Sila

Fruto de la admiración por El llano en llamas, “Sila” es el primer cuento de Salvador Elizondo, curiosa mezcla de Rulfo y Joyce, publicado en la Revista de la Universidad en 1962, y que medio siglo después ofrecemos para recordar a una generación de autores que cambió el rostro de nuestra literatura.

Diciembre 2012 | Tags:

“Era de noche cuando llegamos a Sila.”

 

La oscuridad reverberaba con el chirriar luminoso de las cigarras y el polvo se aquietaba bajo el vendaval que descendía de la sierra como por una escalera. Sila, abandonada en medio de la llanura, apenas se erguía sobre la tierra despidiendo olor a sangre seca, a antorchas apagadas y a petate ahumado. La vastedad del valle aprisionaba al pueblo con sus tenazas de cielo abierto. El cascabeleo de las serpientes hacía relinchar al Diablo y al Colorado que llenaban con su grito mecánico y óseo el ambiente frío.

 

“Emigdio me lo había dicho.

–Si vas a Sila no encontrarás a nadie, ni nada, nada…, solo a los muertos que andan sueltos.

Pero yo no le había hecho caso y hace veinticuatro horas salí de Ubero para Sila acompañado de Leoncio. Hemos andado todo el viejo camino de Ajol, envueltos por las tolvaneras de marzo y quemados por el sol.

–No te hice caso, Emigdio Roa, porque tenía la sangre que me quemaba el cuero y tenía que ir a Sila para encontrar mis pasos muertos, para volver a la tierra de donde vine.”

 

“Sila estaba abandonada. Solo había perros cuando llegamos Leoncio y yo. Perros flacos y manchados de sangre que merodeaban por las esquinas fracturadas, husmeando el recuerdo de perras. Nuestras voces se suspendían del viento y las palabras que decíamos iban a dar muy lejos hasta que rebotaban en el portón de la casa de Soledad Mayrán, la última casa del pueblo.”

 

“Leoncio viene a mi lado montado en el Colorado. Sus ojos están abiertos hacia la imagen de Sila, olorosa a sangre de cabra…

–Se me hace que no hay nadien.

… y sigue husmeando con la mirada la oscuridad rota y el camino que va a la poza bordeado de fresnos ateridos…

–Se me hace que no hay nadien.

… y los perros famélicos que ahora se alimentan de yerbas se alejan de nosotros. Las pisadas de los caballos se encienden sobre las piedras diezmadas del empedrado y resuenan contra las tapias enyerbadas del rastro. Las palabras rebotan hasta la iglesia de donde regresan convertidas en nuevas palabras que apenas entendemos.

–… Se… ce… noay… dien…”

 

“Trato de reconocer mi pueblo. Ya nada es como entonces. Solo el llano está igual; el llano largo y polvoso adonde iba…”

–Fue ayer, pero apenas me acuerdo de cuando salimos de Ubero. El Colorado y yo dormíamos en el corral de los hermanos Sosa. Habíamos tenido buen pienso. De pronto llegó mi amo con Leoncio Santibáñez y nos echaron a cuestas las monturas. Nos fuimos a casa de Benito Paredes en donde se apearon. Después salieron corriendo y jalamos para Talama por el camino de Ajol…

–¡Bibiana… Bibiaaaaaana! ¿Adónde se habrá metido esa escuincla?

–Debe andar en el llano con Paulino, el hijo de Martina.

 

“Y entonces bajaban los papalotes como peces asidos por un anzuelo presuroso y Bibiana se iba y yo me quedaba solo, a mitad del llano, hurgando en su imagen para encontrar su carne nueva y dura, mordisqueando sus palabras

(–Luego nos vemos, Paulino…)

para sentir sus labios calientes entre mis labios y sus senos redondos latiendo junto a mis orejas.

¿En dónde estás, Bibiana Monteros? ¿Moriste tú también? ¿O estás escondida en esa tierra, entre todo esto que es mi recuerdo y mi esperanza? … Bibiana…”

 

“Ayer salimos de Ubero. Estamos cansados… muy cansados. No hemos parado en todo el camino y apenas hemos comido unas cuantas gordas. Lo tengo todo aquí, ante los ojos. Benito allí, desfigurado por la muerte, tieso como un ocote y riéndose de nosotros que acabábamos de matarlo por la espalda… y luego la vieja esa, Obdulia, que gritaba en la noche sin que nadie la oyera pues estaban echando los cohetes…, y Benito allí, tirado en el suelo. Entonces salimos a toda carrera de Ubero sin que nadie lo supiera más que Emilio Roa, a quien nos encontramos en Talama una hora después y que nos dijo que no viniéramos a Sila porque las almas de los muertos que había matado Casimiro Gabaldón andaban sueltas, pues a todos los mató tan de repente que ni tiempo les dio de morirse bien y nomás se quedaron a mitad del camino del infierno, que de seguro allí es donde hubieran ido a parar todos esos que Casimiro Gabaldón mató en Sila sin darles tiempo a morirse del todo. Ahora mismo me acuerdo que mi tata Aurelio me contaba que uno anduvo corriendo con las tripas de fuera hasta que uno de los hombres de Casimiro Gabaldón lo lazó y se lo llevó arrastrando por el llano. Yo no quería venir. Le decía a Paulino que nos quedáramos en Talama. Emigdio diría que allí habíamos estado todo el día. Aunque Obdulia dijera lo contrario nadie le creería pues decían que era bruja y que podía desviarles el mes a las que se iban a casar. Al fin que los Sosa son cuates de verdad. Dicen que Obdulia tuvo la culpa de que Jacinto Monteros naciera idiota pues le echó el mal de ojo cuando su madre, doña Mercedes, estaba gorda de él.”

 

“Leoncio Santibáñez tiene miedo. Sila le da miedo porque no hay un vivo. Ahorita mismo viene pensando que debíamos de habernos quedado en Talama. Todo se hubiera sabido. Ahorita mismo ya se sabe, pero no se atreverán a venir a buscarnos a Sila, ni pensarán siquiera que estamos aquí… aquí está la casa de don Julio Monteros… debíamos de haber matado a Obdulia, hasta nos hubieran dado las gracias… todo está en ruinas… además Emigdio nos hubiera delatado… solo la puerta está como si hubiera gente del otro lado… uno siempre sabe cuándo hay gente aunque las puertas estén cerradas… del otro lado está Bibiana… el recuerdo de Bibiana que me recorre el pecho y la sangre… aquí lo siento caliente, como escarbándome el corazón con una brasa puntiaguda… esa era su ventana… y aquella… la que está junto, la de doña Mercedes… siempre vestida de negro, con su extraña enfermedad, siempre temblándole las piernas desde que nació Jacinto…”

 

–No te vayas, Paulino. No quiero que te vayas porque tengo miedo de Jacinto y de Roque. El otro día llegó Roque de Talama con un pañuelo de seda, pero yo no lo quiero, me da miedo su carne olorosa a sangre de cabra. Yo solo te quiero a ti, Paulino…

 

“Bibiana, hermana, Bibiana, hermanita, aleja de mí esta serpiente que me sigue adondequiera que voy y que se me clava en las manos y me las mueve de un lado a otro. No los entiendo a ninguno de ellos y dicen que soy de mal agüero. Solo tú sabes por qué estoy chueco. El otro día te vi cuando te bañabas en la poza y no he podido dejar de pensar en ello y ahora la serpiente se ha enfurecido porque he pecado al ver tu cuerpo desnudo, lleno de oro, hundirse en el agua y ahora tengo que pagar por el pecado que he cometido, si no la serpiente me picará en los ojos… Bibiana… hermana…”

 

“Allí está la casa de los Gallegos. Eran los más ricos de Sila, pero a todos se los llevó el diablo. Tuvieron líos con los Estévez de Ajol y un día amanecieron todos colgados de los árboles que hay por allá, del otro lado del llano, donde están las tierras de El Becerrito…”

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