Un hombre, una época

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Ruth Guzik Glantz

Arturo Rosenblueth,1900-1970

Ciudad de México, Cinvestav/El Colegio Nacional, 2018, 712 pp.

 

Ruth Guzik Glantz, antropóloga y especialista en educación, dedicó casi quince años a conocer la vida, “de la cuna a la tumba”, de un científico cuyos aportes han trascendido las coordenadas establecidas en el título de este libro: Arturo Rosenblueth, 1900-1970. Un nombre, una época, lo suficiente para un volumen de 712 páginas (fotografías y anexos bibliográficos incluidos) prologadas por el fisiólogo Pablo Rudomin, escrupulosamente cuidadas por sus editores y sin desperdicio para el lector.

La mayoría de los protagonistas de esta biografía forma parte del traumático despertar del siglo XX. Comenzando por Rosenblueth, que nació en Ciudad Guerrero, Chihuahua, bajo el signo de una mezcla peculiar: de padre judío de origen húngaro y de madre católica (aunque descendiente del judaísmo por la rama paterna) nacida en Estados Unidos. Si bien los ocho hijos de este enlace fueron bautizados en el catolicismo, su formación en casa siguió la tradición judaica dirigida a sobrevivir las épocas de “las vacas flacas” portando el saber en la mente y unas cuantas propiedades dentro de una maleta.

Rosenblueth experimentó las ventajas de su educación familiar, sustentada en la música, la lectura y los idiomas, cuando tuvo que abandonar los estudios en la Escuela Nacional de Medicina de la Universidad Nacional (por la que había optado tras renunciar a su vocación adolescente hacia las matemáticas) para ganarse la vida tocando el piano en el restaurante Lady Baltimore y como empleado de mostrador en la American Book & Printing Company. Mientras, la intelectualidad urbana recuperaba sus espacios en el centro de la Ciudad de México y la antigua garita de Santo Domingo era remodelada para albergar a la naciente Secretaría de Educación Pública.

En tanto esto ocurría en México, en la Universidad de Harvard el fisiólogo norteamericano Walter B. Cannon irrumpía en la escena internacional tanto por sus descubrimientos científicos como por sus reflexiones acerca de la docencia de la medicina y el trabajo de los investigadores. Del otro lado del río Charles, el matemático estadounidense y ex niño prodigio Norbert Wiener, quien había obtenido a los diecinueve años de edad el doctorado en lógica matemática bajo la dirección de Bertrand Russell, estructuraba el primer departamento de matemáticas en el mit, institución hasta entonces dedicada a la ingeniería.

A partir de la página 109 del libro, Ruth Guzik narra cómo las vidas de estos hombres, hasta entonces paralelas, se fueron entrelazando, junto con las de muchos otros, para compartir una de las aventuras científicas más fascinantes del siglo XX. En los capítulos previos describe la formación en Alemania y Francia de Rosenblueth y sus primeros empleos profesionales en México. Llega así al 25 de septiembre de 1930, día en el que, beneficiado por una de las primeras becas Guggenheim a mexicanos, Rosenblueth arribó a Boston para trabajar con Cannon en el laboratorio de fisiología de la Escuela de Medicina de Harvard.

El punto crucial de la saga es el encuentro de Rosenblueth y Wiener en una de las sesiones del Club de la Filosofía de la Ciencia organizado por el primero. La conformación de un grupo interdisciplinario interesado en el estudio de las similitudes entre el sistema nervioso y las máquinas derivó en la publicación de “Comportamiento, propósito y teleología” (1943), firmado por Rosenblueth, Wiener y Julian Bigelow. Este fue el ritual iniciático de una creación científica que habría de cambiar por igual la comunicación humana que la forma de producir conocimientos. Fue, también, el fin de una época en la vida de Rosenblueth y el punto de quiebre en la investigación realizada por su biógrafa. Durante su estancia en los archivos de Harvard y el mit, ella descubrió, a un tiempo, tanto la luminosidad de sus personajes y del saber mismo como los vínculos entre estos y los propósitos militares.

Comparto la tristeza y la rabia que sintió Ruth Guzik al indagar los motivos que definieron el regreso de Rosenblueth a México después de catorce años de trabajar en Harvard. Nuestro país no le ofrecía una plaza definitiva ni un salario tan bueno como el que gozaban sus colegas estadounidenses. En Estados Unidos, las propuestas y recomendaciones iban y venían de un comité de selección a otro. Algunas matizaban los prejuicios contra Rosenblueth con referencias como su matrimonio con una “simpática norteamericana”, la existencia de una hermana monja, su entusiasmo por la música o sus dotes de conversador. Los comentarios intentaban mostrar que, pese a ser de origen judío y mexicano, él era un “hombre civilizado”.

Finalmente, Rosenblueth decidió aceptar la invitación de Ignacio Chávez para trabajar en el Instituto Nacional de Cardiología, cuyo nacimiento en 1944 y primeras labores son detallados en el texto con la enjundia que enaltece el lema de la institución: “El amor y la ciencia al servicio del corazón”. Desde esa institución, Rosenblueth emprendió una cruzada para construir el espacio en el cual recibió a decenas de colegas y discípulos de todas las nacionalidades. Lo describió como el laboratorio más bonito que haya existido en la historia de la creación y lamentó que Cannon no hubiera podido disfrutarlo. Durante la décima semana de su estancia en México, Cannon fue hospitalizado en el instituto y, unos días después, trasladado a Boston, donde moriría tras haber concluido la escritura de sus memorias El camino de un investigador.

La narración da seguimiento a la madeja creada por Rosenblueth y Wiener en torno a las relaciones entre el sistema nervioso y las máquinas. El estadounidense estaba empeñado en formar una sociedad americana para el avance de la ciencia en la que supuestamente Rosenblueth participaría. Además, planeaba desarrollar un centro de investigación que se ubicaría en las “tierras de nadie” entre las distintas disciplinas. Compartía con Rosenblueth la convicción de que la exploración de estas zonas vírgenes de la geografía científica debía ser encabezada por individualidades opuestas entre sí, pero habituadas al trabajo compartido.

Ruth Guzik detalla la ruta trazada por estos visionarios para la fundación y el desarrollo del llamado Grupo de la Cibernética. En el principio estuvo México, adonde Wiener llegó en marzo de 1945 invitado por Manuel Sandoval Vallarta. Durante su estancia discutió con Rosenblueth acerca de filosofía, su pasión común, y elaboraron un artículo sobre los modelos en la ciencia. Poco después de su regreso a Estados Unidos, Wiener escribió a Rosenblueth lo siguiente: “El fin de la guerra está cerca y el uso de la bomba atómica está dejando muchas preguntas profundas entre los científicos estadounidenses. Con qué horrible responsabilidad potencial tendremos que vivir de ahora en adelante.”

En 1947, durante su segunda estancia prolongada en México, Wiener se dedicó a redactar un libro. Su primera preocupación fue escoger el título del texto y el nombre del tema a tratar. Cybernetics: or control and communication in the animal and the machine (1948) está dedicado a Rosenblueth. En sus páginas anticipa lo que hoy es una realidad: “En el futuro desempeñarán un papel cada vez más preponderante los mensajes cursados entre hombres y máquinas, entre máquinas y hombres y entre máquinas y máquinas”.

El trabajo conjunto de Wiener y Rosenblueth, convertido en un modelo de investigación colaborativa, finalizó en 1950, aunque su amistad perduraría hasta la muerte del primero, en 1964. Rosenblueth había ingresado en 1947 a El Colegio Nacional y dedicaba parte de su tiempo a la divulgación de la ciencia en lengua española. Decía que los textos científicos debían estar dirigidos a personas de to- dos los niveles formativos, para lo cual los autores tenían que recurrir a un lenguaje claro, sencillo y explícito. Hizo gala de lo anterior en el texto “La invención científica”, publicado en el libro homenaje de El Colegio Nacional a Alfonso Reyes en el cincuentenario de su vida como escritor. Pero mi favorito es “La estética de la ciencia”, dedicado a Diego Rivera, otro miembro fundador de El Colegio Nacional.

“Precioso y preciso” fueron los adjetivos que utilicé para comunicarle a la autora mis primeras impresiones de su libro. Y este es el lenguaje que ella empleó para contar las dichas y los suplicios de los primeros diez años del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav), de 1960 a 1970. Esta fue la última década de vida de Rosenblueth, el creador principal y primer director de una institución cuya pertinencia se renueva con la publicación de este fascinante calidoscopio del universo científico. ~

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