Las modas historiográficas se reflejan en los tableros de novedades de las librerías españolas y, claro, el Cid –como todo lo que tiene que ver con lo que desprenda un cierto perfume al concepto, tan manido, de Reconquista– no iba a ser menos. Otra cosa es que modas y novedades ofrezcan verdaderas primicias en la investigación histórica, y el libro de Nora Berend ofrece pocas. Vayamos por partes.
El ensayo que aquí se critica no es una biografía del de Vivar. En eso, el título original y su traducción pueden confundir a potenciales lectores. Solo una mínima parte del libro contiene retazos del Cid histórico porque el objetivo de Berend es estudiar las manipulaciones de las que fue víctima su leyenda desde la misma época medieval y hasta el presente.
De la Leyenda de Cardeña a Charlton Heston, y de Corneille a Menéndez Pidal, la autora maneja una bibliografía solvente y reciente, pero los capítulos que van pasando revista a las diferentes etapas de esa manipulación lo hacen sin excesiva profundidad filológica, es decir, sin detenerse lo suficiente en los contextos históricos y culturales en los que esas falsificaciones fueron programadas. Ello favorece que pierda fuerza la exposición de las voluntades políticas que se celan detrás de la fabricación de tales amaños, tan diferentes entre sí, dictados por objetivos tan distantes (de la épica medieval a la época napoleónica por citar dos) que hubiesen merecido mejor y más profundo trato.
En su discurso, el libro de Berend acaba por yuxtaponer en una frenética línea del tiempo obras concebidas con intereses muy diversos, no siempre mefistofélicos, no siempre partidistas, solo a partir del siglo XIX caracterizados por una marcada voluntad de utilizar a Rodrigo Díaz de Vivar como un símbolo nacional por parte de los intelectuales españoles más conservadores como, por ejemplo, Menéndez Pelayo. Además, para aquello que tiene que ver con el trágico momento de la dictadura de Franco, Berend cae en el fácil cliché de identificar en Ramón Menéndez Pidal a uno de los voceros de la mitopoiesis franquista. No: fueron más bien autores de probada fe nacionalcatólica los que fagocitaron sus estudios, como lo hicieron con los del presidente de la II República en el exilio, Sánchez-Albornoz, aquí citado solo de pasada, dando a entender también sus connivencias con una visión “franquista” de la historia.
La labor de desmitificación, a derecha e izquierda, queda, a menudo, enturbiada por ese tipo de apriorismos, que representan la mayor debilidad de un libro que apenas ofrece nada nuevo de cuanto no se supiera ya sobre la manipulación realizada por cada momento político e intelectual (del sesgo que se quiera) sobre un mito como el cidiano, tan estudiado en tiempos recientes. Además, este ensayo incluye líneas como las que siguen, que muestran el nivel conceptual de una obra no carente de anacronismos –el mismo término mercenario da para mucho debate cuando se usa con anterioridad a la creación de las compagnie di ventura en la Italia bajomedieval– realizada con una más que evidente voluntad presentista:
“Lo que España y el mundo necesitan no es otro héroe salpicado de sangre, sino un gobierno racional y consensuado. ¿Significa esto que hay que abandonar al Cid en manos de la derecha política? Es su mitificación como héroe lo que hay que abandonar.”
La impresión con la que uno queda tras la lectura del libro de Berend es la de ver publicadas, y con gran pompa mediática, ideas ya conocidas por los especialistas, aquí reconsideradas a la luz de una trama metodológica víctima de una voluntad catequética, repleta de consideraciones personales y de recetas sobre qué necesitan las sociedades actuales, algo sobre lo que los libros de historia escritos por profesionales no deberían detenerse, o sí, pero entonces sería preferible dedicarse a la politología…
En sus conclusiones, y con seriedad, Berend llega a afirmar que “el Rodrigo histórico no era ningún franquista”. Difícilmente un trabajo de fin de grado incluye una frase tan ingenua. A este paso se acabará descubriendo que Constantino no era un socialdemócrata o que Carlomagno utilizaba la violencia mientras sus leyes hablaban de valores cristianos y, ¡horror!, se llegará a desvelar que existe un premio a su nombre otorgado a quien se distingue por su labor europeísta. ¿Tendremos que cancelarlo? Seguramente, sí. Imagino que Europa no necesita ensalzar de ese modo al emperador carolingio, tan salpicado de sangre, etcétera. Por el contrario, yo preferiría que se estudiase el contexto de nacimiento del premio, las polémicas en torno a sus ganadores y el porqué de la necesidad de algunas élites alemanas de rescatar a Carlomagno en función de un europeísmo cargado de vanas retóricas.
Es lo que este libro hubiese podido realizar con materiales similares y aun mejores relativos al de Vivar. Para un viaje así, Babieca no necesitaba alforjas. ~