Foto: Twitter / @AleJuarezA

La fotografía revelada

La titular del Conacyt quiere hacer del CIDE un ejemplo en su esfuerzo por capturar los espacios académicos críticos al poder. En cambio, lo está convirtiendo en un símbolo.
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El 24 de enero de 2022, día internacional de la Educación, Elena Álvarez-Buylla deshonró su cargo como directora del Conacyt al convocar por segunda vez a la modificación de los Estatutos del CIDE.

A diferencia de la semana previa, y a pesar de la valentía del Colegio de México y de la Secretaría de Economía que se opusieron a la ofensiva, Álvarez-Buylla tuvo éxito y actualizó para su beneficio la normativa de nuestro Centro. Abusando de su victoria y con cierto cinismo, publicó en Twitter una fotografía de la última ceremonia de bienvenida que permitió la pandemia. En la imagen se pueden ver a mis colegas de licenciatura sonreír con esperanza ante el inicio de la etapa más importante de su vida. En contraste, los principales medios del país utilizaron fotografías donde aparecían esas mismas personas, protestando por seis horas sobre la carretera México-Toluca, al mismo tiempo que Elena asaltaba al CIDE. ¿Cómo se conectan estas dos imágenes?

Imagen: Twitter / @ElenaBuylla

En la fotografía analógica, el revelado consiste en un juego de exposición a luces y sombras que termina por mostrar la imagen. En el conflicto del CIDE, las sombras las pone el Conacyt utilizando vacuamente frases como “ejercicio democrático” o “pluralidad epistemológica”. En cambio, quienes integramos la comunidad aportamos la luz mediante nuestras acciones políticas. Mientras que Álvarez-Buylla opera desde la opacidad, sesionando a puertas cerradas y acordando en su despacho, el movimiento estudiantil ha salido a las calles y se ha sometido al juicio de la opinión pública con absoluta franqueza.

Por ejemplo, el 10 de diciembre, tras escuchar a la directora del Conacyt en una entrevista de radio afirmar que quería diálogo, una comisión estudiantil asistimos a su oficina. Sus guardias nos impidieron el acceso incluso al vestíbulo del edificio. Entonces, colocamos una mesa y unas sillas en la puerta y esperamos durante cuatro horas antes de recibir como única respuesta un reproche a lo que Álvarez-Buylla consideró una “imposición unilateral” con “interés de exposición mediática”. Aún me pregunto si esta funcionaria pensará genuinamente que los asuntos públicos no son de interés mediático. Por otra parte, me sorprende que a una investigadora de su talla se le escapara la respuesta obvia a la situación: abrir la puerta y atender de una vez un conflicto que, entonces, era bastante sencillo de resolver.

Como expresé en un texto anterior, al inicio el único reclamo de la comunidad estudiantil era no ratificar como titular a Romero Tellaeche, en función de su probada incapacidad técnica e insolvencia moral para dirigir a la institución.

Cualquiera pensaría que lo más fácil habría sido nombrar a otro de sus amigos, pero la directora del Conacyt ha preferido el camino de lo ilógico e incluso de lo ilegal. Por ejemplo, vició el proceso de selección colocando previamente en el Consejo Directivo y en el Comité Externo de Evaluación a Lorenzo Meyer y Alicia Puyana, amigos y colaboradores de Romero en lo que podría constituir un conflicto de interés. Así mismo, Álvarez-Buylla se ha negado a mostrar las actas de la sesión de Consejo Directivo en las que supuestamente se ratificó a Romero como titular, y ha mentido respecto al sentido de los votos, cosa que sabemos por declaraciones formales del INE, uno de los integrantes del Consejo.

Tras la designación de Romero, y ya con el plantel recuperado por la comunidad estudiantil, con la opinión pública en contra y tras el rechazo de decenas de centros de estudios nacionales y extranjeros, Álvarez-Buylla prefirió dejarnos plantados en cuatro llamados al diálogo (contando el del 10 de diciembre) e inauguró al CIDE como el primer espacio universitario custodiado por el Servicio de Protección Federal, una organización que tiene la misión de proteger instalaciones estratégicas y que en su normativa interna valida el uso de la “fuerza letal”.

Finalmente, a pesar de que la ola de ómicron le regaló el levantamiento de la recuperación de instalaciones, la directora del Conacyt decidió volver a elevar la apuesta y, violentando una vez más los Estatutos, los reformó sin seguir el procedimiento establecido. Esta acción podría derivar en sanciones administrativas tanto para ella como para los Socios que participaron de su asalto. Todo para imponer a su amigo Romero en un lugar donde nadie lo quiere. Insisto: ¿para qué tantas molestias?

Hablando con algunos de sus exalumnos, me queda clara la genuinidad de las vanidades imperiales y las ínfulas autoritarias de la funcionaria, pero para explicar tanta obcecación hay que recordar que el CIDE es el cuarto centro público de investigación (y muy probablemente no será el último) que sufre un acoso que se desarrolla siempre de forma similar. Primero, Álvarez-Buylla fuerza la renuncia del directivo. Luego, impone a un amigo y, entonces, purgan a todas las voces críticas. Por este martirio ya pasaron los centros de Investigación en Óptica (CIO) y de Investigación Científica de Yucatán (CICY), así como el Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica (INAOE). Paralelamente, el Conacyt recortó financiamientos, trató de destituir al doctor Antonio Lazcano, modificó arbitrariamente el Reglamento del Sistema Nacional de Investigadores, hostigó al Sindicato de Cátedras e inició la persecución penal de científicos incómodos. Es claro que la directora del Conacyt no actúa de manera desarticulada ni improvisada.

De hecho, en los 175 días que han pasado desde que José Antonio Romero pisó por primera vez el CIDE (4 de agosto de 2021), el juego de luces y sombras ya nos pinta una imagen con claridad: El objetivo no es garantizarle un lugar a Romero, que ya no es bienvenido de vuelta en el Colegio de México, si no de hacer una manifestación de fuerza que inhiba futuras resistencias en los centros y universidades que aún no son víctimas de un ataque frontal. Álvarez-Buylla quiere hacer del CIDE un ejemplo, porque perder el asalto comprometería la maniobra de colonizar los espacios críticos al poder.

Sin embargo, la realidad es que la directora está haciendo del CIDE un símbolo, pues nuestra pequeña comunidad de 500 estudiantes, que en medio siglo de historia nunca había tenido manifestaciones políticas de este tipo y que, siendo sincero, pertenece a un centro público que era desconocido para amplios sectores poblacionales, hoy ocupa las primeras planas de los diarios y empieza a congregar a las múltiples víctimas de su gestión. Si eso podemos hacer en el CIDE ¿qué no hará la UNAM, que ha sido blanco de descalificaciones, el próximo año que toca cambio de rector?

Hoy, la fotografía que ofrecemos es la de resistencia, pero cuando presentemos la de Romero renunciando, se abrirá la puerta a toda una galería de imágenes similares: las universidades y centros públicos del país preservando su autonomía.

Finalmente, respondo a la pregunta inicial: ¿Cómo se conecta la fotografía de un auditorio lleno de estudiantes con la de una autopista igualmente ocupada por estos? Ambos momentos responden a la convicción de la comunidad cideíta: en un país con tanta desigualdad y tan poco acceso a la educación superior, se debe acudir a las aulas universitarias no tanto para aprobar exámenes, como para servir a la nación.

Las y los cideítas de ambas fotografías son en esencia los mismos: personas que buscan adquirir herramientas para transformar positivamente sus comunidades y entornos. La diferencia está en que, cortesía de Álvarez-Buylla, ahora las clases son menos teóricas y más prácticas.

¡La resistencia va!

Foto: Twitter / Alejandro Juárez @AleJuarezA

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