El vestido más hermoso

Julio 2012 | Tags:

Cuando vi a Felix por primera vez, llevaba meses trabajando para él y había oído toda suerte de historias sobre su persona. Era el George Clooney de la dendrocronología, dijo Nicole, nuestra jefa, cuando acabó la primera reunión. El proyecto era asesorado por Daniela, y también ella contaba las cosas más increíbles sobre el arqueólogo en jefe. En las pausas para el café, las dos mujeres buscaban lucirse con sus historias. Felix era increíblemente atractivo, atlético, muy culto e inteligente y un perfecto caballero.

–A mediodía va siempre a nadar al lago –dijo Daniela.

Había quedado con él y llevaba un traje de baño bajo su ligero vestido veraniego.

–¿Vas a nadar con él? –preguntó Nicole, incrédula–. Entonces yo también voy.

Cuando las dos regresaron a la oficina por la tarde se supo que solo habían almorzado con Felix. Estaban muy nerviosas.

–Quisiera conocerlo también en algún momento –dije.

Nicole respondió que no creía que eso fuese necesario.

No obstante, dos semanas más tarde me encontré a Felix. Yo había acabado los bocetos para los paneles informativos que debían colocarse alrededor de la excavación y, ya que no estaban allí ni Daniela ni Nicole, el jefe dijo que yo misma debía llevarlos y discutirlos con el arqueólogo en jefe. Él podría decirme inmediatamente qué le parecían. Entonces le llamé y quedamos a las once.

 

• • •

 

–Soy Felix –me dijo, extendiéndome la mano. Estaba bronceado y llevaba un casco de color blanco. He de admitir que era atractivo.

–Brigitte –dije–, soy la diseñadora.

Si por él fuera, dijo Felix, no sería necesaria toda esa comunicación a pie de obra.

–Aquí se está excavando. Y si a la gente no le conviene, nosotros no podemos hacer nada.

Entonces me condujo a su despacho, instalado en un contenedor, y yo desplegué la carpeta ante él, sobre el escritorio. La hojeó sin mostrar demasiado interés por los bocetos.

–¿Acaso trabajan solo mujeres en esa agencia ? –preguntó como de pasada.

–No –respondí–, pero todas quieren trabajar en este proyecto.

Alzó la vista brevemente y preguntó si a todas nos interesaba la arqueología.

–Los arqueólogos –respondí, sonriéndole.

No pareció comprender la indirecta y cerró la carpeta con los bocetos.

–Decida usted, usted es el experto.

–La experta –dije–, aunque lleve el pelo corto.

Me miró y sonrió, atormentado.

–Entonces, ¿a usted también le interesa la arqueología?

–Las demás no tenían tiempo –respondí con brusquedad, y tuve ganas de abofetearme por ello.

El teléfono de Felix sonó y aceptó la llamada sin decir nada. Su cara empezó a ensombrecerse mientras escuchaba.

–El jefe de la excavación –dijo y guardó otra vez el teléfono–. Debo bajar.

En realidad, en esos terrenos iban a construir un estacionamiento subterráneo, pero cuando descubrieron los restosde unos palafitos durante las perforaciones de prueba, las labores se interrumpieron por espacio de un año. Sobre la excavación había una losa de hormigón que más tarde formaría el techo del estacionamiento; tenía una abertura cuadrada en la cual había una escalerilla que conducía hasta abajo. Felix bajó corriendo por las escaleras y yo lo seguí con la carpeta bajo el brazo. Era un día cálido y yo llevaba sandalias, así que debía prestar atención para no resbalarme en aquella escalera metálica. Felix se puso a discutir con un hombre bajito y rechoncho que llevaba una coleta y tenía un tatuaje en el antebrazo. Un mecánico estaba de rodillas delante de ellos, atornillando algo en una enorme bomba, al tiempo que rezongaba. Yo me había quedado de pie, justo detrás de Felix. El otro hombre me observaba de un modo desagradable, y preguntó qué buscaba yo allí.

–Necesito que tome una decisión –dije.

Felix se dio la vuelta y me miró con ojos exasperados.

–Así no puede andar por aquí abajo –me dijo quitándose el casco y colocándomelo en la cabeza como si fuese una niña.

Entonces me presentó al jefe de la excavación y dijo que tenían un problema con la bomba.

–Si no bombeamos el agua constantemente, pronto podremos empezar a practicar la arqueología submarina.

Habló algo más con el jefe de la excavación, luego me hizo señas y yo lo seguí a través de una enorme fosa hasta un grupo de gente joven acuclillada, nivelando con unas pequeñas paletas una capa de tierra color marrón oscuro y de unos treinta centímetros de grosor. Arrojaban la mayor parte del material a un montón situado a sus espaldas, y depositaban, con cuidado, unos pocos objetos en unas cajitas de cartón. Dije otra vez que necesitaba que tomara una decisión.

–Esa capa tiene aproximadamente cinco mil años –dijo Felix–. Es del Neolítico.

Contó acerca de unos fragmentos de tela que habían hallado, de cerámica, de huesos y restos de comida. El ruido delas máquinas de la obra era ensordecedor, y olía a gases de escape y a tierra húmeda. Recogí del suelo un pedazo de madera negra y le pregunté si podía quedármelo.

–Por mí, sí –dijo Felix–. ¿Qué piensa hacer con él?

Me aconsejó que pusiera el trozo de madera en agua cuando llegara a casa, de lo contrario se desintegraría en muy poco tiempo. Continuó andando y de repente me tomó por el brazo y me atrajo hacia él con un brusco movimiento.

–Cuidado –dijo.

Un buldózer me pasó muy cerca.

–Aquí fue donde encontramos el esqueleto –dijo–. Bajo la capa de ocupación. Era de una mujer joven. Debió de morir hace más de cinco mil años. Tal vez cayó al lago y se ahogó.

Era fascinante escucharlo, y poco a poco fui comprendiendo lo que Daniela y Nicole veían en él.

Al cabo de una hora más o menos subimos otra vez. Mis sandalias se habían endurecido por el barro y tenía las piernas salpicadas de lodo.

–¿Y bien? –le pregunté–. ¿Ya se ha decidido por alguno de los bocetos?

–Vaya, usted sí que puede ser insistente –dijo Felix y me quitó el casco de la cabeza.

 

• • •

 

–Me hizo un cumplido sobre mi vestido –dijo Nicole un par de días después, durante la pausa para el café.

–Las únicas mujeres que le interesan son sus esqueletos –dijo Daniela, irritada.

–En ese caso tendrías alguna oportunidad con él –dijo el polígrafo, sonriendo con sorna.

Pregunté si Felix había dicho algo sobre mis diseños. Nicole hizo un gesto desdeñoso.

–¿Qué les parece esto: “A ellos les interesa la Historia. Nosotros excavamos en busca de ella”?

Daniela hizo una mueca y se marchó de la cocina.

–¿Y a esta qué le pasa? –pregunté.

Nicole dijo que le sabía mal que ella hubiera asumido la dirección del proyecto.

Un par de semanas más tarde, el jefe dijo que Felix había preguntado por mí.

–Preguntó dónde se había metido la pequeña diseñadora –dijo, y me guiñó un ojo–. Creo que Nicole, con toda intención, está concertando las reuniones con él los días en que tú no trabajas.

A principios de junio, Felix envió un correo electrónico a todos los implicados en el proyecto: habían excavado ya veinte mil muestras de madera y habían procesado diez mil objetos hallados, por lo que querían celebrarlo mañana por la noche con un brindis. Al día siguiente, cuando fui al baño de mujeres justo antes de acabar la jornada laboral, Nicole y Daniela estaban allí maquillándose. Nicole se había recogido el pelo. Llevaba un vestido verde claro de tafetán de seda y zapatos de tacón. También Daniela estaba acicalada como una princesa. Me miró de arriba abajo, con desprecio, y me preguntó si pensaba asistir a la recepción. Yo solo traía un sencillo vestido cruzado y zapatos bajos, y al lado de ellas dos parecía un patito feo.

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Comentarios (4)

Mostrando 4 comentarios.

No. Demasiado rebuscado.

Hermosa historia... Es un sueño claro hecho realidad.. para la protagonista.. pero me encanto.

Qué bueno que todavía escriban historias de amor con finales felices, creo que es el ideal de la humanidad, encontrar la felicidad no importando quien sea el que la desea, un hombre o una mujer.

Ma ha parecido romántico, tal vez con mis histotias de romance personales, donde nunca me atrevia a hablarle a un chico, simepre espere y nunca sucedido , lo que a la protagonista, sueño realizadado, gracioas.

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