La invención de Buenos Aires

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En los albores de un siglo tristemente recordado por sus guerras y holocaustos hubo un hombre que inventó una ciudad. La emplazó en el desierto, a orillas de un gran río fangoso. La dotó de una geografía precisa y, con rigor euclidiano, la diseñó amanzanada. Fabuló una mítica fundación y un pasado glorioso. Recorrió con fervor juvenil sus arrabales y los pobló de atardeceres, patios con aljibes, guitarras, compadritos y malevos, esquinas rosadas, infamias, zaguanes y misterio.
     La ciudad por entonces ya era una metrópolis tan vasta como el mundo; mejor dicho, era el mundo. Y quiso cifrarla en un único libro cuyo número de páginas fuera infinito. El libro de arena contendría todos los volúmenes: antiguos y modernos, apócrifos y legítimos, sagrados y profanos; y su ciudad, todas las ciudades.
     Los dioses castigaron semejante soberbia con la ceguera y nuestro hombre devino cancerbero de su propia creación. Libro o ciudad, era ahora una biblioteca infinita, un atroz laberinto indescifrable. Pero el anciano bibliotecario no perdía su agudo sentido del humor y cultivaba con esmero la amistad. Con beato celo practicaba una religión curiosa: el agnosticismo. Consideraba la metafísica como una rama de la literatura fantástica. Y tras cada página impresa de su obra, buscaba el anonimato, premio que aún no ha conseguido.
     Quiso ser muchos hombres pero lamentablemente fue sólo uno. Un poeta ciego como Milton u Homero. Agobiado por las mezquindades de su tierra, se retiró a una incierta ciudad europea donde murió ya viejo. Ahora descansa bajo una losa cuyo epitafio en noruego arcaico nadie comprende. Y la ciudad que otrora inventara, ya sea laberinto o biblioteca, sigue allí emplazada en las orillas.
     El hombre de mi cuento es Jorge Luis Borges y la ciudad, Buenos Aires. Oscar Wilde decía que la naturaleza imitaba al arte. Y con esta curiosa inversión refería lo siguiente: la experiencia estética es la que modela y condiciona nuestra forma de percibir la naturaleza como tal. Forzando el ingenioso epigrama en la literatura moderna, uno estaría tentado a afirmar que las ciudades en sí no existen, son un invento de los escritores. La percepción de la ciudad va precedida siempre de una experiencia estética que nos permite (re)conocerla. Tal vez éste sea el tácito motivo que rige el ciclo de exposiciones Las ciudades y los escritores iniciada en 1995 en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona. Hoy su cuarta entrega es simplemente genial. Y los elogios se los lleva Juan Insua, comisario de la exposición y mentor del ciclo.
     La muestra, dividida con acertado criterio en siete apartados, propone un recorrido urbano que es a la vez un recorrido cronológico y temático sobre la obra de Borges. De la “fundación mítica” de los orígenes a la “cosmópolis” universal. El despliegue de material documental es apabullante: más de un centenar de fotografías, libros, revistas, manuscritos originales, correspondencia, objetos de toda índole, dibujos, pinturas, etcétera. Y la batería de recursos a la que se echa mano para organizar todo ese material: instalaciones, montajes audiovisuales, banda sonora y distribución espacial, es igualmente admirable. Los recursos técnicos permiten administrar el fondo documental en pequeñas dosis y esto se agradece.
     Cabe mencionar algunas perlas o zonas privilegiadas, a mi criterio, en este recorrido. Una, sin duda, la componen las instalaciones dedicadas a los tres hombres que Borges admiró. Los únicos a los que asignó la categoría de genios: el erudito Cansinos Assens, el gigante Macedonio Fernández y el plástico Xul Solar. Harto recomendable es detenerse aquí en las telas y objetos de este último.
     Otra zona de interés es la recreación infográfica de “La biblioteca de Babel”. Una instalación de espejos y un complejo dispositivo audiovisual nos permiten adentrarnos en la biblioteca infinita del relato homónimo. Experiencia no aconsejable a las personas que sufran vértigo.
     Y una tercera perla es el “Panajedrez”. Quizá sea Borges el escritor más entrevistado de la historia. El corpus oral reunido sobre el autor es por lo tanto muy abundante. Aquí se combinan sobre las retículas de un tablero de ajedrez los fragmentos de las principales entrevistas ofrecidas en las televisiones de todo el mundo. Y la profusión de imágenes acoge también aquellos perfiles de Borges más caros a sus detractores. Me refiero al antiperonista acérrimo, al hombre de derechas, al conservador sin ambages, al que ironiza con amargura por el Nobel que nunca recibió…
     Vale la siguiente aclaración. La muy buena selección de citas que proliferan aquí y allá puede crear una suerte de ilusión óptica: la ilusión de creerse que cada línea de Borges es imprescindible. Y no es cierto. Esto no es una crítica, todo lo contrario. Habla muy bien del criterio de selección, pero es preciso tenerlo en cuenta.
     En suma, la muestra recupera en apretada simbiosis el espíritu del escritor y su ciudad. Lo borgiano y lo porteño entrelazados por el misterio. Tal vez no sea un trago fácil para los principiantes. No hay aquí nada azaroso. Cada elemento y su disposición están cargados de sentido. Estratos de significación que la erudita mise en scène depara a los avanzados. De la competencia lectora depende. Pero el esfuerzo del neófito será bien recompensado. ~