Bajo el volcán

Para quienes viven cerca del volcán que desde hace 52 días hace erupción en La Palma, existe la certeza de que se trata de un evento volcánico más. Pero la incertidumbre los carcome. ¿Cómo se lidia con las pérdidas y la ruptura de un modo de vida? El autor estuvo ahí y habló con algunos de ellos.
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Pasadas las dos de la tarde del domingo 19 de septiembre, la isla canaria de La Palma se cimbró desde las entrañas con el nacimiento del más nuevo de sus volcanes, justo cincuenta años después de que su antecesor, el Teneguía, regase la ínsula con ríos incandescentes por última vez en 1971. Tras quince días de errática e incesante actividad, la joven montaña de fuego en Cumbre Vieja distaba mucho de calmarse prontamente, mantenía a la isla en vilo y a todos los palmeros en ascuas.

I.

Y venciendo crueles opresores,
inmaculado siempre y siempre fuerte,
porque le dan más savia los dolores
y triunfa del martirio y de la muerte*

“Yo vivo en la zona de La Laguna, estamos a unos cuatro kilómetros, nuestra finca da a la montaña, pero por la parte de atrás. El día domingo, cuando erupcionó, estaba en mi casa. Sobre las once de la mañana sentimos un temblor de 4 grados en la escala de Richter. Se estremeció todo el pueblo. Luego, a las dos horas y media, escuchamos un sonido extraño, pensaba que era otro temblor, pero no. Salió una vecina a la calle gritando que había explotado el volcán. Me impresioné, yo nunca había visto nada igual. Además de que me preocupé porque había demasiadas casas muy cerca de allí y de hecho a lo largo del día vimos como la lava recién salida de la erupción tapaba todas esas construcciones”. Pamela Cárdenas habla pausadamente, con la mirada fija en la mía y la expresión tranquila. Por segundos, cierra los párpados, tratando de encontrar la palabra precisa mientras hurga en su memoria. Todo es demasiado reciente, tanto que aún no deja de oler a azufre, de temblar la tierra, de rugir la montaña o de oscurecerse, en pleno día, el cielo.

“Entre la preocupación, los nervios y el miedo me dije, ya está, se lo llevó todo”, rememora la joven inmigrante venezolana de piel bronceada, cabellera castaña y ojos color de almendra, sobre lo acontecido aquel 19 de septiembre. Un apacible domingo de otoño de hace un poco más de un mes, cuando su vida y la de su isla, La Palma, cambio de forma tan brusca y de manera tan repentina.        

“A eso de las doce de la noche del mismo domingo pasó la Guardia Civil a la casa para evacuarnos de la zona, por peligro de que la lava pudiese pasar por ahí. Cogimos lo que pudimos y nos fuimos a pasar esa noche a casa de un primo”, recuerda Pamela apretando los labios. Solo unos minutos les dieron los efectivos del cuerpo de seguridad del estado para tomar sus pertenencias y cerrar las puertas y ventanas de la que por cinco años ha sido su casa. Hoy, envuelta por piroclastos, cenizas, humo y desolación, yace vacía y ellos no pueden volver de forma definitiva.

Cuando tocaron a su puerta para desalojarles, Pamela de 31 años, su esposo Yardy, de 32, y sus hijos Shantal y Tiago, de 11 y de 5 años, respectivamente, ya tenían preparadas unas pequeñas maletas con lo esencial. Una semana atrás las autoridades del municipio de Los Llanos de Aridane, al que pertenece La Laguna, habían prevenido a todos los vecinos de la inminencia de la desgracia, pidiéndoles alistar lo indispensable en caso de suscitarse una emergencia. La sucesión de temblores y los cálculos de expertos vulcanólogos a lo largo de la semana solo adelantaron lo inevitable. Desde aquella estruendosa primera explosión de domingo, los Cárdenas viven refugiados en casa de su familiar, mientras todo lo que tenga que pasar pase y mientras llega el momento, si es que llega, de volver a su casa en las faldas del nuevo volcán. A pesar de todo, Pamela, Yardy, Shantal y Tiago se sienten afortunados. Ellos, dentro de lo que cabe, han corrido con suerte. Muchos otros, los que no tienen segundas residencias a las cuales escapar, los que no tienen amigos o familiares que les puedan albergar, los que han perdido todo, incluidas sus casas, bajo el flujo destructor de la lava, tienen frente a sí escenarios más desafortunados.

A más de dos semanas de haberse despertado, el volcán de Cumbre Vieja había emitido más de 250 mil toneladas de dióxido de azufre. Su fumarola tóxica, que parecía no tener fin, había viajado, incluso, al otro lado del Atlántico, tocando a Cuba, Puerto Rico y las islas de Barlovento. Sus ríos rojos de lava habían afectado o destruido más de 1,100 edificaciones, entre casas, iglesias, escuelas, comercios, restaurantes, bares, bodegas, invernaderos, clubes sociales y centros deportivos. El magma, una mancha de todos los tonos de negro, cubría ya más de 400 hectáreas al oeste de la isla, obstruyendo más de 30 kilómetros de carreteras y caminos. Y la fajana que conforman en el mar los desechos que escupe el monstruo de fuego había añadido al territorio de La Palma más de 33 hectáreas, el equivalente a casi 15 campos de fútbol. La tragedia palmera, para algunos fenómeno y para otros espectáculo, estaba lejos de terminar.

II.

…mientras la “garra” la materia oprime
y el cerebro con rabia pulveriza,
para matar la idea que redime
–vencida la materia en esta liza–,…

“Resignación, resignación” dice la octogenaria mujer que peina canas y viste arrugas mientras saca enseres de una caja de cartón y los lleva con su paso cansado, pero certero, hacia la diminuta cocina del departamento que le han otorgado como refugio temporal tras perder, en la insaciable ira del volcán, la casa que compartía con su única hija y sus dos nietos varones en el pueblo de Todoque, arrasado prácticamente en su totalidad por las coladas de lava hace algo más de una semana, en su frenético camino hacia el océano. “Resignación” repite por tercera vez, sin dejar claro si se refiere a la continuada erupción del volcán o a la vida, en general. La suya y, quizás, la de todos los palmeros en estos días de zozobra. Su hija y sus nietos, en extremos opuestos del reducido apartamento asignado por los equipos de protección civil del cabildo insular, lo llevan un poco peor.

“Yo ya no tengo miedo”, declara terminante la anciana Josefa, mientras su prole, entre sollozos, calla. Ha visto y vivido, tal vez demasiado: la erupción del San Juan en 1949, la del Teneguía en 1971 y ahora la del volcán de Cumbre Vieja. La isla de La Palma, junto con su vecina El Hierro, donde se registró en el año 2011 la última erupción en el archipiélago antes de la de septiembre, son las más jóvenes de las Canarias, con apenas 1.8 y 1.2 millones de años de antigüedad, respectivamente. Y, como tales, están aún en proceso de crecimiento y de formación, lo cual implica, necesariamente, temblores, erupciones y nuevas, futuras, aunque desconocidas, desgracias. “La erupción de La Palma es sin duda la más destructiva de la historia de España”, afirmó el geólogo Juan Carlos Carracedo al periódico El País. El experto en vulcanología y profesor emérito de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria lleva casi toda su vida profesional estudiando el comportamiento de los volcanes en el archipiélago, y coincide con varios colegas en afirmar que este no es ni por mucho el último capítulo de la historia evolutiva de las islas, conquistadas por los españoles a finales del siglo XV.

La Cruz Roja española prevé que la cifra de damnificados por la erupción en La Palma supere las diez mil personas, casi el 12% de los 84 mil 700 habitantes de una isla cuya salud económica depende, en gran medida, de dos sectores que se han visto afectados de forma contundente por el incidente de la naturaleza: el turismo y la agricultura. Si bien el magma se concentra solamente en el 10% del territorio insular y Madrid ha anunciado ya ayudas del orden de los 206 millones de euros para atender a los afectados por la erupción, iniciar la reconstrucción de las zonas afectadas y relanzar la economía de la isla, el escepticismo abunda, de la mano de la incertidumbre sobre la posible duración de la erupción y los alcances de la devastación dejada a su paso.

“En este momento además de ser alcalde, soy un vecino más. Vivimos a diario historias que te rompen, cada cual más conmovedora. Estamos en una fase de acompañamiento, que es importantísima. Es hora de ser claro con la gente, la incertidumbre es lo peor del mundo”, detalla en una entrevista con el diario canario El Día, Sergio Rodríguez, alcalde del municipio palmero de El Paso, uno de los más afectados por la aparición del nuevo volcán, junto con Los Llanos de Aridane y Tazacorte. El mismo regidor es damnificado, uno de los más de 6 mil isleños que han debido dejar sus casas ante la llegada de las coladas. “Frente a los debates estúpidos, (las instituciones) saquen lo que tienen que sacar para ayudar a los afectados”, arguye Rodríguez, airando el sentimiento de inconformidad de muchos de sus paisanos al respecto de la respuesta de la península ante la situación en La Palma, más allá de las ayudas anunciadas y de la solidaridad expresada de dientes para afuera. 

III.

“¡Ay, no! Ahí vienen otra vez los de Terror 5”, se queja el camarero en tono burlón sobre el equipo de reporteros, con luces y videocámara en mano, que se acerca al local que regenta en la terraza del centro del pueblo de Tazacorte para hacer una emisión en directo sobre la actualidad volcánica en La Palma. Telecinco, una de las principales cadenas privadas de España, operada por el consorcio Mediaset y conocida por sus exitosos reality shows que estriban entre el exhibicionismo y el amarillismo, se pelea con Televisión Española (TVE), la Sexta, las televisoras vasca y catalana y la local de Canarias, espacios, tomas y narrativas para llevar, casi de forma ininterrumpida, a la audiencia de todo el país el acontecer de la debacle, desde que iniciara la erupción en esta pequeña isla del Atlántico norte.    

“¿Acaso has escuchado lo que ha dicho ayer en televisión nacional?”, arenga, un tanto furibundo, el mesero ante sus compañeros, refiriéndose a uno de los periodistas que se acaban de apersonar frente al bar. En estos días circular por La Palma no solo implica esquivar montañas de ceniza volcánica, patrullas, ambulancias, camiones de bomberos, vehículos de protección civil y tanques de la Unidad Militar de Emergencias, sino navegar cierres carreteros y zonas de exclusión, pero, sobre todo, rehuir a cientos de periodistas venidos desde la península para cubrir de día y de noche una tragedia que en muchos casos les es indiferente.

Indignación, incredulidad, frustración, agotamiento, cansancio, desesperación, son algunas de las emociones que corroen el espíritu de los palmeros. Y ahora, además de dar batalla a las cenizas que escupe constantemente el volcán en ciernes, las cuales barren y siguen barriendo sin ver desaparecer; deben también hacer frente a la invasión de españoles peninsulares. Empezando por el jefe de gobierno, Pedro Sánchez, y por el rey Felipe VI, una horda de políticos, funcionarios, comunicadores, influencers, oenegeros y curiosos han aterrizado durante los últimos quince días provenientes de Madrid. Muchos, lamentablemente, parecen descubrir por primera vez, ante la hecatombe, la isla. ¿Palma? ¿Eso no está en Mallorca?

Es una confusión que a los palmeros quizás entretenía, pero ante lo interminable de la coyuntura enoja, y con razón. Sobre todo, cuando escuchan o leen, en la televisión, en la radio, en las redes sociales o en la boca de opinólogos y políticos de la península, lo que debería o no haber hecho La Palma, más allá de su emergencia volcánica. 

“Y ellos, ¿qué van a saber?”, refunfuña Kevin mientras pide en la barra un par de cervezas más. “Acabo de perder 25 mil euros, pero eso no es nada, podría haber sido mucho peor, ver quemada toda la cosecha, ver incendiarse y desaparecer cien mil euros o más”, se confiesa con los amigos con los que departe en el pequeño bar de Los Llanos de Aridane, la segunda ciudad más importante de la isla, y la más cercana al volcán. En el interior el aire es denso, se siente cargado, cuesta trabajo respirar. Afuera, la cosa está peor, no se puede andar sin mascarilla y a quien no porte gafas protectoras le espera un lloriqueo y picor constante en los ojos. Por días y horas, dependiendo de los vientos alisios y de los caprichos del cono en Cumbre Vieja, el ambiente y la atmósfera cambian para mal o para peor. “Que vamos a sacar provecho de esto, quizá en el largo plazo sí, más tierra cultivable, tal vez. Pero mientras tanto, ¿qué haremos con las hectáreas perdidas, con las miles de piñas de plátano que no podremos cosechar o sacar de la ceniza? ¿Qué harán los que lo han perdido todo?”, se lamenta Kevin con sus colegas, trabajadores y cultivadores del plátano como él, una industria cuya derrama económica equivale a la mitad del PIB de la isla y que genera un tercio de sus empleos. Se prevé que, cuando termine, la erupción haga desaparecer alrededor del 20% de las plantaciones de plátano de La Palma. “¿Y en Madrid qué saben de eso?”, añade el atractivo joven de pobladas cejas y cara tiznada por la ceniza, antes de dar un golpe con la mano en la barra de madera para llamar al mozo.   

Desde la ventana se cuela el rugir constante del volcán que de noche se hace siempre más ensordecedor, el fuego ardiente que escupe por sus bocas se vuelve también, al sereno, más rojo e insaciable. Una danza macabra que hipnotiza, una tregua anunciada que no se alcanza.  

IV.

el pensamiento escapa victorioso
y de espacios más grandes vuela en pos;
en un valiente impulso luminoso,
va más alto que el águila…¡hasta Dios!

“Ojalá que pronto volvamos a la normalidad”, suspira, esperanzada, aunque dubitativa, Isabel Pinto, al tiempo que ordena una tapa de queso palmero con mojo verde, especialidad de su querida isla. La directora del Museo Insular, con sede en el exconvento franciscano de Santa Cruz de La Palma, uno de los más emblemáticos del archipiélago, es una de las palmeras más reconocidas en el ámbito de la gestión cultural y de la historia del arte.

“No ha sido fácil”, admite al enumerar la exhibición, el concierto, las conferencias –una de ellas vinculada con el 500 aniversario de la toma de Tenochtitlan por Hernán Cortés y la relación centenaria entre Canarias y México– y la media docena de eventos en el calendario cultural de la isla que han sido cancelados a raíz de la catástrofe. Desde que erupcionara el volcán de Cumbre Vieja, la vida en La Palma continúa, las escuelas no se han suspendido, los domingos se convoca a misa con el repiqueteo de las campanas, los restaurantes y los bares abren las puertas a sus clientes habituales.

Sin embargo, al mismo tiempo, y como lo confirma el testimonio de Isabel, la cotidianidad de la isla está en una especie de limbo. Su principal polo turístico, Puerto Naos, destino elegido por decenas de miles de germanos, neerlandeses, ingleses y nórdicos durante el otoño y el invierno septentrionales, sigue dentro del área de exclusión, con sus docenas de hoteles y centros nocturnos abandonados bajo la lluvia perenne de ceniza. La Caldera de Taburiente, el parque natural más grande de la isla, origen de su denominación como reserva de la biósfera, continúa cerrado al público. El Festival Hispanoamericano de Escritores organizado anualmente en Los Llanos de Aridane fue cancelado. Existe la certeza de que es una erupción más, que ha habido otras y que habrán de venir otras más, aunque la incertidumbre carcome por momentos la esperanza. La Palma resiste.

“Todavía con incertidumbre, con preocupación sobre qué es lo que va a pasar; el estrés, los niños, la comida, las nuevas bocas del volcán, las fisuras, más lava, ceniza y humo. Hay momentos en que estoy al borde, llorando, por no saber qué es lo que va a pasar. El día a día se nos ha descontrolado totalmente. Pero tratamos de sobrellevar la situación. Gracias a Dios, hasta la fecha, aunque sin poder hacerlo, tenemos aún un sitio a donde regresar”, describe Pamela Cárdenas la extensa paleta de emociones por la que atraviesa ella y quizá todo palmero en estos momentos.

Cuando llegó a La Palma hace seis años, junto con su esposo y sus dos niños pequeños, escapando de la violencia armada, los apagones, los cortes de agua, la escasez de alimentos, la falta de medicinas y de médicos que aquejan a su natal Caracas, Pamela supo que aquí, en Canarias, estaba su hogar. No solo porque a La Palma habían migrado años antes algunos de sus primos, e incluso su madre, o porque la isla le proveía las olas para surfear que tanto le gustan; sino porque aquí encontró trabajo y Yardy, su esposo, también; porque en La Palma, Tiago y Shantal, sus niños, pueden ir a la escuela; porque en la denominada “isla bonita” se hizo con su casa y a golpe de trabajo la amuebló “desde la primera bombilla”. Porque aquí encontró la paz que Venezuela le arrebató. Y nada de eso habrá de llevárselo el volcán.

* Las citas al inicio de cada sección del texto son fragmentos del poema “¡Más alto que el águila…!” de la escritora canaria Mercedes Pinto, icono del feminismo y de la poesía insular, cuya vida y obra inspiraron lo mismo a Pablo Neruda que a Luis Buñuel, y quien hizo de México su casa desde los años 40.