Si eres europeo, no hay duda de que ya estás viviendo en un nuevo mundo, distinto en aspectos fundamentales al orden que se instaló después de la Segunda Guerra Mundial y cuyo cimiento fue una alianza entre Estados Unidos y Europa occidental en torno a los valores de la democracia liberal y la economía del mercado, valores que posteriormente fueron compartidos por los países liberados del estalinismo en Europa central y oriental y aquellos liberados de dictaduras militares en América Latina. En unos cuantos días de febrero de 2025 esta alianza, que ha sostenido el concepto del “Occidente” como líder del orden mundial, ha sufrido una ruptura grave y tal vez definitiva. El drama de estos días está resumido en la frase de Lenin que últimamente se ha convertido en un tópico: “hay décadas donde no pasa nada y hay semanas en que pasan décadas”.
Las dos últimas semanas de febrero mostraron que Donald Trump, J. D. Vance y Elon Musk, el triunvirato que ya dirige Estados Unidos, no creen ni en esta alianza ni en la democracia liberal, con sus contrapesos y limitaciones al poder ejecutivo. Más bien ven en Europa un adversario, o tal vez un enemigo, y a Vladímir Putin, el dictador de Rusia, como un potencial amigo o, por lo menos, un igual. Es Vance el que ha emergido como el portavoz más claro de este viraje de ciento ochenta grados. En Múnich dijo que “la amenaza” a Europa que más le preocupa es “la que viene de adentro” y que identificó como un supuesto abandono de la libertad de expresión. En esas mismas semanas J. D. Vance también desnudó el proyecto cuasidictatorial del trío cuando se atrevió a decir que, en Estados Unidos, “a los jueces no se les permite controlar el poder legítimo del ejecutivo” cuando esta es precisamente su función constitucional.
En su hostilidad hacia Europa hay, por un lado, una declaración de guerra cultural contra los valores liberales y, por otro lado, un rechazo al intento de Europa de regular a las empresas tecnológicas estadounidenses. Vance tiene razón en que la mayor amenaza a Occidente viene de adentro, pero no es la que él identifica. Es el surgimiento del populismo nacionalista que él representa y el colapso de autoconfianza en el proyecto occidental.
Si bien en estas últimas semanas se ha mostrado esta división dentro de Occidente con brutal claridad, el populismo nacionalista ha estado incubándose por los últimos veinte años. Henry Kissinger comentó en 2018 que Trump podría ser “una de esas figuras en la historia que aparecen de vez en cuando para marcar el fin de una era y obligarla a abandonar viejas pretensiones”.
Por lo tanto, es importante entender los factores que explican a Trump y el populismo nacionalista para empezar a tener la posibilidad de contrarrestarlo. El primero es la desindustrialización de Estados Unidos y Europa occidental como consecuencia de la industrialización de China, una transferencia que sucedió con una rapidez vertiginosa. Un estudio de los economistas David Autor y Gordon Hanson encontró que la competencia de las importaciones chinas era responsable solo entre 1999 y 2014 por la pérdida de 2.4 millones de puestos de trabajo industriales en Estados Unidos. Si bien se crearon otros trabajos en servicios, muchos de estos eran precarios. En una óptica más amplia, los ingresos medios en Occidente apenas han crecido en medio siglo. La expectativa del progreso, o Progreso (lo más cercano que tenía Occidente a una religión, como escribió Edward Luce), quedó frustrada. No es casual que en las primarias republicanas de 2016 Trump ganara en 89 de los cien condados cuyas economías estaban más expuestas a la competencia china, según el Wall Street Journal.
El segundo factor es el cambio tecnológico, y sobre todo la invención del smartphone y el despliegue de la red 3G que permitió la transmisión de videos por el teléfono en nuestro bolsillo. Esto dio entrada al mundo de la posverdad. La desintermediación de la labor informativa por los medios tradicionales ha dado paso a una reintermediación debida a los algoritmos que controla la oligarquía tecnológica, como ha señalado Carme Colomina del Barcelona Centre for International Affairs.
El tercer factor es el flujo aparentemente no controlado de migración en este siglo a los países desarrollados desde América Latina, África y Asia. Si bien la migración trae beneficios (de mano de obra, creatividad, etc.), la llegada repentina de números grandes de migrantes poco calificados y su concentración en las periferias urbanas, si no va de la mano de políticas activas de integración, lleva a sentimientos de inseguridad entre la población nativa.
El cuarto factor es el divorcio entre la izquierda y la clase trabajadora en los países desarrollados. Se pueden rastrear los orígenes de este fenómeno hasta las revueltas estudiantiles de 1968 contra el conformismo cultural en sociedades que se habían hecho más prósperas. Abrió el camino para una izquierda “posmoderna”, comprometida con causas progresistas como el feminismo, el antirracismo y los derechos de los gays. En los últimos tiempos esa izquierda se ha replegado a las universidades y a una política de identidades grupales cada vez más excluyente.
La combinación de todos estos factores ha creado un electorado para el populismo nacionalista y para Trump. Es un electorado dominado (aunque no exclusivamente) por hombres blancos sin educación universitaria que se sienten enfadados, frustrados, amenazados y excluidos, dispuestos a creer las falsedades de las redes sociales.
Revertir esto no es fácil. En vez del proyecto de Trump de reindustrializar a Estados Unidos vía el proteccionismo, hay que redoblar los esfuerzos para fomentar la innovación, el crecimiento económico y la educación de sectores menos favorecidos de la población. Hay que persistir en el esfuerzo de obligar a Zuckerberg, Musk y los demás technobros a rendir cuentas por las mentiras que propagan sus redes. Se necesita un debate serio sobre la migración. No basta con decir que es un tema inventado por la ultraderecha. La negación de esa preocupación popular solo aumenta las posibilidades de que la ultraderecha llegue al poder. Los que creen en la democracia liberal necesitan encontrar formas de volver a dar esperanza a las clases medias y populares. De estas cosas depende si la ruptura de Occidente es definitiva o no. De todas maneras, estamos en un nuevo mundo. ~