Enñoñar

Aunque incomode, los textos antiguos están llenos de cardos y ningún editor tiene derecho a quitarles las espinas.
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No siempre se llega al diccionario por las razones correctas. En inglés existe el verbo bowdlerize para conmemorar al infame editor Thomas Bowdler que sacó de las obras de Shakespeare todo aquello que no se pudiera leer en voz alta delante de la familia: palabras ásperas, blasfemias o frases ofensivas.

El vocablo de marras entró al uso común en 1836, a modo de burla, y casi dos siglos después se ha generalizado la práctica. Si no sonara tan mal en español, podríamos decir que nos hemos bowdlerizado; sin embargo no tenemos un equivalente, pues censurar o expurgar no dan la idea correcta. Podría proponer enñoñar como opción.

Cuando se limpia un texto para que no ofenda a nadie por motivos religiosos, raciales, sexuales, culturales, ancestrales y demás, queda un esqueleto de idea que apenas apreciarán los ñoños.

En el capítulo XV de la primera parte, don Quijote y Sancho son vapuleados por unos yangüeses. Entonces leemos: “¿Qué quieres, Sancho hermano? –respondió don Quijote, con el mismo tono afeminado y doliente que Sancho”.

Al editor parece preocuparle la espontaneidad de Cervantes y nos propone una nota para explicar que “afeminado” significa “débil, lánguido”. Por querer enñoñar, empeoró las cosas. Lo hace Trapiello en su edición bowdlerizada o trapiellizada: “¿Qué quieres, Sancho hermano? –respondió don Quijote, con el mismo tono desmayado y doliente que Sancho”.

Covarrubias publicó su diccionario en 1611, a medio camino entre la parte una y dos del Quijote, y así definió afeminado: “El hombre de condición mujeril, inclinado a ocuparse en lo que ellas tratan, y hablar en su lenguaje, y en su tono delicado”.

Aunque incomode, los textos antiguos están llenos de cardos y ningún editor tiene derecho a quitarles las espinas.

En el siglo tercero antes de Cristo, Teofrasto explica que un inoportuno es aquel que “si delante de él se azota a un esclavo, él explicará que en una ocasión un criado suyo se ahorcó después de un castigo similar”. Difícil hallar un texto tan cargado de incorrección política, eppur tiene gracia ahí donde sobreviva la ironía.

Los clásicos griegos están tan repletos de prietos en el arroz, sobre todo con respecto a la mujer, que muchos han optado por reprobarlos en masa, a pesar de que, sin ese arroz, el mundo se volverá famélico.

En cierta obra de Eurípides, dice un coro de sátiros: “¡Nunca debería haber nacido en lugar alguno la raza de las mujeres, si no son para mí solo, claro!

Entre filósofos cercanos, ha resultado más fácil pasar por alto el apoyo de Heidegger a los nazis que ciertas irreverencias de Nietzsche o de Schopenhauer.

Del primero tenemos la muy conocida y mal citada inexistencia de dios; pero también aquella opinión sobre Sócrates: “Por su origen, Sócrates pertenecía a lo más bajo del pueblo: Sócrates era chusma. Se sabe, e incluso hoy se puede comprobar, lo feo que era… Con bastante frecuencia, la fealdad se debe a un cruce que entorpece la evolución. En otros casos, es el signo de una evolución descendente”.

Si un editor se ocupa de bowdlerizar, está en lo suyo. Pero escritor simpático, correcto y respetuoso con el espíritu de sus tiempos es un cadáver literario.

Schopenhauer, tiene frases deleznables, raciales y de género, que yo mismo enñoño al no transcribirlas; si bien carga su mayor desliz en cierta breve frase en latín. Cuenta Bertrand Russell: “En esta ocasión se sintió molesto con una vieja costurera que estaba hablando con una amiga por fuera de la puerta de su departamento. La arrojó escaleras abajo, causándole una lesión perpetua. Ésta obtuvo una sentencia que lo condenaba a pagarle cierta suma (15 táleros) cada trimestre, mientras viviera. Cuando, al cabo murió, después de veinte años de cobrar la indemnización, el filósofo anotó en su cuaderno: Obit anus, abit onus. O sea: Muerta la vieja, se alivió la carga; o metafóricamente: Muerto el perro se acabó la rabia.

Famoso fue también LeBreton, el editor enñoñador de la Enciclopedia de Diderot, que le metió tijera a muchos artículos y frases que consideró irreverentes. Cuando Diderot lo descubrió, dijo: “Has masacrado el trabajo de veinte buenos hombres que han consumido su tiempo, talento y vigilias por el amor a la verdad, por la mera esperanza de ver que sus ideas lleguen a los lectores, y que éstos les recompensen con un poco del respeto que se han ganado a pulso… Tú, en cambio, serás recordado como un hombre culpable de traición, de una vileza con la que nada puede compararse”.

Lo normal es que se perciba que Diderot tiene la razón. Mas en la realidad no siempre ocurre así, y lectores que padecen de enñoñamiento se asustan u ofenden al leer ciertos textos, y desean que un editor les hubiese evitado tal angustia.

Sin embargo, la literatura ha de ser irreverente. Tiene derecho, y a veces obligación, de bregar contra el zeitgeist. Si un editor se ocupa de bowdlerizar, está en lo suyo. Pero escritor simpático, correcto y respetuoso con el espíritu de sus tiempos es un cadáver literario.