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Camille Kouchner
La familia grande

París, Éditions du Seuil, 2021, 192 pp.

 

Camille Kouchner (París, 1975) es hija de Bernard Kouchner, médico en zonas de guerra durante su juventud y cofundador de Médicos Sin Fronteras. Kouchner ha sido varias veces ministro y pertenece a la alta esfera política francesa. Tras su divorcio, la madre de Camille se volvió a casar con otro conocido personaje, Olivier Duhamel, un abogado rico e izquierdista que representó el gran poder en la universidad de ciencias políticas de París, la prestigiadísima “Sciences Po”, entre muchos otros cargos, y obtuvo renombre como uno de los grandes abogados a la cabeza del Estado francés.

Junto con el carismático Duhamel, la gran fuerza en esa familia eran tres mujeres: la abuela Paula y sus dos hijas, Marie-France y Évelyne Pisier, la madre de Camille. Muy hermosas las tres. Marie-France era una famosa actriz de Truffaut y la Nouvelle Vague de los años sesenta, y Évelyne, una politóloga brillante. Los cuatro presidían la vida en una gran mansión propiedad de Duhamel en Sanary, en la costa del Mediterráneo, durante las largas vacaciones francesas de verano (Marie-France se casó con un primo de Duhamel). Decenas de personas habitaban las dos y luego tres casas de la amplia propiedad, con el sello de Saint-Germain-des-Prés, un barrio tan elegante como izquierdista, en la ribera izquierda del Sena, sede de muchas universidades y de la vida más “bohemia”. Desde militantes hasta ministros –y también sus hijos– frecuentaban el lugar, de la “gauche divine” a la “gauche caviar”. De ahí el nombre de “la familia grande”.

¿Por qué en español? Porque el izquierdismo de las mujeres Pisier se anclaba en Cuba y Chile. Todavía en el funeral de Évelyne, en 2017, se cantaron las canciones chilenas de protesta. Marie-France fue novia de Daniel Cohn-Bendit, líder alemán del 68 francés, a quien ayudó a pasar la frontera cuando poco después se le prohibió regresar al país. Évelyne fue amante de Fidel Castro por unos cuatro años. La abuela les enseñó a sus hijas y nietos el feminismo radical de esa hora, que no es el actual: deshacerse de los maridos machos y fachos, ensalzar la infidelidad y la sexualidad libre y muy temprana, defender el derecho al aborto (y la eutanasia), negar el papel de la mujer en su casa y, por lo tanto, ocuparse lo menos posible de la crianza de los hijos, no cocinar –incluso en ese país tan amante de la buena comida–, y negar, con dureza implacable, todo sentimiento que vaya en contra de este credo.

Así, los tres hermanos Kouchner, dos de ellos gemelos, apenas si se enteran del divorcio de sus padres –solo se mudan tras unas oportunas vacaciones–, de que su abuelo vilipendiado sigue vivo y de la muerte de este (no están autorizados a tener curiosidad o compasión por él). En eso también las cosas han cambiado: uno imaginaría que la primera rebeldía de los hijos no ha de ser contra el patriarcado social, sino contra los propios padres que ejercen en temas tan sensibles un autoritarismo castrante.

Mientras tanto, la contracultura y la liberación sexual están en pleno vuelo en Sanary. En la mesa se discute de ideas y política, todas las edades tienen derecho a defender sus puntos de vista. Niños, jóvenes y adultos están desnudos casi todo el día, bailan, hay “fajes” entre personajes diversos. La madre intenta, frente a todos, enseñarle a su hija “de siete u ocho años” a besar: “Abre la boca, ¿quieres probar?” Escribe Kouchner: “A los once años me esforzaba en seducir a todos los niños del colegio, mi madre y mi tía como modelo.” Las tres mujeres quieren convencer a Camille de perder la virginidad a los doce años: “a tu edad yo ya ‘conocía al lobo’, ¿y tú qué esperas?”

Una noche, en Sanary, a una chica de veinte años se le mete una persona en su cama. Huye y junto con sus padres levanta un reporte legal. Lo que deben aprender los jóvenes Kouchner de este episodio es que la chica era una exagerada, una reprimida. “Algunos padres e hijos se besan en la boca. Mi padrastro calienta a las mujeres de sus amigos. Los amigos se ligan a las nanas. Los jóvenes son ofrecidos a las mujeres mayores.” A propósito de los acostones de su marido dice Évelyne: “Coger es nuestra libertad.” Respecto a Duhamel, mentor adorado por Kouchner, quien, bajo su guía, estudió derecho, cuenta: “él me enseñaba que ‘autorizado’ y ‘prohibido’ se definen de modo personal (relèvent d’une affaire personnelle)”. Cuando Camille tiene quince años, Duhamel “se vuelve fotógrafo” y cubre las paredes de la casa donde dormían los niños en Sanary de fotos ampliadas de piel, pechos y traseros de las niñas de su familia.

Los hijos aceptan los valores de sus padres y, con semejante hegemonía en sus vidas –y con la distancia de su padre, quien fundó una nueva familia–, no les queda otra que aceptar esa vida en comuna, y por supuesto que se divierten entre tantos jóvenes de todas edades (los padres los mandan solos a discotecas, sin ningún control). A la fecha Camille sigue diciendo que Sanary fue el paraíso, la felicidad.

Hasta que la historia familiar dio un triple vuelco: el abuelo ignorado se suicida y, dos años después, la abuela –que lo había renegado todo el tiempo– se suicida también. Évelyne pierde para siempre su alegría y se entrega al alcohol. Los gemelos tienen trece años y han perdido sus dos principales apoyos. Entonces, en el departamento familiar de París, Duhamel comienza a abusar sexualmente del gemelo de Camille. Ella lo sabe, su hermano le ruega no decir nada, el padrastro los hace cómplices, les recuerda lo mal que está su madre, por lo que no hay que decir nada… El asunto durará unos años, hasta que el hermano parta lejos, cumplidos los diecisiete.

El patrón se conoce: silencio, culpa, infelicidad. Cuando Camille tiene hijos, casi veinte años después, decide que no cargará más ese silencio envenenado y convence a su renuente hermano a revelarlo a su madre. ¡Sorpresa! La madre los rechaza con crueldad, culpa a los dos hijos de echar todo a perder, de haberla traicionado y de querer “quitarle a su galán”. Dice que no fue tan grave y que el adolescente no se negó, por tanto, hubo consentimiento. Marie-France se indigna de la respuesta de Évelyne y rompe con su hermana. Tres años después, en 2011, Marie-France aparece muerta al fondo de su alberca. Las averiguaciones judiciales revelan públicamente el motivo de la pelea con Évelyne. Salvo muy contadas excepciones, sobre todo por parte de los jóvenes, “la familia grande” les retira el habla a los hermanos Kouchner. Es una omertà, dice Camille, culpada incluso por sus más cercanos. Finalmente, en 2017, Évelyne muere sin haberse reconciliado con sus hijos. Camille le cuenta la historia a su padre, que quiere romperle la cara a Duhamel. Pero la víctima principal sigue prefiriendo el silencio y nada cambia. Duhamel acumula honores y celebridad; los hermanos, rechazo y condena por parte de los amigos de la familia, del propio Duhamel y de su vasta red de conocidos en el poder. Es así como Camille decide escribir este libro, desgarrada por no lograr odiar a quienes dañaron su vida para siempre, su padrastro en primer lugar. En una carta póstuma a su madre, se define a sí misma: “pervertida, pero no perversa, mamá”.

Aunque a raíz de denuncias como esta los criterios legales están cambiando ahora mismo, en Francia para probar la violación a un menor de edad tienes que demostrar que hubo coerción, violencia, amenaza o sorpresa. De modo que se puede considerar que un niño de once años puede haber consentido el sexo con un adulto (hoy en día la posición prevaleciente en Occidente sostiene que no puede existir consentimiento de parte de un menor, puesto que la diferencia de edad con el adulto crea en sí una relación desigual, de dominación, agravada si el adulto, como suele ocurrir, tiene autoridad sobre el menor). Por esta razón el caso de Duhamel, que como delito ya prescribió, está siendo tratado como incesto y no como violación. La denuncia hecha por este libro, aparecido el pasado 5 de enero, provocó que Duhamel renunciara a todos sus trabajos, honores y cargos. Los vientos están cambiando.

La liberación sexual sesentera quiso incluir a los niños y adolescentes. Buena parte de los intelectuales de su tiempo –Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre, Michel Foucault, Roland Barthes, el propio Bernard Kouchner y tantos otros– firmaron en 1977 una carta abierta en apoyo a tres hombres encarcelados por haber abusado sexualmente de jóvenes menores de quince años: “tres años de cárcel por caricias y besos, ¡basta!”, escribían. En 1982, en la televisión francesa, el ya citado Cohn-Bendit ensalzaba los juegos sexuales con niños de cuatro y seis años. Poco antes que Camille Kouchner, en 2020 Vanessa Springora publicó en París El consentimiento, en el que relata la relación que el laureado escritor Gabriel Matzneff estableció con ella cuando tenía catorce años y él, treinta años más. Matzneff era un pedófilo abierto, escribía libros en los que contaba sus historias y en los que inc luía cartas y escritos verdaderos de sus pequeños amantes (lo que Springora denunció como una segunda violación a la intimidad). En los años setenta y ochenta era invitado a la televisión para presentar sus libros, uno de ellos titulado Les moins de seize ans (Los menores de dieciséis años). Hasta que en 1990 la periodista canadiense Denise Bombardier, tras presenciar en uno de esos programas televisivos la complacencia con que se trataba a Matzneff, lo declaró un criminal. Recibió el repudio por parte de los literatos parisinos, que la acusaron de frustrada y neopuritana reaccionaria. Pero ella fue quien sembró la semilla de esta toma de conciencia nacional, que de la mano de Springora y Kouchner ha estallado ahora con el #metooinceste.

Memoria-denuncia, La familia grande es la historia de una francesa orgullosa de su mejor herencia y dispuesta, por necesidad biográfica y por responsabilidad social, a martillar un clavo bien colocado sobre una superficie que por sí misma no se alteraría. Dos de esas herencias se presentan como antagónicas: un radicalismo, izquierdista y feminista, trasnochado y autoindulgente hasta extremos graves, contra la defensa más austera y seria de los principios y valores encarnados en el derecho, que es la profesión que ella eligió. Después de las risas locas que poblaron toda una infancia y adolescencia regidas por la primera herencia, el muy francés autocontrol. Ese autocontrol duró treinta años, y era más bien una ausencia, un bloqueo. Ahora añade la fuerza y la paz de una necesaria rectificación. ~