Aunque acorralado por la enfermedad, respondía enseguida, sin perder nunca el buen humor. El domingo 23, desde el Festival de Cine Español de Nantes, le escribí un sms que no contestó. Barrunté lo peor. El martes 25 de marzo, a primera hora de la tarde, Elsa Fernández-Santos me llamó y me lo confirmó: Rafael llevaba dos días muerto. En un alarde de delicadeza, Rafael había pedido que no se anunciara su fallecimiento hasta que todo el jaleo ritual hubiera pasado, para no dar la lata a nadie, ni siquiera después de muerto.

Comprendí que no llegó a leer mi último mensaje desde Nantes. De haberlo leído, aun en las últimas, estoy convencido de que me habría respondido. Él nunca fallaba a un amigo. ~


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