¿Podemos romper con la disyuntiva entre desarrollo humano o medioambiente?

Se suele pensar que las conquistas del bienestar humano se han alcanzado en detrimento de los recursos naturales, por lo que no se pueden lograr ambos propósitos a la vez. Sin embargo, una visión más completa nos permite descubrir las oportunidades para construir una relación con la naturaleza que sea de beneficio mutuo.
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Por primera vez en la historia, podemos mejorar el bienestar humano y reducir nuestro impacto ambiental a la vez. Es común pensar que la sostenibilidad –o mejor dicho, nuestra falta de sostenibilidad– es un problema nuevo. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad nuestros antepasados vivieron de manera sostenible, y fue recientemente que se perdió el balance.

Desde mi experiencia en materia medioambiental, yo habría dicho lo mismo. Podemos revisar cualquier serie de gráficas sobre la presión que hemos ejercido sobre el medioambiente, y entenderemos por qué la gente lo cataloga como un nuevo problema. Si seguimos las curvas globales de emisiones de dióxido de carbono, uso de la tierra, contaminación del aire, temperaturas globales o uso de fertilizantes, veremos que todas se elevan drásticamente en el último siglo. Esto da la impresión de que antes las cosas estaban bien, y que no es el caso en la actualidad. Son estas curvas las que a menudo provocan que las personas, especialmente las jóvenes, sean fatalistas respecto al futuro. Definitivamente yo era una de ellas. Según esta definición de presión medioambiental, es cierto que el mundo se ha vuelto mucho menos sostenible en la historia moderna. Pero eso solo describe una parte de la realidad.

Para mí, la sostenibilidad es más que eso. Sí, me importa mucho el medioambiente. Por un lado, para proteger las oportunidades de las generaciones que vienen después de nosotros, pero también para preservar un mundo habitable para otras especies y ecosistemas. También me importan los miles de millones de personas que hoy habitan el mundo. Quiero que sean capaces de vivir una buena vida; sanas, bien alimentadas, libres de pobreza, contentas y con oportunidades para prosperar de la manera que deseen.

Eso quiere decir que nuestra “ecuación de sostenibilidad” consta de dos partes: Una buena vida para todo el mundo en la actualidad y oportunidades para las futuras generaciones (y otras especies). Según esta definición más amplia, los seres humanos nunca han sido verdaderamente sostenibles. Sí, muchas generaciones de nuestros antepasados tuvieron un impacto ambiental menor que el de hoy en día. Pero según diversas métricas básicas del bienestar humano, la vida no era buena.

La más grave es la de mortalidad infantil. Durante la mayor parte de la historia humana, la probabilidad de que un recién nacido sobreviviera la pubertad era como tirar una moneda al aire. La mitad de los niños morían. Si una familia tenía seis hijos, habría tenido que enterrar a tres de ellos. Esto pasó en diversos periodos y lugares: desde el Egipto del Imperio romano y la antigua Roma, hasta el Imperio chino y Japón en la Edad Media. Existe menos información sobre las sociedades históricas de cazadores-recolectores, por lo que la mayoría de estas estimaciones provienen de las sociedades actuales. Tanto en las sociedades modernas como antiguas de cazadores-recolectores, la tasa también fue cercana al 50%. En los últimos siglos, sin embargo, la humanidad ha logrado lo aparentemente imposible: reducir estas cifras drásticamente con tasas que han llegado hasta el 4%.

Como explicaré más adelante, el mundo de hoy sigue siendo trágicamente desigual. Pero no es verdad que este progreso solo ocurra en algunos países ricos. La disminución de la mortalidad infantil ha ocurrido en todas partes. Un bebé nacido en Nigeria tiene veinte veces más probabilidades de morir en la infancia que uno nacido en Gran Bretaña. Aquel es uno de los países con las tasas más altas de mortalidad infantil. Sin embargo, las tasas han disminuido, pasando en décadas de más de un tercio al 10%. En Gambia las tasas han disminuido drásticamente del 40% al 5%. En la India poscolonial, del 30 al 3%.

El mismo patrón de la mortalidad infantil puede aplicarse a la mayoría de las métricas de desarrollo humano. Las probabilidades de que una mujer muera en el parto cayeron en picada. Desde 1980, las tasas mundiales de mortalidad materna se redujeron a más de la mitad. Algunos de los descensos más drásticos ocurrieron en los países más pobres del mundo; las tasas en Sierra Leona, por ejemplo, disminuyeron más del 75% desde el 2000. Las tasas de pobreza extrema, definidas por una línea de pobreza extremadamente baja de solo 3 dólares al día, bajaron del 75 al 10%. Esto también aplica para aquellos que viven bajo líneas de pobreza más altas. En todo el mundo, la mayoría de los niños se vacunan contra enfermedades terribles. La mayoría tiene la oportunidad de ir a la escuela y recibir educación. La gente vive más años que nunca. La satisfacción con la vida y la felicidad han aumentado (y tienden a ser más altas en los países más ricos). Y la lista continúa.

Incluso las muertes por desastres disminuyeron en el último siglo a pesar del cambio climático, gracias a las mejoras en los pronósticos meteorológicos, a los sistemas de alerta temprana, la infraestructura a prueba de terremotos e inundaciones, la respuesta a emergencias y otros avances que han vuelto más resilientes a las sociedades.

Con este artículo me gustaría transmitir que los humanos son capaces de resolver problemas. Problemas enormes que a las generaciones anteriores les parecía imposible resolver. Somos una especie defectuosa que comete errores. Pero aún hay esperanza.

Ahora, volviendo a mi ecuación de sostenibilidad: los humanos consiguieron muchos avances en una parte (mejorar los niveles de vida actuales) pero a costa de la otra (preservar el medioambiente para las futuras generaciones y otras especies). Gran parte de este progreso humano giraba en torno a la energía. Esa energía provenía principalmente de combustibles fósiles. Naturalmente, esto sucede a costa de más emisiones de gases de efecto invernadero y contaminación atmosférica.

El mundo logró grandes avances en la producción mundial de alimentos, que superó el rápido crecimiento demográfico, a pesar de que mucha gente temía que estuviéramos al borde de una hambruna generalizada. Sin embargo, esto tuvo un impacto enorme en la biodiversidad y los ecosistemas. Actualmente, la mitad del territorio habitable del mundo está destinado a la agricultura. Es el principal impulsor de la deforestación (y siempre lo ha sido), la pérdida de biodiversidad, el uso de agua dulce y la contaminación del agua.

Si seguimos las muchas curvas de impacto ambiental, nos daremos cuenta de que siguen muy de cerca las curvas del desarrollo humano. La disyuntiva histórica es evidente.

Aunque en términos generales las sociedades del pasado más lejano tuvieron un impacto ambiental mucho menor su impacto no fue igual a cero.

La contaminación atmosférica es un problema anterior a la Revolución Industrial. Contaminamos cada vez que quemamos algo; sin combustibles fósiles, la gente quema madera y biomasa. Miles de millones de personas que viven con ingresos más bajos todavía dependen de la biomasa (lo que resulta en millones de muertes cada año). Esto tuvo un efecto increíblemente negativo en la salud de las personas. Investigadores han encontrado tejido dañado en los pulmones de momias egipcias y cazadores-recolectores, evidencia de que respiraban aire contaminado. La contaminación no es solo un problema postindustrial.

La pérdida de biodiversidad tampoco es un problema moderno. Ciertamente, las tasas han incrementado en los últimos siglos, pero el impacto humano en las poblaciones animales y las extinciones no es nada nuevo. Hace alrededor de cincuenta mil a diez mil años, muchas de las especies de mamíferos más grandes del mundo se extinguieron. Esto se conoce como la “extinción de la megafauna del Cuaternario”. Si bien las causas precisas todavía se debaten, es probable que los humanos tuvieran un papel clave en estas extinciones. Si observamos el momento en que los humanos llegaron a diferentes continentes, encontraremos una ola de extinciones de mamíferos que le siguen. Eso a pesar de que solo había alrededor de cinco a diez millones de personas en el mundo en ese momento.

Sin embargo, me parece justo decir que, en general, nuestros antepasados tuvieron un impacto ambiental menor que el que hemos tenido en la historia reciente. Al menos en la suma. Sin embargo, esto no cumple con la definición de sostenibilidad que he retomado. Puede que el impacto ambiental fuera bajo, pero la cantidad de muertes infantiles, así como maternas, era muy elevada; la esperanza de vida era baja y la reserva de alimentos a menudo tenía sus dificultades.

Si la sostenibilidad se midiera con una balanza, podríamos decir que durante mucho tiempo se inclinó hacia un lado, pero que en los últimos siglos se ha inclinado drásticamente hacia el otro. La pregunta es si podemos romper este ciclo. Yo creo que sí; por eso digo que tenemos la oportunidad de convertirnos en una de las primeras generaciones “sostenibles”. Podemos mejorar el nivel de vida humano y reducir nuestro impacto ambiental a la vez.

Ya hay indicios de que está pasando. Esto debido en gran medida a que hemos desarrollado tecnologías alternativas con mucho menor impacto. Los servicios energéticos han sido, y siguen siendo, un motor clave del desarrollo humano. Pero históricamente, casi siempre, provienen de la quema de cosas, ya sea biomasa o combustibles fósiles. Hasta hace muy poco no había realmente alternativas asequibles o expandibles. Primero, con la energía nuclear e hidroeléctrica, y en tan solo los últimos cinco a diez años, con energía solar y eólica baratas.

De nuevo, si estas alternativas fueran mucho más costosas que los combustibles fósiles, entonces esa disyuntiva seguiría existiendo: los países tendrían que elegir entre los objetivos a corto plazo de sacar a las personas de la pobreza energética y mantener altos niveles de vida, y los objetivos a medio y largo plazo de abordar el cambio climático y la contaminación atmosférica. La rápida caída del costo de las energías renovables en la última década (junto con enormes mejoras en las tecnologías de baterías) ha comenzado a romper este punto álgido. La energía asequible ahora también puede ser limpia.

Las tecnologías solares y eólicas se están desplegando rápidamente. Y, cada vez más, en algunos de los países más pobres del mundo, donde las tasas de pobreza energética siguen siendo extremadamente altas. Como resultado, muchos países han logrado fortalecer sus economías, al tiempo que reducen sus emisiones. ¿Recuerdan el gran agujero que hicimos en la capa de ozono? Básicamente lo arreglamos. ¿Y la lluvia ácida en Europa y América del Norte? Ya casi no escuchamos sobre el tema.

La contaminación atmosférica local sigue siendo un gran problema a nivel mundial, pues causa la muerte prematura de millones de personas cada año. Pero el mundo ya pasó el “pico de contaminación del aire”, y en muchos países la gente está respirando el aire más limpio en mucho tiempo. Como ejemplo de lo rápido que esto puede pasar está China: sus niveles de contaminación del aire disminuyeron dos tercios en una década. Se estima que esto añadió varios años de esperanza de vida a quienes habitan ciudades como Pekín.

La innovación agrícola y las mejoras en el rendimiento de los cultivos permiten cultivar más alimentos en menos cantidad de tierra. Muchos de estos beneficios fueron impulsados por el uso (y, a menudo, el uso excesivo) de fertilizantes y pesticidas, que crean sus propios problemas ambientales. Pero, una vez más, los datos nos muestran que esta disyuntiva puede atenuarse. El uso mundial de fertilizantes se ha estabilizado en los últimos años, y muchos países han logrado aumentar el rendimiento al tiempo que utilizan menos insumos agroquímicos. Esto ha sido más notorio en la Unión Europea, particularmente a través de sus estrategias “De la granja a la mesa” y contra la contaminación. Las políticas de China también han superado el pico del uso de fertilizantes y pesticidas. Nuestra capacidad para utilizar los insumos de manera más efectiva solo aumentará con tecnologías de precisión que determinen dónde se necesitan los nutrientes y dónde se desperdiciarán.

Otro gran motor de la degradación ambiental ha sido el creciente apetito mundial por los productos animales. Estos tienden a utilizar más tierra, generar más gases de efecto invernadero, utilizar más agua y generar más contaminación del agua que los alimentos de origen vegetal. La diversificación de las dietas, que implica un mayor consumo de carne y lácteos, a menudo se asocia con una mejor nutrición. Las personas pasan de una dieta monótona de cultivos básicos a una más variada, más alta en proteínas y con una variedad más amplia de micronutrientes. Para la gente eso es algo bueno. Para el medioambiente generalmente no lo es. Para los animales de granja definitivamente tampoco.

De nuevo, ahora nos encontramos en una posición mucho mejor para proporcionar a las personas una dieta completa y nutritiva que no dependa de altos niveles de consumo de carne y lácteos. Hay mucha gente que ahora tiene acceso (físico y económico) a una amplia variedad de alimentos de origen vegetal. La combinación correcta de cereales, leguminosas y frutas y verduras puede ser nutricionalmente completa (siempre y cuando se consuman suplementos de vitamina B12 o alimentos que los incluyan), pero requiere cierto conocimiento sobre un buen equilibrio de alimentos. Es más fácil para alguien obtener todos sus nutrientes sin prestar mucha atención a su dieta si esta incluye carne y lácteos. Pero definitivamente no es imposible hacerlo sin ellos. Solo requiere más esfuerzo.

También estamos mejorando mucho en la creación de productos parecidos a la carne, pero sin origen animal. Esta es la forma más viable para que las personas coman menos carne, ya que ofrece un sustituto directo. Se trata de cambiar a una hamburguesa a base de plantas en lugar de una de res; carne molida a base de plantas en una boloñesa; trozos de “pollo” sin carne en lugar de tiras de pollo en un tazón de fajitas. Habrá quien encuentre esta propuesta desalentadora, pero, para mí, es el camino más realista hacia un mundo que consume menos animales.

Hay otros ejemplos de casos en los que puede romperse la disyuntiva entre la prosperidad humana y el impacto ambiental. En algunos casos ha pasado. Existe la oportunidad de alejarse de un mundo de suma cero. Aquí siempre hago hincapié en que es una oportunidad, no algo inevitable. No hay ninguna ley que diga que así pasará. Esto solo sucederá si nosotros (lo digo en colectivo) tomamos las decisiones correctas: invertir en las soluciones adecuadas, dirigir políticas y estructurar incentivos en la dirección que queremos ir, y asignar recursos donde más se necesitan.

Si no lo hacemos, corremos el riesgo de retroceder; el nivel de vida se estancaría en gran parte del mundo y las presiones medioambientales empezarían a afectarnos. Pero al hacerlo podemos imaginar un mundo en 2050 que sea mejor de lo que es hoy. Por los nueve mil millones de personas vivas, y las generaciones que vienen después de nosotros.

Una última cosa. Estos acontecimientos positivos –ya sea en el desarrollo humano o el progreso ambiental– no significan que el mundo de hoy esté bien, o que debamos contentarnos con la realidad. El 10% del mundo sigue viviendo en pobreza extrema. Cada año mueren trescientas mil mujeres en el parto. La gente todavía muere de enfermedades que podemos prevenir. Cientos de millones pasan hambre.

Uno de nuestros marcos clave en Our World in Data –el proyecto en que colaboro y donde nos centramos en los datos globales sobre estos enormes problemas–, fundado por Max Roser, es que tres afirmaciones son casi siempre ciertas al mismo tiempo:

1. El mundo es horrible.

2. El mundo es mucho mejor.

3. El mundo puede ser mucho mejor.

Tomemos la métrica que comentamos anteriormente sobre la mortalidad infantil. Cinco millones de niños aún mueren cada año, en su mayoría por causas prevenibles. Esto es horrible, y me gustaría que dedicáramos más recursos a prevenirlo. Pero también nos va mejor que a nuestros antepasados: las tasas han pasado del 50 al 4%. En los últimos decenios, el número de niños que mueren cada año se ha reducido a la mitad. Por último, sabemos que el mundo puede ser mucho mejor. Como he dicho, muchos niños están muriendo por causas y enfermedades que se pueden prevenir. Y, a la vez, una gran cantidad de países tienen tasas muy por debajo de la media mundial, lo que nos demuestra que se puede hacer más.

No es fácil quedarnos con estas tres declaraciones en mente. También dificulta las discusiones públicas. Si alguien dice que hemos progresado en cuanto a mortalidad infantil (o el cambio climático o la contaminación del aire o cualquier otro problema), el rechazo instintivo es que la persona dice que estos problemas están resueltos o no importan. Pero ambas afirmaciones pueden ser verdaderas al mismo tiempo. De hecho, ese es casi siempre el caso. ~

Traducción del inglés de Selene Ángeles.

Publicado originalmente en el substack de la autora y reproducido bajo su permiso.


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