“El dolor y la pérdida humana” alcanzo a leer a lo lejos en el texto de sala. Aquí un primer apunte sobre la exposición. A mi izquierda, un poco menos lejos, la artista vestida de negro permanece en silencio, como testigo de su propia puesta en escena. Estamos a punto de entrar a la exposición ¿Cómo salimos?, la primera revisión de la carrera de Teresa Margolles (Culiacán, 1963) en el continente americano. Le acompañan la curadora de la muestra, Taiyana Pimentel, y la memoria de cientos de familias atravesadas por la pérdida de algún miembro a causa de la violencia y las desapariciones forzadas en nuestro país. “Margolles no soluciona, sino que anota procesos”, menciona la también directora del Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (Marco) para contextualizar la naturaleza de este proyecto que reúne dos décadas de trabajo, con piezas de 2003 a 2025.
A lo largo del recorrido por la exposición, me preguntaba por el lugar al que pertenecía el trabajo de Margolles y la manera en que se entrecruzan lo institucional, la ética y la estética. Sé que estos cuestionamientos no son prioridad en su práctica, sé que su mirada está más allá de ellos, pero es inevitable pensar en el papel del aparato museístico cuando nos enfrentamos a piezas que nos convocan y conmueven desde el marco de la violencia cotidiana. ¿El museo está en el cuidado de la memoria sobre la que recurren sus piezas? ¿El museo está en lo simbólico cuando reconocemos, por ejemplo, que el agua con la que se han limpiado las escenas del crimen o los cadáveres de la morgue guardan un nombre y una identidad que se escapa de las manos? ¿El museo está en las distintas aproximaciones a la violencia y sus impactos sociales? La obra de la artista va encontrando un cauce en nuestra sensibilidad y responde a la pregunta: el museo es el contenedor, pero la obra insistirá en la sensibilidad, en la memoria y en mantener la esperanza. Pese a todo. Frente a todo.
Me atrevo a decir que hay una suerte de espejismo en la exhibición, pues parece que los modos en que nos relacionamos con las obras nos hacen ver la manera en que nos aproximamos a la vida: si lo hacemos desde el cuidado y la atención, o desde la prisa y la incomodidad, si decidimos obviar el dolor ajeno o reconocer el testimonio de la vida contemporánea. Las fichas técnicas de las piezas son textos comentados que contextualizan la producción de las obras y que nos vuelven testigos de estas violencias. Así nos enteramos, por ejemplo, de que la primera instalación en sala es una comisión producida por el Marco este 2025 y que consiste en 32 vidrios representativos de los estados del país, que han sido desmontados de locales comerciales ubicados en zonas urbanas y periféricas afectadas por el abandono y la violencia. Cada vidrio, además, es activado por el audio de una grabación de los trenes de carga que recorren el país de sur a norte y que sirven para el desplazamiento de los migrantes.
Durante la visita, Margolles se mantiene un paso atrás del resto de la gente, como si quisiera dejar a sus piezas hablar y permitir que el público establezca una relación íntima y personal con cada una. Son veintitrés obras de dieciocho proyectos en total. Veintitrés momentos para reaprender a mirar nuestro arte contemporáneo en el marco de un museo y con notas al pie de una larga investigación teórica y estética sobre las causas y consecuencias sociales de la violencia, pero también para volver a mirar las calles de nuestras ciudades que van asimilando la irrupción de violencia en la arquitectura, en sus parabuses y banquetas. La pieza que abre la exposición, titulada Blowback / El poder (2022) es una bata de alta costura, bordada a mano, con intervención de fragmentos de vidrio de automóviles recolectados en las calles, consecuencia de las balaceras ocurridas en Culiacán el 17 de octubre de 2019. “Los restos de vidrio tras una escena violenta se integran a la ciudad”, menciona Margolles. ¡Los brillos se integran a las ciudades! Aquello que pensé que eran canicas olvidadas por infancias en el pavimento resultaron ser testimonios de los impactos de balas en los autos.
De pronto todo se percibe distinto. Hay una sensación muy particular en el encuentro con las obras de Margolles: no podemos decir que no nos enteramos de lo que pasa o que no nos conmueve la violencia. Aun en las piezas que podrían parecer menos “confrontativas” hay un trasfondo social, político y estético. La gran América (The great America) de 2017, por ejemplo, está conformada por mil cuatrocientos ladrillos creados artesanalmente con el lodo extraído del cauce del río Grande, la frontera natural que divide Ciudad Juárez en México de El Paso en Texas. “Pensaba en la gente que cruza el río”, menciona Margolles frente a la pieza, “en cómo este es el último momento en que sabemos que están vivos en México”. La artista completa los apuntes de la curadora con anécdotas, retomando el origen emotivo de las obras. Frente a las piezas de arcilla, puede observarse una banca construida con agua jabonosa utilizada para el lavado de cadáveres y cemento, una obra de 2004.
Hay dos elementos que atraviesan no solo la exposición, sino la práctica de esta artista: el tiempo y los fluidos. Las piezas de la muestra nos piden tiempo para recrear el recuerdo y la identidad de aquellas personas que han dejado hogares, que se han quedado sin espacios de trabajo o que han cruzado el río Bravo para llegar a Estados Unidos. Por su parte, los fluidos como el agua, la sangre o el sudor guardan en ellos emociones que se materializan en bloques de cemento, bancas o mosaicos de arcilla. Nada en esta revisión es gratuito.
El trabajo de Margolles implica un proceso de creación cercano en el que se involucra con la sociedad a través de distintos agentes culturales de cada región. En el proyecto Tenemos un hilo en común (2011-2015) la artista pregunta qué oculta la belleza de la artesanía y –de la mano de mujeres de distintos países como México, Brasil, Guatemala, Nicaragua y Panamá– crea bordados sobre telas impregnadas con fluidos de víctimas de feminicidio, además de registrar en video las conversaciones que surgen de estos encuentros en donde las artesanas comparten sus impresiones respecto a la relación con los hombres y las dinámicas de violencias que las acompañan. Claro que hay una belleza particular en el trabajo manual, en los colores que eligen y las imágenes que representan; pero, de nueva cuenta, nada es solo lo que aparenta ser. Detrás de los bordados destacan las telas manchadas, arrugadas y con un halo de abandono.
Margolles está aquí, no solo en las salas del museo, sino en el panorama general del arte contemporáneo y nuestra sociedad, para comprometernos con lo que vivimos y miramos. Hacia el cierre de la muestra hay una instalación titulada Karla (2016), compuesta por una fotografía impresa en blanco y negro, una piedra y el acta de nacimiento de esta mujer trans, cantante, trabajadora sexual y amiga de la artista, quien fue asesinada y cuya muerte quedó impune. En un gesto de complicidad y cuidado, la artista reconoció que tendría que preservar la memoria de Karla y que el espacio para hacerlo sería el arte. Pienso que, más allá del cuestionamiento sobre el lugar del trabajo de la artista, en si puede o no ser conflictivo, en lo que implica estar en un museo, lo que hay en la exposición es un tributo hacia la vida y la memoria; ahora más que nunca, necesitamos estos encuentros. ~