El liberalismo sitiado

En un turbulento periodo histórico, E. M. Forster defendió la libertad de expresión. A partir de los ataques que recibió, Buruma reflexiona sobre el papel de la tolerancia en las democracias actuales y sobre cómo hacer frente a los enemigos de la libertad.

En 1935, el riesgo no podía ser más alto. Hitler gobernaba Alemania. Mussolini llevaba trece años en el poder. En España se gestaba la Guerra Civil. Stalin iba a comenzar sus purgas más sangrientas en la Unión Soviética. Mientras tanto, en París, Louis Aragon, André Gide, Ilya Ehrenburg y otros intelectuales organizaban un Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura.

El riesgo en la cultura también era alto, y no menos en París, donde André Breton golpeó a Ehrenburg, un comunista ferviente, por decir que el arte no era lo bastante proletario. En el Congreso de Escritores, la defensa de la cultura era un sinónimo de la defensa frente al fascismo. Es decir, era un congreso claramente de izquierdas. Ehrenburg saboreó un breve momento de venganza; Breton fue excluido.

El novelista inglés E. M. Forster, uno de los oradores en el Palais de la Mutualité (otros eran Heinrich Mann, Isaak Babel, Bertolt Brecht, Boris Pasternak y Tristan Tzara), no tardó en aburrirse de la acalorada retórica izquierdista. Forster recordaba haber tenido que “aguantar muchos elogios de la cultura soviética y escuchar que el nombre de Karl Marx detonaba una y otra vez como un explosivo bien colocado, y atraía la caída mampostería del aplauso”.

No es raro que su discurso sobre la importancia de la libertad de expresión no lograra excitar a la multitud de colegas intelectuales. Debía de parecer una figura extrañamente pasada de moda, con su traje de tweed, hablando de literatura con una voz suave y atiplada. Los izquierdistas lo consideraban un individualista burgués, irremediablemente desconectado de las importantes luchas de su época. Según un observador compasivo: “Era como si el público considerase al señor Forster, y a todos los que eran como él... tan extintos como el dodo.”[1]

En realidad, Forster era cualquier cosa menos un tipo anticuado. Su defensa de la libertad literaria estaba impulsada por un fuerte deseo de libertad sexual, y, en su caso, de libertad para los homosexuales. Pero, sin duda, tenía más de paladín de la libertad individual que de defensor de la revolución del pueblo. Era un liberal. O quizá tendría más sentido llamar a su credo “humanismo”, porque el “liberalismo” suscita interpretaciones contradictorias. En Estados Unidos se asocia al izquierdismo, a la opinión de que el Estado debe tener un papel importante en la construcción de una sociedad más igualitaria. El sentido clásico europeo del término significa justo lo contrario: una economía conservadora basada en el principio de laissez faire. En términos políticos, Forster estaría más cerca de la noción estadounidense de liberalismo. Pero su liberalismo, o humanismo, va más allá de la socialdemocracia. Es un estado mental en la misma medida que un programa político; algo que podría describirse con tres palabras: libertad, moderación y tolerancia.

En 1935, como ahora, tanto la izquierda como la derecha atacaban ese tipo de liberalismo. En realidad, ahora, tras la muerte del marxismo, los embates llegan más desde la derecha que de la izquierda. Pero las líneas de ataque son similares. En primer lugar, desde el punto de vista radical, la moderación –toujours pas de zèle– es blanda, endeble e irremediablemente inadecuada en la lucha contra el fascismo, o a favor del renacimiento racial, de la reconquista[2]de la fe verdadera, de la revolución proletaria, o lo que sea. Parece que no hay nada heroico en la moderación o la tolerancia; al contrario, son antiheroicas. El temperamento liberal carece de atractivo romántico. Y el énfasis en la libertad individual, en vez del progreso colectivo o el vigor nacional, huele a complacencia burguesa, incluso a egoísmo. Una causa radical exige sacrificio. Se supone que el típico burgués está demasiado aferrado a su comodidad como para sacrificar algo, especialmente la vida. Creo que fue Sombart el que acuñó el término komfortismus, y no aludía a nada positivo. Sin duda fue el abogado radical francés Jacques Vergès quien dijo que la socialdemocracia es repugnante y corrupta, a causa de su banalidad y falta de grandeur.[3]La búsqueda de la felicidad, dijo, es típica de la socialdemocracia burguesa y es por tanto despreciable. A Vergès, que era un izquierdista radical, le inspiraba uno de los ultraderechistas que asesinaron a Walther Rathenau, el ministro de Relaciones Exteriores liberal de la República de Weimar. Como dijo el magnicida, un joven oficial de marina: “Lucho por imponerle un destino a mi pueblo, no para ofrecerle la felicidad.” Es un resumen de la posición antiliberal.

En realidad, como demostraba el discurso de Forster en París, el argumento a favor de la libertad individual no tenía por qué ser burgués ni complaciente. La sexualidad forma parte de él. Forster destacaba con frecuencia la importancia del placer, la libertad de disfrutar de la vida, física, espiritual o intelectualmente. Cuando los Rolling Stones tocaron en Praga en 1990, menos de un año después de que la Revolución de Terciopelo acabara con el dominio comunista, Václav Havel y más de cien mil seguidores celebraron el acontecimiento como una liberación del puritanismo oficial, de la opresión burocrática, de una tiranía sobre el espíritu humano. Tom Stoppard se inspiró en ese episodio para escribir una hermosa obra de teatro que se titula Rock ‘n’ Roll y toma la forma de un debate. De un lado estaban aquellos, como el propio Havel, que consideraban la música rock un arma de liberación esencial en una sociedad opresiva: Mick Jagger y Frank Zappa les sacaban la lengua a los comisarios políticos. Otros veían el placer sensual de los discos de rock (introducidos en el país clandestinamente y con ciertos riesgos) como una forma de individualismo frívolo, políticamente insignificante, un espejismo ingenuo. Solo contaba la acción política directa. En la obra de Stoppard resuenan los ecos del Congreso de Escritores de París de 1935. Sin embargo, la razón por la que el rock and roll no era para Havel un asunto frívolo era su convicción liberal, similar a la de Forster, de que es tan digno luchar por la libertad de disfrutar el placer como luchar por la libertad de opinión o de conciencia. Y su lucha entrañó un serio sacrificio: pasó años en prisión por mantenerse fiel a sus principios liberales.

La acusación contra el liberalismo, tanto en la izquierda como la derecha, tiene otros dos ángulos, que en realidad son contradictorios. Uno es el argumento de que los liberales lo toleran todo pero no creen en nada. Creer en el placer no cuenta; solo es una forma de komfortismus. Los liberales, prosigue el razonamiento, están preparados para tolerar incluso la intolerancia. Puesto que no creen en nada con la suficiente fuerza como para defenderlo, terminan invitando a que enemigos más vigorosos destruyan las libertades que ellos aseguran disfrutar. Los bárbaros triunfarán precisamente porque creen en algo, a diferencia de los decadentes romanos del final de su autoindulgente Imperio. En la actualidad oímos a menudo este argumento a hombres y mujeres que dicen defender la civilización occidental frente a los bárbaros islámicos. Atacan el islam por su intolerancia, su odio a Occidente, su opresión de las mujeres, etcétera, pero también atacan a los liberales por su lánguida indiferencia y su cobarde apaciguamiento, con un celo igual, cuando no mayor. En esas polémicas se detecta un tono de envidia: una envidia de los verdaderos creyentes, como si los occidentales necesitáramos una forma de sumisión a una fe absoluta.

Ver artículo completo ›
Comentar ›

Comentarios (0)

Enviar un comentario nuevo

Comentar

Si ya eres usuario registrado o crea tu cuenta ahora
To prevent automated spam submissions leave this field empty.
Términos y condiciones de participación