Entrevista a Jean Echenoz

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Jean
Echenoz (Orange, 1947) vive en París desde 1970. Después
de varios años de indecisión, publicó, en 1979,
su primer libro. Desde entonces, ha publicado ocho novelas y recibido
una gran cantidad de premios, entre ellos el Médicis (1983)
por Cherokee y el premio Goncourt (1999) por Me voy.
Anagrama acaba de publicar su novela Ravel (premio François
Mauriac 2006), quizás su libro más emotivo. Se trata de
un libro a medio camino entre la novela y el relato biográfico,
donde la pasión que Echenoz ha sentido siempre por la música
adquiere un papel preponderante.

¿De
dónde le viene esta fascinación por la música
que aparece en varios de sus libros?

Mis
padres eran aficionados a la música clásica y he
escuchado música desde mi infancia. Mis dos abuelos tocaban el
piano, mi madre también. Recuerdo que una de las primeras
cosas que escuché con verdadera atención –debía
tener unos seis o siete años– fue la obra de Ravel. Después
descubrí el jazz, más o menos a los catorce años.
Es algo muy importante para mí que me ha acompañado a
lo largo de mi vida. Me hubiera gustado ser músico, toco el
contrabajo, pero es una carrera muy exigente y me faltaba disciplina.
Así que me dediqué más a mi otra pasión
de adolescencia, la literatura. Creo que estas dos pasiones se
unieron muy pronto.

¿Piensa
que esta pasión por la música ha influenciado su manera
de escribir?

Sí.
Estoy seguro de ello. Siento que algunos músicos han tenido
sobre mí una influencia literaria, por su manera de construir
las melodías y de ritmar las cosas, por su forma de poner
síncopes o de introducir los cambios de velocidad. Creo que
esto, ya sea de manera consciente o inconsciente, jugó un
papel fundamental. Además, mientras preparaba este librito a
propósito de Ravel también me propuse oírlo de
forma sistemática, como una invocación. Me gusta que se
sienta esta relación estrecha entre la escritura y la música.
Hay atmósferas de algunas piezas para piano solo que tenía
ganas de transponer.

¿Se
propuso desde el principio escribir sobre un compositor o fue el
personaje de Maurice Ravel en particular lo que llamó su
atención?

Cuando
empecé a pensar en este libro, no sabía ni siquiera que
iba a centrarse en un personaje. Sólo tenía claro que
hablaría de los años treinta. Me interesaba mucho esa
década tan sombría políticamente y a la vez tan
luminosa y efervescente en términos de expresión
artística, marcada por el nacimiento del cine parlante, las
novelas de Faulkner y de Conrad, la presencia de Gide y de los
surrealistas. Sin embargo, poco a poco, la figura de Maurice Ravel se
fue imponiendo cada vez más. Cuanto más investigaba
sobre él más opaco y misterioso me parecía, así
que poco a poco empecé a obsesionarme con su vida. Visité
una casa en las afueras de París donde él había
pasado varios años, leí todas sus biografías,
sus diarios, su correspondencia.

¿También
leyó los partes médicos?

Sí.
El origen de la enfermedad de Ravel era para mí todo un tema.
Ha sido objeto de estudio de tesis de medicina, de ensayos, se han
hecho muchas hipótesis al respecto, se piensa que es una
variedad de Alzheimer, pero no se sabe nada con precisión.
Sigue siendo un enigma para la medicina. Lo examinaron lo dos mejores
neurólogos de aquel tiempo. Uno de ellos le abrió el
cráneo y se lo cerró a los pocos minutos, sin hacerle
nada. Estoy convencido de que lo único que deseaba era ver el
cerebro del mejor músico de Francia. Ravel era a la vez muy
mundano y muy solitario, al mismo tiempo muy exigente con su música
y alguien a quien le costaba ponerse a trabajar. Su vida amorosa
también sigue siendo un gran misterio, quizás
simplemente no tenía. Es un personaje con muchas máscaras
y eso despertó mi curiosidad. Vi muchas fotografías y
no dejaba de sorprenderme su aspecto físico tan frágil,
su mirada como un acertijo. Cuando me di cuenta, Ravel ya había
acaparado el espacio de toda la novela.

En
este libro se siente una emoción que no estaba presente en sus
novelas anteriores. El final de Ravel es muy triste aunque no haya
descripciones realmente trágicas.

Supongo
que es porque que se trata de un drama verdadero que le ocurre a
alguien que existió realmente y que además produjo una
de las músicas más conmovedoras –al menos desde mi
punto de vista. Y es verdad que al escribirlo, sentí momentos
de emoción mucho más intensos que los que había
sentido en los libros anteriores. Aquí se trataba de una
persona real, aún si la estaba reinventando como un personaje
casi imaginario. Sobre todo al final del libro hubo muchos momentos
en lo que sentía un nudo en la garganta.

Cuando
se publicó el libro dijeron: “se trata de un autorretrato
disfrazado” y me dije: “Los críticos son idiotas”, pero
después pensé que probablemente tenían razón.
Lo que me interesaba de Ravel tenía mucho que ver conmigo: su
manera de aburrirse, su relación con la soledad y con el
trabajo, sus neurosis.

¿Por
qué eligió centrarse en los últimos diez años
de su vida?

Los
diez últimos años corresponden al momento culminante de
su gloria y a su desaparición. El momento en que convergen su
grandeza y su fragilidad máximas.

No
quería hacer una biografía de Ravel. Ya se han escrito
varias, y algunas son muy buenas. Me propuse un experimento nuevo
para mí: hacer ficción partiendo de un personaje real
al que iría reinventando.

Recientemente,
usted aseguró sentirse algo cansado de la ficción… y
he notado que cuando se refiere a Ravel, dice “ese libro” no “esa
novela”.

Es
verdad. Yo ya no tengo ganas de limitarme al género
tradicional de novela. Quizás vuelva, no lo sé. Lo que
sí sé es que por el momento me cuesta nombrar
personajes de ficción, ya no tengo ganas. En una época
lo disfrutaba muchísimo, pero ahora me interesa menos la
fabricación de un personaje totalmente imaginario. Ahora me
apetece basarme en vidas reales, en historias de personas que
existieron verdaderamente, pero no para hacer historia, periodismo o
biografías, sino para ampliar el campo de la novela, de lo que
se puede hacer con la narración. De todas maneras, cuando
narramos un hecho que sucedió realmente, lo estamos
reinventando, ¿no es cierto? Lo que quise hacer en Ravel era
reinventar la realidad para hacer una ficción que
correspondiera con la realidad, o volver la realidad tan soñadora
como puede ser una ficción. Por otro lado, la ficción
nunca es absoluta. Las novelas que escribí antes y que se
consideran como ficciones puras, siempre se basan en la vida real o
en la vida de los otros, es una especie de robo, de interpretación
y de montaje.

¿No
siente que estamos en un momento en el que los escritores juegan
mucho más con lo que es ficción y no ficción?

Es
verdad. La literatura se limita cada vez menos a los géneros
clásicos. Por ejemplo Vila-Matas, quien juega mucho con la
historia literaria, o Kapuscinski, cuyos libros leo tan sólo
desde hace dos o tres años pero que me fascina por su manera
de transformar experiencias vividas en objetos literarios. Por
suerte, los escritores hemos ganado cierta libertad en ese sentido y
me interesa que podamos ampliar cada vez más el espacio de
libertad en la escritura.

De
hecho, cuando le llevé este libro a mi editor en París,
yo no sabía como qué catalogarlo. No sabía si
debajo del título debía poner “novela”, “relato”
o nada. Fue el editor quien decidió que era una novela. Esto
se justifica porque mi intención era ocuparme de un personaje
real como si fuera un personaje que había inventado yo mismo.
Pero a la vez, era importante no dejarse ir demasiado hacia la
ficción. Debía ser muy obediente y permanecer muy
apegado a la realidad de su vida, es decir en una línea muy
incómoda entre lo que era verdad y lo que yo podía
inventar. Al principio pensé que sería más fácil
escribir un libro basado en hechos reales, pero al final fue mucho
más difícil que escribir una novela. Ravel es el más
pequeño de mis libros y al mismo tiempo el que más me
ha costado escribir, junto con el segundo, que también fue muy
difícil. Era mucho más limitante que escribir una
novela puramente ficticia, pues tenía una doble restricción:
siempre había que estar buscando el equilibrio entre la
ficción que podía permitirme y la situación de
obediencia en la que me encontraba respecto a la biografía
real. Creo que si hay que llamar de algún modo al resultado
final, se trata de una ficción en libertad vigilada. Me sentía
vigilado no por Maurice Ravel sino por la estructura del libro.

Una
estructura que eligió usted mismo. Eso recuerda la frase de
Marcel Benabou sobre los escritores oulipianos: ratas que construyen
el laberinto del que se proponen escapar.

Cierto.
Yo no me considero oulipano pero admiro mucho a Raymond Queneau y a
Georges Perec. Creo que me gusta ponerme restricciones para escribir
y seguir el reto hasta el final.

¿Y
cómo fue esta experiencia con Ravel?

Casi
pierdo: abandoné dos veces la escritura de este libro,
pensando que sería definitivo y que nunca lograría
terminarlo, pero tampoco pude dejarlo: estaba obsesionado. ~

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